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viernes, 27 de julio de 2018

The Devil and Father Amorth, excusatio non petita, accusatio manifesta



Título Original The Devil and the Father Amorth (2017)
Director William Friedkin
Guión William Friedkin, Mark Kermode





Desde su misma concepción The Devil and Father Amorth apuntaba maneras rocambolescas. El director de El Exorcista, William Friedkin, con el respaldo del prestigioso crítico cinematográfico británico Mark Kermode, conseguía por primera vez capturar con su cámara un exorcismo supuestamente real, algo que el Vaticano no había permitido hasta ese momento. De esta manera el autor de The French Connection recibió permiso para asistir al noveno intento por parte del célebre, y ya fallecido, Padre Gabriele Amorth, de expulsar la entidad demoníaca encerrada en el cuerpo de Cristina, una joven italiana teóricamente poseída por fuerzas sobrenaturales. El documental se presentó en el pasado Festival de Venecia consiguiendo el apoyo de quienes lo recibieron como un testimonio estremecedor sobre la eterna lucha entre el bien y el mal y el rechazo de aquellos que sólo veían una pantomima por parte del veterano cineasta norteamericano y sus colaboradores.




Sería un error negar el potencial interés suscitado por un proyecto como The Devil and Father Amorth de cara a distinto tipo de espectadores, tanto en el creyente convencido de la veracidad de lo expuesto en pantalla por parte de William Friedkin, como en el escéptico defensor de la posible enfermedad mental de Cristina, la supuesta posesa, de naturaleza terrenal y totalmente alejada de lo sobrenatural. Aunque sólo sea por saciar nuestra curiosidad o el morbo implícito en asistir al testimonio audiovisual de un "verdadero exorcismo" a manos del sacerdote que, cuenta la leyenda, más de estos rituales llegó a ejecutar a lo largo de su longeva vida el último trabajo del director de A la Caza (Cruising) merece ser degustado, más por un sentido antropológico que artístico, porque otra cosa no, pero si algo consigue como obra es esclarecer muchas ideas sobre el ser humano y lo maleable de sus creencias y sistema de valores.




William Friedkin aborda The Devil and Father Amorth eludiendo por completo sus demostradas cualidades como creador de material audiovisual dentro de la ficción para entregar un documental dificilmente diferenciable de cualquier otra muestra ortodoxa del género. Esta decisión convierte el proyecto en una pieza nada llamativa en lo referido a su puesta en escena, pero su máximo responsable no toma esa decisión a la ligera. Dicha elección tiene su origen en el propio Gabriele Amorth y las condiciones impuestas al cineasta para grabar el exorcismo. Entre ellas que sólo él asistiera a la práctica, sin equipo de rodaje o iluminación y portando personalmente la cámara. De esta manera el director de La Tutora (The Guardian) es coherente con el pasaje vertebrador de su obra y apelando a una coherencia interna escoge ese tipo de realización para todo el metraje, superando este escasamente la hora de duración y dedicando la mitad del mismo al citado ritual.




The Devil and Father Amorth se divide en tres partes diferenciadas y un epílogo a modo de cierre. La primera está dedicada a contextualizar la historia del mismo William Friedkin como director de El Exorcista, apuntando el origen del proyecto o añadiendo algunas anécdotas referidas a su gestación, y presentar a Gabriele Amorth como personalidad capital dentro del Vaticano en materia de exorcismo. La segunda se centra el exorcismo en sí, aproximadamente treinta minutos dedicados a Cristina y el último intento por parte del Padre Amorth de liberarla de la supuesta entidad maligna que posee su cuerpo. La tercera se centra el el director mostrando el testimonio audiovisual a distinto tipo de personalidades, hombres de ciencia y fe, para ofrecer sus opiniones sobre el mismo. Por último nos encontramos con un epílogo contenedor de los pasajes más sonrojantes y reprobables del documental al que volveremos más tarde para detenernos en sus deficiencias y decisiones erróneas.




