domingo, 30 de noviembre de 2014

Crítica de [·REC]⁴ y repaso a la saga vírica de Jaume Balagueró y Paco Plaza



Título Original [·REC]⁴ 2014
Director Jaume Balagueró
Guión Manu Díez y Jaume Balagueró
Actores Manuela Velasco, Héctor Colomé, Mariano Venancio, Críspulo Cabezas, Paco Manzanedo, Emilio Buale, Ismael Fritschi, María Alfonsa Rosso, Carlos Zabala, Khaled Kouka, Paco Obregón, Javier Laorden, Cristian Aquino


Cuarta y posiblemente definitiva entrega (al menos con sus principales artífices implicados en la gestación de los distintos largometrajes, como se dijo en su momento) de la saga [·REC] de la que no vamos a dar más apuntes en este apartado, ya que detrás de la crítica que nos ocupa hablaremos de ella en profundidad. Después de las dos primeras entregas rodadas a cuatro manos por Jaume Balagueró y Paco Plaza, estos realizadores y las cabezas pensantes de la productora española Filmax, con Julio Fernández a los mandos, decidieron realizar otras dos partes que serían rodadas por ambos cineastas, pero esta vez en solitario. Plaza gestaría [·REC]³: Génesis (que llegó a las carteleras en 2012) y Balagueró lo haría con [·REC]⁴ : Apocalipsis (subtítulo este último que ha perdido para su estreno o eso al menos parece por la ausencia del mismo en los carteles oficiales). Como comentamos, hace dos años pudimos ver la autoparódica, brutal y cómica cinta del autor valenciano y este 2014 lo hacemos con la última entrega a manos del director de Los Sin Nombre o Mientras Duermes.




[·REC]⁴ es la entrega más convencional de la saga, la más tradicional cinematográficamente hablando, ya que aquí el producto se aleja del todo del formato de falso documental en el que se sustentaron las dos primeras entregas y el prólogo de la tercera, tras el cual se eliminaba dicha técnica con mucha sorna metareferencial. Jaume Balagueró es totalmente fiel en esencia a la franquicia (como lo era también Paco Plaza con su película en solitario) pero a diferencia de su compañero de armas en [·REC]³: Génesis no arriesga practicamente nada y va a lo seguro. Pero esto no es óbice para afirmar que [·REC]⁴ es una mala película, ni siquiera fallida, porque el autor catalán respeta (casi) todos las teorías, especulaciones y resoluciones argumentales de la saga desde que diera sus primeros pasos en 2007.




[·REC]⁴ tiene lugar inmediatamente después de los hechos acaecidos en la segunda parte de la franquicia, lo último que allí vimos fue a la Niña Medeiros pasando el parásito vírico y demoniaco que contenía en su interior al personaje de Ángela Vidal, convirtiendo a la presentadora del programa Mientras Usted Duerme en la portadora de dicha criatura sobrenatural. Después de que un segundo grupo de los Geos (recordemos que los miembros del primero sufrieron un destino fatídico) la rescatara del infame bloque de edificios barcelonés esta y los miembros del grupo de asalto son aislados en un barco en cuarentena que también contiene en su interior a otros supuestos infectados por el virus. Este es el tablero de juego en el que Jaume Balagueró debe moverse y a fe del que suscribe que lo consigue con una pericia intachable. Aunque perdemos el formato mockumentary y el factor sorpresa del primer film, el director está a la altura en el plano técnico apelando a su estética nerviosa en la realización y a un ritmo frenético en el que los sustos habituales de la saga son sustituidos por pasajes de una tensión acerada y firme que mantiene al espectador siempre atento de lo que acontece en pantalla, ya sea para intentar dilucidar cuál será el fin de los personajes o para lograr montar el puzzle del que desde hace siete años sus creadores han ido ofreciéndonos piezas y que en esta ocasión es resuelto casi en su totalidad.




Aunque podríamos afirmar que [·REC]⁴ es la cinta más impersonal del Jaume Balagueró autor, sí es cierto que contiene en su interior referencias, homenajes e incluso parodias a muchos de los directores que influyeron en su propia impronta o que marcaron en cierta manera su vida como cinéfilo. Por ello es lógico volver a ver ecos del David cronenberg de Vinieron Dentro de… en el pasaje en el que podemos ver el movimiento del paráisto diabólico en el estómago del personaje de Ángela o más de un apunte directo al Peter Jackson de Braindead como esos monos infectados o la escena del motor de lancha descuartizando poseídos. Porque si bien esta cuarta entrega no posee el humor hilarante de su predecesora sí incluye algunos apuntes de sorna que, funcionando unas veces y otras no, consigue aligerar un poco la tensión de la historia por medio de ciertos momentos grandguiñolescos propios de la primera etapa del famoso realizador neozelandes.




Pero el tono imperante en la última cinta de Jaume Balagueró es el de un thriller de terror adscrito al subgénero de epdiemias y contagios con ambiente castrense y claustrofóbico, a lo Das Boot de Wolfgang Petersen, algunos apuntes metareferenciales (personajes de esta entrega viendo el vídeo que capturó los hechos acontecidos en el famoso bloque barcelonés, es decir, la primera película de 2007), aunque dejando demasiado de lado ese acertado tono teológico y satánico que habían introducido él y Paco Plaza en la segunda parte (y del que se mantenían bastantes apuntes en [·REC]³: Génesis), en el que un puñado de actores acometen un trabajo bastante profesional en líneas generales en el que destacan la siempre convincente Manuela Velasco, el veterano Héctor Colomé, el infravalorado y no muy prolífico Emilio Buale, la revelación de un Ismael Fritschi entrañable o un recuperado Críspulo Cabezas que se ha prodigado poco desde aquella lejana y memorable Barrio de Fernando León de Aranoa de 1998. Ellos son los que consiguen que los diálogos del guión de Balaguero suenen veraces, aunque en ocasiones pequen de estar repletos de tecnicísmos algo artificiosos, un libreto bien ensamblado pero al que se le pueden echar en cara alguna que otra pifia que incluso contradice la revelación final con respecto al parásito diabólico en forma de larva gigantesca.




Sería de necios negar que [·REC]⁴ no dofrece síntomas de agotamiento y desgaste en la saga o que intentar alargar más la vida de esta sería un error incuestionable. Pero también es cierto que Jaume Balagueró ha cerrado muy dignamente una serie de largometrajes que han marcado tendencia y un hito en el cine de terror patrio, siendo él como autor y en el mismo rol su amigo Paco Plaza tan consecuentes consigo mismos y la criatura a la que han dado forma como para no traicionarla nunca, aunque también arriesgando en el adictivo proceso, tratando de no ofrecer siempre lo mismo tanto a las fans de la franquicia como a los espectadores neófitos en lides víricas o luciferinas, regalando a la platea cuatro entregas que se mueven entre el cine de evasión más efectivo y la morbidez lacerante requerida para poner en escena dicha serie. La misma que nació en 2007 para expirar en este 2014 después de siete años de trayecto, la que ha enganchado a espectadores de todo el mundo y sobre todo la que vamos a analizar en el artículo que adjuntamos a continuación.

La saga [·REC], el legado de Tristana Medeiros


Como hemos comentado con anterioridad en este mismo artículo el pasado día 31 de octubre, en pleno Halloween, se estrenó la cuarta y parece ser que última entrega de la exitosa saga [·REC] producida por Filmax y escrita y dirigida por el tandem formado por el catalán Jaume Balagueró (Los Sin Nombre, Darkness, Frágiles, Mientras Duermes) y su amigo el valenciano Paco Plaza (El Segundo Nombre, Romasanta). Esta tercera secuela pone fin a una franquicia que nació con un rotundo éxito de crítica y público en 2007, que tuvo su continuación en 2009 y una precuela en 2012 en clave autoparódica que traicionaba (sólo en apariencia, como comentaremos a un poco después) el discurso estilístico y tonal que las dos primeras entregas rodadas al alimón por ambos realizadores (a diferencia de las tercera y cuarta, en la que se Plaza y Balagueró, respectivamente, se repartieron la butaca da director). [·REC] y sus continuaciones mostraron síntomas claros de que el cine de terror español vive una época de considerable bonanza ofreciendo productos contemporáneos que beben de preceptos clásicos tanto patrios como extranjeros. En el siguiente artículo vamos a hablar de las tres primeras películas, de sus remakes americanos, del cómic inspirado en su microcosmos, de los autores detrás de su gestación y trataremos de enumerar las muchas virtudes y pocas carencias que hacen de esta serie de largometrajes un fenómeno que ha dejado una huella considerablemente profunda en nuestro celuloide y la ficción terrorífica adscrita a esta época de espídico y, en ocasiones, vacuo posmodernismo filmado.


Jaume Balagueró y Paco Plaza, sospechosos habituales


Jaume Balagueró nació el 3 de noviembre de 1968 en Lleida, Cataluña. Desde bien niño se interesó por el el cine de terror y demás vertientes genéricas dentro del séptimo arte. Tras graduarse en Ciencias de la Comunicación y colaborar tanto en programas de radio como fanzines (entre ellos el famoso Zineshock) comenzó a hacerse un nombre como director con sus dos primeros cortometrajes Alicia y Días Sin Luz. Ambas piezas mostraban su predilección por la impronta de autores como David Cronenberg (Crash, La Mosca, Una Historia de Violencia), David Lynch (Cabeza Borradora, Carretera Perdida, Mullholland Drive) o Shinya Tsukamoto (la saga Tetsuo, Vital) y una morbidez insana y grotesca que vasculaba entre el postindustrialismo y el cyberpunk. Tan suicida era el tono de ambos cortos que el mismo director nunca ha podido extrapolarlo totalmente al mundo del largometraje, aunque en todas sus obras quedan resquicios y apuntes del mismo.

