sábado, 28 de enero de 2017

Jessica Jones: Primera Temporada, cold case



"Quizá baste con que el mundo me considere una heroína. Quizá si me esfuerzo lo suficiente hasta pueda engañarme a mí misma"




Dentro de la nueva política editorial que Joe Quesada instauró en Marvel a principios de la década pasada quiso darle protagonismo al sello MAX especializado en cómics dirigidos al público adulto. Series como el Punisher de Garth Ennis, el Deadpool/Masacre de Dave Lapham o el Lobezno de Jason Starr ofrecieron historias de personajes clásicos de la Casa de las Ideas pasados por un tamiz que permitía acentuar la violencia, el sexo y el lenguaje malsonante. Pero dentro de MAX también nacieron series de nuevo cuño como Alias. Escrita por Brian Michael Bendis y dibujada por Michael Gaydos la colección protagonizada por la superhéroina reconvertida en detective secreta Jessica Jones abarcó 28 números editados entre 2001 y 2004 y se convirtió en uno de los trabajos más reconocidos del polémico autor de Powers, Ultimate Spiderman o la más reciente versión de Guardianes de la Galaxia.




Tras el considerable éxito de la primera temporada de Daredevil Marvel Television y Netflix tomaron la no poco arriesgada decisión de que Alias fuera la siguiente colección de la editorial norteamericana que tuviera su adaptación catódica. Con el nombre de Jessica Jones y la actriz Kristen Ritter (Breaking Bad) encabezando un reparto formado por secundarios como Rachael Taylor (Transformers) Eka Darville (Spartacus: Sangre y Arena) o David Tennant (Doctor Who) entre otros, la presencia de Melissa Rosenberg (Dexter, Crepúsculo) en labor de showrunner y la producción ejecutiva del mismo Brian Michael Bendis Netflix lanzó la primera temporada completa el 20 de Noviembre de 2015 obteniendo una buena acogida por parte del público, la prensa especializada y el fandom que recibieron con los brazos abiertos los peculiares casos de Alias Investigations.




Con un poco de tardanza un servidor ha podido por fin ver esta primera temporada con la que Netflix ha puesto la segunda piedra dentro de su universo televisivo adherido a la editorial Marvel y su subdivisión audiovisual. Por desgracia a pesar de las buenas intenciones, el potente material de partida con el que Melissa Rosenberg y sus colaboradores al guión y la dirección han contado y el competente reparto que puebla el apartado artístico del producto Jessica Jones me ha causado una notable indiferencia a lo largo del recorrido que marcan sus trece episodios. Hay varios problemas en la ejecución y desarrollo de un producto como el ideado por Netflix para llevar a imágenes las viñetas ideadas por Brian Michael Bendis y Michael Gaydos y en la entrada que nos ocupa voy a tratar de enumerar cuáles son y en qué sentido perjudican al conjunto de una serie que podía haber sido considerablemente superior a lo que finalmente ha ofrecido.




Uno de los mayores aciertos narrativos que tenía Alias y que Jessica Jones no ha sabido trasladar a imágenes es la armonía y coherencia con la que Brian Michael Bendis y Michael Gaydos alternaban el tono noir del relato detectivesco que servía de núcleo a la historia con el superhéroico que también basculaba el devenir de la colección, algo que también consiguió captar con acierto el autor de Scarlett en la serie Powers y que, paradójicamente, su adaptación televisiva supo reflejar con más acierto que la producción de Netflix que nos ocupa, eso sin llegar a ser un producto notable en ningún aspecto. Desde el opening la serie de Melissa Rosenberg quiere mostrarse de cara al público como una historia detectivesca con una antiheroína de protagonista sin dejar de lado los superpoderes que dan un matiz fantástico a la historia, pero el adecuado discurrir de ambas vertientes se alterna de manera irregular y con escasa cohesión.




Esta carencia bastante notable se ve considerablemente solapada por la profesionalidad del equipo técnico que se ocupa de dar empaque a la serie abordándola con un tono oscuro y lacónico que, esta vez sí, está bien adaptado de las viñetas. La puesta en escena y el look visual que S.J. Clarkson imprimió en el episodio piloto son respetados por el resto de realizadores (entre ellos un John Dahl que después de haber sido la gran promesa del cine independiente con La Última Seducción o Rounders ahora se dedica a ofrecer sus servicios a la televisión) que Netflix contrató para sacar adelante dicha empresa y todos ellos cumplen sobradamente con su labor de artesanos que ejecutan su trabajo con atino, pero no destacando en ningún aspecto como sí sucedía en no pocos episodios de la primera temporada de Daredevil que cronológicamente precedía a esta de Jessica Jones que nos ocupa.




