viernes, 8 de julio de 2011

Transformers 3: La Cara Oscura de la Luna



Título Original Transformers: Dark of the Moon (2011)
Director Michael Bay Guión Ehren Kruger
Actores Shia LaBeouf, Rosie Huntington.-Whiteley, John Malkovich, Josh Duhamel, Patrick Dempsey, John Turturro, Frances McDormand, Keon Jeong, Peter Cullen, Alan Tudyk, Tyrese Gibson, Kevin Dunn, Lester Speight




En el año 2007 tras años de especulaciones, cambios de director y una larga pre producción, Steven Spielberg como productor y el inefable Michael Bay detrás de las cámaras dieron forma a la primera adaptación en imagen real (es un decir) de los famosos juguetes de Hasbro, Transformers, que dieron el pelotazo en los 80 creando un legado lleno de series de TV animadas con secuelas y remakes, cómics y sobre todo figuras de acción, que también formaron parte de la vida de un servidor en su más tierna infancia.




Transformers más que una adaptación de los famosos juguetes convertibles era una película 100% Michael Bay. Un agradable, entretenido, tonto y cargado espectaculo pirotécnico lleno de tanta acción y diversión como de vacuidad y poca trascendencia. Es decir, la obra se presentaba como un producto hijo de su director. Patriotismo recalcitrante, humor de dudoso gusto y mucha acción descontrolada llena de floritura visual de poco calado y mucho ruido para atronar a un espectador que o se implica y disfruta de la velada o sale asqueado de la misma.




Dos años después llegó la secuela, que se adentró en una mediocridad alarmantemente pronunciada por apelar a una exageración de todas las características de la primera entrega. La acción se hiperbolizó considerablemente, lo cual no era demasiado malo. Bay enfatizó lo que funcionó anteriormente y metió más Transformers y de mayor tamaño. El problema vino cuando quiso dar más protagonismo a ese tipo de comedia que sólo se apuntaba en el primer film y que aquí ocupaba la mitad de un metraje que se veía invadido por una sarta de chistes sin gracia que ya no sólo implicaban a los seres humanos que trababan amistad con los robots alienígenas, sino que se extendía a estos últimos llegando a momentos de vergüenza ajena como en la secuencia en la que Bumblebee orinaba por el salpicadero. Sin comentarios.




En esta tercera parte el tandem Spielberg/Bay ha tomado nota y ha dejado de lado ese humor que no funcionaba y cuya presencia en esta entrega es más puntual, aunque no escaso. Por otro lado, una vez más la acción brutalmente aparatosa y exagerada aumenta de una manera desproporcionada, devorando los tres últimos cuartos de hora de la producción que se convierte en una bacanal de efectos digitales que emulan aparatosas criaturas mecánicas cuya presencia y actos no parecen tener fin y llegan a saturar a un espectador que en ocasiones cree estar asistiendo más a la interminable y muy trabajada intro de un videojuego que a un largometraje cinematográfico.



Transformers 3 mejora con respecto a la segunda entrega, pero aún está a años luz de la entretenida y no tan exagerada primera parte. Bay trata de comenzar su producto con una estilo distinto, más serio y es en gran parte un acierto esa recreación de la América de finales de los 60 pendiente de aquel primer viaje a la luna por parte de la NASA. Poco después en unas pinceladas el director y el guionista Ehren Kruger ponen las cartas sobre la mesa. Nos muestran el estado actual de los personajes principales de la saga. Se quitan algunos de en medio como una Megan Fox a la que le sueltan un par de aguijonazos envenenados, sustituida la misma por un clon suyo pero con el pelo rubio llamado Rosie Huntington.-Whiteley que hace lo mismo que aquella, ser un bonito florero. Ponen a otros en escena como una Frances MacDormand que encuentra complicidad coeniana con el rol de John Turturro, un Alan Tudyk memorablemente pasado de rosca o un John Malkovich pasándoselo en grande haciendo el payaso. Con todo este menú empujan como pueden el desarrollo de la casi inexistente y manida trama para que la historia avance.




Por lo demás tenemos lo de siempre. Una nimia excusa narrativa para que todo desemboque en una batalla mastodóntica entre Autobots y Decepticons. La primera aparición (muy desangelada) de uno de mis Transformers favorito (Shockwave, con una horrible lombriz mecánica de acompañante digna de un planeta Arrakis mecanizado). Una trama previsible y mal hilada. Una historia de amor incosistente. Un humor que unas veces funciona y otras no y un Patrick Dempsey al que su papel le va como el culo, a pesar de que el tipo se esfuerza y va elegante.




