"El cielo está vacío, Dios se ha ido. Queremos que tú tomes su lugar"
Cuatro años y el mismo número de temporadas ha tardado en hacer su recorrido catódico Preacher, la serie creada por Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg para la cadena de pago AMC inspirándose en el cómic homónimo escrito por Garth Ennis y dibujado por Steve Dillon para el añorado sello Vertigo. Un servidor os ha acompañado a lo largo de este trayecto reseñando todas y cada una de las entregas anuales que hemos recibido centradas en las aventuras teológicas y escatológicas de Jesse Custer, Tulip O’Hare y Proinsias Cassidy, interpretados por los actores Dominic Cooper, Ruth Negga y Joseph Gilgun respectivamente. Una primera y decepcionante temporada dio pasa a una prometedora segunda más cercana a los cómics, pero todo quedó en un espejismo cuando asistimos a cómo la tercera volvía a caer en los mismos fallos que los primeros episodios de la producción, dejando un mal sabor de boca con respecto a un proyecto que lo tenía todo para convertirse en una obra de culto y una digna adaptación del icónico trabajo en viñetas que le sirve de inspiración. Poco antes de estrenarse esta cuarta temporada que nos ocupará en la siguiente entrada AMC confirmaba la cancelación de la serie, obligando a sus máximos responsables a cerrar de la mejor manera posible todas las tramas. El resultado no desentona un ápice con respecto a una ficción que nunca llegó a despegar del todo desperdiciando el potente y explosivo material de partida que tenían en sus manos.
La cuarta tanda de episodios de Preacher recorre una a una todas y cada una de las carencias que han ido menoscabando con el paso de los años la calidad de la serie. Para empezar Sam Catlin, Seth Rogen, Evan Goldberg y su equipo de guionistas vuelven a alejarse en exceso de los cómics, mirando con desdén los impresionantes historias que Garth Ennis y Steve Dillon elaboraron en la colección de Vertigo, sólo tomando pequeños apuntes de las mismas, más que para aprovecharlos y convertirlos en un producto audiovisual de calidad, como un vacuo y altivo intento por contentar y acallar a los que en su momento leímos una de las mejores obras de esta irrepetible pareja de autores británicos. Seguidamente tenemos otra de las señas de identidad de esta Preacher en imagen real como la inexplicable capacidad de sus escritores para estancar de manera insalubre las distintas tramas que dan forma a los diez episodios de los que consta esta cuarta temporada. Se antoja demencial que una como la del rescate de Cassidy en Masada, que podía haberse resuelto en un sólo episodio, se alargue cuatro interminables entregas en las que la redundancia y el subrayado se apoderan del metraje y la paciencia del espectador.
También volvemos a encontrarnos con personajes que a pesar de estar a estas alturas más que definidos psicológicamente dan vueltas sobre sí mismos mostrándose incapaces de ejecutar acciones que sirvan para construir una sencilla historia con inicio, nudo y desenlace. ¿Cuántas veces necesitamos que a Cassidy le arranquen el glande para que seamos conscientes de su adicción a la tortura y la venganza contra su agresor? ¿En cuantas ocasiones puede Tulip intentar ir por su propia cuenta para al poco tiempo volver con sus compañeros de fechorías? ¿Cuántos países tiene que visitar y a cuantas personas debe enfrentarse Jesse para encontrar a Dios? ¿Cuantos actos violentos tiene que realizar el Santo de los Inocentes para que “Caraculo” deje de sorprenderse por ello? ¿¿Cuántas bromas sin gracia se pueden hacer con la oreja deforme de Herr Starr??. Esta cuarta temporada acusa más que ninguna otra la incapacidad de sus autores para sacarla del pozo de la mediocridad y si no fuera porque pasado el ecuador comienzan a acontecer algunos hechos interesantes y porque a estas alturas ya nos hemos encariñado con el reparto y las libérrimas versiones que ofrecen de los personajes del cómic no tendríamos nada de verdadero interés por lo que valiera la pena acercarnos a la despedida una serie como Preacher.