En la estructura del guión también podemos encontrar ciertos defectos que si bien no toman forma hasta avanzada la temporada una vez salen a la luz la lastrán hasta su mismo cierre. La amenaza de Kilgrave es el núcleo central sobre el que orbitan todos los personajes principales y las distintas tramas que rodean a Jessica Jones. En los primeras episodios sólo por las reacciones tanto físicas como psicológicas de la protagonista podemos percibir la aterradora ubicuidad que imprime en la serie el inminente regreso del villano con la capacidad de controlar la voluntad de sus semejantes con el simple uso de su voz. El problema estriba en que cuando Kilgrave torna en una presencia física, en un personaje más, parece como si toda esa asbtracción intimidante que transmitía cuando no hacía acto de presencia en pantalla se convirtiera en algo más mundano, común y simplista, un villano proototípico a fin de cuentas. Eso sumado a su búsqueda por parte de Jessica que se antoja repetitiva y de escaso desarrollo suponen un lastre para el devenir de los acontecimientos de los distintos capítulos.




En cuanto al reparto es ineludible que la elección de Kristen Ritter es un acierto en toda regla, La actriz de Big Eyes posee las justas dosis de carsima, atractivo, macarrismo, ironía y melancolía para ser una aceptable Jessica Jones y mostrarse creíble a la hora de darle vida. Dentro del resto del reparto de secundarios todos hacen bien su labor, pero más allá de Mike Colter en la (indestructible) piel de Luke Cage, ninguno destaca como para ofrecerle una mención de honor, aunque cierto es que se agradecen algunos regresos como los de Carrien Ann Moss (Matrix) o Rebecca De Mornay (La Mano Que Mece la Cuna). Curiosamente el mayor problema de casting llega con el mejor actor del mismo y es que David Tennant es una mala elección para dar vida a Kilgrave, ya que el actor británico por muy hijo de puta que se muestre ante cámara, por muchas barbaridades y actos crueles que lleva a cabo con sus víctimas en ningún momento deja de transmitir al espectador una sensación de "buenrollismo" que va en contra de su misión de intimidar al respetable.




Jessica Jones ha supuesto la primera decepción para el que esto firma con respecto a la colaboración entre Marvel y Netflix. Como previamente he mencionado la apuesta era arriesgada y el simple hecho de haberla sacado adelante ya tiene su mérito, pero Melissa Rosenberg y su equipo no han sabido mezclar adecuadamente los ingredientes que tenían a su disposición para ofrecer una adaptación potente de Alias, al menos en lo que a esta primera tanda de episodios se refiere. Por suerte la sensación de desilusión me ha durado poco gracias al visionado de los primeros episodios de la segunda temporada de Daredevil, de la que hablaré próximamente, y que antes de llegar a su ecuador ya ha ofrecido el mejor retrato que se ha hecho de Frank Castle en el medio audiovisual y una potentísima secuencia de acción (la del falso plano secuencia con la pelea contra los miembros del club motero Dogs of Hell) que confirman que la Casa de las Ideas todavía tiene mucho que decir en la pequeña pantalla.



lunes, 23 de enero de 2017

Silencio



Título Original Silence (2016)
Director Martin Scorsese
Guión Jay Cocks y Martin Scorsese, basado en la novela de Shusaku Endo
Reparto Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shin’ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu (AKA Hiroyuki Tanaka), Nana Komatsu, Yôsuke Kubozuka, Yoshi Oida, Ten Miyazawa




Tres años después de hacernos partícipes de la excesiva vida personal y profesional del inefable corredor de bolsa neoyorquino Jordan Belfort con aquella soberbia El Lobo de Wall Street que nos devolvía su faceta más canallesca y tras unas cuantas colaboraciones en la televisión por cable (Vinyl), el cortometraje (The Audition) y el mundo del documental (50 Años de Rebeldía) el veterano cineasta Martin Scorsese, autor de algunas obras maestras del séptimo arte como Taxi Driver, Toro Salvaje (Raging Bull), Uno de los Nuestros (Goodfellas) o Casino vuelve con su último proyecto cinematográfico para la pantalla grande. Basada en la novela homónima escrita por el novelista nipón Shusaku Endo en 1966, desarrollado como proyecto a lo largo de treinta años por parte del director de La Invención de Hugo o Gangs of New York y con un baile de actores en el reparto en el que se barajaron pesos pesados internacionales como Daniel Day Lewis, Gael Cargía Bernal, Ken Watanabe o Benicio del Toro Silencio se estrenó a principios de año en carteleras de todo el mundo recibiendo el beneplácito de la prensa especializada a nivel internacional y no pocas posibilidades de hacerse con un buen puñado de nominaciones a los Oscar de este año recién llegado. Cerrando con ella su trilogía sobre la fe y la religión que inició con la polémica y muy recuperable La Última Tentación de Cristo en 1988 y continuó con aquella rara avis en su filmografía llamada Kundun en 1996 Martin Scorsese vuelve a mostrarse como un todoterreno de la narración cinematográfica implicándose en una obra en la que aborda alguna de las inquietudes y señas de identidad más reconocibles de su carrera como director a pesar de que el contexto en el que esta tiene lugar no es el habitual dentro de su ya longeva trayectoria detrás de las cámaras. Pero contra todo pronóstico al que esto suscribe el film no le ha convencido por diversos motivos que pasaré a enumerar a continuación y que son de considerable gravedad.




