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martes, 7 de junio de 2016

Ali, cuando éramos reyes



Título Original Ali (2001)
Director Michael Mann
Guión  Gregory Allen Howard, Stephen J. Rivele, Christopher Wilkinson, Eric Roth, Michael Mann
Actores Will Smith, Jon Voight, Jamie Foxx, Jada Pinkett Smith, Mario Van Peebles, Ron Silver, Giancarlo Esposito, Jeffrey Wright, Mykelti Williamson, Nona Gaye, Michael Michele, Joe Morton, Alexandra Bokyun Chun, Barry Shabaka Henley, Ted Levine





El pasado día 4 de Junio fallecía a los 74 años de edad por problemas respiratorios y después de décadas luchando contra el mal de parkinson Muhammad Ali, uno de los deportistas más grandes de la historia a nivel mundial y el boxeador más icónico del siglo XX. Nacido el 1942 en Louisville (Kentucky) con el nombre de Cassius Clay llegó a ser tres veces campeón del mundo de los pesos pesados, pero como muchos saben su vida era interesante más allá de los cuadriláteros, los rounds y los títulos, ya que a un nivel social y cultural se convirtió en uno de los personajes más relevantes de la historia reciente de Estados Unidos, como comentamos, no sólo por su aportación como profesional al mundo pugilístico, sino también por haber sido testigo de primera mano de varios hechos que cambiaron el devenir de su país de origen y que le curtieron o hicieron evolucionar como persona, para lo bueno y para lo malo, a un nivel que trascendió el mundo deportivo.




El cineasta estadounidense Michael Mann y su compatriota el actor Will Smith hicieron dupla en el año 2001 para llevar a la ficción la vida de Alí (recordemos que sus hazañas se han abordado en varios documentales, siendo el más famoso de ellos ese When We Where Kings de 1996 rodado por Leon Gast y cuyo título he elegido para esta entrada) en un biopic que hiciera justicia a la figura de Cassius Marcellus Clay Jr. El guión, que estaba basado en una historia de Gregory Allen Howard, lo reescribieron Stephen J. Rivele, Christophr Wilkinson y Eric Roth, pasó por las manos de directores como Ron Howard o Barry Sonnefield que finalmente no consiguieron sacar adelante el proyecto hasta que finalmente recayó en las manos de un Michael Man recién salido de la multinominada y muy reivindicable El Dilema (The Insider) protagonizada por unos pletóricos Al Pacino y Russell Crowe y con el tema de las corruptelas de las empresas tabacaleras americanas como telón de fondo.




Con un presupuesto de 107 millones de dólares, un reparto de campanillas en el que podemos encontrar junto a Will Smit a actores y actrices como Jamie Foxx, Jon Voight, Jada Pinkett Smith, Giancarlo Esposito, Ron Silver, Jeffrey Wright o Mario Van Peebles, el oscarizado mexicano Emanuel Lubezki en la dirección de fotografía, Lissa Gerrard y Pieter Bourke componiendo la soberbia banda sonora y un Michael Mann a la máxima potencia como cineasta controlando los mandos Alí lo tenía todo para convertirse en uno de los mejores films de aquel 2001, pero esto sólo sucedió a medias. El largometraje no tuvo el recibimiento esperado y fue tildado de tibio y distante por cierta parte de la prensa especializada. En esta reseña vamos a tratar de defender lo contrario, que el noveno trabajo del realizador de Heat es un magnífico biopic que elude muchos lugares comunes de este subgénero y consigue hacer honor a Muhammad Alí como icono y ser humano sin obviar algunos de los pasajes más reprobables de su vida.




Alí arranca en 1964 con el combate en el que el protagonista le arrebató el título de campeón de los pesos pesados a Sonny Liston y acaba diez años después haciendo lo propio en el mítico enfrentamiento con George Foreman que tuvo lugar en Kinshasa, Zaire. En este trayecto de diez años seguiremos al joven Cassius Clay consiguiendo sus primeros triunfos como boxeador, manteniendo relaciones sentimentales con hasta tres mujeres a las que no dio un trato digno, convirtiéndose al islam tomando el nombre de Muhammad Ali y trabando gracias a ello amistad con Malcolm X, perdiendo su licencia de boxeador al dar una rotunda negativa a alistarse en el ejército para combatir en la guerra de Vietnam por convicciones morales y descubriendo en su viaje a África que su peso como icono atravesaba las barreras de su país de nacimiento. Todo un trayecto vital que el film abarca en unos agradecidos, pero nunca aburridos, 150 minutos de metraje que Michael Mann y sus guionistas abordan con total profesionalidad y rigor narrativo.




