jueves, 29 de mayo de 2014

Bates Motel, mentiras que me contaron mis padres.



"Norman, pase lo que pase esto se hará público y saldrá en los periódicos, todo el mundo lo sabrá, ¿quién va a reservar en el motel de las violaciones y asesinatos?"

Norma Bates




El 16 de junio de 1960 el director Alfred Hitchcock estrenaría en Estados Unidos una de sus películas más importantes y la que revitalizaría por medio de un punto de inflexión su carrera cinematográfica. Hablamos como no puede ser menos de Psicosis (Psycho) la adaptación a imágenes que el realizador británico realizó con la ayuda del guionista Joseph Stephano de la novela homónima del escritor Robert Bloch que sólo un año antes había sido puesta en circulación en el mundo literario. Aquella mítica producción protagonizada por Anthony Perkins, Janet Leigh o Vera Miles se convirtió rápidamente en un clásico del género y en portadora de algunas de las imágenes más icónicas de la historia del cine de terror y suspense. Una casa en una colina, un siniestro motel, una ducha, un cuchillo de cocina, un sótano, una silla con una figura femenina en ella y una bombilla bamboleante dieron forma a una obra maestra que suscitó tres innecesarias secuelas (la cuarta, Psicosis IV: El Comienzo, dirigida por Mick Garris y escrita por el mismo Joseph Stephano fue una precuela para la tv americana) impulsadas por el mismo Anthony Perkins (que incluso se ocupó de dirigir la tercera entrega) durante los años 80 y un remake a manos de Gus Van Sant en 1997 que copiaba plano por plano la cinta primigenia para el desconcierto de muchos y la satisfacción de muy pocos. Curiosamente en 1987 se estrenó en Estados Unidos una serie de corta vida llamada Bates Motel en la que un paciente compañero de Norman Bates en la institución mental que ambos regentaban se hacía cargo del motel familiar. Pero no sería esa la última vez que un serial catódico narrara las desventuras de Norman Bates y su legado familiar y eso mismo nos trae al presente.




Año 2013, el 18 de marzo la cadena de televisión por cable americana A&E Networks estrena Bates Motel, una serie desarrollada por Anthony Cipriano (El Fin de la Inocencia) Carlton Cuse (Perdidos) y Kerry Ehrin (Friday Night Lights) que tomando como inspiración la novela de Robert Bloch y la película de Alfred Hitchcock se presenta como una precuela de las mismas narrando, entre otros hechos, la adolescencia de Norman Bates y su peculiar relación con su madre Norma. Sin la publicidad o la repercusión de otros productos de la televisión americana como Breaking Bad, Juego de Tronos, The Walking Dead o Hijos de la Anarquía la primera temporada Bates Motel se hizo con un considerable grupo de seguidores y un recibimiento moderado por parte de la prensa especializada. Si bien no hablamos de uno de los programas más destacados del panorama televisivo americano (recordemos que el nivel es altisimo) si lo hacemos de un trabajo interesante, bien ejecutado en el plano artístico y técnico y bastante considerado con los seguidores de el desdoblado Norman Bates y la alargada sombra de su difunta madre.




No era fácil para el espectador entrar en la primera temporada de Bates Motel ya que el episodio piloto (y la serie al completo) está localizado temporalmente en la actualidad para desconcierto del fan del film del director de Vértigo. Pero aquello que en principio podía ser una fallo garrafal se convierte en uno de los mayores alicientes del programa. A nadie se le escapa que ver a un personaje que nació en imagen y sonido en 1960 utilizar durante su supuesta adolescencia teléfonos móviles y iphones descoloca al seguidor de Psicosis y Norman Bates. Pero este recurso narrativo se antoja un acierto mayúsculo cuando descubrimos que aunque la narración tiene lugar en pleno siglo XXI cuando entramos en la famosa casa familiar de los Bates es como si el tiempo se detuviera. Esa enorme mansión de siniestra arquitectura parece fuera de lugar, su interior muestra un hogar oscuro que no parece haber abandonado esos finales de los 50 y principios de los 60 en los que tenía lugar la película original y que contiene en su interior secretos narrados entre susurros, miseria moral, morbidez y la siempre amenazante sombra del incesto que a lo largo del serial descubriremos que es de corte generacional. Porque como era de esperar el epicentro de Bates Motel es la tóxica relación de Norman con su madre Norma (no es un detalle valadí que hasta los nombres sean casi idénticos) el primero interpretado por el antaño insoportable Freddie Highmore (Charlie y a Fábrica de Chocolate, Descubriendo Nunca Jamás) reconvertido hoy en un competente actor adulto de mirada perturbadora y la segunda con el cuerpo de una soberbia Vera Farmiga (Infiltrados, Expediente Warren) que se ocupa de componer el mejor y más destacado personaje del programa. Norma Bates es una mujer manipuladora, sobreprotectora e inimisericorde con su hijo pequeño. Casi nunca impone órdenes de manera directa, pero por medio de la sutilidad y el más deleznable de los chantajes psicológicos siempre consigue que Norman obedezca ciegamente todas sus peticiones por muy retorcidas que sean.




