domingo, 22 de mayo de 2016

X-Men: Apocalipsis



Título Original X-Men: Apocalypse (2016)
Director Bryan Singer
Guión Simon Kinberg, Michael Dougherty, Dan Harris, Bryan Singer
Actores Michael Fassbender, James McAvoy, Jennifer Lawrence, Nicholas Hoult, Oscar Isaac, Rose Byrne, Evan Peters, Sophie Turner, Tye Sheridan, Josh Helman, Kodi Smit-McPhee, Lucas Till, Alexandra Shipp, Olivia Munn, Lana Condor, Hugh Jackman, Stan Lee




Este año 2016 después del estreno de Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia y el de Capitán América: Civil War la guerra entre Marvel Studios y DC/Warner Bros posiblemente está más enconada que nunca, no sólo por la controversia que trajo el film que enfrentaba al Guardián de Gotham con el Hombre del Mañana o el, en líneas generales, excelente recibimiento que tuvo el enfrentamiento interno entre unos Vengadores desunidos, sino por el campo de batalla en el que los fans han convertido el ya agotador debate sobre cuál de las dos franquicias produce mejores largometrajes. En medio de esta reyerta encarnizada se encuentra otra franquicia, la más veterana de las relacionadas con la nueva edad dorada del cine que adapta personajes de cómics al celuloide, la protagonizada por esos X-Men (y derivados) de Marvel que siguen siendo propiedad de una 20th Century Fox que ha explotado hasta en nueve ocasiones el microcosmos mutante creado en su origen secuencial por Stan Lee y Jack Kirby y cuya última entrega, Deadpool, nacida a modo de spin off, arrasó en taquilla con su calificación para adultos bien grande en los carteles y pósters promocionales. Si no contamos los olvidables films en solitario de Wolverine/Lobezno y el ya mencionado proyecto con la deforme efigie de Wade Wilson como protagonista los Hijos del Átomo han protagonizado seis entregas cinematográficas. Tras la primera trilogía que se cerró con la polémica X-Men III: La Decisión Final el británico Matthew Vaughn insufló nueva vida retro a la saga con aquella memorable X-Men: Primera Generación que supuso un relanzamiento de la serie. Tras el buen recibimiento de la entrega ideada por el director de Kick-Ass o Kingsman: Servicio Secreto Bryan Singer (que nunca dejó de intervenir como productor ejecutivo en la franquicia cuando abandonó las labores de dirección de la misma) regresó con X-Men: Días del Futuro Pasado penúltimo y potente episodio en pantalla grande que adaptaba a su manera el inolvidable arco argumental ideado por Chris Claremont y John Byrne y que tiene su continuación cronológica en la X-Men: Apocalipsis que llegó ayer viernes a las carteleras españolas con la noticia del recibimiento no muy benevolente de una crítica americana que ya acusa a Fox de haber agotado en exceso su universo cinemático mutante.




X-Men: Apocalipsis toma su subtítulo del villano creado por Jackson Guice, Louise Simonson y Walter Simonson en las páginas de la colección X-Factor allá por 1986 y como ya supimos en su momento no adapta (ni hubiera debido o podido hacerlo) la saga noventera La Era de Apocalpsis de la que el proyecto tomó su nombre cuando estaba en proceso de gestación. Por el contrario esta última entrega se basa libremente en los números de la ya mencionada X-Factor en la que hacían acto los Jinetes del Apocalipsis, reclutados por este último y encabezados allí por Ángel y en esta adaptación cinematográfica por Magneto, aunque Warren Worthington III sigue siendo uno de los miembros del cuarteto que se completa con la presencia de una Tormenta adolescente y la debutante Mariposa Mental (Psylocke). Tras el potente arranque del film en el que asistimos al nacimiento de En Sabah Nur el argumento se centra principalmente en el enfrentamiento de los alumnos de la escuela de talentos del Profesor Xavier con los ya mencionados jinetes. La trama se desarrolla diez años después de X-Men: Días del Futuro Pasado y mantiene el tono y puesta en escena de aquella (que variaba considerablemente del aire de espionaje bondiano que Matthew Vaughn insufló a X-Men: First Class) pero oscureciéndola considerablemente, de hecho podríamos decir que esta última entrega es la más cruda y siniestra desde X-Men III: La Decisión Final, pero eludiendo el caos constructivo y la tendencia al tremendismo (en ocasiones gratuito) a los que se entregaba el largometraje dirigido por Brett Ratner y ofreciendo algunos pasajes que casi no parecen de un film con una calificación no recomendada para menores de 13 años.