Una vez confirmado el tono impersonal y rudimentario del documental y expuesta su estructuración narrativa sólo nos queda profundizar en su intencionalidad y mensaje. En sus primeros compases The Devil and Father Amorth se antoja casi un making of de El Exorcista en el que un William Friedkin hablando directamente a la cámara copa más protagonismo del necesario en un documental centrado en una temática con pocos puntos en común con su formación cinematográfica más allá de la conexión clara con su film más célebre. Testimonios como el de William Peter Blatty, autor de la novela original y el guión adaptado de la misma para la pantalla grande, ofrecen interesantes datos sobre el supuesto caso real de posesión demoníaca que inspiró el libro y la posterior película de 1973. Una vez expuestos los motivos de Friedkin los parabienes para presentar a Gabriele Amorth no se hacen esperar y a la hora de hablar de la relación compartida con él, breve pero intensa, contextualiza el siguiente apartado del documental.




Con los casi treinta minutos dedicados al exorcismo de Cristina, presentada con una brevísima entrevista hablando de su posible posesión, The Devil and Father Amorth muestra sus cartas y desde el punto de vista de un servidor el proyecto fracasa casi en su totalidad. Friedkin planta su objetivo delante del rostro de Cristina mientras el Padre Amorth comienza el ritual y dos hombres agarran a la mujer durante la peculiar plegaria del sacerdote nonagenario. Como testigos encontramos a numerosos familiares de la víctima u otros representantes clericales y lo acontecido ante cámara en varios momentos bordea la comedia involuntaria. Es elogiable que el director no añada artificio alguno a las imágenes capturadas por su impronta para añadirles más visceralidad, lo que acontece en esa habitación es tal y como se expone en pantalla. El problema reside en la naturaleza decepcionante de la supuesta exorcización, no sólo reducida a una joven intentando convulsionarse de manera poco creíble mientras hace sonidos guturales, sino también recibida por el mismo Amorth y el resto de asistentes con una cotidianidad que anula todo potencial impacto de cara al espectador. Lo del "Cumpleaños Feliz" es digno de parodias como Reposeida (1990) o Scary Movie 2 (2001)




La parte más interesante del documental toma lugar después del exorcismo, cuando Friedkin lo muestra a neurólogos, psiquiatras y sacerdotes para ofrecer estos distintas opiniones sobre él y su supuesta naturaleza diabólica. Aquí se plantean dudas y abordan temas interesantes como personas dedicadas a la ciencia con creencias religiosas afirmando la procedencia inexplicable del estado de Cristina, expertos en enfermedades mentales apelando a que el contexto social y religioso de la persona supuestamente poseída es muy importante de cara a su sugestión con respecto al exorcismo o testimonios de miembros de la iglesia católica confesando sentir pavor si se vieran en la situación de tener que llevar acabo está práctica por tener que enfrentarse al Maligno sin tener las fuertes convicciones de un experto como Gabriele Amorth. Aunque algunos de los testimonios incitan a la ceja arqueada y hasta el sonrojo aquí encontramos los momentos más rescatables The Devil and Father Amorth.




Por desgracia esos contados momentos de lucidez en la tercera parte del documental se ven ensombrecidos por un epílogo vergonzoso. Rompiendo la tonalidad naturalista y distante del proyecto, alterando la puesta en escena, hasta ese momento tan intrascendente como correcta, apelando innecesariamente a un montaje frenético y trucos visuales de baratillo William Friedkin se traiciona a sí mismo como narrador y al material que tiene entre manos ofreciendo un giro final artificioso y cinematográfico, en el peor sentido de la palabra, intentando inyectar al cierre de la obra ese impacto no conseguido por el exorcismo de Cristina, para colmo con su máximo responsable narrando los hechos por su propia boca ya que casualmente en ese instante en concreto no llevaba la cámara con la que había grabado todo el documental. Este vano intento por afirmar de cara a la platea la imbatibilidad de un mal que nunca descansa y siempre anda al acecho cierra la obra como se abría, de manera esperpéntica.