En 1999 su camino se cruzaría con el del también catalán Julio Fernández, dueño de la productora española Filmax, especializada en el género fantástico y de terror. Ambos idearon el debut en el largo del realizador con Los Sin Nombre, la adaptación de una novela del británico Ramsey Campbell protagonizada por Emma Villarasau, Karra Elejalde y Tristán Ulloa entre otros, que asentó las bases del discurso autoral de Jaume Balagueró (dirección efectista, cámara nerviosa, ambientes asépticos o neogóticos, una concepción pura del mal como abstracción indestructible y virica, predilección por inquietantes utensilios adscritos a la parafernalia médica, una visión negativa de las relaciones familiares o afectivas, oscurantista inconografía religiosa) y se convirtió al poco tiempo en una obra de culto dentro del cine español ganando gran cantidad de premios en distintos festivales. Tras ella llegó por un lado el alimenticio documental OT: La Película que seguía toda la gira de la primera entrega del exitoso reality show musical Operación Triunfo, obra en la que por primera vez coincidió detrás de las cámaras con su colaborador Paco Plaza, y por otro su debut internacional con Darkness, cinta ya adscrita a la Fantastic Factory que el mismo Julio Fernández y el director filipino Brian Yuzna (Society, La Novia de Re-Animator) crearon para realizar producciones españolas de género con aspiraciones globales, que quedó (salvo contadas excepciones) en un cajón de sastre en el que se gestaron todo tipo de entrañablemente mediocres cintas de Serie B, y que no sólo suponía una extensión del imaginario expuesto en su primer film, sino también un ejercicio cinematográfico que rendía tributo a obras como El Resplandor, La Semilla del Diablo o Al Final de la Escalera.

En 2005 Frágiles supuso la obra de madurez de Balagueró. Aquella cinta protagonizada por la norteamericana Calista Flockhart acompañada de Elena Anaya o Richard Roxburgh mostró a un director más contenido, menos dado al efectismo visual y la visceralidad en la realización, dejando reposar más lo planos y respirar los encuadres en una historia de fantasmas encomiable pero que no hacía pleno cuando el cineasta trataba de abordar por primera vez emociones humanas ajenas a su malsano discurso como autor. En el año 2006 volvió a coincidir con Filmax y su amigo Paco Plaza en la serie de films Películas Para No Dormir, con la que se homenajeba al mítico programa catódico Historias Para No Dormir ideado por Narciso Ibáñez Serrador y en el que colaboraron primeros nombres del celuloide de la península como Aléx de la Iglesia, Enrique Urbizu, Mateo Gil o el mismo Chicho Ibáñez Serrador. Balagueró rodó la tv movie Para Entrar a Vivir, simpática, desquiciada y envenenada obra protagonizada por Adriá Collado, Macarena Gómez o una brutal Nuria González en la que rendía uno de sus homenajes más claros y directos a ese Roman Polanski que ha influenciado su cine desde su ópera prima de 1999. Al año siguiente rodó la primera entrega de [·REC], en 2009 la secuela y ya en 2012 Mientras Duermes, su último film en solitario de naturaleza más personal protagonizado por Luis Tosar y Marta Etura en el que se condensa su impronta autoral en la esencia de la historia que narra, más que en su envoltiro, confirmando al 100% su ya consilidada madurez como cineasta que le depara un, todavía, prometedor futuro cuando cierre totalmente su vínculo con la serie de films sobre la reportera Ángela Vidal y la inhumana Niña Medeiros.



Paco Plaza nace en Valencia en el año 1973. Después de licenciarse en Ciencias de la Información y diplomarse en Dirección Cinematográfica rodó varios cortometrajes como Tropismos o Abuelitos. Su debut en el largo se lo financio la Filmax de Julio Fernández en el año 2002, su título fue El Segundo Nombre se rodó integramente en inglés, con vocación internacional y su origen literario nacía de una novela de Ramsey Campbell (primer punto en común con su futuro amigo y compañero Jaume Balagueró). Ese mismo año rodó OT: La Película, el documental con el que conoció al que en un futuro próximo sería su compañero de fatigas, el catalán Jaume Balagueró (otro punto en común con el director de Frágiles y aquí pararemos de numerarlos o nos quedaremos sin espacio en la entrada). Dos años después ya dentro de la Fantastic Factory estrenó Romasanta: La Caza de la Bestia, la visión que Plaza dio del caso de Manuel Blanco Romasanta, el Hombre Lobo de Allariz (que en 1970 abordó también Pedro Olea en El Bosque del Lobo, con un enorme José Luis López Vázquez como intérprete principal) film deudor de la Hammer Films británica protagonizado por Julian Sands y Elsa Pataky en el que destacaba el diseño de producción y el trabajo del mismo realizador.

En 2006 nos ofreció Cuento de Navidad, una de las mejores tv movies de la serie Películas Para No Dormir protagonizada por Ivana Vaquero, Maru Valdivielso y Elsa Pataky con un filtro ochentero que aunaba al Richard Donner de Los Goonies con el Joe Dante de Exploradores destilando un aroma a juego de mesa y bocadillo de mortadela que a un servidor hizo rememorar los años de su infancia. Al año siguiente se embarcó con Jaume Balagueró en la gestación de [·REC] y dos años después [·REC]². Tras ella, junto a su co director, y productores decidió alargar la saga con dos cintas más que tanto él como el autor de Para Entrar a Vivir realizarían en solitario. El resultado fue la traviesa y desvergonzada [·REC]³: Génesis que dio una visión nueva a la franquicia de virus, poseídos y protocolos NRBQ. Después de dirigir documentales musicales como Bunbury 3D para el ex cantante de la mítica banda zaragozana Héroes del Silencio o cortometrajes como Ultravioleta con Maribel Verdú y Carlos Villagrán se espera con ganas la adaptación que él mismo escribirá y dirigirá de Maldito Viernes, el cómic homónimo que guionizó en 2008 para la editorial EDT con dibujo de Joseph Diaz y el mito del vampirismo como núcleo central. Si nada se tuerce el largometraje verá la luz en un año 2015 en el que esperemos que este talentoso director encuentre su lugar dentro del cine de género internacional.


[·REC], la quimérica inquilina



El mockumentary existe en el mundo del cine desde hace décadas. La vergonzosa Holocausto Caníbal de Ruggero Deodato, la viscerlamente memorable Ocurrió Cerca de Su Casa de Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde, la comedia mayúscula This is Spinal Tap de Rob Reiner, aquella El proyecto de la Bruja de Blair de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick que revitalizó el género introduciéndolo en el cine más manistream con la gestación de piezas posteriores como la resultona Cloverfield de Matt Reeves o la magnífica Chronicle de Josh Trank, son todas muestras de lo que siempre se ha conocido como falso documental. Jaume Balagueró y Paco Plaza, dos de las promesas más sólidas del cine de terror en España, unieron fuerzas con la Filmax que les ofreció sus primeros trabajos en solitario detrás de las cámaras para realizar un largometraje conjunto de la vertiente found footage con el que iban a narrar, lo que en principio parecía, una infección vírica zombie en plena ciudad condal. Ambos directores ya eran amigos desde los tiempos de Fantastic Factory y previamente habían colaborado como dúo rodando otro documental de terror titulado OT: La Película, en 2002. El resultado fue [·REC], una cinta al más puro estilo del programa Callejeros en el que la visita de una reportera y su cámara a una estación de bomberos en Barcelona se convertía en una masacre en la que se veían implicados todos los miembros de un bloque de vecinos que eran contagiados por un virus que los convertía en muertos antropófagos. El origen de dicha enfermedad parecía tener su origen en el último piso abandonado del edificio.




La pelicula aunaba el tono herético de Jaume Balagueró y la visceralidad de Paco Plaza con una puesta en escena tan sencilla como rodar todo el film en formato televisivo (con el mismo director de fotografía, Pablo Rosso, como el actor que porta la cámara) apelando al naturalismo que un producto de esta naturaleza demanda. El ajustado metraje de poco mas de 75 minutos de duración era un chute de adrenalina que se disparaba justo cuando creíamos que la noche que la reportera Ángela Vidal y su compañero de trabajo iban a pasar en un parque de bomberos barcelonés apuntaba a ser un terrible aburrimiento. Con reminiscencias tanto a La Noche de los Muertos Vivientes de George A. Romero como a 28 Días Después de Danny Boyle pasando por una estética deudora de la ya mencionada cinta belga Ocurrió Cerca de Su Casa, [·REC] amalgamaba un apartado técnico impecable, frenético, que arañaba la epidermis del espectador con un reparto (en líneas generales) tan creibles como cercano comandado por una entregadísima Manuela Velasco que tras su paso por esta cinta se convirtió en una de las scream queens patrias más reconocibles, ganando con su labor en la cinta que nos ocupa el Goya a la mejor actriz revelación del año 2007 y uo guión (co escrito por el también cineasta Luiso Berdejo) tan sencillo como efectivo que acertaba al introducir algunos apuntes sociales que retrataban con mucho acierto los prejuicios del español de a pie con respecto a temas como la xenofobia o la incultura. El éxito fue descomunal, los premios internacionales no se hicieron esperar y Hollywood viedo el filón compró los derechos del largometraje para hacer su propia versión de la que hablaremos un poco más adelante. Ese triunfo en el que gran parte del público y la crítica se puso de acurdo dio pie a que los dos autores y Filmax se propusieran seriamente dar continuidad a la gallina de los huevos de oro que acababan de sacar del corral.