Desde la misma introducción Bryan Singer y su habitual colaborador Simon Kinberg apuntan alto, ya que en esos primeros pasos X-Men: Apocalipsis ya muestra claramente su intención de ser la entrega más grandilocuente y “apocalíptica” de las franquicia, más incluso que Días del Futuro Pasado, que no pecaba de modestia precisamente. En el trayecto el director de Sospechosos Habituales o Valkiria consigue su cometido ya que esta última parte de las correrías en celuloide de los mutantes de Marvel se muestra como una epopeya de tenebrosa épica y pretensiones (más en un plano formal que argumental) depositadas en un villano que en todo momento es expuesto en pantalla con el título de “enemigo definitivo” que el personaje ha ido ganándose en las viñetas a lo largo de los años. Bryan Singer es un perro viejo en estas lides y un artesano voluntarioso y con oficio, de modo que sabe en cuanta medida debe entregarse a la fanfarria y el efectismo sin pecar por exceso como sí le pasa a otros directores duchos en superproducciones como Zack Snyder, Michael Bay o Roland Emmerich que no entienden el significado de la expresión “menos es más”. Apocalipsis toma la intimidante figura de un Oscar Isaac (Ex_Machina, Star Wars: El Despertar de la Fuerza) entregado a la causa que consigue transmitir la constante amenaza global que supone su presencia como contrapartida malévola de los Hijos del Átomo y si bien su perfil psicológico no es un dechado de virtudes en cuanto a análisis y exposición (aunque sí es considerable fiel a su émulo en las viñetas) consigue en todo momento mostrarse como un Dios genocida y peligroso que en no pocas ocasiones nos hace pensar que podría acabar con la vida de más uno de los habitantes de la Mansión X sin titubear. Sin llegar a la excelencia y con un diseño que aunque retocado con respecto al de las primeras fotos que vimos hace unos mesas todavía se muestra algo deficiente sí podemos afirmar que esta representación en carne y hueso de En Sabah Nur es uno de los villanos más efectivos del cine de superhéreos reciente, sobre todo si lo comparamos con los ineficaces Lex Luthor de Jesse Eisenberg para Batman v Superman: El Amanecer de la Justicia y Helmut Zemo de Daniel Brühl que vimos en Capitán América: Civil War.




Como recordamos X-Men: Días del Futuro Pasado sirvió de cierre del primer universo cinemático mutante que por otro lado ya había sido previamente rebooteado con X-Men: Primera Clase, de modo que en esta última entrega que actualmente copa nuestras carteleras Bryan Singer y sus colaboradores siguen introduciendo nuevas versiones adolescentes o juveniles de la Patrulla X. Por ello tenemos aquí a Tye Sheridan (Joe, Mud) como Cíclope, Sophie Turner (Juego de Tronos) en la piel de Jean Grey, Kodi Smit-McPhee dando vida a Rondador Nocturno, Alexandra Shipp emulando a Tormenta o a Ben Hardy enfundándose las alas Ángel entre otras incorporaciones más secundarias como la de Júbilo. Todos ellos tienen su importancia en la trama que el relato central del film va tejiendo, posicionándolos en un bando u otro, pero son los protagonistas de las dos anteriores entregas los que atraen todas las miradas con su buen hacer delante de las cámaras. James McAvoy va poco a poco convirtiéndose en el idealista (y alopécico) profesor Xavier que todos conocemos (y al que tan bien interpretó Patrick Stewart durante casi quince años), Jennifer Lawrence luce espectacular como Mística pero el empeño en convertirla a toda costa en una heroína desvirtúa la naturaleza del personaje, algo que no sucede con el Hank McCoy de Nicholas Hoult que por desgracia en esta ocasión tiene menos protagonismo y no toma su apariencia azulada hasta la recta final del metraje. Por otro lado tenemos a un Michael Fassbender que sigue en su modo robaescenas llevándose para él los mejores pasajes del film (y alguno mal ejecutado como el que tiene lugar en Polonia que no alcanza los niveles de dramatismo que debiera para ser un instante remarcable por su puesta en escena) y el que desde ya se ha convertido en uno de los mejores, si no el mejor, momento de la franquicia y que tiene el campo de concentración de Auschwitz como localización, una secuencia llena de fuerza visual, conceptual y simbólica que al menos al que suscribe le ha parecido brillante, tanto como para encabezar con todas las de la ley este interesante Top 10.