Aunque resulta una obra notablemente decepcionante en varios aspectos alejándose poco de cualquier programa de Cuarto Milenio presentado por el periodista Íker Jiménez y su inseparable Carmen Porter The Devil and Father Amorth es una pieza merecedora de ser visionada aunque sólo sea una vez. Su ineficacia extrapolando a la pantalla unos supuestos hechos reales contrasta con la fuerza de su propuesta, suficientemente ambigua para que los creyentes reafirmen sus ideas con respecto a la existencia real de seres extraterrenales apoderándose de los cuerpos de jóvenes cristianos y los ateos confirmen como trastornos mentales, alentados por el extremismo religioso, esas supuestas posesiones. En cuanto a William Friedkin sólo queda esperar su retorno a la ficción, terreno en el que se mueve con mucha más soltura que en el documental, donde no tiene mucho futuro si nos atenemos a lo visto en su último trabajo, reducido a un homenaje hacia las figuras de sus amigos Gabriele Amorth y William Peter Blatty.


domingo, 7 de junio de 2015

El Exorcista II: El Hereje, y se le permitió hacer guerra contra los santos, y vencerlos



Título Original Exorcist II: The Heretic (1978)
Director John Boorman
Guión William Goodhart basado en personajes de William Peter Blatty
Actores Linda Blair, Richard Burton, Louise Fletcher, Max von Sydow, Kitty Winn, Paul Henreid, James Earl Jones, Ned Beatty





Pocas personas en el globo terraqueo desconocen la existencia de una película de 1973 dirigida por el realizador norteamericano William Friedkin que adaptaba a imágenes la novela de su compatriota, el escritor William Peter Blatty y que se tituló, al igual que dicho libro, El Exorcista. No es difícil que al preguntar a cualquier ciudadano de bien o cinéfilo curtido cuál es la cinta del género de terror que más miedo le ha producido en su vida ponga a esta producción de la Warner Bros la primera en su lista personal o al menos en un puesto muy destacado de la misma por delante de otros clásicos del género. Porque con El Exorcista hablamos de una obra maestra del cine contemporáneo y una de las experiencias cinematográficas más impactantes e inolvidables del séptimo arte adscrita al celuloide de las horror movies americanas.




Todos los implicados en la gestación del largometraje estaban en los puntos álgidos de sus carreras y eso se dejó notar en pantalla. La novela fue un éxito editorial y el mismo William Peter Blatty se ocupó de adaptar su obra a imágenes, William Friedkin venía de ganar el Oscar por la mítica The French Connection: Contra el Imperio del Crimen y el reparto estaba formado por intérpretes de nivel como Max Von Sydow, Ellen Burstyn o Lee J. Cobb a los que se sumaron la debutante Linda Blair o el tristemente desaparecido Jason Miller que se introdujo en la piel del inolvidable Padre Damien Karras. El éxito de Warner Bros a la hora de gestar, producir y publicitar la película fue total y poco tardó en convertirse en un clásico atemporal que dejaría una huella indeleble en la historia del cine.




Pero hoy toca hablar de la primera de las accidentadas secuelas de la franquicia iniciada con el exorcismo de la pequeña Reagan McNeil a manos de los padres Lancaster Merryn y Damien Karras. Como hemos mencionado el éxito de El Exorcista fue descomunal recibiendo tanto el favor de la crítica como el público y ganando numerosos premios, consiguiendo incluso diez nominaciones a los Oscar, de los que ganó dos, Mejor Guión Adaptado para el mismo William Peter Blatty y Mejor Sonido. Los problemas comenzaron cuando Warner Bros decidió dar continuidad a la saga ya sin Willam Friedkin en la dirección y el ya mencionado novelista en la escritura. El británico John Boorman, que venía de triunfar con Deliverance y darse el batacazo con la posterior Zardoz fue el elegido para sacar adelante tan complicada empresa.




Con el Exorcista II: El Hereje, y esto se convertiría para bien o para mal en la tónica general en lo que respecta a las secuelas del largometraje de William Friedkin, John Boorman quiso alejarse bastante del tono, la estética y las pretensiones artísiticas y cinematográficas de la primera entrega, pero sin traicionar a la esencia de aquella. El director de Excalibur quiso dar una visión introspectiva del mal encarnado en Pazuzu, el rey de los demonios del viento que fue la entidad que poseyó a la pequeña Reagan McNeil en la cinta original de 1973. El resultado es por muchos conocido: decepcionante taquilla, masacre por parte de la crítica, decepción para Warner Bros y considerable dolor de cabeza para Boorman, que vio como su personal visión se veía alarmantemente adulterada por culpa de unos directivos que metieron mano en la producción y la sala de montaje.