Para colmo, no sabemos si por la prematura decisión de abortar la serie en la cuarta temporada o por otro motivo, la segunda mitad de la misma parece querer encapsular el grueso de muchos de esos arcos argumentales de los cómics que los guionistas han ido obviando o sólo tomando como referentes muy superficiales, llegando a límites de exagerada síntesis en los dos últimos episodios condensando un sinsentido de idas y venidas argumentales que desembocan en un apresurado clímax, paradójicamente anticlimático, y apresurado en exceso que sólo recibe puntos a favor por el bonito epílogo que cierra la serie. Con esto no queremos decir que Catlin, Rogen, Goldberg y compañía quieran revelar esta recta final de Preacher como un producto más adherido a lo escrito e ilustrado por Garth Ennis y Steve Dillon en los 90, ya que en el proceso siguen introduciendo torticeras subtramas de cosecha propia y personajes satélite cuyas peripecias sólo parecen hacerles gracia a ellos, porque de cara al espectador no dejan de protagonizar situaciones supuestamente irreverentes o políticamente incorrectas que no escandalizarían a un monaguillo, confirmando una vez más que la bilis expulsada por los autores de la serie de Vertigo nunca llegó a ser captada adecuadamente por los responsables del programa de AMC.
Ante semejante desaguisado sólo nos queda una cosa a la que aferrarnos y que desde los primeros compases de la serie nunca ha fallado, su reparto de actores. En las reseñas de las temporadas previas incidimos en que las versiones que aquí vemos de Jesse, Tulip y Cassidy quedan muy lejos de las ideadas por Garth Ennis y Steve Dillon en el cómic, pero bien es cierto que Dominic Cooper, Joseph Gilgun y Ruth Negga han sabido moldear un trío de protagonistas carismático, con personalidad y propension a destilar una más que notable química cuando comparten pantalla. Algo parecido sucede con algunos de los roles secundarios, ya sea Ian Colletti como “Caraculo” o Graham MacTavish como el Santo de los Inocentes, capaces de ofrecer momentos remarcables cuando ambos interactúan. La incorporación de Mark Harelik como Dios también depara algún pasaje reseñable y Julie Ann Emery sabe transmitir el insulso dogmatismo de su criatura mientras los Hitler y Jesús de Noah Tylor y Tyson Ritter, respectivamente, derivan en cuestionable descarga cómica. En cambio es Pip Torrens el que en esta ocasión se pasa de autoparódico con su Klaus Starr, al que ofrecen más minutos en pantalla, pero sin que el británico sepa echar el freno en los momentos más vergonzosos, alejándose un poco del buen hacer que demostró en las anteriores temporadas confirmándose como uno de los mejores fichajes del apartado artístico.
Preacher abandona la parrilla de la AMC, o el catálogo de HBO España si hablamos de nuestro país, con la cabeza gacha y sin hacer apenas ruido. Lejos quedan ya aquellos dos intentos por adaptar el cómic de Vertigo a cine o serie de televisión a manos de Robert Rodriguez primero y Sam Mendes después que prometían mucho, pero acabaron en la nada. Desgraciadamente cuando Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg cogieron las riendas del proyecto desde los primeros pasos del mismo demostraron no ser las personas adecuadas para extrapolar con éxito la odisea iconoclasta con aroma a western crepuscular que protagonizaron a lo largo de 66 números y unos cuantos especiales Jesse, Tulip y Cassidy. Por el camino queda un “puedo y no quiero” que lo tenía todo para haber desembocado en una serie antológica, pero que por la fea costumbre de ser condescendiente con la obra primigenia ha quedado reducida a una mediocridad audiovisual más disfrutable para aquellas personas que nunca se hayan acercado al trabajo de Ennis y Dillon que para sus lectores. En lugar de enderezar el barco para su último viaje los responsables de Preacher han abrazado sus carencias e imperfecciones sin prejuicio alguno para decir adiós a una producción que debería haber sentido más respeto y admiración por su principal referente.
"Escúchame; Algún día, pedazo de mierda. Somos todo lo que quedará en este lugar. Soy toda la familia que tienes."
Después de una decepcionante primera temporada a modo de “Año Cero” en 2016 y una segunda no del todo redonda, pero sí más eficiente y apegada a las viñetas, el pasado año la tercera entrega de Preacher, la serie de televisión diseñada por Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg para la cadena por cable AMC inspirándose en el icónico cómic de Garth Ennis y Steve Dillon gestado en el seno del sello Vertigo de DC Cómics, terminó su emisión y tras ella nos vemos en posición de valorar esta última tanda de episodios inspirados en las aventuras mesiánicas y teológicas protagonizadas por Jesse Custer, Tulip O’Hare y Cassidy entre otros personajes. Sentimientos encontrados a la hora de hablar de los diez nuevos capítulos de Preacher, porque es ineludible que sus creadores mantienen la intencionalidad de acercarse cada vez más a los cómics, pero lo hacen de manera arbitraria y deslavazada, cometiendo en el proceso el fallo de desorientarse y no saber aprovechar el paso adelante que supuso la anterior temporada con respecto a la inicial sin desarrollar los logros que la irrupción de el Santo Grial en general y Her Starr en particular supusieron para la serie. Lo que aquí tenemos es otra decena de horas confirmando la naturaleza dubitativa, desaprovechada y de “quiero y no puedo” del show emitido por la casa de productos tan destacables como Mad Men, Breaking Bad o la reciente The Terror.