Pero como es lógico el programa no puede vivir sólo de los roles de Norman y Norma de modo que tenemos una gama de secundarios bastante considerable que protagonizan distinto tipo de subtramas e interactúan con los protagonistas de una u otra manera. El primero es Dylan Masset (Max Thieriot) el hijo primogénito de Norma y hermano mayor de Norman que mantiene una relación con su madre completamente opuesta a la que le une estrechamente con el menor de sus descendientes y que se adentrará en el submundo del hampa de la localidad por medio del tráfico de drogas. Por otro lado están la adorable Emma (Olivia Cooke) el amor no correspondido de Norman, una chica con fibrosis quística (siempre porta su bombona de oxígeno) que estrechará lazos con los Bates, Bradley Martin (Nicola Peltz) la muchacha que será objeto de los deseos amorosos del personaje principal, la señorita Watson (Keegan Connor Tracy) la profesora de Norman que parece tener con él una relación que va más allá de la típica entre profesor/alumno. Pero si hay que destacar un secundario interesante en Bates Motel y que se revela como el más sólido y consistente de la serie después de los dos principales ese es el del Sheriff Alex Romero al que da vida el actor norteamericano de origen español Nestor Carbonell al que muchos recordamos como el inolvidable Richard Alpert de Perdidos. Este representante de la ley honrado en apariencia pero metido en todo tipo de negocios turbios mantiene una extraña atracción por Norma Bates cuya naturaleza nunca queda demasiado clara, pero la misma le permitirá a ella que el sheriff haga oídos sordos ante muchas de las acciones ilegales llevadas a cabo en el motel que da nombre al programa y la casa que lo corona en esa colina a las afueras de White Pine Bay. Curiosamente Alex Romero es el personaje que condensa en una sola personalidad la esencia de la ya mencionada ciudad de White Pine Bay en la que tiene lugar el desarrollo de la serie. Una localidad de una violencia latente que en ocasiones eclosiona, con unos ciudadanos que callan más de un secreto inhumano y sádico y que podría revelarse como el caldo de cultivo del mal que anida en el hogar de la familia Bates.