El Exorcista II: El Hereje tiene lugar cuatro años después del exorcismo de una Reagan MacNeil (Landa Blair) ya adulta que ahora es paciente en el instituto psiquiátrico en el que la doctora Gene Tuskin (Louise Fletcher) la está tratando. Pero la aparición del padre Phillip Lamont (Richard Burton) antiguo amigo del padre Lankester Merrin (sacerdote que practico junto al fallecido Damian Karras el exorcismo de la niña en Washington DC) dará un vuelco radical a la nueva vida de Reagan cuando la convenza de que la entidad diabólica Pazuzu sigue amenazándola entre las sombras. Para ayudarla el religioso viajará a Africa para conocer el origen de dicho demonio y encontrar a un misterioso hombre llamado Kokumo (James Earle Jones) que dará respuesta a muchas de sus dudas.




Lo cierto es que la secuela del Exorcista fue en bastantes aspectos un proyecto sucidia, no sólo por, como hemos afirmado previamente, alejarse considerablemente del tono y el mensaje de su predecesora sino también porque con ella John Boorman quiso crear un producto de autor dentro de una maquinaria hollywoodiense que no admite una palabra más alta que otra sin su previo consentimiento. Curiosamente correr estos riesgos fue el mayor acierto de una cinta como la de John Boorman. Con una imaginería formal y visual única, absorbente e inquietante el director de The General consigue introducir al espectador en una especie de estado de ensoñación en el que la parafernalia africana relacionada con la demonología que sólo era mostrada de manera tangencial en el prólogo del film primigenio cobra aquí capital importancia narrativa.




Desde el arranque en Perú hasta el viaje del padre Lamont a África en busca del misterioso Kokumo, Boorman apela a una atmósfera bífida, tribal, creando interesantes paralelismos entre insectos y demonios, como esa plaga de langostas de reminiscencias bíblicas que representa la presencia amenazante de un diablo Pazuzu que también cobra gran protagonismo en esta primera secuela. Con una especial delectación en los rituales, invocaciones y exorcismos (los de la chica peruana y el de Kokumo en su niñez tiene una gran fuerza por su malsana plasticidad visual) una mirada que se mueve entre lo entomológico y lo demiúrgico el británico ofrece pasajes de un onirismo intimidante, (reflejándose en más de una ocasión en el Jacques Tourneur de Yo Anduve Con Un Zombie) adheriéndose los mismos, de manera aislada, a los mejores momentos de su carrera cinematográfica como director. Todo acariciado por una siniestra y catárquica banda sonora del gran Ennio Morricone.




Lo más curioso es que si esta subtrama africana protagonizada por el padre Lamont podría adscribirse fácilemtne a la parte más genuinamente John Boorman de El Exorcista II: El Hereje, es en el relato central protagonizado por Reagan donde más reminiscencias a la película de William Friedkin podemos encontrar. Lo curioso es que si bien es cierto que en este núcleo central de la historia es donde más se nota el tira y afloja entre producción y dirección también hay que afirmar que no escasean en el mismo las secuencias más inquietantes del largometraje. La más destacada, y favorita del que suscribe, es la sesión con el "sincronizador" en el que el padre Lamont asiste el exorcismo al que Reagan fue sometida por el padre Merrin y que deja grabada en la retina del espectador ese intento por arrancar el corazón de la doctora Tuskin por medio de una sabia superposición de imagen en la realización transmitiendo a la platea una amalgama blasfema entre tecnología y demonología que se revela como lo mejor del metraje.




Confirmado el talento de Boorman para retratar estas dos vertientes en el largometraje, son el confuso guión de William Goodhart (reescrito hasta la saciedad durante el rodaje por Boorman y su colaborador Rospo Pallenberg) y el poco consistente montaje de Tom Priestley los apartados que transmiten la sensación de que El Exorcista II: El Hereje es una obra hipertrófica, descompensada, mal rematada cuando pasajes tan poderosos como los comentados en los dos párrafos inmediatemante anteriores o la visita a la casa de Georgetown, en la que todavía parece habitar algo satánico entre esos muebles tapados con sábanas, se alternan con otros realmente penosos como el de el ataque de Reagan durante la actuación musical o algunos de los momentos de ese clímax final que se mueve entre lo conseguido formalmente y lo ridículo y ruidoso debido a su realización efectista y coreografía caótica de destrucción decididamente desproporcionada.