La historia narrada en Silencio y que tiene su origen en la novela del mismo título escrita por Shusaku Endo relata la historia de los jesuitas portugueses Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garupe (Adam Driver) que en 1640 viajaron al Japón feudal para conocer el paradero del mentor de ambos Cristóvão Ferreira (Liam Neeson) que viajó al país nipón para difundir el cristianismo. Lo que ambos jóvenes encontrarán en el País del Sol Naciente es un brutal rechazo hacia los preceptos cristianos y la tortura a la que son sometidos todos aquellos que deciden abrazar dicha religión. A nadie le debe extrañar que Martin Scorsese se involucre en un film sobre los inescrutables caminos de la fe, no sólo porque en su juventud tuvo la tentativa de ordenarse sacerdote, sino también porque la religión es uno de los temas recurrentes de su filmografía, no sólo en los films que abordan directamente el tema, sino también en otros de distinto pelaje como Al Límite (Bringing Out the Dead) o Malas Calles que se alimentaban tangencialmente de las creencias de su autor. El problema es que en su última obra lo que en principio se muestra de manera totalmente acertada y con la solidez narrativa propia de un cineasta de su bagaje y talento se convierte poco después es una obra discursiva, plomiza y con algunos pasajes que bordean el sonrojo inintencionadamente.




La primera hora de Silencio es una palpable muestra de coherencia cinematográfica, cohesión narrativa y contención textual. Scorsese y su colaborador al guión Jay Cocks se ocupan de contextualizar la historia, presentar a los personajes, plantear los dilemas morales a los que estos se enfrentarán una vez se hayan embarcado en su aventura y asentar bien las bases de sus personalidades como jesuitas en busca de su mentor en un territorio del todo hostil. Con un planteamiento argumental que recuerda al de Apocalipsis Now, y una voz en off de trascendencia malickiana la claridad expositiva se hace notable, la ambientación se muestra adecuada, la dirección de fotografía perfecta, la escritura medida y sin estridencias y los actores lo dan todo con sus físicos maltrechos y enfermizos (ambos protagonistas perdieron bastante peso para dar vida a sus roles, sobre todo el protagonista de Paterson) para ofrecer composiciones a la altura de las exigencias. El director de El Aviador o Infiltrados (The Departed) consigue que nos impliquemos con sus criaturas, que temamos por su integridad física y psicológica por medio de una empatía que va tomando forma de manera gradual y permitiéndonos llegar a entender la determinación de los dos jóvenes jesuitas incluso para una persona como el que esto firma al que ideas como la fe o el cristianismo le son ajenas.




Por desgracia casi todo se quiebra más o menos a la hora de metraje, justo con la escena del reflejo en el agua que se antoja la primera de varias que incitan a cierta comicidad no buscada y que da inicio a otro tipo de película, una que trabaja con el mismo material que la anterior pero que en tono, solidez narrativa e intencionalidad pierde completamente los papeles. En cuanto al núcleo central de la historia, los límites de la fe y el compromiso con la palabra de Cristo representados por la lucha física y existencial de Sebastião Rodrigues y las reminiscencias mesiánicas que le emparentan con con el hijo del altísimo, Scorsese mantiene el foco sobre dicha representación planteando todos los dilemas metafísicos que sustentan la historia, el problema estriba en que todo lo que antes era elegancia, sutilidad, contención y sentimientos a flor de piel se convierten en trazo grueso, maniqueismo, adoctrinamiento y gravedad mal entendida. Desde ese mismo momento la voz en off se antoja redudante y pesada, las reflexiones del protagonista una letanía que no hace más que dar vueltas sobre sí misma, la inclusión de algunos secundarios cuya génesis se antojaba de un dramatismo poderoso derivan en cierto humor, una vez más, inintencionado (cada aparición de Kichijiro pidiendo clemencia y confesión despertaba más carcajadas en la sala donde acometí el visionado de la película) perjudicial para el subtexto de la obra y por otro lado el retrato que se hace de los japoneses opuestos al cristianismo se adentra en los terrenos de lo sectario e impostado.




