lunes, 31 de marzo de 2014

Capitán América (1990), tu vuo’ fa’ ll’americano



Título Original Captain America (1990)
Director Albert Pyun
Guión Stephen Tolkin y Laurence Block basado en el personaje de Joe Simon y Jack Kirby
Actores Matt Salinger, Ronny Cox, Scott Paulin, Ned Beatty, Darren McGavin, Michael Nouri, Kim Gillingham, Melinda Dillon, Bill Mumy, Francesca Neri, Norbert Weisser, Garette Ratliff Henson, Thomas Beatty, Jason Brooks




El descomunal éxito de la adaptación que Tim Burton dirigió en 1989 con Batman, el personaje creado en 1939 por Bob Kane y Bill Finger, de protagonista trajo tras de sí tantas cosas buenas como malas, algunas terriblemente malas. Dentro de estas últimas destaca algo que en principio no debía ser una idea negativa como era llevar a imágenes las aventuras de muchos de nuestros personajes de DC y Marvel que llevábamos años siguiendo desde las viñetas. Pero esa fiebre también dio pie a que todo hijo de vecino con una productora de tres al cuarto creyera que tenía los medios y aptitudes necesarias para realizar cine de superhéroes. Así fue como nació el primer largometraje para la pantalla grande protagonizado por el Capitán América allá por el lejano 1990. 




Que en la producción del proyecto estuviera implicado el israelí Menahem Golan, padre de la inefable Cannon Films que financiara muchos de los films de action heroes de la era Reagan como Silvester Stallone, Jean Claude Van Damme, Chuck Norris o Dolph Lundgren, no presagiaba nada bueno, pero que decidieran poner a los mandos de la realización a Albert Pyun (hijo espiritual de Ed Wood y padre putativo de Uwe Boll) al que le debemos obras como Kickboxer 2 y 4 o Cyborg (su posiblemente mejor film, que no es decir mucho) reducía todavía más las esperanzas de ver una buena película sobre el Centinela de la Libertad. Su reducido presupuesto y reparto de baratillo en el que destacaban un par de veteranas estrellas en decadencia terminaron por poner los clavos en el ataúd de lo que supuso la primera experiencia de Steve Rogers con el mundo del séptimo arte incluso antes de su estreno.




El Capitán América de 1990 es un detritus fílmico tan terriblemente pobre y ridículo en todos los aspectos que ni abordada desde la sorna o la oda a la cutrez por la pura diversión puede ser disfrutada. En su momento supuso una co producción yugoslavo-americana ¿¿?? rodada en Italia, lo que llevó a situar la mayor parte de la trama del largometraje en aquellas tierras… porque sí, no porque la historia lo exigiera. Los decorados son de una austeridad alarmante, los secundarios parecen sacados de una película softcore (señal inequívoca de esto que comentamos es la presencia como “villana” de una Francesca Neri que ese mismo año visitió nuestro país para rodar Las Edades de Lulú, la adaptación que el fallecido Bigas Luna realizó de la novela homónima de Almudena Grandes) del entrañable director del género Joe D’Amato y el actor que da vida a Steve Rogers, Matt Salinger, parece un galán de soap opera yanqui entrado en años, demasiados. 





Pero lo peor de la velada (junto a los diálogos que mencionaremos más tarde) es el apartado técnico del producto que incluso para su época era lo más bajo de lo más bajo. Si la dirección de Albert Pyun es chafardera, cutre, carcajeante (esos primeros planos subliminales del escudo con los que nos ametrallan durante todas las escenas de acción) lo del montaje ya es de traca.  Posiblemente estemos con esta Capitán América de 1990 ante la peor edición de la historia del cine, con una concatenación de imágenes sincopadas que llegan a producir dolor de cabeza a un espectador que queda totalmente convencido de que el LSD circuló por la sala de montaje de la película para descubrir finalmente que tal abuso de cortes y más cortes no sirve para camuflar que el escudo está hecho de un material plástico que haría parecer vibranium al de cualquier cosplay de un salón del cómic estandar, que los especialistas de escenas de riesgo fueron contratados en una agencia apunto de meterse en un expediente de regulación de empleo inminente o que el director y su equipo técnico no pudieron disimular que tenían un presupuesto que no podría pagar ni el catering de una producción de las llamadas grandes de aquellos primeros años 90.




Lo de la fidelidad a los cómics es curioso y digno de ser analizado. Porque si por un lado el origen del personaje se ciñe bastante a lo acontecido en las viñetas, con respecto a lo de su personalidad sólo caben dos opciones: 1 Los guionistas se fijaron en los primeros años del personaje cuando todavía era bastante “expeditivo” o 2 No habían leído una historieta del Primer Vengador en su vida y así lo reflejaron en pantalla. Este Capitán América de 1990 fuma, roba coches (¡hasta en dos ocasiones, a personas de confianza y para huír de ellos!) mata (y no en el fragor de la batalla, no, en plena pelea y sin miramientos) y parece adaptarse más bien pronto al futuro tras ser rescatado del hielo. Memorable es también lo del Cráneo Rojo que tras una génesis mal expuesta, una presentación como villano más bien pobre, con pelea cutre con el protagonista, pasa a ponerse una máscara que le hace parecer a Al Pacino en Dick Tracy (o el Sean Penn en Gangster Squad que viene a ser lo mismo) para no volver a aparecer en todo el metraje con su característica calavera. 




Finalmente nota aparte para el patriotismo recalcitrante (alejado del más atenuado y naíf de la versión de Marvel Studios) reflejado no sólo en el protagonista, también en ese presidente al que da vida Ronny Cox (Robocop) y que se mueve entre el hippismo politico y la violencia física que lo muestra como el precedente más claro de superpresidentes fílmicos como el de Harrison Ford en Air Force One de Wolfgang Petersen o el de Bill Pullman en Independece Day de Roland Emmrich. Esta poco recordada (y con motivo) producción, que en España se estrenó directamente en el nostálgico mercado del VHS, se puede resumir en sus inintencionadamente cómicos diálogos. Perlas tales como: “Perdona, es que te quiero mucho”, “Mata unos cuantos por mí, Steve”, “¡Vamos a ver si tu corazón es más fuerte que mi odio!” o la más destacada “Puede que no sea Superman pero para el mundo será el símbolo viviente de lo representa América” hablan por sí solas y nos confirman el motivo por el que este engendro, tan de Serie Z que hace que la B parezca A, esté encerrado bajo llave en el cajón del olvido.



viernes, 28 de marzo de 2014

True Detective: Primera Temporada, en las montañas de la locura



“Todo era el mismo sueño, un sueño que tenías en una habitación cerrada, un sueño sobre ser una persona y como en muchos sueños hay un monstruo al final de él”
Rust Cohle




En abril de 2012 la cadena americana de televisión por cable HBO acordó con el escritor y guionista Nic Pizzolatto (The Killing) y el director Cary Joji Fukunaga (Jane Eyre) la creación de la primera temporada de ocho episodios de una serie de corte policíaco que al igual que otros programas catódicos como la romcabolesca American Horror Story adoptaría el formato de antología, o lo que viene a ser lo mismo, que cada temporada sería independiente, relataría una historia diferente (aunque todo apunta a que unas estarán conectadas de alguna manera con otras) y contaría con un reparto distinto. Así nació True Detective, la serie sensación de lo que llevamos de este 2014 que nos ocupa.