El éxito de la primera temporada de Bates Motel dio pie a que la renovación para una segunda temporada no se hiciera esperar. El 3 de marzo de 2014 A&E Networks puso en marcha la continuación de las andanzas de los Bates. Desde el primer episodio ya se podía ver que la moderada puesta en escena de la serie estaba mucho más elaborada (el episodio de arranque dirigido por un Tucker Gates ya plenamente implicado en la producción de la serie es de los más logrados del año) poniendo más cuidado en el diseño de producción y añadiendo por medio del personaje de Caleb (Kenny Johnson) una revelación importante del pasado de Norma. El problema de la segunda temporada es que a pesar de que se vuelve algo más consistente la subtrama de narcotráfico de Dylan, se afianza la presencia de el sheriff Romero en la historia y los ecos a la película original no dejan de sucederse gracias a esos animales disecados que crea el personaje y los picados de cámara utilizados en la mayoría de los episodios la semilla de la discordia plantada en la acertada season finale de la primera temporada en la que veíamos los primeros síntomas de la enfermedad de Norman (enorme la primera “conversación” que tiene con su progenitora) y cómo su interacción con su madre de volvía más retorcida es prácticamente anulada en esta segunda. Durante esta etapa del programa Norma deja repentinamente de ser esa mujer manipuladora y maquiavélica para transformarse en la víctima pasando Norman a ser el verdugo indirecto de la relación. El de ella sigue siendo un rol interesante, posiblemente el que más de la serie, pero ese giro tan radical en su personalidad se antoja forzado y un paso atrás en cuanto al desarrollo de su personalidad aunque esto permita a que Freddie Highmore incida más con su composición en la psicología de su criatura. Puede que la culpable de este innecesario cambio haya sido la misma Vera Farmiga que durante esta temporada ejerce también como productora. La experiencia nos ha demostrado que cuando un actor principal se implica en la creación de los productos que protagoniza el resultado puede ser bueno (Michael Chiklis en The Shield o Bryan Cranston en Breaking Bad) o malo (Michael C. Hall en Dexter). Esperemos que la protagonista de La Prueba del Crimen recapacite sobre el hecho de que Norma Bates es mucho más interesante si es abordada desde su lado oscuro.




Antes de terminar la segunda temporada la cadena A&E Networks confirmó la renovación de Bates Motel para una tercera tanda de episodios. La noticia evidentemente es magnífica para los seguidores del programa, pero esa descaracterización del personaje de Norma Bates para humanizarla y librarla de las necesarias aristas que la estaban convirtiendo en uno de los roles más interesantes de la televisión actual siembra la duda sobre el corrector porvenir del producto que debidamente desarrollado puede dar mucho juego con respecto a la historia que narra pero que llevado por el mal camino puede acabar transformándose en el mediocre producto que por suerte hasta ahora nunca ha sido ni ha llegado a ser. A pesar de todo con un éxito moderado, un humilde club de fans que crece poco a poco y una más que decente labor delante y detrás de las cámaras la serie de Anthony Cipriano, Carlton Cuse y Kerry Ehrin no es sólo un serial adictivo, digno y con algunos logros bastante notables, también se confirma como el producto audiovisual más digno inspirado o derivado de la ya citada obra maestra de Alfred Hitchocock, y la fuente original literaria de Robert Bloch, que marcó un punto de inflexión en la historia del séptimo arte en general y en el género de terror y suspense en particular.



jueves, 22 de mayo de 2014

Godzilla (2014)



Título Original Godzilla (2014)
Director Gareth Edwards
Guión Max Borenstein y David Callaham
Actores Aaron Taylor-Johnson, Ken Watanabe, Elizabeth Olsen, David Strathairn, Bryan Cranston, Sally Hawkins, Juliette Binoche, CJ Adams, Richard T. Jones, Al Sapienza, Patrick Sabongui




Godzilla, el dinosaurio atómico, el rey de los monstruos nacido en el seno de los nipones estudios Tōhō vuelve por todo lo alto con una superproducción mastodóntica en la que sus creadores han puesto al frente al realizador británico Gareth Edwards, autor de la meritoria e interesante Monsters, atípica cinta sobre gigantescas criaturas alienígenas invasoras en la tierra que es sin lugar a dudas la que llamó la atención de Warner Bros y Legendary Pictures para darle los mandos de un proyecto de proporciones tan enormes. El público andaba reticente con respecto a Godzilla, ya que la última incursión a nivel internacional por parte de Hollywood con el personaje había sido la versión de Roland Emmerich de 1998 que disgustó a muchos y agradó a más bien pocos. Por suerte Gareth Edwards y su equipo han estado a la altura regalando a la platea una magnífica obra que aborda varios aspectos y vertientes, triunfa en prácticamente todos ellos, pero que como muchas de las producciones rompetaquillas de la meca del cine contiene algunos fallos típicos de estos largometrajes que por otro lado no ensombrecen sus muchos logros, que no son pocos precisamente.