Una vez más la serie Preacher toma varios arcos argumentales importantes de los cómics como el localizado en Angelville con la familia de Jesse Custer, el relacionado con Les Enfants du Sang o el centrado en el Grial y la conservación de la sangre de Cristo y después de incluir algunas dosis de material propio Catlin, Rogen y Goldberg montan una temporada de diez episodios. El problema radica, como hemos comentado previamente, en que después de haber encarrilado, en cierta manera, el producto con una muy decente segunda temporada sabiendo amalgamar respeto y fidelidad por los cómics en los que se inspira y una personalidad propia como proyecto ficcional esta tercera desmonta gran parte de esas virtudes descompensando narrativamente el conjunto de la obra cuando separa a los tres protagonistas principales para que cada uno de ellos pueda protagonizar su propia subtrama. Llama la atención que esta decisión haya sido tomada en la primera temporada de la serie con sus tres actores principales tomando el rol de productores ejecutivos, como si diera la impresión de haber sido la mano de los protagonistas la responsable de la dispersión y la endeblez de la construcción argumental de la tanda de episodios para sus correspondientes lucimientos individuales. Algo, por otro lado, imposible de confirmar.
Prácticamente todo lo acontecido en Angelville con Gran’Ma L’Angelle, Jody o TC está bien llevado por el guión y la realización, tomando bastantes ideas acertadas de las viñetas y con la meritoria labor de un reparto en el que destaca una excelente Betty Buckley. También ofrece algunas dosis de interés, aunque llega a adentrarse un poco en una agotadora reiteración, la trama con el Grial, el Gran Padre D’Aronique o Humperdoo, así como la que compete a Tulip y su “revelación divina” donde Ruth Negga vuelve a demostrar ser la mejor actriz del casting. Pero el protagonizado por Cassidy con el culto vampírico de Les Enfants de Sang y sobre todo el del Santo de los Asesinos, Arsface y Hitler, metido con calzador de la manera más innecesaria posible, confirman el poco cuidado de los creadores de la serie a la hora de dar homogeneidad a la escritura de esta tercera temporada con una irregularidad entre unos arcos y otros demasiado perjudicial para el conjunto del producto. Esta deficiencia conceptual y estructural o el error garrafal de quitar protagonismo al Herr Starr de Rip Torrens, la revelación mayúscula de la anterior temporada, aquí, más allá de su presentación con el tiroteo en el templo budista y algún apunte cómico sacado directamente de las viñetas, alarmantemente desaprovechado son las más importantes carencias de esta última lista de capítulos.
Aunque encontramos episodios interesantes, nuevos personajes bien perfilados sumándose a los ya perfectamente establecidos interpretados por el trío protagonista y situaciones divertidas cada vez más propensas a la truculencia de las viñetas Preacher sigue estando a años luz de ser una buena adaptación del trabajo de Garth Ennis y el añorado Steve Dillon. Cuando parecía que Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg habían encarrilado la máquina dándose cuenta del grave error de creerse más listos que el material en viñetas puesto a su disposición vuelven a dar pasos en falso y a desarmar lo construido el año pasado. El problema de encontrarnos todavía en esta situación en la tercera temporada de la serie no sólo repercute en la misma, incitándonos a no perder el tiempo con ella cuando tenemos al alcance de nuestro ratón o mando a distancia decenas de ellas muy superiores. Por desgracia también nos hace desconfiar de lo que vayan a hacer dos de sus showrunners, Goldberg y Rogen, con esa otra adaptación a imagen real de un cómic de Garth Ennis, The Boys más concretamente, producida por Amazon y con estreno para 2019. No ya por la, casi segura, ausencia de la violencia y sexo explícitos de las brutales correrías de Hughie y sus compañeros, sino también por la escaso apego demostrado por ambos autores hacia los cómics que trasladan al medio audiovisual.