Esta primera entrega de ocho episodios está protagonizada por el recientemente oscarizado actor tejano Matthew McCounaghey (Dallas Buyers Club, El Lobo de Wall Street) y el no menos talentoso Woody Harrelson (El Escándalo de Larry Flint, Asesinos Natos, No Es País Para Viejos) que estaban tan seguros de la calidad del producto en el que se iban a implicar como actores que incluso llegaron ambos a ejercer como productores ejecutivos junto a Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga. De manera bastante atípica esta primera temporada de True Detective está escrita y dirigida en su totalidad por los creadores de la misma, algo poco habitual en la televisión americana, que normalmente ofrece productos en los que el creador de la obra escribe el episodio piloto (y puede que los dos o tres siguientes) para que un director ducho en el mundo de las series o un cineasta reputado lo ruede para darle el tono y la puesta en escena que después otros realizadores tomarán como punto de partida para el desarrollo estilístico del programa.




True Detective ha sido un rotundo éxito, con sus tres primeros episodios no hizo demasiado ruído, pero el cuarto (y su potente plano secuencia que ha sido visto por toda la red) ya dio muestras esclarecedoras sobre la calidad de la última creación de la HBO. Capítulo a capítulo la odisea de los agentes Marty Hart y Rust Cohle por los recovecos más oscuros del estado Lousiana ha ido ganando adeptos que se han enganchado al tono tenebrista y enfermizo de su alambicada trama llena de referencias fílmicas, literarias (e incluso del mundo del noveno arte como ha confesado el mismo Nic Pizzolatto) llegando a un memorable último episodio que ha batido récords de audiencia para la cadena que emite el programa en cuestión. En España esta devoción (en ocasiones casi obsesiva, ya sabemos como son los fans que son capaces de diseccionar de manera concienzuda hasta el úlitmo detalle) también se ha dejado notar saltando hace poco la noticia de que incluso en cines de Madrid y Barcelona se realizaron maratones para ver en sesión continua los ocho magníficos episodios que dan forma a esta primera temporada.




Nic Pizzolatto y Cary Joji Fukunaga han conseguido en una sola temporada de su serie lo que hasta a Vince Gilligan le costó dos o tres con la pletórica Breaking Bad. Convertir su proyecto en un producto de culto, un fenómeno que ya arrastra una más que considerable horda de fans a nivel mundial que bebe los vientos por el programa, sus personajes y el microcosmos que han ido diseñando sus dos creadores a lo largo de sus ocho compactos episodios. True Detective es mucho más que un drama o thriller policíaco, ya que como obra principalmente hunde sus raíces en visiones del mal primigenio que van desde el imaginario lovecraftiano (la referencia directa al autor de Providence con Carcosa) hasta la ofrecida por David Lynch y Mark Frost en la mítica Twin Peaks (esa Logia Negra extendiendo su diabólica influencia a lo largo del pueblo homónimo o de Deer Meadow en la película precuela/secuela para la pantalla grande por medio de la presencia del espíritu errante Bob). Con una estructura narrativa deudora de Sospechosos Habituales de Bryan Singer y Christopher McQuarrie con la que comparte el relato por medio de flashbacks durante un interrogatorio policial para dar con un brutal asesino que tiene no poco de leyenda o mito y aunando la mirada del David Fincher de Seven o Zodiac (asesinatos ritualistas de corte religioso, un criminal sin rostro, obsesivos agentes de la ley investigando el caso que ven menguar hasta su salud por la implicación en el mismo) con el árido nihilismo y existencialismo desencantado del Cormac McCarthy. de No Es País Para Viejos.




Director y guionista (creadores ambos del programa en su totalidad) nos afirman como narradores que hay algo aterrador, algo impío en la América retratada en esta True Detective que nos ocupa, como si anidara en su interior una criatura bífida y reptante, al acecho, siempre a punto de mostrar sus fauces para devorarnos vivos. Esa Louisiana profunda de paisajes lacónicos y apagados hasta cuando la naturaleza se muestra en todo su esplendor apesta a bar de carretera, a pesticida, a cadáver en descomposición, a podredumbre económica y moral, a fundamentalismo religioso e industrialismo anticuado y obsoleto. Una localidad anclada en un pasado (como la que se retrataba en ese clásico llamado La Matanza de Texas del hoy muy olvidado Tobe Hooper, obra a la que nos retrotrae estéticamente esa casa atestada de inmundicia que ocupa gran parte de la trama central del último episodio) que sirve como perfecto caldo de cultivo para el nacimiento de una secta satánica de depravados sexuales cuyo posible origen está en una iglesia con un líder pedófilo o la forja de un criminal tan retorcídamente enfermo que trasciende del plano terrenal antojándosenos su procedencia, por inhumana e irreal, como localizada en una dimensión paralela aposentada en la más pura esencia del mal como concepto.




Pero si de trascendencia tuviéramos que hablar, de encontrarse en un nivel superior (no por ello más cómodo o asentado en una realización personal o existencial y si más bien visto como una tortura física o psicológica) a sus semejantes tendríamos que hablar de Rust Cohle, el detective perfecto que habita en la pura imperfección humana. El pletórico Matthew McCounaughey, que lleva años ofreciéndonos papeles remarcables, aborda esta criatura tortuosa, distante y asocial con una cantidad de recursos interpretativos sencillamente impresionante. Con un tono que se mueve entre lo mesíánico y lo demencial (no sabiendo muchas veces cuando habla donde empieza el uno y acaba el otro) Rust quedó reducido a una entidad primaria cuando su hija pequeña murió, su matrimonio por ello se rompió y decidió entregarse en cuerpo y alma a su única vía de escape, su trabajo, el mismo que le vampiriza y va poco a poco quitándole la vida. Por otro lado estaría Marty Hart, al que pone voz y cuerpo un no menos brillante Woody Harrelson. Marty es la representación del americano medio, un hombre que de cara a la galería se muestra como tradicional, conservador, amigo de sus amigos y sobre todo familiar. Pero la doble moral típicamente estadounidense no tarda en mostrarse para descubrirnos que el agente Hart es un marido infiel, un padre de métodos expeditivos capaz de golpear a los novios de sus hijas, uno individuo de moral reprobable que mira por el encima del hombro la existencia desencantada de su compañero de trabajo creyéndose en una posición superior a la de este por el simple hecho de tener una vida idílica que iremos descubriendo que no lo es tanto.