Este reboot de 2014 quiere dejar satisfecho a todo tipo de espectador y lo consigue prácticamente con todos ellos. Por un lado es una monster movie clásica, con enormes criaturas luchando y destruyendo ciudades enteras con sus desproporcionados enfrentamientos. Por otro es un kaiju de manual, un rendido tributo a este género incluyendo la lógica presencia de Godzilla, la aparición de otras criaturas para batirse en duelo con el monstruo protagonista a modo de referencia a las múltiples secuelas que surgieron tras el éxito del primer film protagonizado por el dinosaurio atómico, la presencia de científicos que han jugado a ser dioses o un mensaje final en el que la humanidad recibe a Godzilla como a un salvador reivindicando así su peso como icono de la cultura pop del siglo XX en pleno siglo XXI. Pero lo más es interesante es que Gareth Edwards y sus guionistas quieren respetar la esencia del origen y génesis del personaje. Godzilla nació como una metáfora del terror de Japón a la radiación producida por los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, de modo que en esta versión de 2014 no sólo se respeta en gran parte esa teoría con incluso una referencia directa a aquellos hechos (el momento reloj entre el Doctor Ichiro Serizawa y el almirante William Stenz) sino que incide en convertir a Godzilla (y sus monstruos rivales) en proyecciones dentro de la ficción de hechos históricos trágicos de nuestra historia reciente, alegorías de nuestros miedos como sociedad como los atentados del 11 de septiembre de 2001 (esos cazas chocando con los rascacielos) los Tsunamis que arrasaron Thailandia en 2004 o Japón en 2011 (cómo la ciudad se ve sepultada por las olas cuando los monstruos llegan a la costa) ya dentro del mismo país nipón el accidente nuclear de Fukushima (todo lo relacionado con el arranque del film con los personajes de Bryan Cranston y Juliette Binoche) e incluso nuestro 11M de 2004 (el tren siendo destruido mientras Ford Brody trata de salvar su vida y la del niño que se encuentra bajo su cuidado) o la inutilidad de las fuerzas militares que se confirman como ineficaces en un plano ofensivo y sólo útiles a la hora de rescatar a las víctimas de los envites entres los monstruos eludiendo así el patriotismo típico de los films americanos en los que su ejército acaba siempre salvando al resto de la humanidad del ataque invasor sea de la índole que sea. Todas referencias intencionales o no, pero de manera extraña fácilmente extrapolables a nuestra realidad como también sucedía en otra memorable monster movie como era aquella The Host de Bong-Joon-ho que la semana pasada estrenó en España su última cinta, Snowpiercer.




Pero si hay un aspecto en el que destaca Godzilla y en ese sentido parece haber consenso entre publico y prensa especializada es en que visualmente es una maravilla que en más de una ocasión bordea la brillantez formal y conceptual. Gareth Edwards confirma con su último film que aquellos apuntes de genialiad estética que se vislumbraban en Monsters no fueron casualidad. Godzilla es una de las películas comerciales mejor rodadas en el plano técnico del 2014, la puesta en escena del realizador británico es intachable, poderosa, con un control del tempo narrativo de una tensa calma cuando la historia lo demanda, ya que la primera criatura tarda en hacer acto de presencia y Godzilla es mostrado poco a poco hasta su aparición estelar (aunque por suerte desde el potente arranque Garteh Edwards inyecta un ritmo endiablado a su historia) y brutalmente espídica cuando la acción impera en la pantalla haciendo un uso magistral de los medios que tiene a su alcance que van desde unos efectos digitales prodigiosos (en lineas generales) a un diseño de producción holgado en todos los sentidos. Pasajes como el del salto halo en su totalidad, pero especialmente los planos subjetivos desde el punto de vista del personaje de Aaron Taylor-Johnson, la escena de cortejo entre dos de las criaturas (referencia directa al clímax final de la ya mencionada Monsters) el primer rugido de Godzilla que supone su principal aparición completa en pantalla, el arranque a modo de prólogo que insufla acción a la historia desde su punto de partida para luego apelar a un ritmo más calmado con tensión creciente a lo Alfred Hitchcock (imposible no pensar en Los Pájaros) hasta que el primer monstruo empieza su campaña de caos y destrucción o la pelea final con Godzilla en todo su apogeo haciendo lo que mejor sabe. Resumiéndose todo en una producción intachable que nos confirma que la elección de Gareth Edwards ha sido un acierto mayúsculo a la hora de resucitar a la criatura de los estudios Tōhō y llevada a lo más alto por Ishiro Honda con aquella ya lejana producción de 1954.