Ese equilibrio entre la faceta profesional y privada del personaje protagonista es el que permite construir una historia sólida con la que abordar las distintas caras de la personalidad de Muhammad Alí, de hecho podríamos decir que su vida sentimental tiene más peso en la trama que su trayecto como deportista mostrándose este en ocasiones como la excusa, el McGuffin, para que el largometraje nos introduzca en lo que fue los días más importantes del homenajeado. Su origen humilde, su conversión al islam con todo lo bueno y malo que ello aportó a su vida, su relación y posterior distanciamento con Malcolm X (su asesinato y la posterior reacción del personaje de Will Smith es uno de los mejores pasajes del film) su fama de mujeriego o mal padre ese egocentrismo del que hacía gala dentro (en no pocas ocasiones humillaba innecesariamente a sus rivales) y fuera del cuadrilátero en algunos momentos nos parecen hechos y situaciones más importantes de su vida que los distintos y legendarios combates que llevó a cabo como boxeador.




Pero como es lógico los combates de boxeo son una pieza clave en el devenir de la cinta y los que ayudan a impulsar la trama del largometraje. Un servidor lo tiene claro, jamás se volverán a rodar escenas de boxeo como las de aquella obra maestra dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Robert De Niro emulando a Jake La Motta llamada Toro Salvaje (Raging Bull), films como Million Dollar Baby, The Fighter, las distintas entregas de Rocky o su reciente, y muy reivindicable, spin off Creed (de la que hablaremos a no mucho tardar en el blog) han dado muestras de cómo ejecutar excelentes secuencias pugilísticas, pero es de necios negar que el director de Al Límite (Bringing Out the Dead) o Kundun sentó cátedra en 1980. Michael Mann sabe esto y no quiere rizar el rizo en este apartado, pero eso no es óbice para que nos prive de su perspectiva de este deporte y de dar su visión de lo que debió ser estar dentro del cuadrilátero cuando el mejor boxeador de la historia se enfundaba los guantes. 




Ese nervio, esa precisión, esa fuerza en lo visual y narrativo que el director de El Último Mohicano siempre ha mostrado a la hora de rodar acción y que pudimos ver en films como la resultona Miami Vice o la soberbia Collateral es extrapolado aquí a unas peleas que hacen que la cámara, literalmente, vibre, con vigor y realismo epidérmico, encuadrando con fiereza los cuerpos moldeados en acero de sus personajes y que sólo se resienten (mínimamente) cuando añade breves planos rodados en ese formato digital con el que por aquel entonces comenzaba a coquetear y que hoy es el que siempre utiliza para sus trabajos, hasta en un género tan ajeno a estas vanguardias como el cine de mafiosos como pudimos ver en aquella Enemigos Públicos del año 2009 con Johnny Depp y Christian Bale viéndose las caras en las pieles de John Dillinger y Melvin Purvis respectivamente.




En no pocas ocasiones y por varios motivos me vino a la cabeza Oliver Stone visionando Alí. Por un lado ese enorme reparto de actores (no voy a destacar a nadie porque todos ellos hacen un enorme trabajo) congraciados con la mano de su director me recordaban a producciones del veterano de Vietnam como JFK: Caso Abierto, Nixon, Alejandro Magno o W, que estaban repletas de estrellas, también porque si el director de Platoon o El Cielo de la Tierra hubiera tomado las riendas de esta cinta lo que hubiera ganado en implicación moral también lo habría hecho en sensacionalismo y sobre todo porque al igual que la impagable Nacido el 4 de Julio con Alí nos encontramos con una película que salió adelante por la total implicación de su actor principal a la hora de dar vida a la personal real que protagoniza la obra, allí era el Ron Kovic al que interpretaba el mejor Tom Cruise de la historia y aquí el Muhammad Alí al que entrega todo lo que tiene dentro un Will Simith superlativo.




A nadie se le escapa que el subgénero biopic en la mayoría de las ocasiones tiene la misión de convertirse en vehículo de lucimiento del poderío dramático de sus actores protagonistas. Ahí tenemos ejemplos como la impúdica y llena de melaza Lincoln, con Daniel Day Lewis en la piel del decimosexto presidente de Estados Unidos a las órdenes de Steven Speileberg, la previsible Ray con Jamie Foxx bordando al cantante y músico Ray Charles para Taylor Hackford, La Dama de Hierro con una mimética Meryl Streep trabajando codo con codo con Phyllida Lloyd y hasta las vertientes en las que estas hagiografías no lo son tanto, por no escatimar los pasajes oscuros de las vidas de sus personajes principales, como la The Doors de, una vez más, Oliver Stone con Val Kilmer como Jim Morrison o Bird de Clint Eastwood (¿el mejor biopic de la historia del cine?) en la que Forest Whitaker hizó el papel de su vida como el saxofonista Charlie Parker sirven para que sus estrellas se cubran de gloria de cara a una platea y unos académicos que normalmente siempre premian con reconocimiento y galardones sus labores.