Con una estructura narrativa compleja y meticulosa (con hechos que tienen lugar en 1995, 2002 y 2012 por medio de flashbacks y quiebros de guión totalmente justificados) un apartado técnico mesurado, profesional y con algún momento brillante (el famoso plano secuencia que cierra el cuarto episodio) cohesionados por la implicación exclusiva de los dos creadores del producto sin que nadie más ajeno al proyecto interceda entre ellos True Detective ha puesto su primera y sólida piedra para ir construyendo un más que prometedor futuro. Nos encontramos ante una obra multireferencial y metaficcional que bebe no sólo del cine o la literatura, también como ha confesado el mismo Nic Pizzolatto del mundo del cómic, algo nada descabellado si tenemos en cuenta que el tono de la serie y su contexto nos remiten continuamente a varias de las obras que cimentaron el buen nombre del sello Vertigo de DC o a trabajos en viñetas fuertemente influenciados por la pluma del escritor norteamericano H. P. Lovecraft como el díptico The Courtyard/Neonomicon escrito por Alan Moore y dibujado por Jacen Burrows para la editorial Avatar Press o Fatale, la colección de Image ideada por Ed Brubaker y Sean Phillips que amalgama la tradición del relato noir con la temática sobrenatural poblada de milenarias criaturas multiformes veneradas por sociedades secretas de corte satanista propias del creador de La Sombra Sobre Innsmouth o Dagon. Ahora habrá que ver qué tal le van las cosas a Nic Pizzolato y Cary Joji Fukanaga (esperemos que este último no abandone el proyecto, su trabajo en la realización de los ocho episodios ha sido sobresaliente) sin Rust y Marty como protagonistas y narrándonos otras historia distinta. Esperemos que el resultado esté a la altura, empresa nada sencilla, porque el listón lo han dejado por las nubes.



jueves, 27 de marzo de 2014

Ocho Apellidos Vascos



Titulo Original Ocho Apellidos Vascos (2014)
Director Emilio Martínez Lázaro
Guión Borja Cobeaga y Diego San José
Actores Clara Lago, Dani Rovira, Carmen Machi, Karra Elejalde, Alfonso Sánchez, Alberto López, Aitor Mazo





Ahora que el pelotazo está confirmado, que ha reventado la taquilla (y veremos la que puede armar con la Fiesta del Cine desde el 31 de marzo al 2 de abril) que ya se habla tanto de fenómeno social como de una futura secuela un servidor fue ayer a ver la última película de Emilo Martínez Lázaro en una sala que se quedó casi sin butacas (desde el año 1994 con Los Picapiedra no me tocaba estar en las primeras filas de un cine). Mi decisión tenía que ver tanto con lo bien que se hablaba desde un principio del largometraje como por el boca/oreja de gente cercana que me la recomendaba encarecidamente. Lo visto ayer fue una comedia bien rematada, dirigida con oficio, interpretada por unos actores memorables y sobre todo escrita con un sentido del humor para quitarse el sombrero.




Ocho Apellidos Vascos tiene un punto de partida directo y sencillo: Chica vasca que no aguanta a los andaluces pasa noche con chico sevillano lleno de prejuicios hacia Euskadi aunque sin consumar por culpa del estado etílico de la muchacha. A la mañana siguiente ella marcha sin decir nada y él, enamorado hasta las trancas, va a buscarla al País Vasco con la excusa de devolverle el bolso que se dejó en su apartamento. Alli ambos se verán envueltos en un lío que implicará que Rafa (Dani Rovira) tenga que camuflar su acento de Sevilla para hacerse pasar por Antxon, un joven vasco para que Koldo (Karra Elejalde), el padre de Amaia (Clara Lago), crea que su retoña va a casarse con un verdadero "chicarrón del norte". En su hazaña Rafa recibirá la ayuda de Mercedes (Carmen Machi) que se hará pasar por su madre para que todo el rocambolesco entramado tenga algo de credibilidad.




El punto de partida es el típico de una comedia romántica de enredo, pero es su contexto y subtexto social (en el que agradecidamente no se ahonda con dramatismo y si desde la sorna por el choque cultural que supone el mismo) el que la hace atípica y original. De poner en una mesa todos los tópicos y clichés sobre Andalucía y Euskadi y volarlos por los aires riéndose de ellos o utilizándolos para hacer mofa no con el "prejuicio" sino con el "prejuicioso" se ocupan dos cracks como son el donostiarra Borja Cobeaga y el guipuzcoano Diego San José, socios profesionales desde que ambos colaboraran en Pagafantas y No Controles, los dos divertidos largometrajes del primero detrás de las cámaras, aunque ambos se habían curtido en programas de humor míticos como Vaya Semanita o Qué Vida Más Triste, este último naciendo como webserie para pasar al tubo catódico más tarde con considerable éxito.




Ellos son, en gran parte, los responsables de que Ocho Apellidos Vascos se convierta en un torrente interminable de chistes por minuto que no dan un respiro al espectador. Partiendo como base de que supuestamente los vascos ven a los andaluces como un atajo de fiesteros vagos que sólo viven para echar la siesta y bailar sevillanas o que en teoría los del sur miramos a nuestros vecinos del norte como brutos garrulos violentos y propensos al terrorismo Cobeaga y San José inciden en la ignorancia tanto de unos como de otros que se ven cegados por prejuicios y tópicos que o no son ciertos o se exageran en demasía. Sería de necios negar que los guionistas utilizan esos clichés para hacer mofa, pero siempre poniéndolos en boca de personajes que realmente tienen una manera de pensar bastante cerril que el espectador en ningún momento puede tomarse en serio.




Andaluces que creen que si una chica vasca visita Sevilla es para buscar "un piso piloto" para formar un comando y cuyas dotes para la violencia callejera son tan notables que puede hacer con cóctel molotov con una botella de batido de chocolate. Vascos que piensan que en Andalucía todos vestimos de gitano/a bebemos rebujito y vivimos en una interminable feria a ritmo de Sevilla Tiene Un Color Especial de Los del  Río, eso siempre que no estemos echando la siesta o cobrando el PER. Martínez Lázaro en la dirección y Cobeaga y San José en el guión apuntan todo esto para dar forma a gags logradísimos en los que un chico de Sevilla tiene que dar un discurso independentista en euskera sin tener ni puta idea de cómo hacerlo o una chica de Euskadi vestida de flamenca acaba mentando a la madre del ya mencionado muchacho sevillano después de hacer este un par de chistes sobre vascos en medio de un bar andaluz hasta el tuétano.




Pero para que este guión lleno de ingenio y diálogos ágiles dé lo mejor de sí mismo en pantalla se necesita un reparto que esté a la altura y el de Ocho Apellidos Vascos es otro de los mayores aciertos de la velada. En un rincón, con polo Ralph Lauren, jersey al cuello como si saliera de un mitín de las juventudes del PP, gomina para parar un tren, un acento sevillano que tumbaría de espaldas a Joan Puigecercós tenemos a Rafa, un andaluz de pura cepa costalero de trono y hermandad, misa los domingos, chiste (o piropo) siempre en la boca y sevillanas en el politono del móvil. En el otro rincón con irregular corte de pelo (con la estética capilar abertzale ya se hacía mofa en los tiempos de Vaya Semanita y con resultados descacharrantes), mechas azules, diadema en la frente y pañuelo palestino en el cuello, Amaia, una chica más vasca que Sabino Arana y tan tierna por dentro como dura de pelar en el exterior.