El autor de la muy recuperable Verano de Corrupción (Apt Pupil) descubrió con el estreno de la anterior entrega de la saga mutante que había dado forma a ideas, pasajes y conceptos que fueron recibidos con agrado tanto por el fandom como por los espectadores neófitos y por ello aquí vuelve a emularlos con más o menos eficacia. De modo que la ambientación para hacernos viajar a una década pretérita (los 80) se deja notar, la escena en la que Mercurio (Quicksilver) luce sus poderes de velocidad (en esta ocasión de manera más excesiva y con Eurythmics sonando de fondo), los momentos en los que Magneto se consolida como un personaje casi de tragedia griega o las situaciones en las que Charles Xavier es puesto a prueba moral y exsitencialmente y de las que siempre sale reforzado no se quedan en el tintero. Porque al igual que todo tipo de largometrajes inspirados en personajes de cómics, y sobre todo los de temática pijamera, deben dejar satisfechos a los que llevamos años leyendo las aventuras de estos iconos del arte secuencial y aunque somos conscientes de que nos encontramos en medios totalmente distintos por suerte las cabezas pensantes detrás de dichos proyectos cinematográficos trufan el metraje de guiños, referencias o líneas de diálogo sacadas directamente de los cómics. Muestras de esto que comento serían la escena post créditos que nos da pistas de por dónde se encaminará la próxima entrega de la saga, algunos aspectos de la personalidad de Jean Grey que serán importantes en un futuro próximo y sobre todo “el cameo” que no por esperado es recibido con menos fruición y más si vemos la referencia directa que hace a una de las sagas más míticas de la historia del personaje y que a un servidor le hizo soltar un ilusionado gritito propio de una colegiala quinceañera en la sala donde mi acompañante y yo veíamos el film.




Pero no todo son parabienes con respecto a X-Men: Apocalipsis, el film comete algunos errores que le restan puntuación global y si bien los mismos no revisten gravedad sí se muestran en ocasiones algo molestos de cara a la platea. Por un lado la primera media hora del metraje denota cierto caos en el montaje ya que las distintas subtramas que convergen alrededor de la central parecen desarrollarse con torpeza o cometiendo unos fallos de continuidad que en un sentido cronológico de tiempo real se antojan deficientes, confirmando que a John Ottman (el hombre orquesta, nunca mejor dicho, que produce, edita y compone la banda sonora en varios films de la saga) le hace falta una sesión intensiva de The Wire de David Simon y Ed Burns para saber cómo se cohesionan en un sólo todo un número incontable de subtramas con buen resultado. Por otro nos encontramos con una nueva hornada de actores jóvenes que aunque se muestran adecuados para ejercer sus roles palidecen si son comparados con sus anteriores versiones adultas. Porque Sophie Turner y Kodi Smit-McPhee son eclipsados por la presencia y el carisma de Famke Janssen y Alan Cumming, pero más grave se muestra el sólo pensar que alguien relacionado con el largometraje haya tenido la idea de que el solvente pero anticarismático actor Tye Sheridan pueda ser un competente Scott Summers, dando indicios desde ya con su labor que vamos a encontrarnos con otra versión fallida de Cíclope en pantalla grande como sucedió con el de un esforzado pero muy arrinconado James Marsden. Ya por último mencionar que aunque, como previamente hemos apuntado, esta es posiblemente la entrega de la franquicia más ambiciosa esto sólo es cierto en el plano formal ya que en lo narrativo o conceptual se muestra igual de autocomplaciente que los (casi) siempre competentes, pero ligeros, proyectos de Marvel Studios, barriendo para casa y sin dar una voz más alta que otra.




Puede que sea debido a que guardo especial cariño a todas las entregas de esta franquicia (no así las aventuras en solitario de Logan que me parecen terrible la primera y sólo pasable la segunda) tanto como para haber defendido la tercera de ellas por estos lares o porque realmente nos encontremos ante una cinta más que competente, pero un servidor no ve ese agotamiento de la fórmula mutante en pantalla grande a la que apela la prensa especializada americana, ya que como punto negativo en cuanto a su gestación como producto de consumo para multisalas sólo puede acusársele de ser un sota, caballo, rey de manual que no da pie alguno a la improvisación o el riesgo. Por lo demás sólo me queda afirmar que nos encontramos ante otra magnífica entrega de la saga que seguramente agradará a aquellos que disfrutaron de X-Men: Días del Futuro Pasado y decepcionará a aquellos que no encontraron en dicho film suficientes alicientes como para considerarlo un trabajo remarcable dando un nuevo comienzo a la serie de films impulsados por 20th Century Fox, el matrimonio Donner y el omnipresente Bryan Singer en aquel ya lejano año 2000. Lo que aquí tenemos es un ejemplo de cine comercial bien ejecutado para agradar a distinto tipo de espectadores con los consabidos mensajes de rechazo a la intolerancia y el segregacionismo hacia unos personajes “odiados y temidos” rodeados con un envoltorio a la altura que inyecta el metraje de espectaculares escenas de acción en las que ver en su hábitat natural a la, unas veces más acertada que otras, visión cinematográfica de personajes de cómic que forman parte de nuestras vidas desde hace décadas y que esperemos sigan llegando a nuestras carteleras con cierta regularidad para confirmarnos que no sólo de Marvel Studios y DC/Warner Bros vive el homo inferior.

