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sábado, 1 de diciembre de 2018

Ghostland, american horror story



Título Original Ghostland (2018)
Director Pascal Laugier
Guión Pascal Laugier
Reparto Crystal Reed, Anastasia Phillips, Mylène Farmer, Taylor Hickson, Emilia Jones, Rob Archer, Suzanne Pringle, Adam Hurtig, Alicia Johnston, Ernesto Griffith, Erik Athavale, Kevin Power, Paul Titley, Terry Ray







Aunque debutó en el mundo del largometraje con una historia de fantasmas titulada El Internado (Saint Ange) allá por 2004 no sería hasta cuatro años después, con la llegada de su segunda película, Martyrs, que el cineasta francés Pascal Laugier se diera a conocer a nivel internacional. Aquel film sobre una élite adinerada de fanáticos religiosos con la misión de secuestrar y torturar a chicas jóvenes con el fin de poder discernir por medio de su martirio si hay vida después de la muerte supuso la cumbre de la nueva ola de cine de terror extremo localizado en el país vecino y cuyo origen, más o menos oficial, tuvo lugar con el estreno de Alta Tensión (Haute Tension) de Alexandre Aja en 2003. Tras el buen recibimiento internacional de Martyrs, mayor que el conseguido en su país de origen, Pascal Laugier dio el salto a Estados Unidos, pero no rodando en Hollywood, sino implicándose en un proyecto bastante modesto impulsado por la actriz Jessica Biel, ejerciendo esta también como productora. The Tall Man, titulada El Hombre de las Sombras en España, supuso un paso en falso por parte del francés. Un film demagogo, sensacionalista y con tendencia a la trampa narrativa no consiguiendo el resultado esperado ni en taquilla ni a la hora de seducir a una prensa especializada que lo acogió con indiferencia y frialdad.




Seis años después de The Tall Man Pascal Laugier vuelve a ponerse detrás de las cámaras, una vez más con una producción canadiense, ya que en sus propias palabras los proyectos que le llegaban de Hollywood no le satisfacían en manera alguna. Incident in a Ghostland, o Ghostland como se la ha titulado en España y otros países, no sólo sigue adscrita al género en el que Laugier ha construido su filmografía, también se revela como una extraña amalgama entre el terror extremo al que ayudó a encumbrar, slasher y homenaje a la literatura de terror, focalizando su tributo en la figura de un H.P. Lovecraft del que, todo sea dicho, hay poco en esta Ghostland que nos ocupa. Protagonizada por Crystal Reed, Anastasia Phillips, Mylène Farmer, Taylor Hickson y Emilia Jones la cuarta cinta de Laugier narra la llegada de una madre y sus dos hijas adolescentes a una antigua casa recién heredada. Antes de aclimatarse al peculiar y recargado inmueble, atestado de muñecas y todo tipo de objetos decorativos, dos individuos desconocidos llegados en una destartalada camioneta de helados lo asaltarán con el objetivo de convertir la primera noche de las tres nuevas dueñas de la casa en un verdadero infierno terrenal.




Aunque con Ghostland Pascal Laugier vuelve, en cierta manera, a los terrenos de Martyrs con tres personajes femeninos sufriendo una violencia física y psicológica extrema en esta ocasión ofrece un proyecto más adherido al terror con reminiscencias estilísticas al Tobe Hooper de la recuperable La Casa del Terror (Funhouse) o la olvidable Trampa Mortal (Eaten Alive), pero subvertiendo las señas de identidad de subgéneros como el home invasion o el ya mencionado slasher. Este juego contextal planteado desde el guión gracias a la afición del personaje de Beth por escribir historias de terror bordea la naturaleza tramposa usada por su guionista y director en The Tall Man. Pero habiendo tomado nota de las carencias de aquella y justificando a posteriori una decisión argumental que, lejos de menguar los aciertos de Ghostland, los acentúa y enriquece gracias a la visión realista ofrecida sobre el trastorno de estrés postraumático. Haciendo así uso de esta afección como excusa narrativa para dar un poso de profundidad al relato y convertirlo no sólo en una potente cinta de terror, sino también en un drama desgarrador protagonizado por personajes alejados de la unidimensionalidad y el simplismo. Recordando de esta manera en estructura, ejecución y subtexto a su opus magna de 2008, pero quedando lejos de los hallazgos de aquella, notablementa más excelsos.