A ellos les dan vida el actor y humorista malagueño Dani Rovira forjado en las filas de Paramount Comedy y la actriz madrileña Clara Lago, una chica que es la naturalidad personificada cuando sabe elegir buenos papeles que es la mayoría de las veces. La química se hace inevitable cuando ambos comparten plano, se nota el buen rollo (ella varias veces trata de aguantarse la risa sin conseguirlo siempre), que ambos intérpretes se entendían y caían bien, ya que tanto en las escenas de sexo como en las de peleas parecemos estar asistiendo a la odisea de dos personas que realmente han conectado en un plano emocional y para sí hubiera querido Mario Casas dar tan bien en el encuadre con Clara Lago en Tengo Ganas de Ti como lo hace Dani Rovira en Ocho Apellidos Vascos, porque con Rafa te irías sin dudarlo a tomar unas cañas, pero es que a Amia te la llevarías a casa directamente.




Entre los secundarios de más peso tenemos a un pletórico Karra Elejalde haciendo por fin una comedia que está a la altura de sus dotes para el humor (aunque a mí donde este hombre me parece un fuera de serie es en el drama, no hay más que verlo en La Madre Muerta, Los Sin Nombre o También la Lluvia) y una Carmen Machi que no necesita a estas alturas convencernos de que es una actriz cómica impagable. Dentro de roles más episódicos tenemos por parte del norte a varios de los miembros de Vaya Semanita o Qué Vida Más Triste dando vida a poco avispados miembros de la Kale Borroka (Lander Otaola) o simpáticos autobuseros (Santi Ugalde) y por el sur a los impagables Alfonso Sánchez y Alberto López, cabezas pensantes (y parlantes) detrás de la divertidísima El Mundo es Nuestro (de la que se avecina una secuela titulada El Mundo es Suyo que pinta igual o mejor que su predecesora) que aquí dan vida a  los amigos de Rafa y que lo único malo que se puede decir de ellos es que no tienen más minutos en pantalla.




Momentos memorables los hay desde el arranque hasta el momento inintencionadamente kaleborrokero con el contenedor, la cena de Rafa con Koldo y Amia en la que acaba vomitando por todo lo que come y en la que pasa una odisea para entrar en "su casa", el momento en el que el personaje de Karra Elejalde empieza a "escuchar sevillanas", todo lo que abarca el grueso de la manifestación en la que Rafa toma la palabra con el megáfono, la confesión con el sacerdote interpretado por un descacharrante Aitor Mazo, cuando Koldo descubre finalmente quién es Anne investigando su casa, el pasaje en la herriko taberna, la llegada de los personajes de Alfonso Sánchez y Albero López con chapela a la boda y todos y cada uno de los momentos en los que el protagonista de Dani Rovira tiene que forzar su falso acento vasco.


 


Ocho Apellidos Vascos es la mejor comedia de Emilio Martínez Lázaro, un señor que aunque ha rodado varios dramas (Las 13 Rosas, La Voz de Su Amo) es ducho en el humor consiguiendo bastante éxito durante la década pasada con El Otro Lado de la Cama y su secuela, Los Dos Lados de la Cama dentro de este género. Pero es con esta armoniosa conjunción entre Luis García Berlanga y Rafael Azcona (salvando las distancias, evidentemente) con Fernando Colomo o Daniel Sánchez Arévalo (en más de un momento pensé en la deliciosa Primos, que también contaba con Clara Lago en sus filas) pilotada por un reparto y unos guionistas intachables donde ha dado lo mejor de sí como cineasta. El hecho de que a estas alturas se puedan hacer películas brutalmente exitosas (en Euskadi está gustando mucho y aquí en Andalucía puedo dar fe que lo está petando) como esta abordando con humor temas que hasta hace poco eran tabú es síntoma de algo está cambiando en España y por suerte para bien, aunque haya algún resentido aislado no opine lo mismo.



miércoles, 26 de marzo de 2014

Dallas Buyers Club, drugstore cowboy



Título Original Dallas Buyers Club (2013)
Director Jean-Marc Vallée
Guión Craig Borten, Melisa Wallack
Actores Matthew McConaughey, Jennifer Garner, Jared Leto, Steve Zahn, Dallas Roberts, Denis O'Hare, Griffin Dunne, Kevin Rankin, Lawrence Turner, Jonathan Vane






Dallas Buyers Club ha supuesto la confirmación y punto culminante del resurgir de la carrera del actor tejano Matthew McConaughey que hace dos semanas le llevó a ganar el Oscar con el papel protagonista que interpreta en la película que nos ocupa en esta entrada. Cuando a mediados de los 90 empezó a sonar como joven promesa con films como la menor pero recuperable Amistad de Steven Spielberg, la interesante adaptación que Robert Zemeckis realizó de la novela Contact de Carl Sagan o aquel dechado de demagogia llamado Tiempo de Matar con el que Joel Schumacher adaptaba la novela homónima de John Grisham no fueron pocos los que tildaron al, por aquel entonces, joven intérprete de “el nuevo Paul Newman“. Tras ese primer éxito vino la gradual debacle en la que se vería sumergido, no sólo como actor, sino también como personaje público con varios escándalos como cuando en 1999 fue detenido puesto hasta el culo de marihuana mientras tocaba los bongos a horas intespetivas en su casa. Tras intervenir en proyectos interesantes como la curiosa pero moralmente cuestionable Escalofrío de Bill Paxton o aquella deliciosa pasada rosca apocalíptica llena de fuego, dragones y bomberos musculados llamada El Imperio del Fuego de Rob Bowman tomó la errónea decisión de meterse en todo tipo de comedias románticas compartidas con actrices como Jennifer Lopez, Kate Hudson, Sarah Jessica Parker o una Jennifer Garner con la que repite ahora en Dallas Buyers Club.




Pero algo sucedió en 2011 que le hizo reconducir sabiamente su carrera cuando ya parecía encasillado en roles de guapo encantador pero con poco cerebro. Realmente no sabemos si lo que tuvo fue una epifanía a lo Rust Cohle o si cambió de camello representante pero desde que realizó Bernie con Richard Linklater ha ido encadenando una papel memorable tras otro. Él era lo mejor de la fallida Killer Joe de William Friedkin y Tracy Letts, intervino en la alabada tercera película de Jeff Nichols, Mud, puso rostro uno de los strippers de Magic Mike de Steven Soderbergh, ha sido solicitado por Martin Scorsese y Christopher Nolan para intervenir los últimos films de ambos y ha acertado de pleno en el mundo de la televisión al protagonizar junto a su amigo Woody Harrelson esa magnífica True Detective de la HBO de la que todo el mundo habla. Pero ha sido con esta Dallas Buyers Club dirigida por el canadiense Jean-Marc Vallée (C.R.A.Z.Y, Café de Flore) con la que ha recibido el reconocimiento unánime tanto del público como de la prensa especializada ganando un incontable número de premios internacionales culminando, como ya hemos comentado, con el Oscar al Mejor Actor Principal en la pasada gala del 2 de marzo.