[·REC]², la semilla del diablo



En 2009 llegó la secuela, de nuevo con Jaume Balagueró y Paco Plaza como directores así como Filmax en la producción, comenzando justo donde terminó la primera entrega. Esta vez como espectadores seguíamos en el arranque del largometraje los pasos de un grupo de asalto de los Geos que se adentraban en el famoso bloque después de que el mismo fuera precintado por culpa del virus mortal que han contraído los habitantes de dicho inmueble. La primera mitad de la película es intachable, un tour de force por parte de los directores en el que por medio de influencias del mundo del videojuego como los shooters en primera persona nos adentramos una vez más y con mayor crudeza y nervio en ese infierno en la tierra en el que se ha convertido el edificio en el que habita la encarnación pura del mal. Porque en esta segunda parte los directores y su nuevo co guionista (Manu Diez) arriesgan todas sus cartas marcadas confirmando, aquello que se apuntó en la recta final del primer film con la visita al ultimo piso del bloque en el que habitaba la famosa Niña Medeiros, que lo que considerábamos muertos vivientes realmente son poseídos por una entidad diabólica cuyo influjo se transmite por medio de la toma de contacto con los fluidos corporales (saliva y sangre) de los afectados, dando así el film, y por efecto dominó la saga, un arriesgado giro de 180° en el que una historia de zombies acababa revelándose como una protagonizada por endemoniados y exorcistas.


Por desgracia lo que [·REC]² gana en brutalidad y fuerza lo pierde en cohesión con respecto a su predecesora. El fallo no es tan alarmante como se dijo en su momento (esta secuela fue injustamente maltratada en su estreno para el que suscribe) pero sí es cierto que mientras la ya mencionada primera mitad (la centrada en los Geos) es un ejercicio de cine imparable y avasallador la segunda pierde entereza y ralentiza considerablemente el ritmo de la narración cuando la historia protagonizada por el innecesario trío de insufribles adolescentes se hace con el núcleo de la segunda parte de la película. Sólo la presencia de un magnifico actor (no reconocido) como Juli Fàbregas y la aparición de una Manuela Velasco al más puro estilo Teniente Ripley (la recta final en más de un pasaje recuerda a la saga Alien, sobre todo por el nuevo rol de falsa heroína que parece tomar en esta ocasión la protagonista de la anterior entrega) consiguen encarrillar el clímax del relato llenándolo de sorpresas, humor negrísimo y apuntes que extienden o enriquecen el microcosmos creado por unos Jaume Balagueró y Paco Plaza que siguen sembrando sus distintas improntas (la inquietante parafernalia religiosa del primero y el bestialismo primario del segundo) para dar forma a una secuela que si bien no es tan compacta como su hermana mayor sí consigue superarla en sus apartados técnico o artístico regalando pasajes de alto voltaje y sustos de una efectividad más que probada que dejan la puerta abierta para la cuarta entrega, porque como todos sabemos la tercera parte de la saga supuso un punto y a parte en la misma.


[·REC]³: Génesis, la novia ensangrentada



Después del nuevo éxito económico que supuso [·REC]² Filmax decidió realizar dos nuevas secuelas para la saga, que en principio serían las ultimas de la misma. En esta ocasión en vez de rodar Paco Plaza y Jaume Balagueró al alimón los nuevos largometrajes, estos serían relizados por los dos cineastas de manera independiente. El director de Cuento de Navidad sería el primer encargado de debutar en solitario en la franquicia y lo hizo con [•REC]³: Génesis pieza que supondría una precuela de la cinta primigenia y que daría origen a la maldición de una Niña Medeiros por aquel entonces ya convertida en todo un icono del cine de terror internacional. Ciertamente y para enfado de muchos fans la película del autor valenciano no dio dichas respuestas, es más, abrió más incógnitas y como obra cinematográfica casi no era ni una protosecuela (sus hechos tienen lugar casi a la vez que la producción de 2007 que dio inicio a todo) pero como continuación del sello [·REC] supuso un punto de inflexión clave, un suicida puñetazo en la mesa que no sólo traicionó (ojo, únicamente en el plano formal, no en la esencia) los códigos que ya se habían establecido en las dos anteriores partes sino que con una inteligencia encomiable y temeraria llegaba a parodiarlas y reírse sanamente de ellas gracias al guión del mismo Paco Plaza y su colaborador Luis Berdejo, que sin atenuar el terror sí aumuentó el humor negro que comenzó a mostrar sus desprejuiciadas fauces en la primera secuela y que muerde, desgarra y amputa en todo su esplendor en la que nos ocupa.


Desde el arranque con esa simulación del dvd de un vídeo de boda Paco Plaza lo dejaba claro, [•REC]³: Génesis venía a volar por los aires muchas de las señas de identidad que forjaron el mito de la saga [•REC], pero sólo en la puesta en escena y el tono, ya que en su interior seguía esa amenaza vírica de reminiscencias impías que devoraba todo a su paso. En el prólogo del largomatraje el valenciano se despacha bien con las bodas tradicionalmente españolas, acentuando todo lo que en ellas hay de ridículo e impostado y rompiendo con la estética found footage de la franquicia cuando el personaje de un competente Roberto Álvarez rompe la cámara que hasta ese momento grababa los hechos. A partir de ese instante la tercera entrega de [•REC] se convierte en un recuperable y desprejuiciado festín de vísceras, sangre, humor negro (ese representante de la SGAE al que apodan Canon, el mítico director de vídeos de boda con ínfulas cinematográficas llamado Atún) y música hortera con una impagable Leticia Dolera de protagonista que tan pronto nos remitía a Planet Terror de Robert Rodríguez o Placido de Luis García Berlanga como al Sam Raimi de la saga Evil Dead o al Paul Verhoeven más brutal, al que remite ese tiroteo final que poco tiene que envidiarle al de Alex Murphy en Robocop. Paco Plaza saldó con nota alta un ejercicio suicida en varias aspectos que se reveló como una de las cintas patrias más disfrutables del año 2012.


Quarantine 1 y 2, la infección hace las Américas


Como previamente hemos apuntado, la carrera internacional de la primera [·REC] fue un triunfo más que considerable, viendo la luz en festivales como los de Sitges o Venecia y siendo premiada en varios de ellos. De modo que la maquinaria hollywoodiense, tras llevarla con éxito a aquellas tierras, decidió comprar los derechos de la misma para hacer su propia versión con el poco conocido director y guionista John Erick Dowdle (La Trampa del Mal, Así en la Tierra Como el Infierno) acompañado de su hermano Drew Dowdle en la escritura y la actriz Jennifer Carpenter (El Exorcismo de Emily Rose, Dexter) como protagonista. Quarantine fue la película resultante, su estreno se produjo en el año 2008 y sin barrer las taquillas supuso un estreno bastante bien recibido. Poco bueno podemos decir de este innecesario remake del largometraje de Jaume Balagueró y Paco Plaza y mucho reprobable se puede destacar de él, pero trataremos de no cebarnos demasiado, ya lo haremos más tarde cuando hablemos de la inconcebible secuela de la cinta que nos ocupa.

Quarantine ofreció más o menos lo que en su momento se esperaba de ella. Una descafeinada, burda, impersonal y distante mala copia de la primera [·REC]. La cinta de John Erick Dowdle era una desvergonzada fotocopia de la película de Jaume Balagueró y Paco Plaza, de la que fusilaba no sólo casi todos los planos, también el diseño de producción, el vestuario y hasta los cortes de pelo de los actores. Pero lo peor no era esa poca originalidad, su desgana, su inanidad o su tufo a prefabricado que poco o nada tenía que ver con la furia desatada con cámara al hombro del film primigenio, es que para colmo cuando en la trama sus creadores trataban de introducir pasajes de cosecha propia (el cámara golpeando a los infectados con su instrumento de trabajo, los perros contagiados con el virus) era cuando más se le notaban las costuras a este producto que falla a tantos niveles (Doug Jones no le llega a ni a la suela de los zapatos a Javier Botet como la Niña Medeiros, personaje que en este remake ni llegamos a saber de manera explícita quién o qué es y por otro lado el guión anula toda la sátira social revferida a los habitantes del bloque) que de él solo podemos destacar para bien la labor de una esforzada Jennifer Carpenter y que al copiar con descaro prácticamente todos los pasajes de la memorable obra original no podemos hablar con ella de una mala película, pero la cosa cambia si la abordamos como un remake, y en ese sentido es de los más deleznables jamás rodados.


Cuando parecía que la meca del cine norteamericano no podía caer más bajo con respecto a degradar el buen nombre de la saga [·REC] después de Quarantine, decidieron, tras el aceptable éxito de esta en las taquillas, abordar una inenarrable secuela. Pero contra todo pronóstico los productores que tenían los derechos de la franquicia decidieron, seguramente después de ingerir incontables cantidades de pellote, droga caníbal o lejía Conejo, alejarse totalmente de [·REC]² y hacer su propia segunda parte que, no sólo no tenía nada que ver con aquella producción española de 2009, sino que, para desconcierto de los cuatro gatos que la hemos sufrido al visionarla, la desvincularon al 100% de la primera Quarantine. Lo que en aquel 2011 salió de aquel proyecto es uno de los engendros más grandes que ha dado el cine reciente, un estreno directo al mercado doméstico con todas las de la ley que no puede recibier otro calificativo que no sea el de basura inmunda y aberrante.

