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lunes, 28 de febrero de 2022

Trangresión Continua Express 2022 - Enero

El Contador de Cartas (Paul Schrader, 2021) - Paul Schrader vuelve a los terrenos de Light Sleeper, y por lo tanto a los de Pickpocket (Robert Bresson, 1959), en un elegante noir sobre fatalidad y venganza con un mellviliano Óscar Isaac de contención e introspección dignas de estudio.


West Side Story (Robert Wise, Jerome Robbins, 1961) - Primera adaptación cinematográfica del musical homónimo que revolucionó el subgénero. A día de hoy mantiene toda su fuerza gracias a canciones y coreografías inmortales, una puesta en escena vibrante y  enormes intérpretes.


West Side Story (Steven Spielberg, 2021) - La fuerza sobrenatural de un Spielberg pletórico detrás de las cámaras al servicio de una relectura excesivamente respetuosa con el material original. Atención a los secundarios devorando impunemente a la descafeinada pareja protagonista.


Scream (Matt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett, 2022) - Continuista y autoparódica es solo otra entrega en la saga, pero su violencia es más explícita, juega bien con el metalenguaje, carga las tintas contra el terror elevado o el fandom tóxico y muestra sus respetos a Wes Craven.


HarryPotter: Regreso a Hogwarts (Joe Pearlman, Eran Creevy, Giorgio Testi, Casey Patterson, 2022) - Emotiva y elaborada reunión en la que Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint hablan de sus experiencias rodeados por muchos de los implicados en la icónica saga cinematográfica inspirada en los libros de J.K.Rowling.


Mamá o Papá (Dani de la Orden, 2022) - Mediante un equilibrado timing cómico, mordacidad a la hora de abordar las relaciones familiares y actores tocados por el don de la naturalidad este remake de la francesa Papa Ou Maman ofrece 103 minutos de puro entretenimiento.


El Páramo (David Casademunt, 2022) - Folk horror con cuerpo de western sustentado en la brillante puesta en escena del debutante David Casademunt y la hercúlea labor interpretativa de su trío protagonista encabezado por una Inma Cuesta superlativa.


Yo Anduve Con Un Zombie (Jacques Tourneur, 1943) - Vudú, amor y muerte para un clásico transfigurado en prematura génesis del subgénero zombie. Todo ello al servicio de un Jacques Tourneur descomunal en su elegancia formal y talento para amalgamar onirismo y exotismo.


El Secreto del Lago (Brian Trenchard-Smith, 1986) - Más melancólica que aventurera Frog Dreaming (The Quest) es casi una rara avis dentro de los sucedáneos de The Goonies de mediados de los 80. Henry Thomas eclipsa a unos secundarios elegidos entre los peores actores de Australia.


Succession: Temporada 1 (Jesse Armstrong, 2018) - El Rey Lear en los Estados Unidos de Donald Trump, la prosa de Shakespeare según Coppola y Scorsese, el capitalismo agresivo como alimento para una familia de carroñeros, un tótemico Brian Cox al frente de un casting de ensueño.


Succession: Temporada 2 (Jesse Armstrong, 2019) - Julio César en los tiempos del Me Too, abuso de poder y corporativismo pisoteando a la clase trabajadora, conspiraciones contra un emperador que disfruta jugando a ser Dios y Jeremy Strong ganando terreno al resto del reparto.


Succession: Temporada 3 (Jesse Armstrong, 2021) - La Guerra de las Rosas en el mundo de la sobreinformación y la posverdad, arribistas traicionandose los unos a los otros por un imperio decadente y Kendall Roy como un Macbeth moderno acosado por sus fantasmas personales.


Cobra Kai: Temporada 4 (Jon Hurwitz, Hayden Schlossberg, Josh Heald, 2021) - Más condescendiente con el espectador y complaciente consigo misma que nunca, todavía funciona gracias a su híbrido entre serie adolescente y revival nostálgico. Enorme Thomas Ian Griffith como Terry Silver.


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Transgresión Continua Express 2020 - Agosto II

365 Días (Barbara Białowąs, Tomasz Mandes, 2020) - Profundamente machista, misógina hasta el vómito, romantiza sin tapujos el secuestro o el maltrato psicológico y físico. Que semejante engendro sea un éxito en Netflix y esté co escrito y co dirigido por mujeres clama al cielo.