Dallas Buyers Club está basada en hechos reales y su argumento narra la odisea que vivió el cowboy de rodeo tejano Ron Woodroof (Matthew McConaughey) cuando en 1986 al descubrir que tenía el virus del VIH decidió asociarse con un transexual (también seropositivo) llamado Rayon (Jared Leto) para crear un club clandestino que proporcionaba a todo tipo de enfermos medicamentos experimentales prohibidos en Estados Unidos pero legales en el extranjero. El problema es que el largometraje es un vehículo para el lucimiento de las dotes interpretativas de la imagen masculina de la marca Dolce y Gabanna y el cantante del grupo de rock 30 Seconds to Mars, pero poco más. La quinta obra detrás de las cámaras de quebequés Jean-Marc Vallée es una película con buenas intenciones, construida desde la sinceridad y la humildad tratando de contar una historia cercana, tan positiva como crítica en ciertos aspectos y se le agradece al director tanto la intención como la labor desempeñada para realizarla. El problema es que la historia en concreto ya nos lo han contado muchas veces y nos la conocemos al dedillo y el hecho de que esté basada en hechos reales por desgracia no es precisamente una virtud o algo que se posicione a favor del conjunto de la cinta o la confirmación de su verismo como retrato de los hechos que traslada a imágenes y de los que los autores han eludido bastantes aspectos importantes, como la bisexualidad del mismo protagonista o añadido otros como su supuesta homofobia que no era tal.




Porque precisamente con la obra que nos ocupa ni siquiera podemos hablar de “película de personajes” sino de “película de actores”. Por desgracia el guión con el que Graig Borten y Melisa Wallack han adaptado la vida de Ron Woodroof al cine es demasiado plano y recurre en demasía a lugares comunes relacionados con el cine de personas que padecen el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. Por un lado los roles de Ron y Rayon están demasiado estereotipados sobre el papel. El primero es un homófobo de manual que al descubrir su condición de seropostivo al principio se lo niega a si mismo para más tarde aceptarlo a regañadientes y empezar una relación de amistad con Rayon, con el que en primera instancia chocará por culpa de sus prejuicios encontrando después en él tanto un socio o aliado como un amigo. El segundo es un transexual simpático y extrovertido en la superficie que guarda en su interior a un persona castigada por años de rechazo (incluido el de su propio padre) e intolerancia al que su carácter autodestructivo le emparentará con Ron que se convertirá en una persona de vital importancia para él. Incluso la subtrama en la que se hace un retrato nada complaciente de los intereses de las empresas farmacéuticas es bastante simple y se sustenta en clichés que no la enriquecen como debieran dejándola en un apunte de guión importante para la narración pero indebidamente abordado. Hasta aquí al espectador le queda claro que ni Jean- Marc Vallée ni sus dos colaboradores a la escritura nos están contando nada que no nos explicaran previamente Jonathan Demme con Philadelphia, John Greyson con Paciente Cero o Randal Kleiser en Fiesta de Despedida aunque Dallas Buyers Club tenga un tono de cine independiente más marcado que la mayoría de esos films (algo más pacatos por culpa de su comercialiad a la hora de abordar el tema de la homosexualidad o la misma enfermedad que sirve de núcleo central al desarrollo del relato) y lo del “Club de Deshauciados”se revele como un detalle más o menos original.




De modo que como el guión no elude caminos varias veces transitados (aunque correctamente expuestos en la escritura), ni perfila personajes de una notable tridimensionalidad que los vuelva totalmente humanos para el ojo que visiona (de eso ya se ocupan los actores) ni la correcta dirección de Jean-Marc Vallée hace otra cosa que cumplir debidamente su cometido tanto en el (escueto) plano técnico como en el artístico a la hora de domar a su reparto es, como hemos comentado previamente, la labor actoral de sus dos protagonistas lo más interesante, acertado y sobresaliente de un proyecto como Dallas Buyers Club. Matthew McConaughey adelgazó más de 20 kilos para interpretar a Ron Woodroof y este tipo de transformaciones físicas sabemos que hacen salivar profusamente a los académicos, pero aunque la escualidez del tejano (más acentuada si cabe teniendo en cuenta que lo hemos visto como un hombre musculado en cientos de películas previas, sirva como ejemplo la ya mencionada El Imperio de Fuego en la que compartía plano con Christian Bale, otro aficionado a eso de darle dolores de cabeza a su endocrino cada vez que dice de prepararse a conciencia un papel) es más que notable es su labor de composición la que transmite la fragilidad, desesperación (la escena del llanto el coche es de los más sinceros y desgarrados que se han visto en mucho tiempo y sin regodearse la cámara en él en ningún momento) y deterioro físico (y moral) del personaje, pero nunca perdiendo su chulería, encanto y carisma. Algo parecido, pero desde otra perspectiva, sucede con el Rayon al que da vida Jared Leto. Obras como El Club de la Lucha, Requiem Por Un Sueño, El Señor de la Guerra, Alejandro Magno y sobre todo Las Vidas Posibles de Mr Nobody nos dieron muestras de lo que en Dallas Buyers Club es una verdad irrefutable, que nos encontramos ante una actor de una versatilidad mas que notable, con una cantidad de recursos interpretativos que todavía no han sido explotados y que toda la odisea vital que transmite con su personaje entre la autoaceptación y el rechazo, los golpes de humor y las lágrimas contenidas o la delicadeza y la fuerza de carácter merece el reconocimiento que ha recibido desde la puesta de largo del film hace más de un año. Secundarios como Jennifer Garner (Alias, Elektra) Dennis O’Hare (American Horror Story, True Blood) o Griffin Dunne (Un Hombre Lobo Americano en Londres, ¡Jo Que Noche!) cumplen su cometido y dan muestras buenas de profesionalidad, pero son impunemente devorados por los huracanes Matthew McConaughey y Jared Leto que son el verdadero corazón y alma de la película.




Dallas Buyers Club es lo que se conoce como un “one man show” o en este caso concreto un “two men show”, el de Matthew McConaughey y Jared Leto, una obra construida alrededor de las redescubiertas dotes interpretativas (sobre todo las del primero que pocos se imaginaban que las tenía) de ambos actores. Lo cierto es que tampoco podemos hablar de un telefilm inflado con estrellas en su casting, porque como proyecto incide en temas polémicos y bastante incómodos, su dirección respira aire indie por todos sus fotogramas y en ningún momento el guión se entrega a la sensiblería barata o chabacana construyendo sabiamente una agradecida contención emocional llena de sutilidad que muestra a los personajes con los sentimientos siempre a flor de piel pero nunca dejándolos desbordarse indadecuadamente. Pero por desgracia la cinta de Jean-Marc Vallée no aspira a más que ser una obra cinematográfica para hacerse con todos los premios de interpretación posibles para su pareja protagonista, descuidando otros aspectos del proyecto a los que se les debiera de haber prestado más atención. Con la última cinta del director de La Reina Victoria o la próxima Wild no hablamos de un caso tan flagrante como el de la tendenciosa Lincoln de Steven Spielberg que no sólo era una película para que Daniel Day Lewis confirmara que es uno de los mejores actores vivos sino también una soflama vergonzante para vendernos un Abraham Lincoln tan sumamente perfecto y venerable (cuando como toda persona tenía sus más que notable claroscuros) que hasta el que cazaba vampiros en la versión de Timur Bekmambetov parecía moderado a su lado, pero sí a una cinta demasiado autoconsciente de su limitada naturaleza y por lo tanto no podríamos hablar con ella de una gran película, aunque sí de una adecuada, interesante e interpretada desde las entrañas, que no es poco precisamente.