Quarantine 2: Terminal, traducida estúpidamente en España como Cuarentena Terminal, fue escrita y dirigida por una criatura del mal llamada John Poge y protagonizada por una serie de terribles actores desconocidos, gracias al cielo. Aquella cosa hacía que una pelicula de Serie B pareciera de Serie Z, tenía un presupuesto irrisorio al que se le notaban todas las carencias técnicas (sólo tres soldados representando al ejército estadounidense, una rata infectada que nunca sale delante de la cámara porque no habría dinero con el que recrearla) y emanaba un tufo a película pseudo erótica (en ocasiones parecía un remake de Emmanuelle cambiando las escenas de sexo soft por las de ataques zombies no menos insípidas) sin erotismo que producía arcadas. Aquí no hay lugar para la Niña Medeiros, edificios infectados, zombies brutales que regurgitan hemoglobina o el formato falso documental, que se obvia totalmente y del que no queda ni rastro en la trama. Sólo nos quedan un grupo de personajes imbéciles que no llegan ni a estereotipos que primero en el interior de un avión y después en la terminal de un aeropuerto se enfrentan a unos babeantes señores con varices que tienen que ver con un infectado/poseido/no muerto lo mismo que una castaña con un panzer. Un servidor ha degustado mucho detritus cinematográfico a lo largo de mi vida como cinéfilo, pero lo que mis castigados ojos vieron durante los 86 interminables minutos que duró Quarantine 2 no tiene nombre.


[·REC]: Historias Inéditas, viñetas en cuarentena


Mientras hacía las Américas, con mucha más pena que gloria, la saga [·REC] se iba convirtiendo entrega a entrega en un fenómeno cinematográfico de culto en España, el país donde fue gestada, y cada uno de esos films era recibido con unos seguidores ansiosos esperando su dosis de virus, satanismo, gore y pólvora, asistiendo en tropel a las multisalas para degustarlos unas veces con fruición y otras con decepción. Por ello en 2012, al mismo tiempo que se estrenaba [·REC]³: Génesis, la editorial Glenat (por aquel entonces ya conocida como EDT, Editores de Tebeos) en asociación con Filmax y basándose en historias originales de Jaume Balagueró y Paco Plaza contrató al guionista Hernán Migoya y a un grupo de ilustradores internacionales para llevar a las viñetas estos cinco relatos cortos salidos de las perversas mentes que forjaron la famosa franquicia.

[·REC]: Historias Inéditas es una meritoria y simpática mezcolanza de distintos tipos de vertientes dentro del mundo del noveno arte. Por una parte la introducción a cada uno de los episodios a manos de una dicharachera Niña Medeiros es una referencia directa y muy cariñosa a revistas como Creepy o Tales From the Crypt, por otro las satíricas y muy ácidas portadas de tabloides nacionales parecen una variante envenenada de las que cierran cualquier entrega de los Mortadelo y Filemón de Francisco Ibáñez (esos titulos variantes como El Mando o La Períodica no dejan lugar a dudas de que la flema puramente española también campa a sus anchas en el producto) pero es dentro de las eclécticas historias que contiene el recopilatorio donde vemos más variedad tonal y artística en lo que a la serie se refiere.



Encerrados narra lo que le sucedió al trío de insoportables críos de [·REC]² una vez les perdimos (gracias al maligno) la pista. La profesional estética manga de la asiático-argentina Andrea Jen pone en funcionamiento el guión de Hernán Migoya y aunque permanecen constantes de aquella secuela de 2009 a la historia se le va las manos con el sexo y el lenguaje malsonante salido de las fauces del personaje de Tito. Tristana es, junto a El Experimento, la mejor historia de la colección. Un episodio mudo ilustrado por el argentino Feliciano G. Zecchin con un aroma a dibujo europeo en el que se nos narra el origen de la posesión de Tristana Medeiros, dando varias respuestas no aclaradas en los cuatro films. ¡Zoombi! cuenta lo sucedido cuando el veterinario que atendió a Max, el perro infectado de la primera película, visita un Zoo en el que llega a resucitar por culpa del virus hasta el cadáver del afamado gorila Copito de Nieve. A retratar esta mala baba omnipresente ayuda el visceral trazo del boliviano Álvaro Rubiola.

El Experimento, es posiblemente el mejor relato en cuanto a cohesión de guión y dibujo. En esta historia asistimos a toda la etapa de experimentación por parte del padre Albelda para exorcicar el cuerpo de la Niña Medeiros, utilizando en el proceso a niños pequeños como cobayas. La fuerza del guión de Hernán Migoya y el ferreo trazo de un Salvador Sanz deudor del mejor Paul Gulacy (Sang-Chi, Batman vs Depredador II) ofrecen viñetas impagables (la splash page que narra toda la subida del sacerdote por las escaleras del famoso inmueble barcelonés) que apuntalan lo mejor de la serie. Para cerrar tenemos El Desconocido, la única historia vinculada directamente con [·REC]³: Génesis y que nos revela cómo contrajo el virus el famoso tío Pepe Víctor que contagió toda la boda de Clara y Koldo. Con una labor del catalán Joan Marín que recuerda al Leonardo Manco que ilustraba historias de Harvey Pekar para el sello Vertigo y que cierra este divertido, irregular y cariñoso tributo en viñetas a la serie de films de Jaume Balagueró y Paco Plaza.

Valoración general

Como se habrá podido percibir en la entrada un servidor siente una especial predilección por la saga [·REC] y la labor que en ella han realizado durante siete largos años los directores Jaume Balagueró y Paco Plaza, por los que también profeso una más que considerable admiración. La que nos ocupa es una de las franquicias más rentables y seguidas del cine de terror patrio (o gestado por españoles) ese que se gestó durante la pasada década y que nos ofreció productos de muy buen nivel como Los Otros, de Alejandro Amenábar, El Espinazo del Diablo, de Guillermo del Toro, El Orfanato de J.A. Bayona o 28 Semanas Después de Juan Carlos Fresnadillo, recordándonos que aquellos Jesús Franco, Jordi Grau, Narciso Ibañez Serrador o Paul Naschy tienen unos dignos herederos que mirando siempre por lo contemporáneo no dejan de echar la vista atrás para saber de dónde viene y hacia donde va nuestro cine de género adscrito al fantaterror. Por suerte, los muchos aciertos de la serie de largometrajes que han rodado estos Quentin Tarantino y Robert Rodríguez patrios solapan los posibles fallos que no la elevan a la perfección, pero el camino recorrido ha merecido la pena. Hemos vibrado, carcajeado nerviosamente, saltado de la butaca, nos hemos reconciliado o decepcionado con las distintas entregas a las que no se puede calificar de acomodaticias o miméticas y mientras su sombra se crece a lo largo del panorama internacional con remakes, cómics o libros, como la novela de historias cortas [·REC]: Relatos Perdidos, el único material relacionado narrativamente con la franquicia que un servidor no ha podido comentar en esta entrada por no haber tenido el gusto de leerlo. En nuestra memoria colectiva queda aquella noche en la que una joven reportera y su cámara se adentraron en un bloque barcelonés cualquiera y con ello abrieron las puertas del infierno para suerte de los aficionados al buen cine de género hecho en este país, esta España en la que cierto sector del público mira por encima del hombro a un celuloide que no para de dar síntomas que demuestran que de mediocre tiene más bien poco, diga lo que diga el ministro de cultura o hacienda de turno.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sweeney Todd, living on a razor's edge



Título Original Sweeney Todd: The Demon Barber of the Fleet Street (2007)
Director Tim Burton
Guión John Logan basado en el musical de Stephen Sondheim, Christopher Bond y Hugh Wheeler
Actores Johnny Depp, Helena Bonham Carter, Alan Rickman, Sacha Baron Cohen, Timothy Spall, Jamie Campbell Bower, Ed Sanders, Jayne Wisener, Laura Michelle Kelly







Después de más de doscientos años de historia un personaje nacido en la Inglaterra Victoriana del siglo XXI como Sweeney Todd mantiene viva prácticamente toda su esencia icónica y mitológica. De origen supuestamente ficticio, pero inspirado en varios asesinos en serie, el barbero diabólico de la Calle Fleet fue en su época protagonista de novelas de literatura barata (las conocidas como Penny Dreadful) u obras de teatro y ya en el siglo XX de películas para la pantalla grande, como la que en 1936 dirigió George King con Tod Slaughter en el papel protagonista o para televisión a manos de David Moore y con Ray Winstone en el la piel del barbero criminal. Pero sería en los años 70 cuando el rol viviera una revitalización total en un campo tan, en principio, poco propicio para codearse con nuestro amigo amante de las cuchillas de afeitar como el del musical.




En 1979 el compositor norteamericano Stephen Sondheim estrenó en Broadway un musical inspirado en el personaje titulado originalmente Sweeney Todd: The Demon Barber of the Fleet Street con libreto de Hugh Wheeler, inspirado en la obra teatral de Christopher Bond, y dirección de Harold Prince. Mientras la versión anglosajona tenía a Len Cariou y la mítica Ángela Lansbury (así como actualmente a Michael Ball e Imelda Staunton) como protagonistas, en España serían el inolvidable Constantino Romero y la versatil Vicky Peña, comandados por la batuta del catalán Mario Gas, los que dieron vida a Sweeney Todd y la señora Lovett respectivamente. Pero a esta versión musical ideada por Stephen Sodenheim le faltaba una adaptación cinematográfica a la altura y esta tomó forma cuando Tim Burton, Johnny Depp y el productor Richard D. Zanuck se interesaron por esta eternamente aplazada traslación de las tablas al celuloide.