Will smith se une a esta galería de actores que aprovechan un biopic, la adaptación a la pantalla grande de la vida de una persona real, para ofrecer el mejor trabajo de su carrera. El intérprete de la saga Men in Black o la próxima Escuadrón Suicida consigue lo más elogioso que se puede decir de un actor que participa en una película biográfica, que el protagonista de El Príncipe de Bel Air desaparece desde el minuto uno de la pantalla y sólo queda Muhammad Alí. No sólo por haber curtido su cuerpo para emular al boxeador o por la caracterización que le permite mimetizarse con el tres veces campeón del mundo, también por la modulación de voz, la manera de andar, el estilo campechano de espetar sus bravatas, su carácter tierno a la par que irritante y que dan muestra del enorme trabajo de composición que Smith ofreció para el film de Michael Mann. En ese sentido y gracias a su trabajo queda grabado en la retina ese poderosísimo pasaje en el que en su carrera por las calles de un barrio marginal africano Alí va descubriendo que en ese continente es un icono que trasciende el deporte para convertirse en un ídolo a nivel social y cultural, todo esto acariciado por la maravillosa música de Salife Keita que con temas como Papa o Tomorrow hace el resto.




Seamos sinceros la mejor manera de homenajear a Muhammad Alí es ver sus combates, las entrevistas que ofreció (qué bien llevada está su relación con el periodista Howard Cossell interpretado por un irreconocible Jon Voight) o algunas de sus declaraciones (especialmente con las que argumentaba su negativa a ir a Vietnam) y para ello hay kilómetros de material de archivo. Pero sería de necios no reconocer el valor de esta Alí de Michael Mann y Will Smith que mereció en su época de estreno más reconocimiento del que recibió. Moviéndose entre el biopic políticamente correcto y el que trata de dar una visión políedrica de su protagonista pero funcionando al 100% en todos sus apartados y transmitiendo una emotividad a flor de piel que siempre ha estado ahí y en el 2001 de su estreno le fue negada la novena película del cineasta norteamericano puede considerarse una excelente homenaje a la vida y milagros, las luces y sombras, de una leyenda, la figura de una de las personalidades más importantes e inspiradoras de nuestra historia reciente.


jueves, 31 de diciembre de 2015

Foxcatcher, this land is your land



Título Original Foxcatcher (2015)
Director Bennett Miller
Guión  E. Max Frye, Dan Futterman
Actores Channing Tatum, Steve Carell, Mark Ruffalo, Sienna Miller, Anthony Michael Hall, Vanessa Redgrave, Tara Subkoff, Sherry Hudak-Weinhardt, Guy Boyd, Brett Rice, Jackson Frazer, Samara Lee, Francis J. Murphy III, Jane Mowder, David Bennett, Lee Perkins, Robert Haramia





Tercera incursión en el mundo del largometraje del cineasta norteamericano Bennett Miller tras Truman Capote, el biopic sobre el afamado autor literario de A Sangre Fría o Desayuno con Diamantes protagonizado por el tristemente desaparecido (y en esta ocasión oscarizado) Philip Seymour Hofman, y Moneyball: Rompiendo las Reglas, cinta con la que abordaba los entresijos del mundo del beisbol con Brad Pitt como actor principal dando vida Billy Beane, gerente general de los Oakland Athletics . Con su última obra, Foxcatcher (al igual que sus dos films anteriores, inspirado en hechos reales) Miller no sólo consigue amalgamar la crónica negra americana de su primer trabajo y el subgénero deportivo del segundo, también logra la que es sin lugar a dudas su mejor obra cinematográfica y una de las propuestas más sobresalientes estrenadas en España a lo largo del este ya casi extinto 2015.




Mark Schultz (Channing Tatum) es un campeón olímpico de lucha grecorromana que siempre ha vivido a la sombra de su hermano y entrenador Dave (Mark Ruffalo) hecho que frena muchas de sus aspiraciones personales y profesionales. Un día Mark recibe la llamada de John Du Pont (Steve Carell), heredero de una de las familias más adineradas del país, para que se una al Foxcatcher Team, el equipo de lucha al que él entrena y que representará a Estados Unidos en las olimpiadas de Seul de 1988 y para ello se instalará en las inmediaciones del terreno de proporciones mastodónticas en el que viven los Du Pont en el estado de Pennsylvania. Al poco tiempo la relación entre John y Mark comenzará a resquebrajarse y entonces entrará en escena Dave, el ya mencionado hermano mayor de este último que tratará de intermediar entre los dos hombres y preparar al equipo para ganar las inminentes olimpiadas coreanas, desembocando todo esto en unos trágicos hechos que coparon portadas a nivel global años después.