Por el camino tenemos algunas de las más logradas escenas de la carrera de Bay (la de los saltadores desde el rascacielos) o lo que viene a ser lo mismo, planos de una considerable potencia visual al servicio de la más grande de las vacuidades. Homenajes a papá Spielberg o a producciones suyas (Gremlins, La Guerra de los Mundos, Minority Report) agobiante exaltación de todo ambiente castrense y una saturación de efectos digitales tan bien acabados como innecesarios. Todo esto extendido en un metraje innecesariamente alargado y una estética en los Transformers que poco tiene que ver con la de los juguetes originales, que destacaban por su sencillez formal y sus colores primarios, aunque estos son dos males que sufre toda la saga desde su inicio. No creo que ver a enormes máquinas que parecen hechas con papel de aluminio darse de tollinas por una excusa insostenible merezca algo más de 100 minutos de metraje.




Una secuela que ya ni se centra en llevar a los personajes de los 80 al cine. Su única misión es seguir amasando millones para atraer a más gente a las salas y con ello afianzarse una cuarta entrega que en poco más de dos años volverá a asaltar nuestras carteleras. Por último decir que cuando un servidor vio los primeros 5 minutos de la cinta pensó que no se había hecho un uso del formato 3D tan genial desde Avatar. El resto de metraje me mostró cuan equivocado estaba y me confirmó que salvo contadas excepciones lo de las gafitas es sólo una excusa para reducir (dentro de lo posible) las grabaciones furtivas en las salas que posteriormente se cuelgan en la red y sacarnos más dinero en la taquilla. Larga vida a Hollywood.


lunes, 4 de julio de 2011

Enter the Void, omnisciencia cinematográfica después de la muerte




Título Original Enter the Void (2009)
Director Gaspar Noé
Guión Gaspar Noé
Actores Nathaniel Brown, Paz de la Huerta, Cyril Roy, Emily Alyn Lind, Jesse Kuhn, Masato Tanno, Olly Alexander, Sara Stockbridge





Es una empresa complicada, casi imposible para la mayoría, enfrentarse a una película del cineasta argentino afincado en Francia, Gaspar Noé y quedar indiferente con su visionado. Enter the Void es su tercer largometraje y fue presentado en el festival de Cannes del año 2009. Durante su pase tuvieron lugar ciertos hechos ya habituales cuando una de sus cintas es mostrada en alguna competición oficial. Espectadores saliéndose de la sala al poco de iniciar la proyección, otros más aguerridos que aguantan hasta la mitad o la eterna convivencia en la platea entre aplausos enfervorecidos y considerables abucheos.




Gaspar Noé se dio a conocer con el mediometraje Carne, que narraba la vida de un carnicero francés (impagable Philip Nahon) violento, incestuoso y pedófilo a cuyas andanzas dio continuidad en su primer, bestial y prometedor largometraje Solo Contra Todos, obra en la que asentaría sus bases autorales. Utilización violenta de la cámara y el montaje, ausencia casi total de elipsis narrativas, inclusión en pantalla de carteles subliminales o explícitos arrojados contra el espectador, así como una personal y cruenta mirada repleta de agonía existencial sin concesiones sobre el lado más oscuro del ser humano, amparándose unas veces en un hiperrealismo que cortaba la respiración y otras en sensacionalismo que producía vergüenza ajena, sirva de ejemplo el cartel que salía en al recta final del metraje y que nos daba 30 segundos para abandonar el visionado de la cinta y de este modo no asistir a un desfile de violencia supuestamente insoportable.




En el año 2002 llevó el escándalo en la sección oficial del festival de Cannes con su siguiente cinta detrás de las cámaras, Irreversible. La segunda obra cinematográfica de Gaspar Noé era una historia de rape and revenge narrada hacia atrás, destruyendo de esta manera la ley de causa efecto y exigiendo al espectador mayor implicación con una historia angustiosa y brutal en fondo y forma (cámara realizando movimientos giratorios espasmódicos y mareantes, efectos de sonido ensordecedores a 28 khz) protagonizada por tres estrellas del cine francés tales como Vincent Cassel, Monica Belucci y Albert Dupontel. Irreversible como obra posee tantos hallazgos e ideas suicidas con mucho mérito, como pretensiones y pasajes de un efectismo poco acertado. Su paso por el festival causó una agría polémica, por su violencia extrema, su mensaje reaccionario y supuestamente homófobo, pero sobre todo por una dura (realista, directa, sin concesiones podríamos afirmar) escena de 12 minutos sobre una violación en tiempo real. Aunque yo siempre he afirmado que la del extintor que acontece en el Rectum la supera a la hora de causar cierto impacto en el espectador.