Proyecto Power (Henry Joost, Ariel Schulman, 2020) - Cine de acción con apuntes de ciencia ficción, rodado por los directores de Nerve, que más allá de su reparto y un llamativo acabado visual no aportada nada de interés.


Germinal (Claude Berri, 1993) - Adaptación de la novela de Emile Zola con la que Claude Berri retrata de manera naturalista y desgarradora las condiciones de trabajo inhumanas de los obreros a finales del siglo XIX gracias a un gran despliegue de medios y un excelente reparto.


Granja Maldita (David Keith, 1987) - El actor David Keith dirige esta nefasta adaptación de The Color Out of Space, de H.P Lovecraft, que muestra una sorprendente inoperancia en todos y cada uno de sus apartados. Inexplicablemente contó con hasta tres secuelas.


El Beso de la Pantera (Paul Schrader, 1982) - Explicitando todo aquello que era sugerido en la versión de 1942, dirigida por Jacques Tourneur, Paul Schrader plantea una interesante alegoría sobre el despertar sexual con un gran casting y un impecable apartado visual.



You Don't Nomi (Jeffrey McHale, 2019) - Declaración de amor a esa obra maestra del cine trash llamada  Showgirls y a Elizabeth Berkley, también un pormenorizado análisis sobre cómo encaja dicha obra en las constantes autorales de la filmografía de Paul Verhoeven.




jueves, 13 de febrero de 2014

La Costa de los Mosquitos, paradise lost



Título Original The Mosquito Coast (1986)
Director Peter Weir
Guión Paul Schrader basado en la novela de Paul Theroux
Actores Harrison Ford, River Phoenix, Helen Mirren, Andre Gregory, Martha Plimpton, Jadrien Steele, Hilary Gordon, Rebecca Gordon, Jason Alexander, Dick O'Neill, Alice Sneed







Un año después de que debutara en Hollywood con la aceptable, pero no muy destacable, Único Testigo (Witness, 1985), cinta que consiguió varias nominaciones a los Oscars llevándose a casa los de mejor montaje y mejor guión original, el cineasta australiano Peter Weir volvió a embarcarse en una producción estadounidense, aunque esta vez mucho menos comercial o autocomplaciente y puede que por ello poco exitosa. La Costa de los Mosquitos es una adaptación de la novela homónima del escritor Paul Theroux, una estimable obra que mereció más crédito del que recibió por narrar desde las entrañas una historia tan incómoda como lúcida y que incita a un interesante debate por su planteamiento y desarrollo.




Allie Fox es un incoformista ciudadano norteamericano que reniega de los Estados Unidos y su modo de vida. De profesión inventor, casado y con cuatro hijos Fox es un hombre que vive hastiado del consumismo y la autocomplacencia de la sociedad en la que le ha tocado vivir. Por ello un día toma la decisión de viajar con su familia hasta la famosa Costa de los Mosquitos en Honduras para comenzar una nueva vida allí. Rodeado de indígenas en la jungla Fox comenzará a poner en marcha proyectos con los que llevar el progreso a la zona. Pero su ambición, su obsesión y la incursión de unos mercenarios que truncarán sus planes le convertirán en un hombre inestable y peligroso para sí mismo, sus familiares y todos los habitantes de la costa.




The Mosquito Coast es la odisea física e introspectiva de un solo individuo contra el mundo. Allie Fox es un hombre de ciencia que no ve con buenos ojos el camino que está tomando su país convencido de que una guerra nuclear acabará con el mismo en un futuro próximo. Aunque es una persona de una más que considerable inteligencia finalmente se verá arrastrado por su propia obsesión de crear una utopía terrenal, un paraíso para él y los suyos que se verá destruido por culpa de que el esqueleto que debe sostenerlo nace de su egoísmo y megalomanía desmesurada, arrastrando a su familia a un infierno existencial localizado en una guerra perdida de antemano.