miércoles, 19 de marzo de 2014

El Mundo de Joss Whedon: De Buffy Cazavampiros a Los Vengadores




Joseph Hill Whedon nació el 23 de junio de 1964 en New York dentro del seno de una familia dedicada al mundo de la televisión. Su padre, Tom Whedon, fue guionista de la mítica serie de los 80 Las Chicas de Oro entre otras producciones catódicas, de modo que Joss (al igual que sus hermanos Zack Whedon y Jed Whedon que en un futuro también se implicarían en productos para la pequeña pantalla como Deadwood o Agentes de S.H.I.E.L.D) desde bien niño se movíó en ambientes de la creación de ficción aunque fuera de manera tangencial. Tras unos años estudiando en Inglaterra volvió a Estados Unidos para licenciarse en cinematografía por la universidad Wesleyana de Connecticut en 1987. Ya en su faceta profesional en 1989 escribió cuatro episodios para la exitosa y longeva serie Rosseanne protagonizada por la actriz Roseanne Barr y el actor John Goodman entre otros y un año después tres más para ¡Dulce hogar… a veces! otra sitcom de corta vida con Ed Begley Jr y Jayne Atkinson como protagonistas. Pero no sería hasta el año 1992 que Joss Whedon pudiera dar forma a un proyecto nacido de una idea de su propiedad, pero este hecho, que marcaría para siempre su carrera como creador, se daría lugar curiosamente en la pantalla grande, no la pequeña.


Buffy Cazavampiros, decepcionante debut




Buffy Cazavampiros nació como película en 1992. Con argumento y guión de Joss Whedon y dirección de Fran Rubel Kuzui, el film narraba las aventuras de Buffy (Kristy Swanson) una joven estudiante universitaria y animadora del equipo de baloncesto que descubría por medio de un desconocido llamado Merrick Jason-Smythe (Donald Sutherland) que era la “cazadora” una elegida para luchar contra una horda de modernos vampiros comandados por su líder, el no muerto Lothos (Rutger Hauer). El largometraje era una parodia del cine adolescente de la época que aunaba con poco tino acción, terror, romance y humor. Como obra destilaba caspa y cutrez de baratillo por todos y cada uno de sus fotogramas y por su reparto de actores desfilaban por aquel entonces jóvenes debutantes como Luke Perry (Beverly Hills 90210), David Arquette (la saga Scream) Hilary Swank (Million Dollar Baby, Boy’s Don´t Cry) o Ben Affleck (Argo, El Indomable Will Hunting). El resultado como es lógico no agradó a Joss que vio como su guión era considerablemente adulterado (algo que volvería a pasarle de nuevo cuando decidiera poner en manos de otros directores sus propios libretos como veremos a continuación), pero ya se podían ver en el mismo algunos apuntes de humor e ironía que se convertirían en una de sus más destacadas señas de identidad.



Buffy Cazavampiros y Ángel, la consagración en la pequeña pantalla



Tres años después conseguiría su primera y hasta ahora única nominación al Oscar por participar (junto a otros tres escritores) en el guión de la mítica Toy Story, largometraje que daría inicio a las andanzas de la factoría Pixar. Años después volvería a participar en la escritura de otras cintas de animación como Atlantis: El Reino Perdido y Titán A.E, pero sin que su labor tuviera demasiada repercusión. En 1997 escribiría el guión de Alien Resurrección, cuarta entrega de las correrías de la Teniente Ripley dirigida por el francés Jean-Pierre Jeunet, que según palabras del mismo Whedon la Twentieth Century Fox dejó irreconocible (aunque una vez más vemos apuntes e ideas indivisibles a su discurso como el concepto de “equipo” el humor y el tono de sci fi de serie B al que volveria con Firefly). Pero seria ese año 1997 el más importante para la carrera de Joss Whedon cuando intentara sacar adelante la idea suicida de convencer a la cadena televisiva FOX para realizar una serie inspirada en la, más bien terrible, película Buffy Cazavampiros. Con el mismo punto de partida pero un reparto totalmente diferente encabezado por la estrella juvenil Sarah Michelle Gellar (Sé lo que Hicisteis el Último Verano, Crueles Intenciones) la serie daba sus primeros pasos entre el terror, la comedia adolescente y la acción sin destacar demasiado entre el resto de productos para quinceañeros. Pero a los pocos episodios cuando Whedon y sus guionistas empiezan a perfilar los personajes y a definir el contexto en el que se moverán (esa ciudad llamada Sunnydale que no hace honor a su nombre debido a que está localizada encima de la Boca del Infierno) comienzan a ofrecernos episodios más adultos como La Jauria, en el que Xander, el mejor amigo de Buffy, es poseído por el espíritu de la hiena de un zoo incitándole a comportarse como tal realizando el guión una interesante lectura sobra la animalidad intrínseca en el ser humano u otros decididamente oscuros como La Chica de la Profecia que cierra esta temporada de debut enfrentando a la protagonista con la figura de el Maestro, el primer villano oficial del programa.




Pero no seria hasta Pasión, el episodio número 17 de la segunda temporada, que se confirmara que la serie de Joss Whedon era mucho más que un producto de consumo rápido para adolescentes imberbes. Ese inolvidable capítulo en el que el personaje de Ángel marca un punto de inflexión en el programa al asesinar a la señorita Calendar da las primeras muestras de que estamos ante una producción que es mucho más de lo que aparenta. El monólogo del personaje de David Boreanaz que abre y cierra el episodio, el momento en el que el vampiro con alma asesina brutalmente a la profesora y cómo al final del metraje el novio de esta, Giles, el guardián y mentor de Buffy, vuelve al lugar del crimen son una demostración de televisión de alto nivel tanto en escritura como en interpretación o realización. A partir de esa temporada en la que se dará forma a la trágica historia de amor imposible entre Buffy y Ángel la serie irá ganando enteros en todos sus apartados hasta convertirse en la obra de culto que es hoy. Porque detrás de vampiros, cazadoras de distinta índole, licántropos, criaturas milenarias o dioses destructivos lo que realmente hace grande a Buffy Cazavampiros es su desarrollo de personajes y cómo Whedon y sus escritores van dando forma a unos roles que aún estando localizados en un contexto de fantasía y aventuras nos son brutalmente cercanos, identificables y considerablemente tridimensionales. Desde Buffy que tras matar a Ángel al final de la segunda temporada no volvería nunca a ser la misma, pasando por Spike (uno de los personajes más recordados de la serie y el favorito de la mayoría de los fans al que daba vida un adecuadísimo e inolvidable James Marsters) que pasaría de vampiro sanguinario a amor no correspondido de Buffy en las tres últimas temporadas de la serie, la dulce Willow que desataría todo su poder como bruja en la sexta temporada tras un hecho trágico que convierte esa season finale en una relectura de La Saga del Fénix Oscuro de los X-Men de Chris Claremont y John Byrne, el entrañable y atolondrado pero fiel Xander que por mirar por el bienestar de Buffy llegaría a cometer acciones bastante reprobables y que es el núcleo central de uno de los mejores episodios de la serie, el titulado Zepo, o Giles (al que daba vida un inmenso Anthony Stewart Head, mi actor y rol favoritos del programa), la figura paterna que Buffy nunca tuvo y su apoyo en los momentos más difíciles que irá perdiendo peso como mentor cuando la Cazadora vaya aprendiendo su peculiar oficio toda la galería de personajes de la serie de Joss Whedon nos son tan imperfectos, reales y humanos que no nos es difícil vernos reflejados como espectadores en uno o más de ellos.