Con Enter the Void el público y la prensa especializada ya sabía a que se atenía conociendo la obra previa de Noé. Eso es lo esencial para enfrentarse a una película de este señor, saber que no se corta un pelo a la hora de poner escenas duras en pantalla o mejor dicho, abordar esas escenas de una manera que a otro director ni se le pasaría por la cabeza. Una vez el espectador es consciente de que no sabe lo que se va encontrar (algo que por desgracia se ve muy poco a día de hoy en el mundo del cine y que es algo de mucho valor que se agradece) debe despojarse de prejuicios y acometer el visionado de la obra con una intencionalidad de completa implicación, porque si las obras previas de Gaspar Noé eran de alguna manera difíciles de abordar, su tercera cinta no lo es menos, pero si entramos en su juego seremos partícipes de un ejercicio de estilo cinematográfico original, excesivo, desafiante y único en su especie. A partir de aquí incluyo algunos spoilers de la película.




Ya desde los exagerados, coloristas y martilleantes títulos de crédito (no tan acertados como los de Irreversible) de Enter the Void vemos sin lugar a dudas el sello de su director. Un señor que es capaz de utlizar los carteles en los que se presenta el equipo artístico y técnico de su producto como arma arrojadiza para llamar la atención a todos los sentidos de un espectador que despierta de su letargo y sale de su estado acomodaticio. Más tarde con la sencilla premisa de dos hermanos americanos que viven en Tokyo y la muerte de uno de uno de ellos, Noé nos propone un viaje cinematográfico intra y extracorporeo que no se parece a practicamente nada que se haya podido ver previamente en una pantalla de cine.




Para empezar, el director del corto Sodomites apela a la implicación total y la empatía del espectador al introducir su cámara literalmente en su protagonista. Es decir, lo que viene siendo la primera media hora de la obra está rodada en unos magníficos y en ocasiones geniales (lo de los parpadeos me parece una idea magistral) planos subjetivos. Nosotros mismos somos el protagonista, Óscar. Vivimos su vida, vemos lo que él ve y experimentamos lo que él siente, como cuando se coloca al fumar DMT y empieza a ver imágenes lisérgicas y oníricas llenas de colores que remiten a la obsesiva admiración que Gaspar Noé tiene por 2001, Odisea en el Espacio la obra maestra de Stanley Kubrick.




Cuando llegamos al final de este tramo experimentamos de manera enfermizamente epidérmica y brutal la escena que hace que merezca la pena el visionado de Enter the Void. La de la muerte de Óscar y por ende la nuestra como espectadores. Esa sola secuencia, ese instante, tiene tanto cine puro en su interior, está tan magistralmente expuesta en pantalla que algo muy grande debe hacer Noé para superarla y a fe mía que a pesar de que queda un largo viaje lleno de momentos meritorios (y otros no tanto) no lo consigue. Las manos ensangrentadas del protagonista, esa muerte solitaria, esos sollozos convertidos en súplicas, dan forma a una de las escenas más profundamente reales, tristes y logradas que un servidor ha podido ver en muchos años dentro de un film.




Tras esta parte la cinta crea una ruptura total en la puesta en escena ya que la cámara (el espectador, el narrador) sale de Óscar y se convierte en una entidad extracorporea que sobrevuela la ciudad de Tokyo. Para unos se trata del fantasma del protagonista, para otros (entre los que nos incluímos el mismo director y un servidor) todo es un último sueño en la mente del chico durante su estertor de muerte. Una fuga disociativa que le hace creer ser la presencia demiúrgica de un futuro en el que vela por su desamparada hermana y que realmente sólo está en su cerebro apunto de apagarse al fallecer. Poco importa cual de las dos teorías es la válida o acertada (aquí entraríamos en unos terrenos similares a los de la filmografía del norteamericano David Lynch) Noé se sirve de esta técnica para convertir al espectador en un ser cinematográficamente omnisciente que todo lo ve y al que nada se le escapa.




Esta elección tan arriesgada formalmente es la que sacrifica a gran parte de los espectadores que visionan Enter the Void. Porque de los 155 minutos que tiene el metraje 125 más o menos, si no contamos los flashbacks de Óscar (esta vez rodados desde su propia espalda, otro acierto de Noé sacarnos poco a poco de su personaje, pero ojo, manteniendo los parpadeos que siguen enfatizando la empatía física del espectador con el rol) están planificados en un interminable plano cenital que recorre edificios iluminados de la ciudad nipona, habitaciones, calles, cableados, luces. Esta decisión por parte del cineasta puede irritar y agotar a cierto tipo de espectadores más acostumbrados a que se lo den todo mascado en el plano visual, pero si aceptamos la propuesta la experiencia merece la pena.