Aunque sea parte de su núcleo central y bascule todo el desarrollo de la historia la lucha grecorromana en particular y el deporte en general no son los temas principales sobre los que habla una película como Foxcatcher, estos son más bien una excusa para diseccionar otro tema. La tercera película de Bennett Miller habla de América y sobre todo del concepto de "lo americano". De un país en el que la ambición, la avaricia, el afán obsesivo por la competitividad para destacar sobre el resto, la paranoia, las apariencias y lo pomposo son las señas de identidad de la mayor parte de su ciudadanía. Todos estos defectos amalgamados en una sola y mórbida entidad se encuentran en la personalidad de John Du Pont, el multimillonario que sirve como epicentro del relato adaptado de la realidad por los guionistas E. Max Frye, Dan Futterman y al que volveremos más tarde para hablar de la mayor virtud de Foxcatcher, nada más y nada menos que un equipo artístico que nos ofrece un verdadero  e impagable recital de interpretación.




Bennett Miller aborda esta historia, esta tragedia contemporánea, con una medida puesta en escena en la que la dirección de fotografía y el montaje cobran capital importancia y apelando en todo momento a una contención que se convierte en su mayor virtud, pero puede que también en el defecto que impide una mayor implicación emocional, posiblemente no con los personajes ya que estos están perfectamente definidos e interpretados, pero sí con la historia que se nos está narrando. Eludiendo cualquier pernicioso o gratuito sensacionalismo, con un distanciamiento entomológico propio de autores como Stanley Kubrick o David Fincher Miller deconstruye el sueño americano para desnudarlo y exponerlo en pantalla como una monstruosidad que más que reafirmar a las personas que ansían tocarlo con los dedos las acaba devorando. Por ello no es extraño que el norteamericano ganara, con todo el merecimiento del mundo, el premio al mejor director en el Festival de Cannes de 2014




Foxcatcher es una película de hombres, seres melancólicos, animales heridos que buscan algo que no pueden encontrar. Poco importa si quien lo intenta es un multimillonario que lo tiene todo pero no atesora nada, un atleta tozudo pero entregado con ansias de reconocimiento individual o un mentor de buen corazón que trata de ayudar a un hermano que sin él no es nada, poco más que un gigante torpe y apocado. Ninguno de ellos consigue llegar a cumplir sus metas (puede que sólo el personaje de Mark Ruffalo alcance en cierta manera esa autorrealización personal gracias a su mujer y sus dos hijos) viéndose sepultados por las expectativas, los problemas personales o una psicología maleable y distorsionada. Bennett Miller se ocupa de que el realismo se agarre a la epidermis de sus criaturas y se transmita a la platea (las escenas de lucha están rodadas sin efectismos, de manera academicista pero con contundencia) y los hermanos Schultz son buena muestra de ello. En la primera escena en la que los vemos interactuar juntos ambos están entrenando y sólo con el lenguaje corporal, las movimientos violentos de Mark o la reacción tranquila y comprensiva de Dave, percibimos más de la personalidad de los personajes y su relación que si mantuvieran una conversación con 50 líneas de diálogo por cabeza, apelando así a que el físico de los actores y sobre todo los silencios (otro de los protagonistas de Foxcatcher, el silencio) ofrezcan al espectador toda la información necesaria para comprender a los protagonistas y sus aspiraciones emocionales o profesionales.




Evidentemente sin la ayuda de unos actores a la altura de las exigencias de la historia todo el trabajo de Miller  y sus escritores quedaría reducido prácticamente a cero, pero nada más alejado de la realidad con respecto a Foxcatcher, ya que sus tres actores principales nunca han estado mejor. Channing Tatum brilla como Mark Schultz, el intérprete conoce sus limitaciones y ofrece su fisicidad a un personaje que principalmente le exige eso, pero también saber armonizar su trabajo en el plano psicológico para precisamente mostrar en pantalla todo lo contrario, un caos emocional del todo palpable. Su manera de andar, sus movimientos bruscos de mandíbula, su poca predilección por hablar y esos contados pero acertados y muy bien medidos arrebatos violentos (el de la habitación de hotel está perfectamente coreografiado) nos dan buena muestra de que el guión quiere eludir la típica historia de hombre de buen corazón vampirizado por una figura paternal perniciosa (los guionistas huyen de los estereotipos y lo consiguen en todo momento) ya que por mucho que la influencia de John Du Pont en Mark sea negativa este último sólo necesitaba una mínima excusa, un catalizador para explotar y convertirse en un ser autodestructivo, sacar el Hyde que habitaba en su Jekyll, el Heisenberg que anidaba en su Walter White.