La labor del reparto es bastante considerable si tenemos en cuenta que entre los secundarios tenemos nombres de primer nivel como un enorme Richard Burton, una pletórica Louis Fletcher (alejada su preocupada doctora Tuskin de aquella diabólica enfermera Ratchet que le valió un Oscar a la mejor actriz en la inolvidable Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco, de Milos Forman) James Earle Jones insuflando presencia física (y vocal) con Kokumo o Max Von Sydow volviendo a dar vida, brevemente, al padre Merrin. Por otro lado una preciosa Linda Blair lleva magníficamente bien el peso de la cinta con su protagonista, alternando ternura con amenaza cuando su rol impersona a Pazuzu. El problema es que su negativa a dar vida a su alter ego demoniaco (para no sufrir las maratonianas horas de maquillaje del gran Dick Smith) hacen que su trabajo no sea superlativo como en el primer Exorcista, pero la actriz que da vida a la niña cuando está poseída hace un trabajo encomiable después de todo.




El tiempo nos demostró que ninguna de las cuatro secuelas de El Exorcista estuvo a la altura de esta y que la simple existencia de las mismas fue un simple capricho monetario, pero también es cierto en casi todas (la versión de El Exorcista: El Comienzo de Renny Harlin no hay por donde cogerla) hay algo que las hace interesantes como atípicas cintas de género. El Exorcista II: El Hereje pudo ser mucho más de lo que finalmente fue, pero la cinta de John Boorman es de una naturaleza tan mórbida, lacerante y envenenada que merece la pena no ser obviada. Sus momentos remarcables y hallazgos tanto visuales como narrativos solapan sus fallos estructurales y formales, por ello con el tiempo ha ido ganándose a pulso el prostituible pero honroso título de cinta de culto y recibiendo alabanzas de directores como Martin Scorsese, fans declarados de su visión rompedora de aquello que en la primera entrega se abordó de manera más acertada (la cinta de William Friedkin es muy superior, eso es inapelable) pero también conservadora, pudorosa y cobarde.




Cuirosamente no sería esta El Exorcista II: El Hereje la última secuela de la cinta de William Friedkin que se encontraría con problemas de producción. Ya que tanto la meritoria El Exorcista III, con la que William Peter Blatty adaptó su novela Legión, como la interesante El Exorcista: El Comienzo con la que el guionista y cineasta Paul Schrader abordaba los primeros años como exorcista del Padre Merrin se verían mutiladas y remodeladas en el primer caso y totalmente desechadas en el segundo. Pero de estas secuelas que con sus fallos y aciertos merecen ser reseñadas debidamente hablaremos en un futuro próximo en este mismo blog sin olvidarnos, por supuesto, de la cinta original de 1973 que al igual que a millones de espectadores al que suscribe dejó una profunda huella y una pasión descontrolada por el género terrorífico adscrito al séptimo arte.


viernes, 4 de octubre de 2013

Devil Inside, la madre que me parió



Título Original Devil Inside (2012)
Director William Brent Bell
Guión Matthew Peterman, William Brent Bell
Actores Fernanda Andrade, Simon Quarterman, Evan Helmuth, Ionut Grama, Suzan Crowley, Bonnie Morgan, Brian Johnson, Preston James Hillier, D.T. Carney





Cuando en 1973 se estrenó El Exorcista, el clásico de William Friedkin que adaptaba la novela de William Peter Blatty (con la colaboración del mismo escritor en el guión), pocos de los implicados en ella sabían que no sólo estaban dando forma a una de las mejores películas de género de la historia del séptimo arte sino que también después de ella gran parte del celuloide que abordaba la vertiente de las posesiones demoníacas la iba a plagiar, homenajear y parodiar hasta lo extenuante, precisamente por convertirse en la obra estandarte sobre esta temática dentro del cine de terror.




Actualmente y después de casi 40 años del estreno de la película la tónica sigue siendo la misma. Rara es la cinta sobre personas endemoniadas que no se refleje (normalmente de mala manera) en el largometraje protagonizado por Ellen Burstyn, Linda Blair, Jason Miller, Lee J. Cobb y Max Von Sidow entre otros. Esta terrible Devil Inside que nos ocupa no es la excepción, porque al igual que la mayoría de las obras que abordan esta temática utiliza las resoluciones formales y los conceptos de aquella producción de 1973 con una desvergüenza sonrojante y malentendiendo todo lo que aquella transmitia en el plano cinematográfico o el ideológico. Para colmo el proyecto está rodado en el ya manido formato de falso documental haciendo un uso nefasto del mismo, siendo muy superior en ese sentido El Último Exorcismo que también lo usaba pero con más éxito aunque el final ensombreciera los logros de la obra.