A partir de la muerte de Óscar el film torna en un sobrecargado, excesivo y por qué no decirlo, en ocasiones genial ejercicio de estilo cinematográfico de corte voyerista sobre cómo el personaje de Linda afronta la muerte de su hermano. Por otro lado la relación entre ambos es retratada en los flashbacks por Noé bordeando el candor más esplendoroso (puede que ahí estén las imágenes más bellas de su filmografía) pero también el morbo y casi el incesto, siempre con la versión que la compositora de música electronica Delia Derbyshire hizo del Aria para cuerda en Sol de Johann Sebastian Bach sonando de fondo. También destacar, para bien o para mal y como no podía ser menos, que el metraje contiene en su interior todas las constantes autorales de Noé como cineasta al cuadrado.




Un tratamiento del sexo deshinibido por fuera pero considerablemente conservador y hasta crítico en su interior, que curiosamente sólo se muestra con cierta pureza cuando es utilizado como medio para dar vida, hasta con plano digital del interior de la vagina y el pene introduciéndose para dar forma a la concepción en el óvulo por medio del espermatozoide. Una visión del uso de las drogas que se mueve entre la sumisión placentera y la repulsión a causa de sus efectos. Tratamiento crudo de algunas escenas que funcionarían en off o veladas por una elipsis narrativa, pero con las que el director prefiere recrearse considerablemente (la del feto por poner un ejemplo). Una mirada profundamente nihilista acerca de la existencia en la que unos pocos personajes buenos son devorados vivos por los seres egoistas que les rodean y por una sociedad desalmada que los hace llegar a situaciones extremas.




Finalmente tras el bestialmente onírico, cargante y excesivo (aunque también acertado) pasaje del hotel, como en todo clímax final de una obra de Noé la cristalina y luminosa vida se abre camino. Pero todo es falso o está manchado por la inmoralidad (Solo Contra Todos) o destruido por el tiempo (el final de Irreversible es el principio de la historia y ya sabemos como acaba la misma) o por ser un trayecto que puede no ser real porque sucede en la mente de su protagonista, que mezcla recuerdos, imágenes, objetos (las maquetas de la ciudad de Tokyo de su amigo) y personas, como en Enter the Void. Gaspar Noé ya no es tan misántropo como en sus anteriores obras, pero sigue odiando este mundo en el que vivimos y a la mayoría de la gente que en él habita. Un mundo en el que, según él, sobrevivir es un deber y un derecho, en el que vivir es un acto puramente egoista y en el que la muerte no es el paso a otro nivel trascendental ni un camino redentor sino el final de un sólo trayecto, el de la propia existencia terrenal.




Enter the Void debería ser de visión obligada para toda mente inquieta interesada en aventurarse en un producto cinematográfico diferente, rompedor y suicida. Por descontado ese espectador curioso tendrá que enfrentarse a lastres como un metraje excesivo, unas interminables pretensiones, pedantería, barroquismo visual llevado al extremo e incluso una gratuidad enfermiza en la exposición de ciertas escenas que no necesitan un tratamiento tan sensacionalista. Pero el viaje merece la pena, por su naturaleza lacerante, incómoda, vívida, melodramática y catárquica. Un trayecto que nos muestra a un autor en constante evolución (ahora quiere hacer una porno artie, chúpate esa Lars Von Trier) que no sabemos si ha llegado con su última obra a la cumbre de su discurso autoral o si puede adentrarse aún más en él. Lo único que sé es que, como he dicho en numerosas ocasiones, este señor llamado Gaspar Noé, cuya obra me produce tanta fascinación como rechazo, es necesario para despertar del hastío y la rutina a ese encafalograma plano al que llamamos panorama cinematográfico actual.



viernes, 1 de julio de 2011

Secuestrados, la última casa a la izquierda





Título Original: Secuestrados (2010)
Director: Migue Ángel Vivas
Guión: Javier García, Miguel Ángel Vivas
Actores: Fernando Cayo, Manuela Vellés, Ana Wagener, Guillermo Barrientos, Ditran Biba, Martijn Kuiper, Xoel Yáñez




Gratísima sorpresa el segundo largometraje en labores de dirección del realizador sevillano Miguel Ángel Vivas. El andaluz al terminar la carrera de Comunicación Audiovisual en Madrid y tras estrenar dos cortometrajes, Tesoro y El Hombre del Saco, ganó un concurso de guiones (auspiciado por Antena 3, si mal no recurdo) que le permitió producir su primera película. Un thriller policiacio llamado Reflejos, que no he podido visionar, pero del que se dijo en su momento que a pesar de su excelente reparto y factura técnica no funcionaba al 100% por problemas de escritura. Supongo que por cierta decepción, Vivas se alejó un poco del mundo del largo y volvió dirigir un bruto e interesante cortometraje portugués llamado I'll See You In My Dreams. La historia de un cazador de muertos vivientes muy deudora del Sam Raimi de la trilogía Evil Dead.