El otro lado de la moneda es el Dave Schultz al que Mark Ruffalo entrega todo su naturalismo, carisma, sinceridad, entereza. El hermano mayor de Mark es la América humilde, la clase trabajadora que levanta el país (la que choca directamente con la de John Du Pont, aposentada desde hace más de un siglo, aburrida de tenerlo todo) el noble héroe fordiano que nunca dejaría tirado a su hermano, que sabe batallar contra viento y marea, que no ambiciona nada más que tener un sustento para sacar adelante a su mujer y sus hijos y ser la brújula moral, profesional y psicológica de un Mark inestable que se siente desnudo sin su tutela, Realmente el rol del intérprete de Los Vengadores: La Era de Ultrón o Mi Vida Sin Mí es el que representa el punto de vista del espectador, su presencia es balsámica, él rompe toda la tensión latente y la violencia a flor de piel que destila el film cuando los personajes de Mark y John comienzan a tener sus cada vez más continuos desencuentros y ni siquiera ese terrible corte de pelo para fingir una falsa alopecia, su baja estatura o escasa corpulencia nos impiden ver un personaje abordado desde las entrañas y al que en última instancia está dedicado un film realizado sobre todo para enaltecer su figura.




No puedo estar en más desacuerdo con aquellos que afirman que el John Du Pont al que da vida un pletórico e irreconocible Steve Carell es un monstruo, un ser despreciable y manipulador que hunde en la miseria económica y moral a su pupilo Mark Schultz. El personaje del Michael Scott de The Office es un clásico "pobre niño rico", un juguete roto, el eterno adolescente encerrado en el cuerpo de un anciano que todavía busca la aprobación y admiración negada de una madre (una Vanessa Redgrave que con cinco minutos en pantalla se lleva el gato al agua, como  es habitual en ella) que posiblemente siga rechazando darle su tan ansiada bendición por culpa de la demencia senil propia de su edad más que por otro motivo. Sirva como ejemplo ese falso alarde de liderazgo del que hace gala su hijo cuando ella visita el gimnasio y cómo este deja su exhibición en el acto cuando su progenitora abandona indiferente la sala, secuencia que sintetiza magistralmente la esencia del personaje de Du Pont y en la que Carell está pletórico sorprendiendo a todos aquellos que nos hemos malacostumbrado a verlo hacer comedia y películas de humorísticas de medio pelo.




John se considera un verdadero patriota cuya misión es devolver el honor a un país que desde su punto de vista ha perdido los valores de sacrificio, gallardía y esa "excepcionalidad americana" que con tanto acierto criticaba Oliver Stone en su magistral serie de documentales La Historia No Contada de Estados Unidos, pero debajo de esa carcasa de falsa fastuosidad sólo queda un hombre en busca de una admiración y reconocimiento que le permita sentirse realmente vivo, Con aspecto de reptil, sonrisa de psicópata taciturno, voz ahogada y una tensa calma John Du Pont transmite al espectador sensaciones que van desde la inquietud y el temor cuando comienza a acentuar su pasión por las armas de fuego y el uso de las mismas, la compasión cuando asistimos a como el peso del legado familiar recae sobre sus hombros (esos imponentes cuadros de antepasados que parecen mirarle acusatoriamente desde las paredes de su enorme mansión) o la tristeza al ver que está solo en el mundo y que la única persona que realmente sintió algo de empatía o aprecio hacia su idealizada imagen paternal acabó dando forma con él a una relación de peligrosa toxicidad que  destrozó sus vidas y la de sus allegados.




La última gran obra de Bennett Miller puede no ser plato para todo tipo de paladares por su contención formal y conceptual, por tomarse todo el tiempo del mundo para poner sus fichas sobre el tablero (a un servidor ciertamente no le pesaron ni uno sólo de los 134 minutos que dura el largometraje) y por el distanciamiento necesario con el que su director trata unos hechos que no deben ser abordados desde el morbo o la superficialidad y a los que rodea de una atmósfera de tristeza gélida que hiela la sangre y transmite una sensación de melancolía desencantada y misántropa. Pero lo que está claro es que con un director que en cada nuevo proyecto afianza un discurso propio muy a tener en cuenta, una banda sonora adecuadamente minimalista, un guión medido y perfectamente modelado y un reparto encabezado por tres actores superlativos Foxcatcher finalmente parte a América en dos para dejar a la forjada por hombres nobles y justos yaciendo inerte en la nieve y a la otra, la que con sus fauces arranca piel y hueso por medio de imperialismo, miedo a lo desconocido, ambición desmesurada y capitalismo agresivo se alza triunfante con la mándibula apretada y el gesto intimidante mientras una turba sedienta de violencia vocifera el nombre de un país que se enorgullece de ser el ganador, el número uno, el mejor, en una carrera en la que él es el único competidor.


lunes, 9 de abril de 2012

Un Domingo Cualquiera




Título Original Any Given Sunday (1999)
Director Oliver Stone
Guión John Logan, Daniel Pyne y Oliver Stone
Actores Al Pacino, Cameron Díaz, Dennis Quaid, James Woods, Jamie Foxx, L Cool J, Mathew Modine, Charlton Heston, Ann-Margret, Aaron Eckhart, John C. McGinley, Elizabeth Berkley, Kelly Preston