Isabella Torelli es una chica estadounidense que viaja a Roma para realizar un documental sobre la historia de su madre, María Torelli, una mujer que asesinó brutalmente a tres personas mientras le practicaban un supuesto exorcismo y que fue trasladada a un psiquiátrico de la Ciudad del Vaticano, sede que se quiere desentender furtivamente del caso de la señora en concreto porque puede tratarse de un atípico y peligroso acto de posesión demoníaca. Allí, su hija, acompañada de Michael, su cámara, encontrará la ayuda de David y Ben, dos jóvenes sacerdotes expertos en exorcismos que intentarán practicarle uno a María con resultados nefastos.




Una película cuya mayor maniobra de marketing es venderse como una obra cinematográfica basada en supuestos hechos reales y que el Vaticano quiere (supuestamente, una vez más), que no veamos delata su naturaleza sensacionalista, barriobajera y sesgada. Devil Inside fusila todos los conceptos estilísticos que hicieron de El Exorcista una obra maestra mezclándolos con el formato mockumentary fracasando estrepitosamente en las dos vertientes. Por un lado el guionista y director William Brent Bell parece no haber entendido que lo que hacía grande y original a la obra de su tocayo William Friedkin no eran los vómitos verdes, los giros de cabeza o las blasfemias salidas de la boca de la pequeña Regan, sino la atmósfera palpable y epidérmica de naturaleza herética y diabólica que destilaba toda la narración y la exquisita y minimalista puesta en escena, en ocasiones de tintes kubrickianos, del cineasta que estaba detrás de las cámaras. Como es lógico nada de eso hay en la producción que nos ocupa.




Por mucho que Brent Bell trate de impactar a la platea con jovencitas poseídas con ínfulas contorsionistas a las que les crujen las extremidades y que sangran por los genitales (apunte burdamente gratuito) mientras hablan en lenguas muertas e insultan a los exorcistas que tratan de ayudarlas nada es creible, nada es cercano, nada transmite inquietud. Porque si bien el director tergiversa los referentes en los que se inspira, para colmo lo hace un uso completamente deficiente del falso documental, ya que si su intención al utilizarlo era transmitir verismo el tiro le sale por la culta porque sólo artificio, impostura y falsedad es lo que consigue proyectar con su(s) cámara(s). Es más, la escena del exorcismo de María (que se supone el núcleo central del largometraje y su punto más álgido) es incluso más fallido que el otro que vemos previamente en el metraje y que acabo de comentar en este mismo párrafo.




Tampoco ayuda a la credibilidad del film un reparto de desconocidos (María, la madre posesa, más que una endemoniada parece una pobre limpiadora con un mal día, aunque su mirada en ocasiones es inquietante) que no parecen creerse en ningún momento sus papeles y que sólo cuando el metraje está acabando deciden entregarse un poco más al fuego de artificio en el que están inmersos. Para colmo cuando llegamos a la recta final el ya de por sí endeble "realismo" de la obra cae a unos niveles de bochorno sonrojante cuando el demonio decide ir saltando de persona en persona llegando al clímax del coche (la única escena técnicamente lograda de la velada, junto a la secuencia en la que uno de los personaje se suicida pegándose un tiro en la boca) que se revela como uno de los finales más insatisfactorios, deficientes e inesperadamente ridículos de lo que llevamos de década y que deja al espectador con un palmo de narices.