Ya en 2010 y con una pre-producción bastante complicada, consiguió estrenar en el festival de cine fantástico y de terror (aunque cada año que pasa tiene menos de fantasía y horror, pero eso es otra historia) de Sitges su última obra. Una modesta película sobre una banda de Europea del Este, con la acertada inclusión en la misma de un español no dejando cabida a una supuesta ideología xenófoba, que asalta a una familia en su adosado, encerrándolos allí y obligándolos a darles todas la pertenencias que tengan en su poder con el único fin de no hacerles daño daño y así les dejen salir vivos de tan extrema situación.




Hasta aquí todo huele a mil veces visto e incluso a películas más o menos recientes como La Habitación del Pánico de David Fincher. Pero donde Secuestrados despunta bestialmente es en el trabajo mastodóntico y de una meriotira perfección en fondo y forma de su puesta en escena. Hecho inusual no ya para el cine de género patrio, sino para el celuloide español en general. Miguel Ángel Vivas utiliza espacios cerrados con una inteligencia, una planificación de rodaje y una profesionalidad detrás de la cámara que a veces deja al espectador con la boca abierta.




Secuestrados vendría a ser el resultado cinematográfico de la unión del Michael Haneke de Funny Games con el Gaspar Noé de Irreversible, cinta la que se le hacen dos referencias directas en un par de las escenas más duras del metraje, pero sin la superioridad intelectual del asutriaco ni el afán por escandalizar a cualquier precio del argentino afincado en Francia. Es decir, Miguel Ángel Vivas utiliza el hiperrealismo y la lucidez para mostrar un ejerecicio más impulsivo que cerebral. Un producto que apela a los miedos más básicos y atávicos del ser humano. La profanación del propio hogar por unos violentos desconocidos con todo lo que ello conlleva tanto a nivel físico como psicológico.




Pero volvamos a el trabajo de dirección, que auna magistralmente perfección técnica con acabado artístico. A una puesta en escena que se muestra virtuosa desde su impactante prólogo (aquí el cineasta pone pronto las cartas sobre la mesa, acto que se le agradece), a un rodaje realizado en doce planos secuencia tan increíbles como poderosamente acabados, con un uso sensacional de la cámara al hombro que nos hace encontrarnos practicamente en la nuca de los personajes y una utilización depalmiana del split screen, se une una magnífica dirección de actores sencillamente excepcional. Con unos Fernando Cayo y Ana Wagener memorables, pero sepultados ambos por una Manuela Vellés que deja directamente al espectador sin respiración




Secuestrados se aleja de nimiedades como el torture porno actual para hablarnos de la realidad, del terror puro, el de carne y hueso que puede quitarnos la vida de un tajo sin siquiera pararse a pensarlo. Pero lo que realmente produce verdadero horror es que lo que vemos en pantalla, que a veces llega a ser tremendamete duro, se queda en nada o en muy poco si lo comparamos con lo que verdaderamente sucede en el mundo real cuando tienen lugar este tipo de asedios a inmuebles habitados por personas anónimas que, en el mejor de los casos, quedan traumatizadas de por vida o con graves secuelas físicas.




Un gran paso para un autor poco conocido y uno mayor aún para nuestro celuloide, que ha pasado prácticamente desapercibido por nuestras carteleras y del que seguramente y por desgracia no se acordarán ni en los Goya, ni en el resto de festivales de cine español que tienen lugar en península. Por suerte lejos de nuestras fronteras Secuestrados se ha hecho un buen nombre (ganó el premio a la mejor película en la categoría de terror en el festival de Austin, Texas y también recibió galardón en Bruselas) ya que en el extranjero han sabido ver la calidad de una obra y la profesionalidad de uno de esos directores que aparecen de vez en cuando sin hacer mucho ruido y que son los que me hacen sentir orgulloso de ser un firme defensor de gran parte del cine que se hace en España.



miércoles, 15 de junio de 2011

Insidious, otra vuelta de tuerca




Título Original: Insidious (2010)
Director: James Wan
Guión: Leigh Whannell
Actores: Patrick Wilson, Rose Byrne, Ty Simpkins, Andrew Astor, Lin Shaye, Leigh Whannell, Angus Sampson, Barbara Hersey,




En el año 2004 el director australiano de origen malasio, James Wan, encontró el éxito cuando decidió pasar a largo un cortometraje realizado por él llamado Saw. La cinta supuso un interesante thriller tenso como un cable de acero sobre dos hombres encerrados en una habitación que deben acabar el uno con el otro para salir vivos de tan extrema situación. Tras ella llegó una interminable y prefabricada saga que desde su segunda entrega ya denotaba vagancia y escasa imaginación, por su abuso del subrayado, el efectismo en la dirección y el montaje o el uso de un mensaje tan ultraconservador como pueril.