Pero si hay algo que reprochar a Godzilla es el simplismo de sus estereotipados personajes y que aunque en el guión de David Callaham (con historia original de Max Borenstein) trata de evitarlo no impide que caigan en los clichés propios del género de catástrofes como la presencia del científico loco que luego no lo está tanto (en esta caso hay dos, uno occidental y otro oriental) el militar sacrificado con familia esperándolo en casa (la misma que también correrá peligro por culpa de los ataques de Godzilla y sus enemigos naturales) o el alto mando militar duro e inmisericorde pero justo y honrado. Tampoco ayuda que del magnífico reparto el único que parece esforzarse por ofrecer una labor notable sea Bryan Cranston, que aunque distraiga al espectador con es terrible postizo capilar mal colocado que le han plantado en la cabeza no deja de ofrecer lecciones de interpretación. Los demás no pasan de cumplidores y es una pena, porque gente como Juliette Binoche, David Starthairn, Sally Hawkins o Ken Watanabe son intérpretes de sobrado talento y por desgracia no llevan sus roles más allá del papel escrito aunque cumplan lo mínimamente exigido. Curiosamente el más flojo del equipo artístico es Aaron Taylor-Johnson, que aún estando a la altura en lo que a fisicidad se refiere a la hora de dar alas al dramatismo que requiere su trabajo, el del protagonista principal nada más y nada menos, no está a la altura transmitiendo poca versatilidad y cierta apatía. Mejor que él está Elizabeth Olsen que se entrega más y sabe transmitir las (simples) inquietudes sentimentales de su personaje, aunque poco puede hacer con los pocos minutos de metraje que tiene en pantalla con una presencia tan tangencial en la historia que Gareth Edwards y sus guionistas nos están relatando.




Por suerte Godzilla se confirma como un triunfo prácticamente total que aunque es consciente de su poca relevancia cinematográfica como producto de consumo rápido quiere ir más allá con ciertos apuntes politicos que nos hablan de nuestra situación actual como sociedad por medio de referencias al pasado. Por el camino se confirma el talento de Gareth Edwards para ejecutar un potente ejemplo de kaiju en particular y monster movie en general y el cariño por parte de sus creadores hacia este género de origen japonés (la inclusión de cierta estética oriantal a la puesta en escena, tomar a Tokio como epicentro de la acción del largometraje y el añadido del rol de Ken Watanabe son todos aciertos tan meritorios como elegantes) que influyó en la impronta de tantos autores cinematográficos y espectadores que quedaban fascinados con esos monstruos de plástico destruyendo edificios a escala hechos de cartón piedra en films que los hacían soñar con otros mundos, tan aterradores como fascinantes. El éxito de esta Godzilla de 2014 está confirmado con un número en taquilla a nivel mundial y la confirmación de que se ha dado luz verde a la secuela. Sólo el tiempo nos dirá cuándo volveremos a ver al Rey Monstruo demostrándonos que el hombre no controla naturaleza sino que es la naturaleza que que nos tiene sometidos a nosotros.



martes, 13 de mayo de 2014

The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro



Título Original The Amazing Spider-man 2: Rise of Electro (2014)
Director Marc Webb
Guión Alex Kurtzman, Roberto Orci, James Vanderbilt, Jeff Pinkner
Actores Andrew Garfield, Emma Stone, Jamie Foxx, Dane DeHaan, Felicity Jones, Paul Giamatti, Sally Field, Embeth Davidtz, Colm Feore, Campbell Scott, Denis Leary, Marton Csokas, Sarah Gadon, Chris Zylka, Martin Sheen, Chris Cooper, Mark Doherty, Stan Lee






A día de hoy la productora Sony Pictures posee los derechos cinematográficos de Spider-man, el personaje de Marvel Comics creado en por Stan Lee y Steve Ditko en el año 1962. Gracias a esto pudo explotar durante la pasada década una trilogía basada en las aventuras del alter ego superheróico de Peter Parker a manos de Sam Raimi (Evil Dead, Arrástrame al Infierno) que nos ofreció tres films, dos de ellos para el recuerdo (sobre todo el segundo) y un tercero fallido que dio al traste con una cuarta parte. Los jefazos de Sony decidieron pues que en 2012 estrenarían un reinicio de las andanzas del Hombre Araña con unos equipos técnico y artístico distintos a los de la anterior saga principalmente para no perder los derechos del personaje.