Curiosamente el mayor acierto de La Costa de los Mosquitos es el que posiblemente impidió su triunfo entre el gran público. El protagonista de la octava película del cineasta de El Club de los Poetas Muertos es un personaje con el que es casi imposible identificarse o empatizar con él. Un hombre contradictorio que comienza una nueva vida en una jungla hondureña para alejarse de la civilización con su familia y viendo como su proyecto fracasa cuando cambie el altruismo por la ambición y acabe siendo un reflejo deformado del agresivo imperialismo estadounidense del que venía huyendo. Un padre y marido que será odiado por sus parientes (su hijo mayor, interpretado de manera destacable por el malogrado River Phoenix narra la historia con su voz en off) que llegarán a desear su muerte porque finalmente se convierte en una figura indeseable, pretenciosa y cruel anteponiendo su autorrealización personal al bienestar de los suyos.




Pero esto no impide que el Allie Fox al que da vida un magnífico Harrison Ford no sea una criatura fascinante y poliédrica que sustenta en sus hombros la mayor parte del largometraje. No es nada descabellado que detrás del guión que adapta a imágenes la novela de Paul Theroux se encuentre Paul Schrader, colaborador de Martin Scorsese en la escritura de algunas de sus obras más recordadas como Taxi Driver, Toro Salvaje o La Última Tentación de Cristo e irregular cineasta que entre algunas obras alimenticias o poco interesantes también ha dado forma a joyas como Aflicción, Posibilidad de Escape (Light Sleeper) o El Placer de los Extraños. Schrader es un experto diseccionador de la mentalidad perturbada en continua lucha interna por culpa de su inestabilidad psicológica o contradicciones morales, por ello el retrato que hace del personaje principal en La Costa de los Mosquitos es tan enriquecedor e interesante.





Peter Weir, como siempre, hace un trabajo mastodóntico en la realización. Su tono clasicista y grandilocuente torna aquí en momentos de magnificencia visual y narrativa, aunque en esta ocasión siempre rodeado de una pátina de crepuscularidad dejándose notar hasta en los pasajes más alegres del relato. El director de El Show de Truman sabe aprovechar con pericia y mucho oficio los parajes salvajes en los que rueda el grueso del largometraje incluyendo pasajes que rememoran obras cinematográficas pretéritas como Apocalipsis Now y hasta literarias como El Señor de las Moscas de William Golding. Secuencias como la de la destrucción de la enorme máquina para fabricar hielo se quedan grabadas en la retina por su poderosa impronta visual y su carga emocional recayendo en ese mismo momento en el rostro de desesperación de Harrison Ford al ver como se derrumban todos sus sueños por su pretenciosidad.




La Costa de los Mosquitos es una recuperable obra con los suficientes aciertos y alicientes como para no ser olvidada. Desde su dirección y escritura, pasando por la soberbia fotografía de John Sheale o la evocadora banda sonora de Maurice Jarre hasta la labor de todos sus actores entre los que destaca el ya mencionado Harrison Ford y una, como siempre, sobresaliente Helen Mirren dándole la réplica como su mujer. Ofreciendo una mirada sin contemplaciones hacia los fanatismos de toda índole, los enfrentamientos de Fox con el Reverendo Spellgood en los que ninguno de los dos da el brazo a torcer son memorables, y una lectura bastante desencantada sobre las relaciones paternofiliales forjadas por medio de la toxicidad el australiano Peter Weir volvió a dar en la diana con una obra que, sin ser uno de sus productos más destacados, sí merece el reconocimiento que en su momento no recibió de manera totalmente injusta.


miércoles, 25 de agosto de 2010

El Placer de los Extraños, muerte en Venecia



Título Original: The Comfort of Strangers (1990)
Director: Paul Schrader
Guión: Harold Pinter basado en la novela de Iam McEwan
Actores: Christopher Walken, Rupert Everett, Natasha Richardson, Helen Mirren





Un cadencioso y etéreo travelling, envuelto en la elegante partitura del gran Angelo Badalamenti nos invita en los primeros minutos de El Placer de los Extraños a conocer las estancias del (en apariencia) cálido y acogedor hogar del matrimonio formado por Robert y Caroline. Personajes que en esos primeros compases cinematográficos aún no conocemos. La voz de Cristopher Walken ayuda a que su rol empiece a relatar una historia sobre la rígida y estricta educación que recibió por parte de su padre cuando era niño. Estamos a punto de realizar un viaje al lado más oscuro del ser humano de la mano de tres genios. El guionista y director Paul Schrader, el escritor británico ganador del premio Nobel de literatura Harold Pinter y el novelista Ian McEwan cuyo libro sirve como base para el relato.