Desde ese momento la obra se ve ensombrecida por el tratamiento en blanco y negro de los personajes y el retoricismo agotador con el que se vuelve una y otra vez a la reflexión sobre debatirse entre mantener públicamente su fe en el cristianismo o apostatar por el bien de todos aquellos creyentes japoneses que dan sus vidas con tal de defender sus creencias a la que se ve sometido el personaje de Andrew Garfield. Aunque muestre dudas y debilidades todas las palabras salidas de la boca de Sebastião Rodrigues se muestran sabias, humildes y coherentes, en cambio cada frase espetada por sus captores destilan prepotencia, altivez y crueldad. Con esto no quiero afirmar que tales hechos no sucedieran así o que dichos personajes no obraran de esa manera en la realidad, pero es el tratamiento que el director de New York, New York o El Rey de la Comedia ofrece para distinguir de manera superficial a “buenos y malos”, “bárbaros y misericordiosos” el que hiere de muerte a una cinta que se va volviendo cada vez más paternalista, sesgada y sermoneadora a cada minuto que pasa dentro de su holgado metraje. Toda la atención que Scorsese había captado por mi parte se diluye gradualmente con cada nueva secuencia de crueldad, crisis de fe y presuntuosidad moral anclada en una condescendiente humildad por parte de su personaje principal, el mismo que me hizo echar de menos la mucho más trémula humanidad del Jesús soberbiamente interpretado por Willem Dafoe en la ya mencionada adaptación que el cineasta norteamericano, con la ayuda de Paul Schrader al guión, realizó de la novela homónima de Nikos Kazantzakis.




Ya en la recta final y más allá de las carencias casi autoimpuestas que hemos mencionado Scorsese toma un par de elecciones que parecen más concesiones de cara a la galería que resoluciones propias de un autor de su talento y profesionalidad. Dos de las ideas más inteligentes que aborda una obra como Silencio son por un lado la pregunta de todo creyente sobre si la divinidad escucha las plegarias que en ella se depositan y por otro lado si se pueda mantener la fe en el cristianismo habiendo renunciado de palabra y obra a las enseñanzas de Cristo por un bien mayor en la tierra, ya que hablamos de un sentimiento que cada persona puede ejercer en la más estricta intimidad. Estas dos preguntas que en ningún momento deberían haber sido contestadas encuentran respuesta en el clímax final y el prólogo que cierran el último largometraje del director de El Último Vals o No Direction Home. De este modo el responsable máximo de la obra cinematográfica culmina los últimos pasos de su trabajo ofreciendo más masticado si cabe el mensaje que planteó magníficamente en el primer acto del proyecto para deslabazarlo y pervertirlo en fondo y forma en los dos siguientes, transmitiendo una sensación de innecesaria sobreexposición y reprobable predilección por el subrayado que no hacen más que perjudicar a las intenciones religiosas y teológicas del conjunto de la producción, haciéndolo fracasar casi en su totalidad.




Posiblemente haya pocas experiencias más satisfactorias en el mundo del cine ver a un veterano que ya no tiene que demostrar nada a nadie, no sólo dar pruebas de que no se acobarda con ningún género (sus tres últimos films se mueven entre el celuloide infantil, la comedia excesiva y el trasfondo religioso), sino que también hace las películas que quiere y cuando quiere sin rendir cuentas a nadie más que a sí mismo o al altísimo, como en la ocasión que nos ocupa. Esta vez, aunque tiene a gran parte del público y la crítica de su lado, a mí me ha decepcionado en gran medida, sobre todo si tenemos en cuenta que, como he apuntado previamente, nos encontramos con una atractiva primera hora que da paso a otras (casi) dos en las que todo se descontrola y el buen hacer deja paso a los defectos en fondo y forma que ensombrecen los logros de un film que puede presumir de una puesta en escena competente (aunque Scorsese es capaz de mucho más) un diseño de producción remarcable y un trabajo actoral excelente (no sólo el de sus protagonistas, todos los actores japoneses están soberbios ejerciendo de robaescenas natos) pero que no consigue llegar con verdadera fuerza a un espectador que en no pocas ocasiones se siente perdido entre sermones, autoindulgencia y lugares comunes que sepultan lo que pudo ser una de las mejores obras salidas de la mano se autor. Esperemos que con esa prometedora y eternamente pospuesta The Irishman Marty vuelva a hacer diana como sólo él sabe