En 1999, dos años después de realizar aquella excesiva pero interesante cinta llamada Giro al Infierno (U Turn) que adaptaba la novela Stray Dogs de John Ridley, el cineasta norteamericano Oliver Stone decidió mirar por primera vez hacia el mundo del deporte con su cine y ayudado por los guionistas Daniel Pyne (The Manchurian Candidate, Fracture) y John Logan (Gladiator, La Invención de Hugo) dirigió Un Domingo Cualquiera, obra que retrataba el mundo que hay delante y sobre todo detrás del fútbol americano a finales del siglo XX.





Tony D'Amato (Al Pacino) es el veterano entrenador del equipo de fútbol americano, los Sharks de Miami. Los años de gloria pasaron para el conjunto deportivo y la decadencia hace mella en los resultados durante la liga nacional. La posible retirada del antaño genial quaterback Jack "Cap" Rooney, las primeras muestras de talento de una ascendente nueva estrella, Willie Beamen (Jamie Foxx) y las decisiones cuestionables de la joven y ambiciosa nueva presidenta del club, Christina Pagniacci (Cameron Díaz) llevarán a Tony y al equipo a un carrusel de éxitos, fracasos y cambios que influiran en los jugadores, sus posiciones sociales y su dudoso futuro.






Un Domingo Cualquiera es un producto 100% Oliver Stone. Sin ser una de sus grandes obras sí puede considerarse una acertada y elaborada radiografía, no sólo de un deporte en concreto, sino también del estilo de vida que el mismo acarrea en todas las personas relacionadas con él. El director de Platoon decide posicionarse en dos frentes para que su fresco abarque el mayor espectro posible. Por un lado narra lo que acontece a pie de campo, donde los jugadores se dejan la piel para ganar y por otro, bastante más interesante, retrata todo el mundo que hay detrás del juego en el que se mueven el dinero, la ambición y los negocios sucios.





Pero como es lógico estamos hablando del cineasta que para humanizar a Richard Nixon lo mostró con todos sus demonios interiores, que sacó toda la inmundicia presente en la política de su país para hablar de uno de los magnicidios más importantes de la historia, que supo hablarnos de la guerra de Vietnam desde todas las perspectivas posibles siendo crítico en todas ellas o que nos mostró los momentos más bajos de la vida de Jim Morrison para ensalzarlo como el genio que era. Por eso su visión del mundo del fútbol americano no es nada complaciente y sí muy cruda, tanto como para que en su época de estreno hubiera levantado una polvareda mayot de cara a la NFL.





Oliver Stone expone un mundo en el que no sólo se ha perdido del concepto de deportividad o pasión por la competición, sino también corrompido en el campo de juegl por el lujo, los excesos o las sustancias dopantes proporcionados por médicos que se que dan poca importancia a su juramento hipocrático. Por otro lado en el palco sucede lo propio, aunque potenciado por mil, a manos de presidentes y directivos olvidando y ensuciando el significado del deporte con el único fin de abultar sus cuentas corrientes. Amasando enormes cantidades de dinero por medio de marketing, publicidad, derechos de emisión en las televisiones e incluso respaldo político.





Any Given Sunday está planteada como una cinta bélica y no es extraño viniendo del director de Platoon, Salvador o Nacido el 4 de Julio. Stone insufla en la cinta una épica y grandilocuencia que deja en pañales a otros largometrajes que han abordado el mundo del fútbol americano como Varsaty Blues o Remember the Titans y plantea los partidos como combates en un campo de batalla en el que los hombres llevan hasta el extremo su condición física mientras en los palcos los mandamases mueven a sus subordinados como a títeres. Dando pie esto a una clara división de esferas que puede incluso hacernos recordar a la que existía en Senderos de Gloria de Stanley Kubrick entre soldados rasos y altos mandos militares.





Como es lógico el torrente de potencia visual habitual de Stone con la cámara está aquí no sólo completamente justificado, sino también al servicio de la historia. Los partidos están expuestos en pantalla como combates de gladiadores (aquí nació el germen conceptual y estilístico de lo que años después sería su infravalorada y muy recuperable Alejandro Magno) y el nervio de una cámara situada a pie de campo que vibra, literalmente, aprovechando al máximo el formato scope, así como el uso de un montaje sencillamente espectacular, marca de la casa, hacen sentirse al espectador uno más de los jugadores y llegar a experimentar la adrenalina de los placajes, carreras o touchdowns de los enfrentamientos entre los equipos.