domingo, 15 de mayo de 2016

La Bruja



Título Original The Witch (2016)
Director Robert Eggers
Guión Robert Eggers
Actores Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Harvey Scrimshaw, Lucas Dawson, Ellie Grainger, Julian Richings, Bathsheba Garnett, Sarah Stephens, Jeff Smith




Con un vergonzoso retraso de casi medio año con respecto a su estreno en Estados Unidos, aunque su puesta de largo internacional tuvo lugar en Festival de Sundance de 2015 donde ganó el premio al mejor director, llega a las carteleras españolas La Bruja, la ópera prima del cineasta norteamericano Robert Eggers. El largometraje esta localizado en la Nueva Inglaterra de 1630 donde una familia de colonos formada por un matrimonio y sus cinco hijos se ha aposentado en una cabaña cercana a un misterioso bosque. Este manoseado punto de partida no ha sido un impedimento para que la crítica internacional y gran parte del público se haya rendido a las supuestas virtudes de una obra que ha sido tildada ya de renovación de los preceptos del género de terror actual y a su creador (que ejerce de guionista y realizador) como uno de los talentos más prometedores salidos de la escena cinematográfica contemporánea. Aunque no han sido pocos los premios que el largometraje ha recibido en estos meses ni escasos los elogios de un importante grueso de espectadores hacia ella un servidor se ha llevado con The Witch (posiblemente el estreno que con más ganas esperaba este año 2016 debido a mi devoción por el celuloide de terror) una de las decepciones más desoladores de los últimos tiempos. A continuación trataré de argumentar por qué el debut de Robert Eggers me parece un producto con muchísimo potencial que no es desarrollado adecuadamente y sin destacar en casi ninguno de los apartados que dan forma al conjunto del, en principio, prometedor punto de partida. Un film que teniendo todos los ingredientes para epatar al espectador no sólo no consigue llevar a buen puerto dicha empresa sino que también llega a aburrir a una platea que recibe muy pocas compensaciones por parte de un proyecto que no está, ni de lejos, a la altura de su fama.




Lo más triste de La Bruja es que su primer acto promete mucho, puede que demasiado. Robert Eggers va colocando sus piezas de manera elegante en esa oscurantista Nueva Inglaterra del siglo XVII concentrada en una sola familia temerosa de dios con unos padres obsesionados con el pecado y unos niños influenciables y obedientes pero que parecen esconder más de un secreto para regalarnos la primera escena en la que hace acto de presencia el personaje que da nombre al largometraje. Ese breve pasaje en el que intuimos más que vemos lo que está sucediendo y que se fusiona con la tremenda banda sonora de Mark Korven (sin lugar a dudas lo mejor de la película, con una diferencia abismal) a la que volveremos más tarde, emana un halo hipnótico, herético, con imágenes casi vivientes, como si de un hechizo se tratase con esa luna enorme detrás de una silueta inhumana. Por desgracia en el restante metraje del film no volvemos a encontrar una secuencia tan poderosa como esta y los no pocos fallos que lastran el buen hacer del producto cinematográfico van poco a poco inundando la pantalla. Porque a partir de ese momento La Bruja trata de convertirse, infructuosamente, en una “película conjuro” en la que es más importante la percepción sensorial por parte del espectador que el argumento que sustenta la estructura de la cinta, aunque en este sentido ni siquiera en lo visual consigue dejar una verdadera huella en la retina del espectador.