El caso es que no escarmiento y sigo viendo este tipo de basura sabiendo casi con toda seguridad que van a ser despojos. Devil Inside es una película estúpida, amarillista, efectista (la monja del cartel que adjunto abajo sólo sale en un brevísimo plano y no sabemos si la mujer está más ciega que Stevie Wonder o también poseida por diablos saltarines), que no inquieta, no tiene personalidad, perfila personajes estúpidos (¿a qué viene que Michael sea tan imbécil y haga esas declaraciones a la cámara cuando está en soledad?) y ni en su supuesta crítica a la Cúpula del Vaticano sale bien parada porque aborda el tema de pasada, superficialmente y sólo para dar que hablar. Pero bueno, poco se puede esperar de una cinta que proclama por medio de uno de sus protagonistas que la ciencia, a diferencia de la religión, no puede ayudar al prójimo.



martes, 23 de julio de 2013

Expediente Warren



Título Original The Conjuring (2013)
Director James Wan
Guión Chad Hayes, Carey Hayes
Actores Vera Farmiga, Patrick Wilson, Lili Taylor, Joey King, Ron Livingston, Mackenzie Foy, Shanley Caswell, Hayley McFarland, Sterling Jerins, Shannon Kook






The Conjuring (Expediente Warren en España, cada vez vamos a peor) es la confirmación de que el director originario de Malasia James Wan es posiblemente el mejor autor de cine de terror de la actualidad. Como cineasta se dio a conocer cuando llevó al largo un cortometraje de su propiedad llamado Saw, interesante cinta que recuperaba un tono de terror primario y muy epidérmico de los 70 que se desvirtuó al dar pie a una indigerible saga de hasta siete entregas (yo no pude pasar de la tercera) de la que se desvinculó como realizador ejerciendo únicamente labores de producción, chico listo y con visión económica.




Tras ella y dejando de lado su incursión en el género charlesbronsonesco de ciudadanos vengativos que se toman la justicia por su propia mano con Sentencia de Muerte, protagonizada por Kevin Bacon, se hizo un nombre poco a poco dentro del cine de terror. En Dead Silence ya se dejaba ver un director con mano para crear tensión pero el film no hacía pleno y fallaba en varios aspectos. Ya en 2011 estrenó Insidious, un giro dentro de el cine sobre posesiones y casas encantadas que ofrecía momentos brillantes y atmosféricos, una cinta notable que sólo se dispersaba un poco en su recta final cuando Wan decidía enseñar demasiado a su "criatura" sin necesidad de ello, ya que cuando sugería su presencia era cuando el largometraje daba lo mejor de sí mismo.




Pues aquella pieza protagonizada por Patrick Wilson (que repite en The Conjuiring) y Rose Byrne fue sólo una toma de contacto con el género de inmuebles endemoniados y seres sobrenaturales que ha tenido su eclosión total en la cinta que nos ocupa (basada en supuestos hechos reales) la sin lugar a dudas obra cinematográfica más aterradora e inquietante que ha ofrecido el género de terror en décadas. Curiosamente James Wan consigue esta proeza sin inventar nada, todo lo contrario, utilizando sabiamente y con una pericia sobresaliente todos los tópicos del cine de terror clásico pero dándole una personalidad, fuerza y ejecución para quitarse el sombrero.




En el año 1971 la familia Perron, formada por matrimonio y cinco hijas, acaba de mudarse a una casa en Rhode Island. Al poco tiempo de instalarse descubren un sótano oculto y los sucesos paranormales no se hacen esperar. Aterrados por las presencias sobrenaturales los Perron solicitan los servicios del matrimonio Warren formado por Ed, demonólogo y Lorraine, clarividente. Cuando la pareja de parapsicólogos deciden investigar el hogar familiar descubren la presencia de numerosas entidades, pero una de ellas es la que más preocupa a Lorraine por su odio hacia los nuevos ocupantes del hogar descubriéndose más tarde que la motivación para tal acto tiene que ver con sucesos acontecidos en el pasado en la casa y sus inmediaciones.




Evidentemente el argumento de la película no inventa nada, es más, es de todo menos original ya que hasta la anterior cinta de Wan compartía la misma temática. Pero el mayor pleno de The Conjuiring es precisamente no eludir los tópicos del género, sino entregarse totalmente a ellos para mejorarlos con un pulso y un control de los resortes del terror digno de los más grandes. Aunque lo mejor es que el director huye totalmente de los sustos construidos a base de gratuitos e innecesarios golpes de sonido, de la casquería explícita o de mostrar directamente a sus "presencias" que sólo ofrecen su rostro a la cámara cuando la historia lo exige en la recta final del metraje.