James Wan fue un tipo listo y tras la primera cinta sólo ejerció de productor, embolsándose un buen dineral por cada entrega. Más tarde coqueteó con el thriller de venganza a lo Charles Bronson con Sentencia de Muerte, pero también llamó la atención con una fallida, pero notablemente interesante, cinta llamada Deadly Silence, un producto adherido al género de terror pero en las antípodas de la primera Saw. Se trataba de una obra rematada con cierto aplomo, con un sentido del suspense y el horror de tono ochentero haciendo presagiar que el cineasta australiano iba por el buen camino. Tras ver Insidious no me cabe duda que James Wan ha dado por fin en de lleno en la diana, sorprendiendo a propios y extraños con su último propuesta creada en asociación con la productora Blumhouse.




Insidious consigue un logro que el 95% de las películas de terror actuales no llega ni a vislumbrar y no es nada más y nada menos que transmitir miedo al espectador. No hablamos de asustarnos de manera mayúscula al visionar un plano o secuencia, pero sí de experimentar una considerable inquietud cuando ciertos pasajes del largometraje desfilan por delante de la pantalla de manera acertada, y por suerte, contra todo pronóstico, no son pocos en cantidad y calidad. Algunos de ellos tan sencillos como perfectamente rematados gracias al saber hacer de su máximo responsables detrás de las cámaras.




Desde el prólogo, que ya muestra la primera imagen capaz de llamar sustancialmente la atención, vemos una puesta en escena calmada, atmosférica, clásica y sosegada, llena de elegantes y tenebrosos travellings por las habitaciones del inmueble en el que viven los protagonistas, remitiéndonos todo desde a The Haunting de Robert Wise a La Leyenda de la Casa del Infierno de John Hough. Porque con Insidious, Wan nos va a contar, o eso parece al principio, la típica y tópica historia de casa encantada con espíritus que aterrorizan a familia recién llegada. Pero lo inusual es que haciendo un uso inteligente de todas las constantes y caminos mil veces transitados dentro de este tipo de celuliode, nos regala una muy buena película facturada con una pericia fuera de toda duda.




Con su última cinta James Wan ha llegado a la acertada conclusión de que menos es más, máxima con la otros autores han llegado a diseñar muestras capitales del género. Siendo inteligente al no hacer un uso estúpido y abusivo del sonido para asustar al público, aunque en momentos muy puntuales caiga en la tentación. Confirmando que los movimientos alocados de cámara y el montaje sincopado no dejan respirar a los encuadres y que permitir fluir a una toma puede asustar más al espectador que sólo vislumbra una sombra que mostrándole en primer plano la cara de la criatura o monstruo que acecha a los personajes protagonistas.




Insidious también acierta en otro apartado muy importante. No fuerza ni malogra sus referencias fílmicas y las deja tomar forma de manera subliminal y orgánica. Es más, la cinta bien podría ser sin problemas una actualización, aunque menos amable, de Poltergeist el largometraje producido por Steven Spielberg y dirigido por Tobe Hooper, ya que la estructura argumental, el desarrollo de la trama y algunos apuntes (un hijo de la familia cómo víctima, una criatura extraterrenal que lo acecha, la peculiar medium, los parapsicólogos que son la sutil y nada chirriante aportación cómica al producto) son parecidos a los de aquel memorable trabajo de 1982.




También hay cierto regusto en el film por rememorar El Exorcista (un tenebroso ático, el aspecto casi tribal de la criatura) de William Friedkin o de traernos a la mente La Semilla del Diablo (el estrecho pasillo de saturado color rojo y lleno de candelabros) de Roman Polanski e incluso se puede ver en la puesta en escena remalazos del Mario Bava de la inolvidable Las Tres Caras del Miedo. Eso por no mencionar la presencia de Barbara Hersey como secundaria, que es una referencia clara a otra magnífica obra de corte parecido a Insidious, la memorable El Ente de Sidney J. Furie . Pero como ya he comentado, todo tiene sentido, nada está forzado ni metido con calzador, Wan y su guionista no dudan en homenajear, pero siempre están pendientes de dar a su producto solidez y profesionalidad en el plano cinematográfico.




Hay momentos muy logrados en Insidious. Escenas que se quedan grabadas en la retina y algunas de ellas hasta un servidor, curtido en mil batallas, las ha recibido con una sonrisa nerviosa. En la mayoría de estos pasajes no se vislumbra apenas nada o más bien poco. Un dibujo en un papel, un niño de espaldas a una pared, una sombra en una habitación, un reloj al fondo de un pasillo, una figura oscura junto a una cama. Con ellas siempre se insinúa, pero acertando de lleno a la hora de asustar al respetable. Wan hace que lo mundano y hogareño torne de manera hasta naturalista en segmentos que dejan al espectador bastante sorprendido e incluso agradecido por pasar un mal rato.