The Comfort of Strangers supone uno de los trabajos más sólidos y menos reconocidos del guionista de Toro Salvaje, Taxi Driver o La Última Tentación de Cristo ejerciendo como director. Labor detrás de las cámaras en la que ha realizado trabajos memorables como Hardcore, Aflicción, Posibilidad de Escape u obras más intrascendentes como Forever Mine (salvada por esa belleza llamada Gretchen Mol) o Touch. Con la ayuda de Harold Pinter adaptando la novela de Ian McEwan el director de Autofocus consigue un excelente drama de tintes eróticos lleno de una atípica y malsana morbidez.




Curiosamente uno de los aciertos más grandes de una obra como El Placer de los Extraños es nunca exponer esa sordidez humana de manera explícita en pantalla. Schrader en un afán milimétrico y analítico que le honra, se las ingenia para que todo el poso de enfermiza psicología quede fuera de plano, sea puesto en escena por medio de los diálogos (memorable el primer monólogo de Walken a Everett y Richardson) o en ínfimas y muy acertadas escenas de violencia física, como la del golpe en el estómago que descoloca totalmente a un espectador que empieza a ver en ese mismo instante hacia donde se encarrilará la trama y cuales son las intenciones de los extraños anfitriones de la pareja de enamorados.




En la octava película de Schrader podemos contemplar una narración sustentada en mostrar como la rutina y la apatía puede hacer mella en un matrimonio y como la irrupción de uno o más desconocidos dinamita dicha relación en más de un sentido, aunque en principio parezca que dicha presencia inyecta vitalidad a la misma. Antes de Schrader lo hicieron gente como Andrjez Zulawski con La Posesión desde un punto de vista más abstracto claro está y más tarde lo volverían a hacer Roman Polanski en Lunas de Hiel, David Cronenberg en Crash o Lars Von Trier en Anticristo, pero siempre con un elemento en común. Una visión del sexo desprovista de todo tipo de prejuicio (aunque arraigada paradójicamente en la represión) y parafilias de corte sadomasoquista que suelen desembocar en muerte o mutilación física y mental.




Todo este fresco está expuesto en la dirección con una exquisitez Viscontiniana (esas panorámicas de una Venecia entre arrebatadora y sombría) irresistible por parte del guionista de Al Límite, que realiza unos de sus mejores trabajos con encuadres magistrales, un uso excelente del tempo en la narración y los contemplativos travellings que insuflan un tono de extrañeza a la atmósfera del film. Pinter aporta la adaptación en guión del libro de McEwan, escribiendo pasajes excelentes y regalando momentos memorables a un reparto en estado de gracia que va desde la magnética presencia de un Christopher Walken en una de sus mejores composiciones, la mirada ambigua de una Helen Mirren que esta mejor hoy que en la época la que protagonizo esta cinta, un Rupert Everett de corte atlético y porte irónico y la tristemente desaparecida Natasha Richardson que aporta una belleza luminosa e incluso candorosa al conjunto.




Tristemente olvidada, pero normalmente rescatada por los especialistas del medio como uno de los mejores trabajos de su director, El Placer de los Extraños se puede contemplar hoy como un producto elegante y perturbador. Una obra que lo tenía todo para convertirse en un film de un acabado excelente pero que no recibió el reconocimiento que debía, es decir, la historia de siempre. Yo ahora mismo me quedo con una de las mejores pasajes dirigidos por Schrader. La escena de la cuchilla de afeitar. Una toma ejecutada con maestría, haciendo un uso soberbio del travelling con grúa, de la unión de música e imagen y una vez más, gracias a su realizador, apelando por el fuera de campo mostrando de nuevo que no hace falta ver directamente la violencia para comprobar los estragos que puede llegar a producir.