El director encargado de llevar a imágenes (una vez más) el génesis de Spider-man fue desconcertantemente Marc Webb, el director de la celebrada comedia indie (500) Días Juntos y los actores que se ocuparon de protagonizar el largometraje fueron Andrew Garfield (La Red Social, El Imaginario del Dr Parnassus) y Emma Stone (Gangster Squad, y Bienvenidos a Zombieland) entre otros secundarios como Martin Sheen, Sally Field o Rhys Ifans que dieron vida a los tíos Ben y May Parker y al villano de la velada, el Dr Curt Connors, alias el Lagarto de manera respectiva. El resultado de The Amazing Spider-man fue recibido con una considerable desigualdad. Unos veían por primera vez al auténtico Spider-man en pantalla y otros rechazaron tajántemente la atropellada, caótica e insípida visión que Marc Webb dio del trepamuros. Por desgracia un servidor se encontraba en este segundo bando.




Al haber sido una de esas (no pocas) personas que se habían quedado considerablemente decepcionados con esta nueva versión del personaje de cómics estandarte de la Casa de las Ideas mis reticencias e ideas prejuiciosas hacia esta segunda entrega no fueron pocas o intrascendentes. Por eso no di crédito el pasado miércoles cuando salí de los multicines de mi localidad, no ya bastante satisfecho con la película que acababa de ver, sino convencido de que había asistido a una de las mejores cintas con nuestro amistoso vecino de New York como protagonista y la más lograda desde aquella Spider-man 2 de 2004 a manos de Sam Raimi que a día de hoy no ha perdido nada de su encanto y buen hacer delante y detrás de las cámaras, aunque eso sea otra historia.




En The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro parece como si Marc Webb y su equipo de guionistas se hubieran parado a analizar concienzudamente todo lo que fallaba en la anterior entrega para convertir esos errores en aciertos que hicieran que esta segunda entrega se transformara en una película mucho más compacta, conseguida en todos los aspectos y satisfactoria tanto para el espectador experto en los cómics del personaje como para el néofito en esas lides. Lo ofrecido es una cinta de superhéroes cargada hasta arriba de acción, humor, romance, villanos bien perfilados, épica alternada con crepuscularidad así como momentos descacharrantes por su sorna y otros dramáticos muy conseguidos. Pero sobre todo tenemos por fin a la caracterización de Spider-man más fiel a los cómics que hemos podido ver en imagen real, aunque no así la mejor película sobre el personaje que para el que suscribe sigue siendo la ya mencionada Spider-man 2 con Tobey Maguire, Kristen Dunst, Alfred Molina y James Franco como protagonistas.




Uno de los aciertos de The Amazing Spider-man era que la acción estaba competentemente realizada. En esta segunda entrega Marc Webb le ha cogido el tono a las coreografías de lucha, persecución y malabarismos y nos regala algunos de los momentos técnicos más logrados jamás vistos en una producción cinematográfica de Spider-man. Porque si en cualquiera de las cinco películas sobre el personaje era un verdadero placer ver al superhéroe de los leotardos rojos y azules balancearse por los rascacielos de la ciudad que nunca duerme nunca lo ha hecho de una manera tan realista, prodigiosamente rematada y ejecutada como en The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro. Peleas, carreras automovilísticas a toda velocidad y batallas aéreas cuerpo a cuerpo de todo tipo dan como resultado pasajes brutales como el que abre el largometraje, el que tiene a Electro como epicentro en pleno Time Square, el del clímax final o el que cierra a modo de epílogo el film.