Es cierto que en la recta final el cineasta pierde un poco el norte y muestra más de lo que debería, pero el daño ya está hecho. A esas alturas el espectador ha disfrutado soberanamente con una historia interesante y trabajada con inteligencia. Una cinta de terror que para colmo sirve como perfecto ejemplo alegórico de la desestructuración de una familia cuando uno de los miembros de la misma cae en desgracia. Esta vuelta a los orígenes devuelve las esperanzas a un servidor con respecto al género del terror sobrenatural, que aunque antaño ofreció grandes obras, a mí casi siempre me ha atraído menos que el terrenal, el que nace de la maldad que hacemos los hombres.



lunes, 13 de junio de 2011

88 Minutos, the time is running out... but I don't give a shit




Título Original: 88 Minutes (2007)
Director: Jon Avnet
Guión: Jon Avnet
Actores: Al Pacino, Alicia Witt, Leelee Sobiebski, Amy Brenneman, William Forsythe, Deborah Kara Unger, Ben McKenzie, Neal McDonough




Jon Avnet es un director mediocre que en alguna ocasión ha tenido la suerte de poner sus manos en proyectos que han destacado de alguna manera, Tomates Verdes Fritos es el ejemplo más claro y casi el único, pero no precisamente por su labor como cineasta. El tipo siempre ha sido bastante regulero (tirando a malo normalmente) pero lo que hace en la actualidad recibe el calificativo normalmente de disparate. 88 Minutos que rodó en 2007 con Al Pacino de protagonista es uno de ellos y bastante gordo, por cierto.




88 Minutos es un rutinario, aburrido y manido thriller que en ocasiones y sin quererlo desemboca en comedia involuntaria por muchos de los planteamientos (más bien estúpidos o ridículos) que expone en pantalla. Un producto obsoleto, copia de miles de copias, que nace tan muerto como anticuado y que anula de raíz cualquier tipo de empatía que el espectador pueda compartir con la historia o los personajes por lo antipático e irreal del conjunto al que dan forma.




Un psiquiatra forense del FBI que también ejerce de profesor universitario mandó unos años atrás a un supuesto asesino en serie de jovencitas al corredor de la muerte. En la víspera de la ejecución del acusado el protagonista recibe una llamada en su móvil en la que la voz de un desconocido le informa que le quedan 88 Minutos de vida. En ese momento toda la trama torna en una frenética busqueda del asesino que acabará, supuestamente, con la vida del bueno de Al Pacino, pero al espectador no sólo le importa una mierda lo que le pase al bueno de Al, es que a veces reza porque lo atrapen y acaben con él.




Cliché tras cliché, estereotipo tras estereotipo, falsos culpables, sospechosos que lo parecen pero no lo son. Plagios y múltiples referencias a otras cintas cortadas por el mismo patrón pero muy superiores como Copycat o El Silencio de los Corderos. Un guión tramposo, pueril y con más agujeros que el coche de Bonnie y Clyde. Un reparto desganado y anodino encabezado por un Al Pacino de tupé imposible a lo José Luis Rodríguez el Puma, traje cinco tallas más grande y unos aires de aburrimiento y de cansancio que el espectador percibe totalmente, véase la estúpida escena de la confesión en el taxi o la primera imagen que adjunto.




Lo único que salva un poco el producto de la humillación más total es la presencia de un reparto femenino lleno de actrices con cierto talento y bastante belleza como Leelee Sobiebski, Alicia Witt o una madura Deborah Kara Unger. Estas tres intérpretes dan forma a los dos mayores logros del producto. Uno, que llevan con decencia personajes horriblemente escritos y perfilados (pobre Sobiebski) y dos, que juntan en un producto tan horrible como este a una chica Kubrick, otra Lynch y por último una Cronenberg en el reparto.




También podríamos mencionar para bien a William Forsythe, el único personaje con dos dedos de luces a lo largo del metraje, para mal a Neal McDonough ese proyecto de actor que sólo sabe poner cara de chulería o asco (y ojo, no dudo que el hombre sea un encanto en su casa con su mujer y sus hijos, pero como intérprete deja muchísimo que desear) y en plan "está, pero como si no estuviera" a Ben McKenzie que sale tan poco rato en pantalla que no tiene tiempo ni para decir esta boca es mía. Aunque peor es lo de Stephen Moyer, protagonista de True Blood, que sale segundos contados y no tiene ni una línea de diálogo.