Desde el punto de vista de un análisis superficial Ghostland parece estar abordada por medio de dos líneas temporales. La que tiene lugar en la fatídica noche del asalto a la recién adquirida mansión por la familia de Beth y otra años después con dicho personaje convertido en una escritora de best sellers cuya última obra, Incident in a Ghostland, narra aquellos hechos traumáticos para ella, su hermana y la madre de ambas. Por medio de este desdoblamiento narrativo desarrollado de manera paralela Pascal Laugier consigue ofrecer a su proyecto una dimensión algo más profunda, sin llegar a convertirse en un producto intelectualizado en sentido alguno, pero con matices suficientemente elaborados como para alejarse de una simple propuesta de género. En Martyrs también teníamos una díptico temporal centrado en la infancia y adultez de los dos personajes principales interpretados por las actrices Mylène Jampanoï y Morjana Alaoui, pero uno acontecía tras el otro de manera cronológica. En esta ocasión Laugier ha querido trabajar más la construcción del relato y realizar saltos entre una y otra temporalidad con el fin de ejecutar paralelismos y juegos de espejos, reales y figurados, con el fin de ofrecer ese giro argumental previamente mencionado que esta vez juega a favor de los planteamientos artísticos y técnicos ideados por el realizador.




Pero si debemos destacar un aspecto en la labor detrás de las cámaras por parte de Pascal Laugier es su manera de abordar la violencia en pantalla. Sin llegar a las cotas de explicitud y grafismo de Martyrs, film mucho más duro en los momentos de soledad silenciosa durante el confinamiento del personaje principal que en los pasajes de palizas y desollamientos experimentados contra su voluntad, pero no dejando nada a la imaginación Laugier apela una fisicidad rotunda a la hora de mostrar las agresiones sufridas por sus protagonistas reflejadas en la continua deformidad de sus rostros debido a los golpes infligidos, principalmente, por el bestial personaje de Rob Archer. Aunque de nuevo debemos remitir a Martyrs, ya que al igual que en aquella las situaciones más incómodas e impactantes con respecto a la violencia en Ghostland remiten a la psicología de sus protagonistas. Toda la secuencia de Beth esperando su turno para que “jueguen con ella” se recrudece más gracias a momentos como el del soplete y la muñeca de trapo (enorme el trabajo gestual de Emilia Jones al contemplar el preludio de su probable calvario) o el de la micción involuntaria. Escenas capaces de acentuar la vulnerabilidad de las protagonistas de manera más inquietante que por medio de los golpes aplicados por sus dementes captores.




No alcanzando unas cotas de brillantez remarcables, sin inventar nada nuevo, aunque jugando a placer con la idiosincrasia de lo “ya establecido", Ghostland nos devuelve a un Pascal Laugier por el que merece la pena perder el tiempo e invertir el dinero. Hundiendo sus raíces en la literatura y el cine de terror americano y sólo teniendo como mácula algún pasaje sonrojante (esa “aparición estelar” caracterizada paupérrimamente con maquillaje y prótesis) el cuarto largometraje del cineasta francés encarrila su carrera internacional a pesar de haber despertado cierta controversia dentro y fuera del plano cinematográfico. Quedamos pues a la espera de saber hacia dónde se encarrilará el próximo proyecto de Pascal Laugier, cuya carrera comenzó de la mano de su compatriota Christophe Gans rodando el making of de la muy recuperable El Pacto de los Lobos. Sin saber si volverá a su país de origen, seguirá trabajando en Canadá o si dará el salto a Hollywood por ahora sólo nos queda pasar un buen/mal rato con esta Ghostland capaz de devolvernos la esperanza con respecto a uno de los artesanos más controvertidos del panorama internacional.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Puertas Abiertas, un extraño entre nosotros