Después de años de idas y venidas con nombres como Robert Rodríguez o Sam Mendes vinculados al proyecto sin llegar a ninguna parte finalmente fueron Seth Rogen, Evan Goldberg y Sam Catlin los que convencieron a la cadena AMC (The Walking Dead) para sacar adelanta la adaptación televisiva del mítico cómic Predicador que los británicos Garth Ennis y Steve Dillon idearon para el sello Vertigo de DC en 1995. Con Dominc Cooper como Jesse Custer, Ruth Negga en la piel de Tulip y Joseph Gilgun dando vida a Cassidy entre otros el trío de showunners se ocupó de realizar una decepcionante tanda de episodios que se revelaban como una precuela de lo que narraron los autores de Hellblazer en las viñetas y por ello alejándose considerablemente de las mismas moldeando una pieza que no funcionaba como adaptación y que lo hacía a duras penas como producto cinematográfico más allá de la buena labor de realización y al acierto de casting que supuso la, en principio, desconcertante elección del trío de actores principales. Aunque la primera temporada fue una decepción el éxito de audiencia fue sobresaliente y llegó una segunda, que según comentaron sus autores en la Comic Con de San Diego de 2016 iba a ser más fiel a los cómic, promesa que finalmente han cumplido sólo a medias como hemos podido ver una vez hemos degustado íntegramente el nuevo material de Preacher.
La segunda temporada de Preacher se divide en dos partes diferenciadas por el rol de importancia que toma la pareja de villanos que en ella conviven. La primera se centra en la figura de El Santo de los Asesinos (Graham McTavish) que ya fue presentada y desarrollada su génesis en la anterior temporada y la segunda se centra en Herr Star (Pip Torrent) miembro de la organización religiosa llamada el Grial. El arranque transmite no pocas malas vibraciones ya que los primeros episodios (sobre todo el segundo, Mumbai Sky Tower, con el regreso puntual del indigerible ángel Fiore) siguen manteniendo la dispersión narrativa, el poco aprovechamiento del potencial de los personajes y el mal uso que dan de un Santo de los Asesinos que se aleja en demasía de la sobrenatural máquina de matar que conocimos en las viñetas a manos de Garth Ennis y Steve Dillon. También es cierto que podemos encontrar algún fogonazo de inspiración (los protagonistas en la biblioteca buscando información del pistolero sobrenatural con la inclusión de ilustraciones clásicas del personaje a manos de Carlos Ezquerra, Glenn Fabry o el ya mencionado Steve Dillon) y un intento por dar cierta profundidad a los personajes principales que eclosionará más tarde, pero en líneas generales la primera mitad de la temporada no deja atrás las deficiencias que le venían heredadas de la primera tanda de episodios.
Pero en la segunda parte, concretamente en el sexto episodio titulado Pig, se establece el personaje de Herr Star como secundario fijo dentro del reparto y el programa comienza a coger vuelo gracias a la presencia de tan peculiar villano y a las semillas que los guionistas habían plantado en los primeros capítulos para dar peso al desarrollo de la personalidad de Tulip y Cassidy. El asentamiento del Grial en el núcleo argumental con personajes como el ya citado Star o los de Lara y Hoover, la intervención de estos como extremistas religiosos con la misión de asesinar a los protagonistas (el arranque del episodio Puzzle Piece con el grupo de asalto está rodado con mucha potencia) y lo inteligentemente que se usan los dilemas morales a los que se enfrentan los personajes de Ruth Negga y Joseph Gilgun (el haberse vuelto adicta al peligro tras mantener contacto físico con el Santo de los Asesinos ella y su relación con el misterioso personaje de Denis) sirven para dar empaque a media docena de episodios en los que el show va cogiendo fuerza narrativa y cohesión temática. Pero por desgracia hasta en ese periodo de bonanza creativa encontramos lastres argumentales, como toda la subtrama de Caraculo en el infierno que sólo se salva por algún recurso meritorio en la escritura y la labor de los actores a la que volveremos más tarde.