La experiencia de dar forma a las siete temporadas que duró Buffy Cazavampiros (se emitió desde 1997 hasta 2003) también ofreció a Joss Whedon la oportunidad de debutar detrás de las cámaras. Los fans de la serie protagonizada por Sarah Michelle Gellar están de acuerdo en que los episodios en los que Joss aparece en los títulos de crédito como director son los mejores del producto con mucha diferencia. Capítulos como Silencio en el que toda la ciudad de Sunnydale queda muda debido a la llegada de unos monstruos llamados los “Caballeros” que les roban la voz en claro homenaje a la novela Momo de Michael Ende, Inquietud, que supone uno de los mejores tributos que se han rendido jamás a David Lynch y su mundo onírico, el díptico La Graduación que es pura Serie B, El Regalo, que es uno de los momentos más emotivos de la serie o Otra Vez Con Más Sentimiento, la entrega musical en el que todos los personajes cantan y bailan (ojo, justificado todo sabiamente en el guión, no de manera arbitraria o forzada) y que fue rodado en formato panorámico dan muestra de la versatilidad de Whedon para la escritura de diálogos, la realización técnica, la caracterización de personajes tanto principales como secundarios o la composición de temas musicales emocionantes y pegadizos. Pero sería de necios no destacar El Cuerpo, no sólo el episodio más remarcable de la serie o el mejor trabajo de escritura y dirección de toda la carrera de su autor, también uno de los momentos más intensos de la televisión americana de la pasada década. Con una puesta en escena puramente cinematográfica, un dramatismo contenido que muestra los sentimientos de los personajes a flor de piel y un final que realiza un juego de espejos brillante sobre los límites entre ficción y realidad o de cómo el peso como icono del personaje principal puede romper barreras dentro del metalenguaje este dieciseisavo episodio de la quinta temporada es una obra maestra de la historia contemporánea tubo catódico.




Buffy también se convertiría en la obra que Joss Whedon utilizaría para moldear y dar forma compacta a las que a día de hoy siguen siendo sus señas de identidad como autor. Principalmente tendríamos que hablar de su especial talento para perfilar personajes femeninos que poseen una acertada dualidad que los mueve entre la dureza de carácter y la sensibilidad más cercana, siempre desde el punto de vista de un hombre, pero con un olfato curtido por un autor de ficción que se nota que se vio rodeado desde su infancia de mujeres con una fuerte personalidad. No hay más que ver el último capítulo de la serie, La Elegida, que es una oda a la fortaleza intrínseca en el género femenino cuando descubrimos que “cualquier mujer puede ser una Cazadora”. Por otro lado deberíamos destacar su peculiar y acertada visión del concepto de “grupo” ya que si el personaje de Buffy Summers es grande lo es principalmente porque los roles secundarios que le cubren la espalda le permiten crecer, madurar y afianzarse como personalidad. Joss Whedon no entiende el triunfo por medio de la individualidad, para él el camino del éxito, el trayecto a la supervivencia, nace de las relaciones de sacrificio, compromiso y fraternidad que surgen entre amigos. También es propio del americano crear villanos carismáticos (el Alcalde de la tercera temporada) llenos de claroscuros (la memorable Faith a la que da vida Eliza Dushku en el mejor, y más morboso, papel de su carrera) o tan patéticos como peligrosos (la Glory de la quinta temporada). Criminales, asesinos o dioses enfurecidos que en ocasiones nos caen mejor que los mismos protagonistas y que a veces queremos que se salgan con la suya y con ello den inicio al apocalipsis en Sunnydale. Definir con pericia personajes e incidir en el concepto de comunidad con ellos también le permite tener especial talento para desarrollar relaciones sentimentales entre sus criaturas que se antojan cercanas, epidérmicas y normalmente trágicas. La melancólica de Buffy con Ángel, la más mundana que tuvo con el soldado Riley en la quinta temporada y la de tono más salvaje y sexualizada con Spike en la sexta. Pero también son un dechado de elegancia y sutilidad las que unen a Willow con Oz o Tara (Whedon dio una visión inteligentísima y muy acertada sobre el lesbianismo en la ficción con el noviazgo de las dos brujas) o las de Xander con las descacharrantes, cada una en su estilo, Cordelia y Anya. Por último destaquemos la mayor virtud de Joss Whedon como narrador, su humor. Ironía, diálogos ágiles, comentarios jocosos, gags físicos, el hijo de Tom Whedon heredó el talento de su padre para la comedia y algunas de las líneas de guión salidas por la boca de personajes como Xander, Anya, Spike o el mismo Giles, que se supone el rol más serio del programa, arrancan más de una carcajada confirmando el especial don del guionista, productor y director para no tomarse a sí mismo y a su obra totalmente en serio.




El triunfo de Buffy fue tal que cuando su tercera temporada terminó Joss Whedon y David Greenwalt propusieron a la FOX crear un spin off protagonizado por Ángel, el vampiro con alma al que dio vida en la serie primigenia el actor David Boreanaz (Bones). Llevándose consigo a secundarios de Buffy como Cordelia (Charisma Carpenter) o Wesley (Alexis Denisof) a los que se unirían el demonio empático Lorne (Andy Hallet) el antiguo pandillero Charles Gunn (J. August Richards) la dulce Fred (Amy Acker) y en los nueve primeros episodios Doyle (Glenn Quinn), cuyo actor abandonó la serie por culpa de esos los problemas con las drogas que quitarían la vida años después, la serie de Ángel que nació como un simple experimento derivado duró la friolera de cinco temporadas, sobreviviendo incluso un años más que su hermana mayor, siendo finalmente cancelada en 2004 tras 110 episodios. Con un tono más adulto y oscuro y localizando la historia en una agencia de detectives sobrenaturales en la ciudad de Los Ángeles comandada por el mismo Ángel la serie seguía la senda abierta por Joss Whedon en el programa protagonizado por Sarah Michelle Gellar y aunque el mismo creador no estuvo demasiado implicado en la producción (cayendo esta casi por completo en David Greenwalt) el resultado del producto fue más que notable añadiendo tramas interesantes, relaciones interpersonales bien escritas, humor, acción y monstruos sobrenaturales. En la tercera temporada entró en escena Connor (Vincent Kartheiser) el hijo secreto que Ángel tuvo con Darla (Julie Benz) y si bien era un rol destestable (este actor es experto en bordar personalidades odiosas, no hay más que ver su Pete Campbell de Mad Men) su interacción tortuosa con el protagonista hizo ganar muchos enteros al programa. Además, con la intención de atraer más espectadores de Buffy Cazavampiros a lo largo de las cinco temporadas se incluyeron apariciones estelares de muchos de los secundarios de aquella como Spike, Oz, Faith, Harmony, Willow o la ya mencionada Darla, algunos de ellos con roles de reparto más o menos fijos y otros en apariciones episódicas o cameos.