En el año 2007 un irregular Tim Burton que ofrecía a sus seguidores una de cal (Big, Fish, La Novia Cadáver) y otra de arena (El Planeta de los Simios, Charlie y la Fábrica de Chocolate) estrenaba su visión del musical de Stephen Sondheim con sus actores fectiche, su amigo Johnny Depp y su pareja Helena Bonham Carter, como protagonistas, secundarios de renombre tales como Alan Rickman, Sacha Baron Cohen o Timothy Spall y debutantes con las voces y cuerpos de Jamie Campbell Bower, Ed Sanders, Jayne Wisener,o Laura Michelle Kelly en el casting. El resultado es un negrísimo y tragicómico (más lo segundo que lo primero) musical firmado por un inspirado director que reverdeció laureles de mejores tiempos pretéritos con una de las obras de su última etapa en la que más se puede apreciar su implicación personal para llevar el proyecto de gestarla a buen puerto.




En una época indeterminada del Londres victoriano del siglo XIX el antaño barbero Benjamin Barker que vio como su mujer e hija eran secuestrados por el adinerado y poderoso juez Turpin regresa después de varios años a su ciudad natal con el nombre de Sweeney Todd clamando venganza contra el captor de su familia. En el proceso de su vendetta personal Todd encontrará la complicidad de la señora Lovett, el pequeño Toby o el apuesto Anthony, que le ayudaran, no sólo a llevar a cabo su solicitada retribución personal, sino también a rescatar a su primogénita, ya adulta, de las garras del juez Turpin, y su secuaz Beadle, que la mantienen retenida contra su voluntad en su lujosa mansión. El viaje iniciado por Sweeney Todd y sus ayudantes tendrá un trágico e inesperado final que marcará el porvenir de todos sus allegados.







Sweeney Todd es el sobresaliente resultado nacido de la impronta de un cineasta al que no le gustan los musicales, pero sí el cine de terror clásico. Con su treceava película Tim Burton se adentra en nuevos terrenos narrativos ajenos a su obra y discurso y sale victorioso al aunarlos con su impronta autoral llena de imaginación, esteticismo y visión personal e intransferible del lenguaje cinematográfico, aunque siendo este deudor de corrientes y géneros pretéritos. Su inclinación por el relato gótico, las horror movies de la Universal de los años 30 o la indeleble marca que dejaron en él cineastas como el Terence Fisher de la Hammer Films o el Roger Corman que adaptaba a Edgar Allan Poe encuentran su magnífica contrapartida en un musical tenebrista, melancólico y paradójico, pues este consigue su mayor logro arrancando momentos de turbadora belleza dentro de pasajes tan grotescos como violentos.







A diferencia de otros de sus últimos films como Alicia en el País de las Maravillas, Charlie y la Fábrica de Chocolate o Sombras Tenebrosas en los que parecía que el director de Sleepy Hollow dejaba que el diseño de producción y la dirección artística dieran el toque puramente "burtoniano" mientras él se entregaba a una autoindulgencia artística indigna de su talento y pasión por el cine, en Sweeney Todd volvemos a recuperar un narrador talentoso, entregado a su trabajo, amante de los retos y capaz de trasladar su personalísimo mundo al cine más comercial de Hollywood. En esta producción de 2007 percibimos la atmósfera y el ambiente oscuro, amenazador y barroco del cineasta que rodó Ed Wood, pero no hay una hiperbolización de su estilización visual a la que sí pudimos asistir hasta en obras redondas salidas de su mente como la inolvidable Big Fish en la que todo tenía que tener el sello Tim Burton per se, no porque el relato lo solicitara o exigiera.




Al igual que en recuperables obras como La Novia Cadáver o Mars Attacks! Tim Burton no sólo está presente en los decorados, el vestuario o el maquillaje de Sweeney Todd, también lo está en la personalidad de sus protagonistas o secundarios, en su fluida pero nunca forzada o estridente puesta en escena, en la sabia utilización de la infografía que apuntala unos excelentes efectos digitales, en el magnífico guión de John Logan (Hugo, Un Domingo Cualquiera, Gladiator) en la enorme labor de su reparto en estado de gracia tanto en lo interpretativo como en lo vocal (y más si tenemos en cuenta que en su mayoría no son cantantes profesionales) en la elegante realización de los distintos pasajes protagonizados por las composiciones de Stephen Sodenheim haciendo que cortes como Johanna, My Friends, Pretty Women o By the Sea suenen poderosos en las bocas de los actores que las interpretan, sólo fallando este apartado en cuanto a dejar fuera del repertorio el, posiblemente, mejor tema de toda la obra, esa obertura titulada Ballad of Sweeney Todd que se echa considerablemente de menos en el film.




Johnny Depp y Helena Bonham Carter dan vida a Sweeney Todd y la Señora Lovett respectivamente. Ambos no sólo cantan con una profesionalidad casi irreprochable, también apelan a la contención y la introsprección a la hora de abordar dos personajes con los que podrían haberse adentrado, equívocamente, en la sobreactuación más disonante. No le van a la zaga un Alan Rickman que saca partido a su personalísima y rotunda voz, un Timothy Spall ruín y carismático como nunca y un Sacha Baron Cohen pletórico con ininteligible falso acento italiano y aspecto de torero hortera que se gana el favor de la platea en su breve intervención. El resto de secundarios jóvenes cumple con convicción a la hora de dar vida a sus no muy perfilados roles, pero palidecen ante la labor del quinteto de actores principales. Apuntar que un fan incodicional de Buffy Cazavampiros como el que suscribe no puede dejar pasar el detalle del cameo del gran Anthony Stewart Head en una efímera aparición.




Sweeney Todd no es sólo un musical remarcable y una de las mejores obras del Tim Burton más actual, también es la obra más trágica y desesperanzada del autor de Pesadilla Antes de Navidad o Batman Vuelve. En el musical de Stephen Sondheim el cineasta norteamericano encontró un material perfecto para extender su visión de la vida y el séptimo arte llena de romance, terror, humor y oscuridad conceptual y formal, adentrándose en terreno fértil para sus aspiraciones artísticas y profesionales. Por desgracia tras ella su irregularidad como narrador siguió su descompensado recorrido regalándonos genialidades como Frankenweenie o naderías puramente resultonas como las ya apuntadas Alicia en el País de las Maravillas o Sombras Tenebrosas que nos llevan al presente 2014 en el que ha estrenado esa Big Eyes, que adapta la vida del matrimonio formado por Margaret y Walter Keane, dividiendo tanto al público como a la prensa especializada, y que será debidamente abordada en este blog poco después de su estreno español a finales de año.


martes, 18 de noviembre de 2014

Interestelar



Título Original Interstellar (2014)
Director Christopher Nolan
Guión Jonathan Nolan, Christopher Nolan, Kip Thorne
Actores Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain, Bill Irwin, John Lithgow, Casey Affleck, David Gyasi, Michael Caine, Matt Damon, Wes Bentley, Mackenzie Foy, Timothée Chalamet, Topher Grace, David Oyelowo, Ellen Burstyn





Visionario o vendehumos, genio o fraude, excesivamente expositivo o pretendidamente críptico, no son pocos los apelativos que se han depositado en la persona del director británico Christopher Nolan desde que comenzara a finales de los 90 su carrera como uno de los más aclamados y polémicos realizadores del Hollywood contemporáneo. Aunque en honor a la verdad tendríamos que remitirnos al enorme éxito de esa cumbre del cine que adapta personajes de cómic al séptimo arte llamada El Caballero Oscuro, su soberbia segunda incursión en el universo del superhéroe creado por Bob Kane y Bill Finger en 1939, para hablar a las claras del nacimiento de esos dos apasionados (y ya agotadores) bandos formados por los que afirman que todo lo que el cineasta londinense haga es oro incluso antes de su estreno y otros que proclaman que ruede lo que ruede será un proyecto fallido y pretencioso a distintos niveles.




Un servidor no pertenece a ninguno de esos bandos, pero como ya he comentado en varias ocasiones Christopher Nolan me parece uno de los directores más talentosos del cine contemporáneo, un señor que apela a la inteligencia del espectador con rompecabezas estilísticos y argumentales que consiguen introducirnos en su juego y con ello interactuar con historias que requieren un mínimo de implicación por parte de la platea sin eludir su naturaleza comercial y rompetaquillas. Interestelar, su última obra cinematográfica, estrenada el pasado 7 de noviembre, sigue esa misma senda abierta en 1997 con Following, aquella ópera prima que pasó considerablemente desapercibida en su momento. Tras ver esta producción de 2014 me siento al salir de la sala con todas mis expectativas depositadas en la obra y su creador totalmente rebasadas y más teniendo en cuenta que la primera media hora daba síntomas de contener varios de los fallos de la impronta del director de Batman Begins, pero por suerte esta impresión es un simple espejismo que desaparecía a los pocos minutos de metraje.