Robert Eggers, al contrario que otros muchos debutantes en el campo del largometraje, de manera harto inteligente decide no entregarse al exceso, al tótum revolútum que denote un cúmulo de influencias previas que muestren un trabajo caótico y poco profesional a la hora de ponerse por primera vez detrás de las cámaras con la sana intención de inyectar su propia personalidad al trabajo que está llevando a cabo como jefe de ceremonias. El problema es que esa contención no está debidamente dosíficada y después del potente arranque que hemos comentada el cineasta no sólo pierde totalmente las riendas del control narrativo con un ritmo mortecino que sobrevuela un metraje en el que no ocurre casi nada y cuando esto sucede rara vez está a la altura de las expectativas depositadas en la historia. A este discurrir bastante reprobable en el que Eggers no consigue alternar con verdadera pericia pasajes calmados o contemplativos para retratar el microcosmos que ha creado a nivel visual y argumental con los impactantes que se aferren con más fuerza al género de terror se une no sólo una impericia para crear una verdadera tensión que no llega a solidificarse realmente en pantalla para decepción de un espectador que sólo en situaciones puntuales experimenta algo de inquietud sino también una innecesaria inclinación hacia el subrayado que se entrega a los prostituibles brazos del retoricismo agotador y la reiteración mal entendida.




Porque seamos claros, más que de otra cosa La Bruja habla del fundamentalismo religioso y de cómo este puede mermar la voluntad del ser humano e incluso distorsionar su visión de lo que es real y lo que no y ese mensaje Robert Eggers consigue que llegue a la platea pero con trazo grueso y machacona o martilleante insistencia, haciéndolo de manera tan excesiva que en ocasiones parece estar más pendiente como narrador de convencernos de que el extremismo teológico siempre va vinculado a la destrucción del individuo que de contarnos una historia de terror que nos mantenga agarrados a la butaca que (puede que de manera un tanto egoísta y primara por nuestra parte, pero totalmente justa) es lo que hemos venido a experimentar viendo su ópera prima. Ya con esta idea vertebrando el esqueleto argumental Eggers llena el metraje del film con una parafernalia herética y blasfema reducida al mínimo exponente y a clichés relacionados con el satanismo (cultivos podridos, sangre omnipresente donde no debería haberla, animales supuestamente inofensivos con aspectos amenazadores, un macho cabrio con comportamientos perturbadores) que únicamente se hace poderosa con una atmósfera que está bien captada por la mano del director pero que debe prácticamente toda su efectividad al ya mencionado y maravilloso score de Mark Korven que da verdadero y oscuro corazón a dichos pasajes con sonidos tribales que resuenan como un ritual arcano e impío no reconocible para el oído humano.




Es una pena que Eggers no sepa convertir del todo ese bosque en un personaje más, cuando acaba el film no conocemos de las localizaciones casi nada más allá de la casa familiar o la entrada a la cabaña de la Bruja desaprovechando un terreno enorme que pedía a gritos ser explotado visualmente y que el Lars Von Trier de la controvertida Anticristo habría regado de perfidia y latente putrefacción moral, ya que pocos bosques cinematográficos recuerda el que suscribe más aterradores que el de “Edén” de aquella producción de 2009. Cuando llega la recta final y hemos experimentado el hastío y la impotencia que transmiten un par de escenas aisladas que se convierten en una muestra clara de lo que pudo ser y no fue mezcladas con secuencias de discurrir taciturno y plomizo en las que, eso sí, el reparto se entrega sin miramientos y ofreciendo interpretaciones bastante solventes y resueltas con acierto, llega el clímax final que pretende ser una catarsis en el que Eggers trata de amalgamar el mundo real con el onírico sin que sepamos donde empieza uno y acaba el otro. El problema radica en que si bien podemos encontrar algunos momentos que muestran cierto talento (esas figuras danzando alrededor de la hoguera, hasta que hacen “eso” y todo se quiebra) y las dotes de Eggers para captar la atención del espectador hay otros que en la sala donde un servidor vio el film despertaron sonoras carcajadas (la mía incluida por mucho que me duela decirlo, puede que el doblaje en español influyera también) que terminaron de dilapidar un cierre que pudiera haber redimido algunos de los pecados que comete la obra a lo largo de la mayor parte de su metraje.