Título Original The Open House (2018)
Director Suzanne Coote, Matt Angel 
Guión Suzanne Coote, Matt Angel 
Reparto Dylan Minnette, Piercey Dalton, Sharif Atkins, Patricia Bethune, Matt Angel,Suzanne Coote





La producción propia de Netflix va viento en popa y a toda vela, tanto en series de televisión como en largometrajes. En este último apartado podemos encontrar piezas como Mudbound, Máquina de Guerra, Okja, Bright, El Juego de Gerald o Amor Carnal (The Bad Batch) entre otras, casi todas ellas películas de proporciones considerables que poco tienen que envidar en cuanto a diseño de producción o presupuesto a los blockbusters hollywoodienses estrenados en pantalla grande. Pero la plataforma streaming también se dedica a diseñar obras cinematográficas de perfil más bajo, una especie de “fondo de catálogo” con el que se dedican a estrenar cintas más humildes que no buscan más que el entretenimiento de sus suscriptores. Piezas tan variopintas como Wheelman, iBoy o The Babysitter responden a esta demanda por parte de la plataforma streaming y Puertas Abiertas (The Open House) no es una excepción a esa regla. Dirigida y escrita por los debutantes Matt Angel y Suzanne Coote y protagonizada por Dylan Minette (Por Trece Razones), Piercey Dalton (The Orchard), Sharif Atkins (Ladrón de Guante Blanco) y Patricia Bethune (Caza Bajo el Sol), adscrita a géneros como el thriller o el terror y recibida con negatividad por crítica y público, nos toca ahora a nosotros dar opinión sobre la que se considera le peor obra cinematográfica salida de Netflix.




El caso de The Open House es tan curioso como desconcertante si tenemos en cuenta el equilibrio entre calidad formal e ineficacia argumental del que hace gala. La trama de la película se reduce a una madre y un hijo que tras la muerte del cabeza de familia en un accidente automovilístico deciden pasar un tiempo de retiro en la lujosa y aislada casa de un familiar, que recibe regularmente la visita de futuros compradores, para descubrir al poco tiempo que en el inmueble algo o alguien los está acosando desde las sombras. Este manido punto de partida que recuerda enormemente a una muy recuperable producción española llamada El Habitante Incierto, es de una sencillez alarmante y no deja de adscribirse, con más o menos ortodoxia, al subgénero “home invasion” sin deparar más sorpresas que las situaciones canónicas propias de este tipo de films. El problema más grande al que se enfrenta la obra de Matt Angel y Suzanne Coote es que mientras en un apartado técnico todo funciona adecuadamante, y en el artístico hay una intencionalidad cumplidora, es en la escritura donde el conjunto se viene abajo por no saber sus autores construir una historia con la que el espectador se vea adecuadamente indentificado o al menos interesado.




Lo mejor de Puertas Abiertas es sin lugar a dudas la puesta en escena de sus dos directores, inesperadamente profesional viniendo de dos cineastas con escasa, casi nula, experiencia en el medio audiovisual detrás de las cámaras. Matt Angel y Suzanne Coote, apoyados en la notable fotografía de Filip Vandewal, se muestran como unos versátiles narradores que saben medir adecuadamente los tiempos, aprovechar al máximo la exquisita localización en la que van a desarrollar su historia (mención especial para la preciosa casa, independientemente de si su interior es un estudio o no, excelente trabajo de dirección artística en ese caso) y utlizar sabiamente el apartado técnico para crear atmósfera, inyectar a la propuesta un adecuado in crescendo de tensión que mantiene inquieto en casi todo momento al espectador y sin mostrar prácticamente nada en pantalla, jugando con la sugestión y el fuera de plano. Aquí encuentra el largometraje su mayor y único aliado, en el saber estar de sus autores a la hora de construir visual y narrativamente una propuesta que podría haber sido de más que notable si no cometiera el fallo de envolver un relato considerablemente aburrido con el que no nos implicamos en ningún momento.