Como comentábamos al inicio de la entrada Seth Rogen, Evan Goldberg y Sam Catlin sólo han cumplido en un 50% su promesa con respecto a que esta segunda temporada iba a ser más fiel a los cómics de Vertigo. Por un lado es cierto, esta nueva tanda de episodios se alimenta más de las viñetas de Garth Ennis y Steve Dillon a la hora de abordar personajes, tramas y hasta el tono políticamente incorrecto (ese inicio del episodio Dirty Little Secret con Jesucristo de protagonista), pero todo está predispuesto de manera desordenada y caótica, sin orden ni concierto. En este sentido lo mejor que puede hacer el espectador que ha leído los cómics es algo semejante a lo que le pasó a los que habían leído a Robert Kirkman antes de ver The Walking Dead, aceptar que esto no es una adaptación de las viñetas, sino una reinterpretación de las mismas que sólo recurrirá a sus tramas y criaturas de manera tangencial. Una vez asumamos eso podremos dejarnos llevar por un producto que a marchas forzadas y con algo de retraso comienza a tomar entidad como una serie con la que realmente merece la pena perder el tiempo, lejos de llegar a ser un proyecto brillante, pero con los suficientes alicientes como para satisfacer a distinto tipo de espectadores y a lectores de la obra original con la mente abierta que no se rasguen las vestiduras por la infidelidad hacia las aventuras de Jesse Custer en papel.
Pero son los personajes y la labor de los actores que les dan vida lo que se ha revelado como el mejor aliciente de esta nueva temporada. Enorme acierto de casting haber elegido al británico Pip Torrens para dar vida a Herr Star, ofreciendo una encarnación que en ocasiones supera a la de las viñetas con pasajes memorables como el de sus adiestramiento para formar parte del Grial (lo de la distracción onanista en plena lucha es descacharrante) o las dos destacables escenas que protagoniza relacionadas con sodomizaciones. Sus miradas, tono de voz y lenguaje corporal son lo mejor del apartado artístico de esta temporada y seguro que en la próxima nos deparará más de un momento para el recuerdo. En cambio más austera es la labor de Graham McTavish como el Santo de los Asesinos, aunque cumple con profesionalidad a la hora de darle vida con fiereza y rotundidad física a su rol de villano. Ruth Negga vuelve a llenar de carisma, dureza y vulnerabilidad a Tulip, la actriz británica ha ido poco a poco moldeando su versión del personaje y ese poso de amargura en el que se adentra en esta temporada le queda genial. Algo parecido sucede con Joseph Gilgun como Cassidy, ya que su relación con el Denis de un remarcable Ronald Guttman sirve para que conozcamos una faceta diferente del vampiro irlandés y su continua lucha interna entre el raciocinio y su lado salvaje. Curiosamente el personaje principal que menos destaca esta segunda tanda de episodios es el Jesse Custer de un esforzado Dominic Cooper que aun protagonizando algunas secuencias recuperables (su pelea con los sicarios de Viktor, la batalla campal con los armenios en la clase del colegio) queda eclipsado por la labor de sus compañeros de reparto.
Pero como previamente hemos apuntado hay una subtrama en Preacher que discurre paralela a la que tiene a los tres personajes principales como núcleo central, la de Arseface (Caraculo en español) confinado en el infierno y rodeado de criminales que día tras día deben rememorar el instante más doloroso de sus vidas y donde nuestro joven amigo trabará amistad con el más inesperado de los aliados, el mismísimo Adolf Hitler. Al igual que en la primera temporada el estadounidnse Ian Colleti inyecta compasión, ternura y bondad a su personaje y una vez más se gana el corazón del respetable con su cara deformada, mirada lastimera y vocalización ininteligible. Por otro lado el británico Noah Taylor (intérprete por el que el autor de esta entrada profesa un especial cariño desde que lo descubrió en Casi Famosos y al que hemos podido ver en series como Juego de Tronos o Powers y films como Al Filo del Mañana o Tomb Raider) ofrece una divertidísima versión del “Führer” que se adentra en no pocas ocasiones en una sana incorrección política humanizándolo hasta límites en los que nos vemos obligados casi a empatizar con él, aunque finalmente siempre veamos salir a la luz su perfil cobarde, xenófobo y genocida. Su última escena en la temporada sintetiza por medio de la comedia absurda y el slpastick su rol como ser penoso y patético apuntando todo a que volverá en la próxima para saldar cuentas pendientes con su amigo Caraculo.