Robert Eggers es un cineasta que posiblemente en el futuro pueda llegar a dar verdaderas muestras de talento, pero La Bruja no es para el que suscribe esa excelente carta de presentación que muchos promulgan. Después de unos primeros pasos que ofrecen lo que un servidor esperaba de todo el largometraje sólo queda una obra que no consigue nada más allá de una ambientación meritoria, unir a un reparto bien elegido, ofrecer algunas pocas secuencias interesantes potenciadas por una banda sonora sobresaliente que tapa las carencias de la puesta en escena y un guión descompensado, mal construido y que carece totalmente de originalidad o inventiva más allá del mensaje que trata de transmitir de manera agotadora. Por desgracia los trailers una vez más han jugado a la publicidad fraudulenta y han ofrecido algo que no era lo que muchos esperábamos, algo parecido a lo que ocurrió con El Bosque (The Village) de M. Night Shyamalan en el año 2004. The Witch da poco miedo, se hace aburrida en varios pasajes y cuando parece que va a expiar sus pecados se entrega a una solemnidad que en ocasiones incita más a la carcajada que al escalofrío. Dentro de esta vertiente de revival de cine influenciado por el satanismo de los setenta me quedo antes con la irregular pero mucho más suicida e impúdica The Lords of Salem, de Rob Zombie, otra obra con una temática parecida pero que iba más allá gracias a su onirismo enveneado y luciferino ofreciendo un clímax que teniendo más de una similitud con el de la obra que nos ocupa lo supera holgadamente gracias a su riesgo y descaro. Con decir que lo que más terror me transmitió ayer cuando fui a ver La Bruja al cine fue el trailer de Expediente Warren 2 (The Conjuring 2) creo que dejo patente mi profunda decepción con el debut de Robert Eggers.


miércoles, 4 de mayo de 2016

El Libro de la Selva (2016)



Título Original The Jungle Book (2016)
Director Jon Favreau
Guión Justin Marks basado en los relatos de Rudyard Kipling
Actores Neel Sethi, Bill Murray, Ben Kingsley, Idris Elba, Lupita Nyong’o, Scarlett Johansson, Giancarlo Esposito, Christopher Walken, Garry Shandling




En el año 1894 el escritor británico de origen hindú Rudyard Kipling (1865-1936) editó El Libro de la Selva, una colección de relatos sobre animales selváticos con formas antropomórficas y cuyas primeras ocho entregas estaban protagonizadas por Mowgli el niño huérfano criado por lobos que trababa amistad con todo tipo de criaturas salvajes que acababan convirtiéndose en sus amigos y protectores. Evidentemente el material literario era de tanta calidad que cuando el medio cinematográfico comenzó a dar sus primeros pasos la primera adaptación cinematográfica no se hizo esperar demasiado. Los famosos hermanos Zoltan Korda y Alexander Korda fueron los primeros en probar suerte a la hora de llevar el escrito de Kipling a la pantalla grande en 1942 con El Libro de la Selva un éxito de la época protagonizado por Sabu, Joseph Calleia, Patricia O’Rourke o Rosemary De Camp que recibió cuatro nominaciones a los Óscars pero del que pocos se acuerdan hoy día y no por la falta de calidad de la pieza, sino por cómo quedó eclipsada por la que a día de hoy sigue siendo la mejor y más reconocida versión de la serie de narraciones trasladada al séptimo arte. La visión de El Libro de la Selva pasada por el filtro de la casa de Walt Disney llegó en 1967, fue escrita por Larry Clemons, dirigida por Wolfgang Reitherman y se convirtió en un clásico de la animación casi desde su estreno. Gracias a este largometraje, que evidentemente se alejaba bastante de los relatos y los adaptaba a un tono para todos los públicos, personajes como Mowgli, Balú, Baguera o Kaa se convirtieron en iconos reconocibles y queridos de la cultura pop. Aunque esta fue la adaptación que sentó cátedra otras variantes sobre la obra de Kipling vieron la luz a lo largo de las años, entre ellos una tardía secuela oportunista e innecesaria que Disney se sacó de la manga en 2003 y otra en imagen real en 1994 dirigida por Stephen Sommers (La Momía, Deep Rising), protagonizada por Jason Scott Lee (Dragon: La Vida de Bruce Lee, Rapa-Nui) o Lena Heady (Juego de Tronos, 300, Dredd) y que narraba las andanzas de un Mowgli ya adulto con el engañoso título original Rudyard Kipling’s The Jungle Book y rebautizada en España como El Libro de la Selva: La Aventura Continúa.