A pesar de que Matt Angel y Suzanne Coote tratan de dar por medio de la escritura un poso dramático a sus personajes con todo lo relacionado con la muerte del padre para que al llegar a la casa vacacional muestren facetas realistas en cuanto a su psicología sin tener que interactuar continuamente entre ellos, aunque esas son las escenas en las que mejor se entienden los actores Dylan Minette y Piercy Dalton gracias al feedback, no conseguimos conectar con ellos por mostrarse de cara a la platea como estereotipos más o menos maniqueos mil veces vistos en ocasiones previas. Si aunamos esa escasa empatía con los personajes con la exigua idea de estar siendo atacados por una persona a la que no reconocemos en ningún momento el hastío se hace notable justo cuando los directores hacen explotar la contención que habían construido sabiamente hasta ese momento. Por mucho que algunas secuencias de violencia, como la de los dedos o el asedio final hacia el personaje de Logan, estén ejecutadas con versatilidad el desapego, la indiferencia y la redundancia se apoderan de un espectador que nota en todo momento que los artífices del film están a alargado una trama que no deja de ser un fino y endeble hilo al que no saben como rematar en una recta final totalmente anticlimática.




Como ya hemos citado el reparto, que básicamente se sustenta en los personajes de la madre y el hijo que protagonizan la película, cumple su cometido sin mayores alardes interpretativos. Tanto Dylan Minnete como Piercy Dalton tratan de explotar el material dramático que sus guionistas les han proporcionado (tómense la secuencia en el restaurante con el juego de “ganar la lotería” o la de la fotografía en el dormitorio a modo de ejemplos) pero la unidimensionalidad de la propuesta no les permite ir más allá a la hora de perfilar sus roles con una profundidad que nunca llega a tomar foma. Cuando la recta final se encamina ambos intérpretes se aferran a un tipo de composicón más física si tenemos en cuenta que la llegada del “asaltante” da inicio a las secuencias más dinámicas del largometraje en las que la explicitud y la acción se apoderan de la pantalla, pero de manera caótica y distante, transmitiendo esa impasibilidad que el que visiona hace suya y le impide introducirse en una historia que en casi todo momento le es tan distante como ajena. La labor de la pareja de protagonistas no es tan destacable como para que los sintamos como seres reales de los que compadecernos y en ese sentido la trama central que vertebra el relato nos ha perdido como espectadores.




Finalmente Puertas Abiertas sólo se salva por el trabajo de dirección, ya que ni sus actores ofrecen interpretaciones memorables, aunque como ya hemos afirmado se esfuerzan en su cometido en todo momento, ni su escritura la saca de una contrastada mediocridad como producto fílmico. El argumento de la ópera prima de Matt Angel y Suzanne Coote no se alejaría demasiado del de una tv movie de sobremesa si no fuera por el adecuado apartado técnico que lo engalana mínimamente, de hecho podemos afirmar que como producto de consumo no puede aspirar a mucho más que ser una película para visionar en horario vespertino, aunque viendo su escaso potencial y humildad formal tampoco creemos que aspirara nunca a ser algo de mayor entidad. Ni tan terrible como la han querido vender, ni destacable en manera alguna, The Open House es material de relleno por parte de Netflix para cubrir su cupo de producción propia mensual con el que atraer a suscriptores que alentados por el género al que se adhiere la propuesta o la creciente fama del joven Dylan Minette decidan dedicar 94 minutos a una obra de ficción cuya simple existencia causa tanta indiferencia como el futuro de sus dos protagonistas en aquel paraje helado en el que un asesino sin rostro decidió, con todo el derecho del mundo, que no quería compartir piso con unos desconocidos.