Esperpéntica como ella sola, con un final tan ridículo que incita tanto a el llanto como a la risa, con un uso estúpido de los teléfonos móviles, las altas tecnologías, las relaciones personales entre los personajes (ese Pacino de más de 70 años que se lleva de calle a todas las jovencitas que pasan por su lado, cual Papuchi Iglesias) realizando el proyecto una apología panfletaria y reaccionaria de la pena capital, los prejuicios y los testimonios judiciales de poca veracidad. Ideología ultraconservadora que según dicen se consolidaría y recrudecería en la siguiente cinta de Avnet, Asesinato Justo (Righteouss Kill) esa película que no he visto aún por el respeto que le tengo a las antaño geniales carreras de Al Pacino y Robert De Niro y a esa pequeña joya de los 90 a reivindicar que es Heat de Michael Mann.



jueves, 9 de junio de 2011

Alucarda, satanico pandemonium



Título Original Alucarda (1977)
Director Juan López Moctezuma
Guión: Alexis Arroyo, Tita Arroyo y Juan López Moctezuma basado en la novela de Sheridan le Fanu
Actores Claudio Brook, David Silva, Tina Romero, Susana Kamini, Lili Garza, Tina French, Birgitta Sergerskog, Adriana Roel
Extraña, bizarra, interesante y bastante maltratada en algunos sectores tercera obra del director mexicano Juan López Moctezuma basada libremente en la novela Carmilla del escritor irlandés Sheridan le Fanou que ya fue adaptada al celuloide previamente en varias ocasiones, la más destacada a manos de Carl Theodor Dreyer con su mítica Vampyr . El largometraje, con producción internacional y estrenado en 1977, se convirtió en una obra de culto dentro del cine de terror azteca que a día de hoy posee tantos seguidores como detractores.




Una joven acaba de llegar a un extraño monasterio. Estando allí interna conocerá a una misteriosa y fascinante muchacha llamada Alucarda con la que creará un atípico y peligroso vínculo, ya que la chica guarda un oscuro secreto, una maldición que recayó sobre ella desde su mismo nacimiento. Este punto de partida le sirve a Juan López Moctezuma para hilvanar un relato de tintes góticos y barrocos con trasfondo onírico que se mueve por distintos caminos y plamteando diferentes y ambiguas ideas dentro de su argumento central.




Moctezuma se adentra en terrenos pantanosos para la época en el cine de su país. Abordando temas como la religión desde un punto de vista oscurantista y tenebroso (esos terribles cristos crucificados grabados en las rocas, esos hábitos de las monjas con sangrientos tonos rojizos, esas sesiones de fustigamiento dignas de un aquelarre salido de una de las pinturas negras de Goya) con una visión mórbida de la parafernialia eclesiástica, y por otro lado insuflando una delectación enfermiza acerca del satanismo con escenas lisérgicas que bordean la lascivia y la homosexualidad, dignas del Marqués de Sade, no por casualidad el personaje de la co protagonista se llama Justine.




A pesar de que la cinta es lo suficientemente extraña y atípica de por sí, es inevitable no pensar en la recreación por los rituales cristianos típicos del discurso buñueliano, la presencia del Claudio Brook acentúa esta teoría, y a la estética irreal como de un Ken Rusell pasado por un filtro hispanizado y más terrenal. Pero sobre todo al espectador le vienen a la memoria todas aquellas cintas sobre jóvenes confinadas en edificios de toda índole rematadas con memorable mediocridad por nuestro Jesús Franco. También es un hecho que la obra que nos ocupa tendría influencia, directa o no, en productos tan dispares, pero radicales en su fondo o forma, como Hellraiser, de Clive Barker o La Posesión, de Andrejz Zulawski.




José López Moctezuma aprovecha la escasez de medios para solapar con imaginación las carencias de la producción, haciendo un uso magnífico de los efectos de sonido, que dan una poderosa atmósfera diabólica a ciertas escenas, la entrega de su reparto, encabezado por un Tina Romero de mirada abrasadora, o los modestos pero certeros, y muy viscerales, apuntes de inesperado gore que recrudecen el tono blasfemo de la historia recorriendo todo el metraje hasta ese caótico final que desmerece un poco el conjunto, pero que no lo debilita en demasía.



Alucarda es una atractiva y lacerante piedra afilada de color rojo y negro. Un producto ambiguo (¿es más retorcida la iglesia de Dios o la de Satán?) y provocativo para su época, que con el paso de los años recibe cada vez más reconocimiento. Es excesiva, epidérmica, oscura y con un tono de ensoñación bífida que hunde sus raíces en el lado más oscuro del folclore y la tradición autóctona mexicana, siempre relacionada con la muerte, lo desconocido y lo extraño.