Ha sido en el presente 2016 y siguiendo la política de realizar nuevas versiones en imagen real de los cuentos clásicos que antaño Disney llevó a la pantalla animada como Maléfica o la visión de Cenicienta de Kenneth Branagh (a las que habría que sumar esa próxima La Bella y la Bestia con Emma Watson y Dan Stevens en los papeles principales y Bill Condon como jefe de ceremonias) cuando ha visto la luz una nueva adaptación de la colección de cuentos de Rudyard Kipling con actores reales, pero adaptándose a los tiempos modernos en los que los efectos digitales están a la orden del día. El encargado de ponerse detrás de las cámaras para sacar adelante este proyecto es el actor, productor, guionista y director Jon Favreau, un viejo conocido nuestro por estos lares. A parte de participar como intérprete en series como Friends o Los Soprano o en films como Very Bad Things y Deep Impact Favreau se hizo un nombre como guionista en 1996 con Swingers, film escrito, producido y protagonizado por él que consiguió una considerable repercusión dentro de los círculos del cine indie estadounidense. Años después probó suerte por primera vez detrás de las cámaras con films como la comedia Elf o la fantasía Zatura: Una Aventura Espacial, pero sería en 2008 cuando su carrera diera el espaldarazo definitivo al depositar Marvel Studios en él la confianza suficiente para que fuera el realizador del primer producto del universo cinemático de la Casa de las ideas. Como todos sabemos Iron Man (que ayer mismo cumplió ocho años) fue un éxito, nos ofreció el Tony Stark que todos soñábamos encarnado en un rehabilitado y carismático Robert Downey Jr y sentó las bases de lo que sería la franquicia fílmica de los estudios comandados por Kevin Feige aunando humor, acción y una notable fidelidad a las viñetas. Evidentemente no todo el éxito del primer film del Hombre de Hierro se debía a la labor de Favreau, pero su buen hacer como artesano profesional y resuelto le permitió convertirse, al menos durante un tiempo, en el niño mimado de la factoría dirigiendo la secuela Iron Man 2 y convirtiéndose en productor ejecutivo de varios de los proyectos de la franquicia, aunque su papel cada vez sea más secundario en los mismos.




Suponemos que al ser Disney la propietaria de Marvel Studios y sabiendo que Favreau seguía en nómina las cabezas pensantes detrás de la casa del Pato Donald pensaron que el director de Chef sería una buena opción para ponerse a los mandos de su nueva adaptación de El Libro de la Selva, dando completamente en la diana para el que suscribe. Una vez más es posible que no podamos afirmar que Jon Favreau sea el artífice principal por el que esta nueva versión de los relatos de Rudyard Kiplin haya sido un éxito de crítica y público tanto en Estados Unidos como en la mayoría de países en los que ha visto la luz (España entre ellos) pero sería de necios eludir que gran parte del mérito es suyo. Porque esta The Jungle Book del año 2016 se revela como una de los propuestas de cine familiar más interesantes y efectivas de lo que llevamos de año por varios motivos y aunque también es de recibo mencionar algunos fallos que no la convierten en una obra del todo brillante es ineludible que estamos ante la que por ahora es la mejor cinta de esta nueva ola de reboots que la productora de El Rey León o Aladdin está dando forma para dar un empujón a su producción propia no relacionada con el celuloide animado. El mayor acierto de esta nueva película es saber amalgamar con una pericia fuera de toda duda el tono de relato clásico de la obra de Kipling o el de la contrapartida animada de 1967 con un tono de vanguardia puramente del siglo XXI sin que ninguna de las dos vertientes fagocite a la otra conviviendo en un armónico todo en el que nada chirría o se muestra descompensado en manera alguna. Este acierto, este sano equilibrio entre lo antiguo (que no viejo) y lo moderno se debe no sólo a Favreau o al buen hacer del guionista Justin Marks sino a todo un equipo que sabe cómo ejercer su trabajo para satisfacer tanto a público como a prensa especializada.




El Libro de la Selva consigue ser un relato ejemplar en fondo y forma gracias a que, como acabamos de comentar, asienta sus bases en un clasicismo pulcro, reconocible, para todos los públicos (aunque con reservas como comentaremos más adelante) pero para que este se solidifique conceptualmente Favreau y su séquito hacen uso de las últimas tecnologías para dar forma a una fauna formada exclusivamente por animales digitales. Por eso el último film en imagen real de Disney se revela como una muestra palpable de que el uso de los CGI bien entendido, con mesura y siempre al servicio de la historia que narra puede deslumbrar a todo tipo de espectadores que en no pocas ocasiones creerán que todos estos seres diseñados con pixels se muestran como criaturas totalmente orgánicas yendo más allá de donde llegaron obras que ya han coqueteado con esta técnica como La Vida de Pi o las dos entregas de la saga precuela de El Planeta de los Simios. Esos maravillosos parajes llenos de flora deslumbrante se ven potenciados con la presencia de unos animales que no sólo se muestran brutalmente reales en pantalla, sino que también exhalan una personalidad definida, un carisma desbordante heredero de la versión animada de los años 60 y sirviendo formalmente de catalizadores para que la realización dinámica y vivaz del director eleve en ocasiones la ejecución del producto a los altares de la excelencia visual. En ningún momento del metraje nos creemos que Mowgli esté interactuando con creaciones por ordenador, todo lo contrario, su relación con lobos, tigres, panteras u osos se antoja inusualmente epidérmica, terrenal y profundamente cálida, confirmándonos que si los adelantos dentro el campo de los efectos especiales cinematográficos están llevados por expertos que saben que el esqueleto que vertebra una película es su historia y el guión que la sustenta poco hay que temer por el futuro del séptimo arte y su pureza.