Después de unos primeros episodios bastante desconcertantes que debo admitir haber visto por simple inercia (estar suscrito a HBO España y tenerlos al alcance del mando a distancia ayuda bastante) la segunda temporada de Preacher consigue enderezar el barco y parecer por primera vez en su historia un producto meritorio, que sabe utilizar adecuadamente su original argumento y buscar un rumbo fijo para en el futuro ofrecer una producción de verdadera calidad dentro de su género que esperemos tome forma con la llegada a Angelville que se sugiere en el último episodio. El problema reside en que por mucho que el trabajo de Sam Catlin, Seth Rogen, Evan Goldberg y sus equipos técnico y artístico haya mejorado considerablemnte no lo ha hecho lo suficiente como para que Preacher deje de ser una serie simplemente aceptable y entretenida. En una parrilla televisiva en la que ha tenido que competir con pesos pesados como Juego de Tronos, Twin Peaks: The Return, The Handmaid’s Tale o The Leftovers la adaptación del cómic del predicador que se unió a su ex novia y a un vampiro irlandés para buscar a dios a lo largo y ancho del sur de Estados Unidos palidece irremisiblemente y tendrá que mejorar mucho en un futuro cercano para que el que esto firma no la recomiende como otra cosa que no sea un proyecto catódico para pasar el rato y con el que no pensar demasiado mientras ve sus capítulos, tan divertidos y frenéticos como intrascendentes y rápidamente olvidables.
Fue en el año 1995 cuando el mundo conoció a Jesse Custer. Tras su paso por la colección Hellblazer, protagonizada por el nigromante John Constantine, el guionista irlandés Garth Ennis y el dibujante inglés Steve Dillon fueron solicitados por la añorada editora ejecutiva de la línea Vertigo de DC, Karen Berger, para idear una nueva serie. Predicador era un road cómic (como recordaba nuestro antiguo compañero José Torralba en su magnífica reseña de la obra) con aroma de western en el que un predicador de Texas llamado Jesse Custer, que se encontraba poseído por la entidad divina Génesis, nacida de la copula ente un ángel y un demonio, se embarcaba en un viaje a lo largo y ancho de Estados Unidos en busca de Dios con su antigua novia Tulip y un vampiro irlándes llamado Cassidy. Este peculiar trío tenía la misión de dar con el Altísimo para poder ajustar cuentas con él, pero en el proceso ellos fueron a su vez perseguidos por personajes secundarios como Herr Star, miembro de una organización llamada el Grial, Caraculo (“Arseface” en el idioma original) un chico con la cara deforme que intentó suicidarse infructuosamente imitando a su ídilo musical, Kurt Cobain y el Santo de los Asesinos, un cowboy “muerto viviente” cuya única misión, lanzada desde el mismo Cielo, era eliminar a Custer. Durante sesenta y seis números, algunos especiales y un recorrido de cinco años de vida editorial Predicador se convirtió en una de las series más icónicas de Vertigo, uno de los cómics más alabados y vendidos de los años 90 y para muchos fans de Ennis y Dillon la opus magna de los autores de War Stories, Hitman, Juez Dredd o Punisher. El éxito del viaje físico y existencial de Jesse Custer, Tulip O’Hare y Proinsias Cassidy fua tan grande que durante años, y como la tradición de Hollywood manda, el proyecto de su adaptación cinematográfica o catódica se hizo eco dentro de los círculos del fandom.
Después de barajarse con el proyecto nombres como los Robert Rodríguez, Kevin Smith o Sam Mendes fueron el actor Seth Rogen (The Interview, This is the End) y los guionistas Evan Goldberg (The Green Hornet, Superbad) y Sam Catlin (Breaking Bad) los encargados de adaptar el cómic de Garth Ennis y Steve Dillon (con la aparición de estos como co productores ejecutivos) a la televisión por medio de la cadena de pago AMC, responsable de éxitos como la ya mencionada odisea metanfetamínica de Walter White y Jesse Pinkman, Mad Men o la traslación a imágenes del célebre colección The Walking Dead ideada por Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard para el la editorial Image. Precisamente esta versión catódica de la colección conocida en España como Los Muertos Vivientes, que a día de es un innegable éxito de público a nivel mundial, que se desvincula bastante de su base original en viñetas, nos hacía temer que en esta ocasión los jefazos de la AMC volvieran a realizar una traslación poco fiel a lo que el sello Vertigo nos ofreció durante un lustro. Por desgracia nuestros temores se confirmaron con el competente, pero despersonalizado, episodio piloto dirigido por Seth Rogen y Evan Goldberg y a su vez escrito por Sam Catlin. Ideas como la polémica con el casting de la serie que no a todo el mundo convenció o el hecho de que a pesar de ser un canal por pago la AMC es uno de los más restrictivos con el sexo y el lenguaje malsonante (lo de la violencia ya es otro asunto y ahí no encontramos carencia alguna, por supuesto) que abundan en la obra de Ennis y Dillon quedaron en un segundo plano cuando al arranque de la serie vimos que lo acontecido en pantalla poco tenía que ver con los cómics.