Interestelar da sus primeros pasos en un terreno tan rico para triunfar abordándolo como fanganoso para hundirse en él, el de la distopía. Christopher Nolan sitúa su historia en un futuro no muy lejano en el que el planeta Tierra se encuentra al borde de su desaparición por culpa de un desastre ecológico no determinado. En esta primera media hora el cineasta birtánico asienta sus bases y durante el proceso de presentación se ven algunos apuntes de didactismo innecesario o discursivismo forzado que, buscando contextualizar la historia en un espacio temporal indeterminado pero reconocible para el espectador, acaba ofreciendo momentos que harán las delicias de los detractores más furibundos del director de El Prestigio: El Truco Final. En esos momentos la cinta no dista demasiado de ser la típica americanada de usar y tirar, mostrándose argumentalmente en las antípodas del discurso habitual del autor que se encuentra detrás de sus imágenes.




Por suerte cuando el personaje de Cooper asume su rol de piloto de la nave que buscará un nuevo destino para la humanidad todo se encauza, la trama toma consistencia, los personajes asumen solidez y la historia emocional comienza a dar sus primeros rasgos de calidez formal y conceptual. Porque Interestelar confirma aquello que pudimos vislumbrar en Origen o El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace, que Christopher Nolan cada vez apela más a los sentimientos, dejando un poco de lado su visión distante y en cierta manera demiúrgica (heredada de Stanley Kubrick y compartida por otro genio contemporáneo como David Fincher) con la que parecía recelar de todo lo que supusiera mostrar la epidermis psicológica de sus personajes y sus instintos más primarios como el amor, el afecto o los lazos fraternales, constantes abordadas de manera considerablemente gélida en la mayoría de sus trabajos.




Porque es curioso que para que Christopher Nolan haya firmado su cinta más intimista haya tenido que viajar al cosmos y rodearse con ello de ciencia, relatividad, tecnología espacial, la Nasa y teorías apocalípticas de distinta índole con respecto a nuestro lugar y destino como raza tras una posible desaparición de la Tierra inducida por nuestra propia temeridad. El cineasta inglés utiliza la posibilidad, y apuntando con ello temas éticos y morales tan cuestionables como enriquecedores, de que ese anclaje emocional que supone para los astronautas la vida que han forjado en su planeta de origen y el porvenir de los distintos miembros de sus núcleos familiares pueda influir en la correcta ejecución de las decisiones que deben tomar para que llegue a buen puerto la misión de vital importancia que les ha sido encomendada como grupo.




Mientras el Stanley Kubrick de aquella obra maestra atemporal llamada 2001: Odisea en el Espacio (cinta a la que Interestelar rinde tributo desde su misma concepción hasta algunos pasajes que hacen referencia directa a dicha producción de 1968) abordaba conceptos de una trascendencia extraterrena adentrándose en temáticas de lo existencial o lo teológico y el Alfonso Cuarón de la imponente Gravity otros más sencillos (aunque vitales) como la supervivencia o el terror, Christopher Nolan se queda en un camino intermedio apelando a sentimientos intrínsecos en el ser humano como el amor, la paternidad o la amistad, transmitiéndolos todos con una veracidad desarmante por medio de un guión poliédrico y estructurado con una solidez notable y en magnifico reparto encabezado por un Matthew McConaughey (una vez más y ya van...) superlativo del que hablaremos un poco más adelante.




Dejándose imbuir por obras clásicas adscritas a la ciencia ficción dentro de la literatura o el cine como El Centinela de Arthur C. Clarke (y por efecto dominó al ya mencionado Stanley Kubrick) la adaptación de Solaris del ruso Stanisław Lem que realizó su compatriota el cineasta Andréi Tarkovski  en 1972 (aunque hasta de la versión de 2002 de Steven Soderbergh podemos encontrar influencias)  Encuentros en la Tercera Fase de Steven Spielberg o el discurso de Carl Sagan grabado a fuego en Contact (o su traslación a imágenes a manos de Robert Zemeckis con, curiosamente, Matthew McConaughey como co protagonista) Christopher Nolan con la ayuda de su hermano Jonatahan y sobre todo la del físico teórico experto en agujeros de gusano Kip Thorne (co argumentista y productor ejecutivo del film) consigue dar la cohesión y precisión necesarias para realizar un libreto lleno de teorías científicas, unas más adheridas a la realidad que otras, pero todas interesantes, expuestas en un sano tono divulgativo e inteligentemente abordadas, así como eludiendo sabiamente esa supuesta respuesta teológica o sobrenatural, del todo innecesaria en este contexto, que podría tener la explicación al "fantasma" que atormenta al personaje de Murphy desde la estantería del dormitorio.




Porque aunque Interestelar sea el largometraje más humanista de Christopher Nolan su mirada aséptica de la realidad sigue presente en el grueso de la trama central de su última producción, al menos en un plano estilístico y formal. Lo más curioso es que la escritura del guión está tan trabajada que esas leyes de naturaleza científica en la que tienen cabida agujeros negros, la teoría de la relatividad de Newton o la de los viajes temporales en ocasiones sirven para que el estudio de personajes y su poso emocional evolucione adecuadamente. Es el caso de la utilización de la gravedad del primer planeta visitado, que al ser distinta de la de la Tierra permite a los autores del argumento hacer que lo que allí son horas aquí se conviertan en años, usando como catalizador dramático dicha ley para que los roles que htripulan la Endurance vean como esos millones de kilómetros de distancia que los separan de sus seres queridos influyan también en el plano temporal arrebatándoles irrecuperables décadas de existencia junto a sus familias.




Personajes estos que aún estando suficientemente bien perfilados en su mayoría quedan sepultados por la fuerza de la naturaleza en la que se ha convertido, interpretativamente hablando, el actor de Dallas Buyers Club o True Detective. Matthew McConaughey se arranca de las entrañas otro de esos papeles que confirman que su recuperación para el cine de calidad, ya sea dentro del independiente o de  los blockbbasters de raza, es un hecho irrefutable. Y poco importa que la labor en la dirección de actores de Nolan sea mejor que nunca o que gente como Michael Caine, Ellen Burstyn o John Lithgow tiren de veteranía, Wes Bentley recupere el crédito que perdió después de debutar en American Beauty, Anne Hathaway, Jessica Chastain y Casey Affleck aborden con profesionalidad sus necesarios pero algo desdibujados roles, o Matt Damon nos sorprenda con un personaje alejado de los que suele asumir, es el actor tejano el que llena de vida y descarnada verdad el film en pasajes como la despedida de su familia o el visionado en cascada de ese vídeo que captura en minutos más de 23 años de existencia.




En el plano técnico Christopher Nolan como director asume que ya no tiene nada nuevo que aportar en lo que a hacer viajar a la platea al espacio exterior se refiere y menos si tenemos en cuenta que Alfonso Cuarón lo abordó con unos resultados estilísticos superiores a los de Interestelar (aunque como obra cinematográfica completa la que nos ocupa supera considerablemente a Gravity) el año pasado. Por tanto guionista de El Hombre de Acero apela a su sentido clasicista de la narración cinematográfica sin dejarse llevar por innecesarias florituras visuales, pero ofreciendo momentos de un acabado formal hipnótico gracias al formato Imax como ese viaje al interior del Agujero de Gusano, la aparición de la gigantesca ola en el primera planeta extrarrestre, la visión que se da de Saturno, ese clímax final en la pentadimensión que estéticamente nos remite en ocasiones a la obra pictórica de M.C. Escher o la inclusión de inesperados apuntes de humor gracias a los robots que acompañan a la tripulación de la Endurance. Todos acariciados por la enorme partitura de un Hans Zimmer deudor del Philip Glass de la trilogía documental Koyaanisqatsi/Powaqqatsi/Naqoyqatsi de Godfrey Reggio




En resumidas cuentas Interestelar es una obra imponente y llena de hallazgos que habla de temas universales como el miedo al futuro, la identidad, el egoísmo o el sacrificio y poseedora de momentos memorables que la sitúan desde ya entre las mejores cintas del año 2014, dentro del selecto club de las cintas adscritas a la ciencia ficción, más o menos ortodoxa, y por descontado en el grueso de las mejores cintas de Christopher Nolan. Pero el que suscribe no la considera ni una obra maestra, ni mucho menos un clásico instantaneo, en todo caso podría tildarse de ser una dignísima heredera de los preceptos (más formales que textuales) de, la varias veces mencionada en esta entrada, 2001: Odisea en el Espacio, de Stanley Kubrick. Mi consejo es que el espectador se libere de prejuicios tanto en lo referente a la supuesta incosistencia científica del film (abordada con mucho acierto en este artículo que descubrí en la soberbia reseña de Samuel Secades para Zona Negativa sobre el film del que hablamos) a las reticencias que se puedan tener hacia su autor. Porque ver en pantalla grande una obra como la que ocupa en esta entrada merece mucho la pena y el viaje al que nos invita no dejará a nadie indiferente.



lunes, 3 de noviembre de 2014

Relatos Salvajes



Título Original Relatos Salvajes (2014)
Director Damián Szifrón
Guión Damián Szifrón
Actores Ricardo Darín, Darío Grandinetti, Leonardo Sbaraglia, Érica Rivas, Oscar Martínez, Rita Cortese, Julieta Zylberberg, Osmar Núñez, Nancy Dupláa, Germán de Silva, María Marull, Marcelo Pozzi, Diego Gentile, María Onetto