Pero lo mejor es que por fin esas escenas están protagonizadas por un Spider-man completamente deudor de los cómics. En las viñetas cuando nuestro amigo Peter Parker se enfunda el uniforme arácnido y se enfrenta a criminales de toda ralea no para de hacer comentarios irónicos u ofensivos contra sus rivales para desmoralizar a los mismos en pleno combate. Esto fue prácticamente obviado por Sam Raimi en su trilogía y Marc Webb trató de recuperarlo en su primera incursión en las correrías del personaje, pero no consiguiéndolo del todo a pesar de lo encomiable de sus intenciones. Ha tenido que ser esta The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro la que nos confirme (como bien dice mi compañero Jordi T. Pardo en su excelente crítica sobre el film en la web Zona Negativa) que sí podemos ver en imagen real a un Spider-man que no para de hacer chistes entre golpe y golpe asestados a cacos o los habituales miembros de su galería de supervillanos.




Pero es que hasta la cansina, demasiado naif y bastante pacata relación sentimental de Peter Parker y Gwen Stacy merora en esta entrega gracias a que el guión dedica más tiempo a que la interacción mutua ente los dos roles sea más realista y a que los actores ya sí, definitivamente, se encuentran en su salsa con sus papeles. Andrew Garfield está brillante con y sin máscara, en su versión pijamera está irónico, ágil, verborréico y carismático y en la civil ha dejado el monopatín y la sudadera con gorra que no pegaban ni con cola con el personaje y ha incidido en su faceta de genio de la física y chico algo retraído, pero nunca estúpido. Ella confirma su dulzura, aire pizpireto y sentido de la individualidad, aunque al final del film se vuelve irritantemente temeraría. Más tarde descubrimos que todo tiene sentido cuando asistimos a cómo Webb y sus escritores quieren coronar la película recreando aquel mítico clímax del The Amazing Spider-man número 121 a manos de Gerry Conway y Gil Kane que marcaría un importante punto de inflexión en el mundo del cómic.




De los villanos poco malo se puede decir más allá de que cumplen la tradición de que (casi) todos los diseños de las traslaciones a imagen real de los enemigos de Spider-man escupen en los tradicionales vistos en las viñetas (ayer mismos salió a la luz uno del Rinho mucho más fiel a los cómics y que estúpidamente fue descartado para la película) porque por suerte nada de la insipidez y poco aprovechada inventiva del Lagarto de la primera entrega puede verse en esta segunda parte. Casi todo el peso recae en el Electro que borda Jamie Foxx (aunque cuando interpreta a Max Dillon antes de conseguir sus poderes recuerda demasiado al Edward Nigma previo a conversion en el Acertijo de Jim Carrey en Batman Forever de Joel Schumacher) y que tiene la estética de la versión Ultimate del personaje pero también tiene vital importancia el Harry Osborn/Duende Verde de un muy convincente Dan DeHaan que sabe transmitir la inestabilidad mental que demanda su interesante rol. A ellos habría que sumar al inicio y cierre del film la aparición espisódica (muchos actores aparecen a modo de cameo en la película como Martin Sheen, Chris Cooper, Denis Leary, Sarah Gadon o el indispensable Stan Lee) pero tan memorable como simbólica de Paul Giamatti en metalizada piel de Rinho que no queda mal en pantalla aunque no tenga casi nada que ver con el de los tebeos.




The Amazing Spider-man 2: El Poder de Electro merece mucho la pena. Aunque al igual que su predecesora ha recibido opiniones muy polarizadas tanto por parte del público como de la prensa espcializada un servidor se posiciona esta vez a favor de los que han disfrutado casi al 100% con la película de Marc Webb. Porque por suerte a cada fallo de la obra como saltarse una generación del Duende Verde ( pero por suerte también blasfemias como sagas Pecados del Pasado) que nos encontramos por el camino nos ofrecen el doble de aciertos, entre ellos guiños al Doctor Octopus, el Buitre, la mención a ciertos "seis villanos" que en un futuro darán mucho que hablar la presencia de Felicia Hardy (la futura Gata Negra), y sobre todo la confirmacion de esa ineludible máxima que confirma que ese gran poder que conlleva una gran responsabilidad siempre será para Spider-man, y sobre todo Peter Parker, tanto un don como una maldición. Esa es la esencia del personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko y por muchas años que pasen nunca debe ignorarse si queremos que siga siendo un icono ineludible de la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX y la primera del XXI.