Como era de esperar y ya apuntaban los trailers sobre la película que Disney puso en circulación el tono de esta nueva El Libro de la Selva es posiblemente el más oscuro que se ha podido ver en cualquiera de las adaptaciones de los relatos de Kipling en pantalla grande o pequeña. Evidentemente el largometraje puede ser visto por todo tipo de espectadores, pero no sería de extrañar que algún infante se sintiera intmidado por un brutal Shere Khan o un gigantesco Rey Louie que poco tiene que ver con el buenrrollismo jazzistico del de la versión animada de 1967. Por un lado nada se le puede reprochar a los autores del film por dar este matiz más siniestro a algunos pasajes de la cinta, pero el problema estriba en que cuando el producto decide rendir cuentas y tributo a su hermana mayor de dibujos animados y opta por utilizar alguna de las canciones de aquella (sólo dos de ellas, la famosa Busca lo Más Vital y Quiero Ser Como Tú, las más célebres) hay una ruptura tonal que no se hace tan brusca con el tema de el oso Balú pero sí con el del monarca orangután que tras mostrarse del todo amenazante a Mowgli y sus amigos rompe a cantar la famosa tonadilla y resquebraja el pasaje de tensión al que su intimidante presencia estaba dando forma. Pero si tenemos que mencionar el mayor fallo del film y que aún siendo grave de manera desconcertantemente paradójica no la hiere de gravedad es el notable error de casting que supone la elección del poco espabilado y escasamente carismático Mowgli del debutante Neel Sethi. Al pequeño actor nacido en New York en no pocas ocasiones el papel le viene grande, ya que en las escenas físicas se esfuerza sobremanera (todo el pasaje del panal de abejas y la miel es delicioso) su rostro y apariencia son los adecuados para ejercer su labor y cuando comparte plano con los animales digitales muestra su mejor faceta interpretativa exponiéndose creíble y cercano, pero su expresividad y gesticulación denotan sus pocas tablas y eso hace que su rol protagonista se resienta y transmita una inadecuada sensación de dejadez o inexperiencia por parte de los responsables de la producción que lo han puesto al frente de la misma.




Poco más podemos destacar en el plano negativo de un producto tan emotivo y efectivo como esta El Libro de la Selva en imagen (más o menos) real con la que Disney ha enderezado el barco tras la pasable pero moralista Maléfica y la competente pero academicista Cenicienta. Por suerte Jon Favreau se rodea de competentes profesionales y gracias al respaldo de estos hace gala de su ya vasto conocimiento a la hora de trabajar con pantallas verdes sin perder el rumbo en cuanto a narrar una historia con verdadero corazón se refiere. Porque aquí podemos reconocer fácilmente al despreocupado y hippiesco Balú, al sabio y recto Baguera, a la malitencionada e hipnótica Kaa, al honorable Akela y a un memorable Sher Khan que se perfila como un villano de primera cruel y desalmado del que podrían aprender algunos de los que pueblan las producciones protagonizadas por superhéroes ya sean de Marvel o DC. También es conveniente mencionar que a dichos roles prestan sus voces actores de primera fila como de Bill Murray, Ben Kingsley, Scarlett Johanson, Giancarlo Esposito o Idris Elba que hacen un magnífico trabajo, aunque huelga decir que esto sucede en la versión original de la cinta. Finalmente podemos afirmar que última producción de Disney alejada del cine animado no llega a los grados de excelencia del clásico de 1967 que difícilmente será superado en un futuro, pero tiene los suficientes hallazgos, virtudes y decisiones acertadas por parte de sus creadores como para ofrecerse en la cartelera internacional como una opción sobresaliente para ser disfrutada en familia transmitiendo un mensaje universal sobre tolerancia, convivencia, diversidad y amistad apto para pequeños, mayores o votantes de Donald Trump. El éxito de la película ha sido tal que al parecer ya se está gestando en las oficinas de la casa del tío Walt una secuela que dará continuación a las correrías de este nuevo Mowgli por el que merece la pena hacer el viaje entre lianas y árboles de todo pelaje al corazón de la selva buscando lo más vital.