Damián Szifrón es un guionista de cine y televisión argentino muy conocido en su país. A él se deben exitosos productos catódicos como Los Simuladores o Hermanos & Detectives ambas series dentro de géneros como la comedia, el drama o el policíaco y cuya repercusión permitió a su creador vender los derechos de los mismos a distintos países, entre ellos España. Dentro del mundo del largometraje debutó en 2003 con El Fondo del Mar un thriller sobre los enfermizos celos dentro de una pareja protagonizado por Daniel Hendler, Gustavo Garzón y Dolores Fonzi entre otros y dos años después volvería con Tiempo de Valientes una comedia policíaca protagonizada por un psicólogo (Diego Peretti) y su paciente, un agente de la ley con depresión (Luis Luque), que parodiaba las buddy-movies estadounidenses y ofrecía un retrato crítico e irónico de la situación del país porteño por aquel entonces. Nueve años han tenido que pasar para que Damián Szifrón vuelva a ponerse detrás de las cámaras para rodar una película, esta Relatos Salvajes que nos ocupa y que es considerada ya la cinta más taquillera de la historia del cine argentino. Escrita y dirigida por el mismo Damián Szifrón y protagonizado por actores de primer nivel como Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia o Dario Grandinetti la candidata a representar a su país en la próxima gala de los Oscars de Hollywood ha puesto de acuerdo tanto a prensa especializada como a taquilla en prácticamente todos los lugares en los que ha sido estrenada, incluidos algunos de los festivales internacionales más importantes del panorama cinematográfico como Cannes o San Sebastián. Para el que suscribe Relatos Salvajes es una excelente comedia negra ejecutada con considerable pericia en todos sus apartados, pero sin llegar a parecerme como pieza cinematográfica esa obra maestra que la mayoria de los que han podido degustarla afirman que es.




Relatos Salvajes parece un guión de los hermanos Joel Coen e Ethan Coen (Fargo, El Gran Lebowski) rodado a cuatro manos por Paul Thomas Anderson (Magnolia, The Master) y Alejandro González Iñárritu (Amores Perros, 21 Gramos). Una comedia negrísima que narra seis historias cortas que comparten como tema central la venganza, ya sea contra amigos, parejas, familiares, desconocidos o la misma sociedad. Como comentamos una de las virtudes que más se ha destacado de la última película de Damián Szifrón es su humor oscuro, consiguiendo, por medio tanto de la escritura como de la realización o la labor artística de su reparto, que la platea sonría e incluso en ocasiones carcajee con temas que en la realidad no tienen nada de gracia, arrancando del espectador medio una jocosidad con cierto grado de cargo de conciencia debido a que este se ve disfrutando con actos que en nuestra vida diaria nos incitarían más bien poco a la sorna o el cachondeo. Todo esto apuntalado por el creador de Los Simuladores con una puesta en escena soberbia y un control del tempo narrativo fuera de toda duda, ya que no son pocas las películas corales en las que la calidad de las distintas historias que cuentan se ven descompensadas notablemente, algo que aquí no sucede, ya que todos y cada uno de los “relatos salvajes” que dan forma al grueso de la cinta destacan por su buen hacer y cohesión estilística o argumental.




Pero hay algo para un servidor que destaca por encima de esa (in)sana y maquiavélica visión del humor y es la temeraria incorrección política que se encuentra detrás de su mensaje contestatario y lacerante. En una época en la que el terrorismo extremista es una de las preocupaciones más grandes a nivel mundial Damián Szifrón se la juega utilizando, con métodos propios de la comedia, iconografía relacionada con este tipo de actos (el avión del relato que sirve de prólogo a la película y que tiene a Dario Grandinetti como rostro más reconocible) o mensajes en los que el guionista y director apela al uso de la violencia (bombas en el caso de la historia de Ricardo Darín, la mejor de toda la película) para oponernos como ciudadanos a un sistema rastrero en el que la burocracia pisotea el espíritu y la moral del hombre/mujer de a pie. El cineasta argentino pisa terrenos fanganosos, sobre todo, con el plan ideado por el misterioso Pasternak en el relato homónimo y la vendetta del arquitecto al que da vida el protagonista de El Secreto de Sus Ojos en Bombita, pero tampoco deja de cargar las tintas con una considerable mala baba y dualidad ideológica con historias como La Propuesta o Hasta que la Muerte Nos Separe, centrándose por el contrario más en la violencia física primaria en otros como Las Ratas o El Más Fuerte.




Porque un instinto, que al igual que la venganza, es tan intrínseco en la raza humana como el de la violencia es otro de los temas que vertebra Relatos Salvajes. Dichos actos violentos están abordados con una brutalidad impropia en el cine porteño y no es que Damián Szifrón riegue de sangre y visceralidad toda su película (aunque algo de ellas hay a lo largo del metraje) pero sabe envolver toda su narración en un aura de salvajismo latente que en cualquier momento parece que va a explotar sin que el espectador sepa cuando mostrará sus fauces. Esos pasajes en los que los instintos más bajos que llevamos dentro salen a la luz el cineasta los aborda desde todos los puntos de vista posibles, ya sea hablándonos del encontronazo entre dos conductores casuales o la aparición de un individuo del pasado que dio pie a la muerte de los padres de una pobre camarera, exponiéndola en pantalla con una impronta bestial que recuerda, una vez más, a los hermanos Coen más adscritos a lo grandguiñolesco y absurdo conceptualmente hablando, los de Ladykillers o Arizona Baby.




Pero no es oro todo lo que reluce en Relatos Salvajes y hay varios pecados que reprocharle. Por un lado el nivel altísimo con el que se abre el largometraje con el relato que sirve de prólogo no se mantiene a lo largo de toda la velada, perdiendo algo de fuerza física con cada nueva historia, porque aunque Damian Szifrón extrapola con pericia su visión tanto de la violencia como del sentimiento de venganza a la pantalla, cuando estas son expuestas más en un plano psicológico que físico la obra pierde punch en cuanto a agarrar por las solapas al espectador. Ya que es innegable que el malestar que transmiten pasajes como Las Ratas, Bombita o El Más Fuerte al apelar a poner en peligro la fisicidad de sus personajes consigue llegar con más fuerza a la platea que otros como La Proposición o Hasta que la Muerte Nos Separe que se centran principalmente (aunque no en su totalidad) en una violencia verbal o moral menos impactante que la que podemos infligir por medio de heridas corporales. Por otro lado podríamos decir que como conjunto de relatos ninguno de ellos nos cuenta nada nuevo con respecto a temas que para todos nosotros son tan conocidos como universales y el mismo guión como conjunto es consistente y sólido, pero ningún dechado de complejidad narrativa a lo Guillermo Arriaga (Los Tres Entierros de Melquiades Estrada, Lejos de la Tierra Quemada) otro escritor, guionista y cineasta experto en narrar microhistorias conviviendo mutuamente en un mismo producto de ficción ya sea cinematográfico o literario.




Esta coproducción entre Argentina y España, financiada en gran parte por la famosa productora El Deseo, propiedad de los hermanos Pedro Almodóvar y Agustín Almodóvar es un divertimento unas veces travieso y otras incendiario, que hace un retrato misántropo del ser humano y de la opresiva y corrupta sociedad en la que a este lo ha tocado vivir. Su elenco de enormes actores en el que la labor de los célebres Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia o Dario Grandinetti no destaca sobre el soberbio trabajo de otros intérpretes argentinos menos conocidos en España como Rita Cortese, Walter Donano, Érica Rivas u Óscar Martínez y la el oficio de su creador tanto en la escritura como en la realización la revelan como un producto tan meritorio como consistente que merece ser (re)visionado. Pero Relatos Salvajes finalmente no llega a la excelencia que le llevan tiempo atribulando debido a que las historias narradas en ella poco tienen de novedosas o rompedoras y no nos relatan nada que obras como, por poner un par de ejemplos, Un Día de Furia (Falling Dawn) de Joel Schumacher o la catódica Breaking Bad de Vince Gilligan no hubieran expuesto antes con tanta o más fiereza.



sábado, 1 de noviembre de 2014

Annabelle



Título Original Annabelle (2014)
Director John R. Leonetti
Guión Gary Dauberman
Actores Annabelle Wallis, Ward Horton, Alfre Woodard, Eric Ladin, Gabriel Bateman, Paige Diaz, Tony Amendola, Michelle Romano, Brian Howe, Morganna May




El director australiano de origen malayo, James Wan, se ha convertido en uno de los nombres más interesantes dentro del panorama cinematográfico hollywoodiense adscrito al género de terror. Dio inicio a la saga Saw con la mejor entrega de la franquicia, comenzó a coquetear con las horror movies con la irregular pero ya interesante Silencio Desde el Mal (Dead Silence) en la que mantuvo su primer contacto con juguetes peligrosos y dio mucho que hablar con Insidious, su secuela y sobre todo The Conjuring: Expediente Warren. Las dos primeras, un totum revolutum que daba una perspectiva posmoderna del género de casas malditas y espíritus amenazantes, la última, un poderosísimo ejercicio de estilo con el que el realizador homenajeaba al celuloide de los 70, una ves más, adherido al temario sobrenatural, el de films como Al Final de la Escalera (The Changeling) de Peter Medak, Terror en Amytiville de Stuart Rosenberg o El Ente de Sidney J, Furie, esta última estrenada a principios de los 80 pero hija directa de la década anterior. El director de aquella Sentencia de Muerte que protagonizara Kevin Bacon en 2007 no ha inventado nada con su incursión en el género de terror, pero su especial talento para crear atmósferas, apuntalar una sólida puesta en escena y su control del tempo narrativo dentro del suspense, son las bases que han sustentado la meritoria carrera de un autor con una marcada personalidad que por desgracia ha dejado de lado el tipo de films que le han dado la fama, para rodar la séptima (y accidentada) entrega de la saga A Todo Gas (Fast and Furious). Pero por suerte el cineasta ha decidido seguir en el género que tan bien conoce, esta vez en labores de productor con un trabajo derivado de su mejor película, la ya mencionada The Conjuring: Expediente Warren.