Digámoslo sin paños calientes, la primera temporada de Preacher no es lo que esperábamos, no tanto como serie que como adaptación de la obra de Garth Ennis y Steve Dillon, y el desarrollo de los diez episodios que la conforman no está a la altura de las (no pocas) expectativas que habíamos depositado en el proyecto después de tantos años de idas y venidas para sacarlo adelante. Esta tanda inicial de capítulos ha sido abordada por Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg como un “Jesse Custer: Año Cero”, una precuela de lo que acontece en el número uno de la colección de cómics publicada por Vertigo hace poco más de dos décadas. La idea no es mala, el hecho de que el espectador neófito y el que conoce las aventuras en viñetas tenga tiempo para conocer a los personajes que van a poblar esta aventura sobre amistad, fe, amor, perversión, violencia y muerte es un acierto, pero la duración que se toman para llevar a buen puerto dicha empresa es lo que la hiere de gravedad. Casi diez horas de metraje utilizan los creadores de la versión catódica de Preacher para narrar lo que podían haber despachado, puede que no sólo en el piloto, pero sí en dos o tres entregas. Por culpa de dedicar una decena de episodios a conocer a los protagonistas y al resto de habitantes de Anneville la primera temporada de la serie de AMC se pierde en una gran cantidad de subtramas innecesarias, inadecuadamente escritas y planteadas y que más que reforzar la historia central que vertebra el producto la perjudican por culpa de una dispersión narrativa que da muestra de cierta bisoñez por parte de los ideólogos de la obra.
Porque si eludimos lo evidente y vamos más allá de la verdad irrefutable que confirma a esta primera temporada de Preacher como una serie de televisión en la que sus responsables han cogido a los personajes creados por los autores de Hellblazer y han hecho con ellos y sus aventuras lo que les ha dado la gana obviando el poderoso material en papel que nació en las oficinas de Vertigo no podemos pasar por alto que estos primeros diez episodios contienen una irregularidad narrativa bastante notable. La muestra más fehaciente de esta descompensación en la escritura de Preacher queda patente en cómo están abordados los flashbacks que narran el origen del Santo de los Asesinos. Estos pasajes, utilizados sin una cadencia regular en los “cold opening” de varios episodios, más que facilitar información sobre el personaje y cuál será su implicación con las correrías de Jesse Custer y sus amigos sólo acrecienta la incertidumbre sobre su presencia en la serie, incluso para el lector del cómic que conoce a la versión en viñetas del rol lo que acontece en pantalla no puede hacer otra cosa que desconcertarle. Un ejemplo más sangrante todavía es el del arranque del episodio 1×09, Finish the Song, que contiene la mejor escena de acción de toda la temporada (la del Santo de los Asesinos en el saloon) para después ser utilizada de manera repetitiva y machacona hasta hacer desparecer las virtudes que la convertian en un pasaje memorable. Pues algo parecido sucede con el devenir de la serie y el estancamiento argumental en el que se asienta el personaje de un Jesse Custer obsesionado con encarrilar a su rebaño por medio de la fe y la sumisión al altísimo, haciendo uso, en no pocas ocasiones, de la famosa “La Palabra de Dios” que le proporciona Génesis y con la que puede controlar la voluntad del prójimo.
Esta falta de cohesión en la escritura de la serie es un fallo incluso más grave que la escasa fidelidad hacia el material de partida. Porque si el proyecto está sólidamente escrito, su narración adecuadamente estructurada y el desarrollo de las distintas tramas mantienen un equilibrio y equidad coherentes puede que no nos encontremos con una “buena adaptación de un cómic”, pero sí con una “buena serie de televisión”. Con esta afirmación no quiero dar por sentado que Preacher es una mala ficción, es un producto competentemente realizado y con un reparto muy solvente, pero sus creadores titubean demasiado a la hora de dar peso al relato que quieren contar, son demasiadas subidas y bajadas, momentos potentes y bien ejecutados alternándose con otros innecesarios, alargados o póbremente ideados y en ese sentido el conjunto de la serie se resiente, dando muestras de que Catlin, Rogen y Goldberg todavía no saben qué quieren hacer con su criatura y hacía donde quieren encarrilarla. Esto en pantalla se deja notar considerablemente y esa incoherencia interna de la historia a veces lo tiene fácil para que no pocos espectadores se salgan de la serie, no sólo por la irregularidad del guión de la propuesta, sino por la confusión que esta manera inadecuada de abordar las pequeñas historias que rodean a la central protagonizada por Jesse, Tulip y Cassidy pueda despertar en la persona que trate de engancharse al producto ideado por la cadena AMC. Esto queda patente cuando vemos que mientras las subtramas de Caraculo y el sheriff Root, la de Odin Quincannon o la que implica al Santo de los Inocentes (que a pesar de estar estructurada de manera deficiente en el conjunto del producto es bastante potente) atraen la atención de la audiencia otras como la de Donnie Schenk y su esposa Betsy son totalmente prescindibles y aportan poco al producto.