A pesar de ser una cinta coral que cuenta con actores importantes entre sus secundarios como Matthew Modine, Aaron Eckhart, James Woods, Ann Margrett o Charlton Heston la cinta planea sobre cuatro personajes satélite que impulsan la trama. El primero es el entrenador Tony D'Amato al que da vida con convicción un Al Pacino al que empezaba a notársele el cansancio y la autocomplacencia a los que se ha entregado en los últimos años. El segundo es la presidenta del club Christina Pagniacci que borda una Cameron Diaz en el mejor papel de su carrera, haciendo que salten chispas cuando comparte plano con el protagonista de Serpico llegando a eclipsarlo en varias ocasiones, ahí es nada, en gran parte por esa desgana que ya he mencionado a manos del italoamericano.






En tercer lugar tendríamos el Willie Beamen de un por aquel entonces debutante Jamie Foxx que representa el estereotipo de joven promesa, aunque añadiéndole el guión matices de autoconsciencia y egolatría que lo hacen interesante y menos tópico, aunque a un servidor el protagonista de Ray siempre me ha parecido un actor tan correcto como sobrevalorado. Finalmente tenemos a Cap Rooney, la vieja gloria llevada con entrega por un Dennis Quaid que no lo hace nada mal, sabiendo reflejar esa decadencia y matiz crepuscular al que su personaje se ve abocado, así como su complicidad con el entrenador de Al Pacino.






Finalmente y aunque ha sacado de la fosa séptica del fútbol americano toda la inmundicia que lleva dentro, Stone y sus guionistas apelan por devolver el honor, la pureza y la pasión a este deporte empezando desde cero, con una amplitud de miras más humilde y dejando de lado parafernalias imposibles, merchandising vacuo para volver a las ráices, cuando lo importante era ganar los partidos por amor a la deportividad. El director nos dice que todavía quedan jugadores así, que aún hay salvación, esa a la que nos remite el excelente discurso de Tony a sus chicos en el último partido en el que habla de la importancia de una sola pulgada tanto en la vida como en el fútbol americano.




Cierto es que hay algunos fallos en Any Given Sunday. En su metraje hay ciertas escenas que son innecesarias (la del ojo, que es un pasote made in Stone, sobra completamente) o están mal planteadas (los jugadores metiéndose cocaína con las chicas en las habitaciones) aunque de eso tiene la culpa la edición del dvd que sólo incluye el montaje del director, no el original que un servidor vio en cine en su momento, teniendo un ritmo más adecuado y con menos relleno. También su sobrerealización cinematográfica puede saturar, molestar la poca profundidad emocional de ciertos personajes secundarios o desconcertar su retrato bastante pueril de los roles femeninos, sólo destacando el de Cameron Díaz para ofrecer un perfil muy negativo.






Pero no lo voy a negar. De Un Domingo Cualquiera me gusta desde el título hasta el cartel oficial, pasando por la estética o la banda sonora (Black Sabbath, Moby, Metallica, Kid Rock), las escenas de los partidos, su planteamiento como si fuera una cinta bélica, su retrato lacerante del mundo del fútbol americano o las agallas que tuvo Stone para hacer una disección  nada halagüeña de este mundo que mueve millones de dólares, pudiendo paralizar un país y hacer que el día de la final de su liga sea festividad ineludible en Estados Unidos. Una vez más el director de Nixon o Hablando con la Muerte metiendo el dedo en la llaga de América y que así sea por muchos años. Ahora sólo queda esperar esa Savages que ojalá nos recupere el lado más crítico e incómodo de este cineasta que, como mínimo, siempre da que hablar.



sábado, 22 de enero de 2011

The Fighter, contra las cuerdas


Título Original: The Fighter (2010)
Director: David O'Russell
Guión: Scott Silver, Paul Tamasy, Eric Johnson y Keith Dorrington
Actores: Mark Wahlberg, Christian Bale, Amy Adams, Melissa Leo, Robert Wahlberg, Jack McGee, Dendrie Taylor, Jenna Lamia, Bianca Hunter, Sue Costello


Trailer


He de admitir que me gusta el cine del problématico director norteamericano David O'Russell. Adoro esa sátira antibelicista situada en la guerra del golfo llamada Tres Reyes, que ponía al día films como Los Violentos de Kelly de Brian G. Hutton. También le tengo especial cariño a esa comedia existencial llamada Extrañas Concidencias (I Heart Huckabees) que se presentaba como un batiburrillo humorístico sobre todo tipo de teorías filosóficas mezcladas y alegremente confundidas entre ellas. La misma supuso una obra que gustó a muy pocos y que irritó a muchos, pero que a mí me divirtió sobremanera. De sus dos primeras obras, Spanking the Monkey y Flirteando con el Desastre, no hablo ya que las desconozco.