Annabelle es una película de naturaleza spin off protagonizada por aquella muñeca maldita que ocupaba gran parte del metraje de The Conjuring: Expediente Warren. Dicho juguete cayó tan en gracia a la mayor parte de los espectadores que disfrutaron de la cinta de James Wan que los productores de Warner Bros pronto tantearon la idea de narrar en una película propia los supuestos hechos reales que se vinculaban con el origen de dicho objeto infantil que a día de hoy sigue confinado en una urna propiedad del matrimonio de parapsicólogos formado por Ed Warren y Lorraine Warren. Esta vez el malayo cedería los mandos de la dirección, que recaerían en el poco conocido John R. Leonetti (El Efecto Mariposa 2, Mortal Kombat: Aniquilación) especializado en rodar secuelas de bajo nivel de éxitos más grandes, quedando su labor reducida en este proyecto a la de productor. Todo apuntaba a que el resultado sería una cinta sacacuartos derivada de un gran éxito y cuya simple existencia era un capricho gestado por el único hecho de abultar las carteras de sus creadores. Por suerte y contra todo pronóstico Annabelle es una muy competente cinta de terror, que extiende el microcosmos creado por James Wan con momentos memorables, un trabajo de dirección lo suficientemente elaborado como para solapar a un reparto simplemente cumplidor y un guión tan efectivo como rutinario o lleno de lugares comunes.




Que la responsablidad de la realización de Annabelle cayera en el nombre de un director tan desconocido para el gran público era uno más de los síntomas que aventuraban que el largometraje que nos ocupa iba a ser carnaza pura y dura, un trabajo realizado por puro interés económico para seguir explotando un jugoso y casi recién nacido (por lo tanto no muy manoseado) éxito cinematográfico y para qué negarlo, bastante de ello hay en esta producción de terror. Pero sería de necios no afirmar que los productores de la obra, su guionista y el cineasta que ha cogido las riendas del proyecto han hecho un trabajo considerablemente meritorio (más este último que los anteriores, todo sea dicho), tratando de sacar partido y algunos momentos de bastante profesionalidad de una cinta que nace a rebufo de otra y que por ello puede considerarse (de hecho lo es) menor que aquella. El arranque del film esté tomado casi en su totalidad del de The Conjuring: Expediente Warren y ello tampoco ayuda a tener buenos augurios con respecto al devenir de la historia que se nos va a narrar o su puesta de largo, pero desde el primer susto (una noche cerrada, una ventana, algo que allí sucede, un asesinato fuera de plano, un grito, una figura que se abalanza) John R. Leonetti nos afirma que va a intentar sacar partido al rutinario y manido guión que han depositado en sus manos por medio de una minuciosa puesta en escena con la que va a (en casi todo momento) calibrar con mucho cuidado las secuencias de tensión, el in crescendo de suspense y todo por medio de una sutilidad tan elegante como carente de innecesarias truculencias, mostrándose como un alumno aventajado del mismo James Wan que, aunque quede a años luz del talento del malayo, sabe extender y enriquecer el imaginario al que este último dio forma con la obra original en la que Annabelle nació como personaje.




Porque Annabelle es una continuación y consolidación del microcosmos que James Wan creó en la ya mencionada película protagonizada por Patrick Wilson, Vera Farmiga o Lili Taylor e incluso se permite el film alguna referencia intertextual con respecto a la obra global del cineasta asentado en Australia si tenemos en cuenta que la primera casa en la que vive el matrimonio Gordon es muy parecida a la de la saga Insidious. De modo que un cumplidor John R. Leonetti sigue la senda impuesta por su predecesor en el cargo de la dirección con una efectiva realización técnica con la que consigue que el largometraje funcione como un reloj suizo en lo que a inquietar al espectador se refiere. El director de El Efecto mariposa 2 evidentemente no consigue capturar en imágenes la malsana y mórbida atmósfera que es capaz de alcanzar el autor de Saw cuando se pone detrás de las cámaras, pero sí sabe medir los tiempos, aprovechar los juegos de luces y sombras y entregarse a la acertada y clásica idea de que es mucho mejor sugerir que mostrar de manera explícita, sobre todo en lo que se refiere a el tono sobrenatural del relato. Ya que si hay algo meritorio en Annabelle es la labor de su director. John R. Leonetti tiene que esquivar los clichés de su guión, que se muestra tan bienintencionado como prototípico, y la labor de un reparto en líneas generales bastante plano, aunque convenientemente cumplidor en los momentos más dramáticos. El cienasta auna el tono del estilo de terror de James Wan, rindiendo tributo a su impronta sin plagiarlo o copiarlo descaradamente, visto en Silencio Desde el Mal (muñecos amenazadores) Insidious (demonios en busca de almas) o The Conjuring: Expediente Warren (posesiones espirituales) añadiéndole referencias que van desde productos tan consagrados como La Semilla del Diablo (Rosemary’s Baby) de Roman Polanski (el embarazo y toda la segunda parte localizada en el edificio de vecinos) hasta secuelas casi autoparódicas como Pesadilla en Elm Street 5: El Niño de los Sueños de Stephen Hopkins (ese carricoche siniestro que aparece en el sótano del inmueble, uno de los mejores pasajes del metraje). Pero por el camino tampoco se olvida de dar cohesión a su producto más allá del plano multireferencial.




Gracias a su labor se percibe en el ambiente la pérfida fisicidad de la muñeca que devora el plano cada vez que la cámara repara en su presencia. John R. Leonetti encuadra con minimalismo y delectación al juguete, lo aborda desde todos los ángulos posibles, pero sin florituras visuales o innecesarios objetivos deformantes. Por medio de la contención y el control del timing el realizador consigue arrancar de los 98 minutos de metraje un buen puñado de escenas de una tensión más que considerable. Con toda la inteligencia posible el cineasta en ningún momento muestra en movimiento a la muñeca, ya que verla correr o lanzarse contra sus víctimas cuchillo en mano como si de una versión femenina del célebre Chucky se tratara daría al traste con todo el trabajo de composición que el apartado técnico va creando a lo largo del desarrollo del largometraje. Es más, en el único pasaje en el que Annabelle “cobra vida” finalmente descubrimos que no es ella la que está moviéndose por propia voluntad y ello da pie a uno de las mejores situaviones de la película. Porque ahí es donde se hace fuerte el perpetrador de Mortal Kombat: Aniquilación, en ejecutar escenas de terror muy conseguidas como la del ya mencionado sótano (esa figura entre las sombras de las escaleras inquietó hasta a un servidor, curtido en mil batallas dentro de este género) la de la niña cruzando a toda velocidad la puerta (estructuralmente idéntica a una de Shock, interesante cinta de 1977 de un por aquel entonces ya crepuscular Mario Bava) o la primera del film que mencionamos al inicio de la entrada y que viene seguida de una escena de asalto hogareño rodado con mucho oficio, tanto o más que el del plano secuencia a lo John Carpenter que se incluye en esa parte de la cinta, un prólogo que recuerda en más de un momento a la seminal La Noche de Halloween de 1979, salvando mucho las distancias, lógicamente.




Anabbelle es un producto meritorio que consigue ofrecer una historia interesante, sencilla y atractiva que en todo momento lucha contra el hándicap de ser una cinta menor y de corte alimenticio nacida con más bien pocas aspiraciones artísticas. Por suerte algunas carencias como un reparto poco entregado formado por Anabelle Wallis (X-Men: Primera Generación), Ward Horton (El Lobo de Wall Street) o Alfre Woodard (12 Años de Esclavitud) o un guión de Gary Dauberman (Destino Final 5) lleno de caminos mil veces transitados son solapados por la destacada labor de un director con fama de mediocre que en esta ocasión ha sabido driblar muy dignamente contra el temporal que una cinta como la que nos ocupa le ha impuesto profesionalmente. Sólo cierto caos y elecciones rocambolescas (y hasta ridículas) en al recta final y el tener siempre presente la platea que si James Wan hubiera tomado las fiendas de esta producción hubiera sido incluso mejor, pueden desanimaronos con respecto a enfrentarnos a las humildes pero encomiables aspiraciones de esta apatecible película de terror. Un proyecto ideal para ser degustado en una oscura sala cinematográfica, sobre todo en el próximo Halloween, festividad con mucha predisposición a ser disfrutada con una buena maratón de piezas de este estilo cinematográfico. La obra de John R. Leonetti no es un gran largometraje, ni será recordada en un futuro como un clásico dentro de su género, pero contiene los suficientes alicientes como para ofrecer juiciosa fruición al espectador que busque poco más de hora y media de traviesa y malévola evasión protagonizada por una horrible (en todos los sentidos) muñeca que comenzó sus andanzas en una época en la que la Familia Manson (muy presenta en el contexto de la película) arrancó de una tacada toda la inocencia y conciliadora ideología que forjó ese movimiento hippie que despidió los 60 y dio la bienvenida de los 70 entre sangre, muerte y nihilismo.