Aunque en su momento dio pie a cierta polémica el reparto de actores es el punto más fuerte de Preacher. La elección de casting con los tres personajes principales ha sido un acierto, aunque vaya por delante que todavía están lejos de ser (si algún día llegan a serlo) adecuados émulos de sus versiones en viñetas. Vaya por delante que Dominic Cooper no es la mejor elección para dar vida a Jesse Custer, algo que quedaba más o menos confirmado en los primeros episodios cuando lo veíamos abordar su rol de manera poco convincente. Por suerte el británico poco a poco se ha ido haciendo con su criatura y a estas alturas consigue transmitir la chulería, la integridad y la fuerza que se le exigía a su protagonista. Joseph Gilgun está enorme como Cassidy, aunque todavía no llega a las cotas de amoralidad necesarias sabe captar en gran parte el tono macarra y descerebrado que conocemos de las viñetas protagonziando algunos de los momentos más cómicos de la serie. Pero del trío principal un servidor se queda con la Tulip de una soberbia Ruth Negga, que si bien se distancia bastante de la de los cómics es abordada por la actriz con una combinación incontestable de elegancia, sensualidad, fuerza y carisma. Dentro de los secundarios es inevitable no enamorarse del Caraculo de Ian Colletti, un personaje entrañable y trágico que carece del aire de sorna y humor negro con el que lo retrataron Ennis y Dillon, aunque eso no es óbice para que se gane el corazón del respetable. W. Earle Brown tira de profesionalidad para dar vida al sheriff Root, Lucy Griffiths apela a la sencillez como Emily y Toom Brooke y Anatol Yusef basculan entra la simpatía y lo irritante como Fiore y Deblanc. Pero es Jackie Earle Haley el secundario robaescenas, ya que cada vez que su Odin Quincannon aparece en escena sabemos que alguna burrada pasada de rosca va a suceder y el Rorschach de la adaptación cinematográfica de Watchmen no nos decepciona. De Graham McTavish como el Santo de los Asesinos poco puedo decir, tiene la presencia y el físico, pero hasta el penúltimo episodio no pude verle la cara, de modo que poco más puedo evaluar de su labor en el reparto.
A pesar de que Seth Rogen, Evan Goldberg y Sam Catlin han afirmado que a partir de la segunda temporada serán fieles a todo lo que aconteció en los cómics de Garth Ennis y Steve Dillon al espectador le queda tras ver esta primera temporada de Preacher la sensación de que se ha desperdiciado la oportunidad de haber realizado una serie brillante desde su mismo arranque en la parrilla televisiva norteamericana. Por ahora este producto de la AMC no pasa de lo correcto y aunque desde su inicio trató de entregarse a la originalidad, la no transitación por caminos mil veces recorridos por otros programas de ficción y el retrato de unos personajes que eluden con suma facilidad los clichés más manidos del género (casi) nada del descaro, la blasfemia, el humor cafre, la violencia explícita y el sexo enfermizo regado con whisky, sangre, nicotina y decorados con diálogos ágiles puramente tarantinianos (lo más cerca a eso en la serie de tv es la obsesión de Cassidy con que El Gran Lebowski de los hermanos Coen es una mala película) y una visión crítica de la América Profunda que poblaban la colección de la línea Vertigo podemos ver en estos diez primeros episodios. Es un fallo mayúsculo haber dedicado una temporada completa a perfilar unos personajes en un contexto que necesitaba haber sido mejor elaborado y desarrollado en el guión, para después convencernos de que esperemos un poco más para que la serie arranque totalmente para ser el producto notable que todo esperábamos que fuera. A pesar de contener tantos fallos como virtudes Preacher es una serie que atesora un considerable potencial que si es convincentemente abordado pueda dar forma a una gran propuesta y una adaptación notable del viaje físico y existencial de Jesse Custer y sus amigos, pero por ahora nuestro entusiasmo queda bastante atenuado hasta que veamos lo que sucede el año que viene cuando llegue la segunda tanda de episodios.