Porque con su última cinta James Wan parece haber creado una especie de decálogo sobre esos fetiches que suelen aterrorizar al ciudadano medio en la vida real para que todo tipo de espectador tenga su momento de inquietud a lo largo del metraje. Muñecas, espejos, psicofonías, armarios, presencias debajo de la cama, sombras detrás de puertas que se abren y cierran solas, apelando con todas estas situaciones a un terror primario tensado como un cable de acero con el que no saltamos de la butaca sino que nos retorcemos en ella por el in crescendo de inquietud que sus imágenes y sonidos nos transmiten llegando en algunos momentos el espectador a desear que terminen por su crudo verismo.




Wang utiliza una puesta en escena de tono cuasi documental (ambientar el film en los años 70 ayuda mucho en este cometido), rodando algunos de los momentos de terror en formato digital dándole así una textura de grabación casera a los mismos que ayuda a acrecentar su realismo. El uso de planos nos estáticos, la colocación de la cámara en las habitaciones, desenfocar los fondos cuando quiere sugerirnos pero no mostrarnos las apariciones y el cuidado posicionamiento de los objetos y muebles en las estancias (hasta en eso es detallista el cineasta) permiten que la sensación de peligro sea constante, que la atmósfera se haga palpable y en ocasiones insoportable consiguiendo que esa casa de Rhode Island huela a miedo y maldad por todas y cada una de las paredes que le dan forma como hogar.




Sí, tenemos entidades espectrales, pero se ven lo justo, intimidan considerablemente al respetable y no están expuestas gratuitamente. Sí, tenemos a una clarividente que nota presencias sobrenaturales, pero está interpretada por una inmensa Vera Farmigia (que ya ha demostrado lo que vale en la interesante primera temporada de Bates Motel) que devora interpretativamente la película. Sí, hay un exorcismo, pero es el mejor rodado en décadas (todo un acierto taparle la cabeza con la sábana al personaje... ese momento en el que se rompe un poco la tela...) y nos permite ver el buen hacer del reparto (Patrick Wilson y Lili Taylor dándolo todo, aunque con lo poco agraciada que es esta última nadie se cree que esas cinco preciosidades de hijas hayan salido de sus entrañas, y no, el padre al que da vida Ron Livingston tampoco es un Adonis). Sí, todo ya lo hemos visto antes, pero pocas veces con tanta personalidad y realismo.




Me sería imposible enumerar todas las escenas que se quedan grabadas en la retina. El prólogo con la muñeca que ya sienta las bases de la poderosa puesta en escena, el juego de las palmadas, la escena del armario, las dos de la cajita de música, la de la ropa tendida, la de la cama del personaje de Christine (grandioso el giro de hace la cámara cuando levanta la cabeza para mirar a la puerta que se cierra) en el que la actriz Joey King transmite verdadero horror con su mirada mientras ve lo que supuestamente se encuentra entre las sombras (uno de mis momentos favoritos del film por el pulso de Wan que llega a cotas bestiales de contención narrativa) la de la psicofonía cuando el magnetófono de los Warren salta sin previo aviso, la del árbol y sobre todo la de la mecedora con la muñeca. Seguro que me dejo alguna, porque lo mejor del largometraje es que las escenas de terror se suceden en cascada sin dar apenas respiro al espectador.




The Conjuring me ha regalado casi dos horas de cine brillante, divertidamente diabólico, con un aroma a futuro clásico (precisamente porque hunde sus raíces en los muchos que hay dentro del género de terror) construido por un autor con todas las letras que tiene un futuro sencillamente brillante en el mundo del séptimo arte. Posiblemente me quedo con La Mujer de Negro porque pierdo los papeles por el terror gótico deudor de la Hammer Films, pero la obra que nos ocupa no desmerece para nada al largometraje protagonizado por Daniel Radcliffe y es más aterrador que aquel. Por desgracia la ambigüedad se cierne sobre la carrera de James Wan, ya que si esa próxima secuela de Insidious pinta magníficamente bien, que vaya a dedicarse a rodar la séptima entrega de Fast and Furious y que para colmo se comente que la ya confirmada segunda parte de esta Expediente Warren de la que hablamos puede que no le tenga a él a los mandos nos deja un poco con el alma en un puño por no saber dilucidar si el enorme talento como narrador de este cineasta de poco más de 36 años va a tomar el camino adecuado.