The Fighter es un punto de inflexión en la carrarera como director de O'Russell. El realizador deja de lado el humor ácido e histriónico y se centra en dar forma a un psicodrama pugilístico basado en hechos reales sobre dos hermanos boxeadores de Lowell, Massachussets. El mayor de ellos, Dicky Eklund, antaño fue un héroe local por ganar al mítico Sugar Ray Leonard (aunque hay quien mantiene que el boxeador tropezó) en un combate. Años después es un adicto al crack que se dedica a entrenar a su hermano pequeño, Mickey Ward, para prepararlo físicamente y buscarle, junto a la madre de ambos que ejerce como manager combates con los que subir escalafones y así hacerse un nombre dentro del mundo del boxeo profesional.




The Fighter no nos cuenta nada nuevo dentro del cine inspirado en el mundo del boxeo y huele a kilómetros que pese a la eficacia de su propuesta y lo notable de su resultado, es el típico film para rascar votos en todas las canidadaturas posibles en la próxima ceremonia de los Oscars, no nos engañemos. Historia de superación basada en un hecho real. Origen humilde de sus protagonistas teniendo alguno de ellos problemas con las drogas o similares. Actores que han realizado cambios físicos bastante notables para mostrarlos en pantalla (Wahlberg un poco, Bale mucho más, pero este último ya está acostumbrado a machacarse el cuerpo a base de dietas destructivas) y un argumento dramático como trasfondo de la historia.




Pero por suerte la película desde su inicio se abre en canal y es totalmente sincera con espectador. Es la historia que hemos visto muchas veces, pero bien contada, con mucho aplomo y narrada desde la entrañas. O'Russell tiñe de desesperanza, pero también afecto, la historia de Mickey Ward, un joven boxeador que podría llegar mucho más lejos si cortara ese simbólico cordón umbilical que le une a su familia. En ese sentido el realizador y su equipo de guionistas añaden un detalle que no es demasiado común en este tipo de dramas. Una mirada nada complaciente hacia la familia americana de clase media baja. No condenándola, ni retratándola con crudeza, pero sí con ironía (esas hermanas que recuerdan a las esposas de los mafiosos de la maravillosa Goodfellas de Martin Scorsese).




La mayor diatriba dramática de The Fighter nace con el hecho de que Mickey cree que realmente tiene una deuda con su familia (sobre todo con Dicky que le enseñó todo lo que sabe sobre boxeo) por eso se niega a desvincularse de ellos aunque tal acto le cueste su propia carrera deportiva. Pensamiento este, muy occidental, que en Estados Unidos ya toma un cariz incluso enfermizo en numerosas ocasiones. Con este tira y afloja en el que más tarde entrará el personaje de Charlene, la novia de Mickey, O'Russell sustenta gran parte del dramatismo del producto que a pesar de estar centrado en el rol de Wahlberg enriquece más a los de Melissa Leo y Christiane Bale.




Cuatro personajes soportan la carga dramática del argumento central y todos su actores hacen un excelente trabajo, aunque unos más que otros debido a las aptitudes que cada uno tiene interpretativamente hablando. Por ejemplo, Mark Wahlberg no tiene muchos registros, pero este es el tipo de papel que se le da bien y cumple. Amy Adams se deja de hábitos (La Duda) y vestidos de princesa (Encantada) y se mete en la piel de una camarera de bar de mala muerte con bastante carácter y no poca carga sexual. Aunque en el plano femenino la que se lleva la palma es la excelente actriz Melissa Leo como la hortera e interesada madre de los protagonistas. La de Leo es una de esas caras que siempre suenan pero de la que nunca se recuerda el nombre, aunque ha realizado meritorios trabajos como secundaria en films como 21 Gramos o Los Tres Entierros de Melquiades Estrada.




Ya lo de Christian Bale es otra historia. El tipo desde mi punto de vista realiza el papel de su carrera. No sólo por toda la transformación física de su personaje (fue más radical en El Maquinista) o por como emula con estilo todos los tics físicos del verdadero Dicky Eklund. Es que su composición respira vida, carisma, su trabajo se aleja de esos papeles distantes, fríos y oscuros a los que suele dar forma. Seguramente Bale ha dado con un director que es como la horma de su zapato y de ahí su excelente labor, ya que si a O'Russell le gusta liarla en los rodajes a Bale de vez en cuando se le va también la lengua, como todos recordamos.




David O'Russell sale victorioso del combate y consigue el K.O con su mejor obra hasta la fecha. Deja de lado sus aspavientos visuales y sólo recurre a movimientos de cámara cuando el producto lo necesita y mantiene un ferreo control sobre lo que los actores deben o no mostrar delante de la cámara. Gracias a ello, a sus intérpretes y a su equipo técnico (el mismo Mark Wahlberg de productor y también, para mi sorpresa, Darren Aronofsky) consigue tocar la fibra al espectador con un film que si bien no es nada original tiene corazón y sabe como utilizarlo para emocionar sin sensiblería barata y con mucha honestidad.