Firefly, tomando los cielos con los tripulantes de la Serenity




En 2001 mientras la sexta temporada de Buffy y la tercera de Ángel estaban siendo escritas Joss Whedon se desvínculó un poco del buffyverso para proponer a FOX una tercera serie alejada ya de la mitología sobrenatural nacida en Sunnydale y que gestaría al alimón con el guionista y productor Tim Minear (American Horror Story). Ambos propusieron a la cadena la idea de una programa de aventuras que mezclaría la space opera con el western, protagonizado por un grupo de contrabandistas que irían viajando por la galaxia en una pequeña nave en la que transportarían mercancía ilegal. El resultado fue el fracaso catódico más estrepitoso de la carrera de su creador, pero paradójicamente también su opus magna. Hablamos como no podía ser menos de Firefly. En el año 2517 el veterano de guerra Malcolm Reynolds (Nathan Fillion) y la tripulación de la Serenity, una nave comercial modelo Firefly, viajan a lo largo y ancho del espacio moviendo mercancía ilegal. Apodado capitán por sus socios Mal viaja con Zoe (Gina Torres), su segunda al mando y antigua compañera de armas, Wash (Alan Tudyk), piloto de la nave y marido de Zoe, Kaylee (Jewel Staite) mecánica de la Serenity, Jayne (Adam Baldwin), un mercenario que sólo trabaja a las órdenes de Reynolds por el dinero e Inara (Morena Baccarin) una prostituta de alto standing que ejerce como importante embajadora. La serie da inicio cuando en uno de los viajes de la Serenity Malcolm y sus compañeros acogen en su equipo al Pastor Book (Ron Glass) y los Hermanos River (Summer Glau) y Simon Tam (Sean Maher). En Firefly se subliman todas las características que definen el whedonverso. Los personajes nunca han tenido tanto carisma (posiblemente Malcolm Reynolds sea la mejor creación de la carrera de su autor) ni han encontrado en los actores asignados a los mismos mayor complicidad (lo de Alan Tudyk, Jewel Staite o Adam Baldwin es impresionante, pero ya lo de Nathan Fillion no tiene nombre) el sentimiento de colaboración en grupo nunca tuvo tanta cohesión, la acción nunca fue tan frenética, las relaciones interpersonales entre roles tan definidas o el humor tan decididamente tronchante y efectivo y a todo esto se añadió una crítica bastante elocuente a los pensamientos dictatoriales y al corporativismo de tintes filonazis. Episodios como el piloto de 86 minutos titulado Serenity, Out of Gas, Jaynetown o The Message dan muestra de que si la serie ideada por Whedon y Minear hubiera tenido una vida más alargada en el tiempo podría haber sido incluso más grande de lo que ya es, que no es poco. Pero la Fox empezó fastidiándola desde el principio cuando estrenó la serie con el segundo episodio, eludiendo el piloto de casi hora y media en el que se narraba el origen de Malcolm Reynolds, que no dejaba de ser un John Wayne del futuro, un hombre íntegro y con un código de honor inquebrantable aunque fuera un perdedor y viviera en la ilegalidad y que puso como nombre a su nave el valle en el que su bando perdió la guerra como declaración de principios personal. Cuando sólo se habían emitido 11 episodios de los 14 rodados y sólo un año después de su puesta de largo en televisión Firefly fue cancelada. Por suerte su éxito de ventas en el mercado doméstico propició que Universal comprara los derechos del serial para que Joss Whedon le diera un cierre a la altura, pero esta vez en pantalla grande, una jugada inversa a la que adaptó la película de Buffy Cazavampiros a las 625 líneas.


Serenity, una ópera prima con vocación de secuela




Con un presupuesto bastante ajustado para una cinta de corte comercial y con el apoyo incondicional de los browncoats (con ese nombre se conoce a los fans más acérrimos de Firefly) Joss Whedon se puso manos a la obra para realizar la secuela en cine de su serie, con el mismo reparto de aquella al que se sumó el hoy famoso actor británico de 12 Años de Esclavitud Chiwetel Ejiofor dando vida al carismático y determinado Operativo, el villano del film. Serenity continuaba la historia de los tripulantes de la nave homónima centrándose en algo que se nos apuntó previamente en la serie original, el poder latente en el cuerpo de River Tam que la convierte en una máquina de matar perfecta de la que la Alianza se quiere apoderar. Con un tono más oscuro y un diseño de producción considerablemente superior al visto en televisión Serenity supuso el debut en el mundo del largometraje de Joss Whedon. El resultado fue de nota, demostrando que en no mucho más de dos horas era capaz de condensar su impronta llena de acción, humor, emoción y añadiendo unas gotas de antimperialismo a la trama que no le quedaban nada mal. Estrenada en Estados Unidos el 30 de septiembre de 2005 su paso por la taquilla fue un éxito más que considerable superando por aquel entonces las cifras de la muy recuperable La Novia Cadáver de Tim Burton y Mike Johnson. En España en cambio pasó sin pena ni gloria, pero a ello contribuyó el hecho de que aquí no se había visto aún Firefly (es más, a día de hoy sigue sin haber tenido estreno oficial en nuestro país si mal no recuero) de modo que la empatía de aquellos que conocían la serie se hizo imposible para el espectador neófito y la implicación con la historia narrada en el largometraje se antojó mucho menor. Aunque a muchos aciertos se sumaron algunos fallos (ciertas elecciones importantes con respecto a algunos personajes fueron muy polémicas) Serenity es una magnífica película de ciencia ficción y aventuras y seguramente la obra clave para que Marvel empezara a interesarse por la figura del guionista y cineasta pelirrojo. Tras estrenar la deliciosa miniserie editada en la red Dr Horrible’s Sing-Along Blog protagonizada por Neil Patrick Harris y Nathan Fillion entre otros nuestro amigo Joss, que no conoce el dicho que reza “El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” volvió a codearse con la cadena de televisión que le dio en años pretéritos tantas tristezas como alegrías.



Dollhouse, nueva experiencia truncada en televisión




“Lo siento cariño, le he vendido otra serie a la FOX”. Estas son las irónicas palabras que Joss Whedon dijo a su mujer cuando firmó un contrato con la famosa cadena norteamericana de Rupert Murdoch para sacar adelante su próximo proyecto para la televisión titulado Dollhouse. Protagonizado por la habitual de la casa Eliza Dushku (la inolvidable Faith de Buffy Cazavampiros y Ángel) Olivia Williams, Amy Acker (otra actriz fetiche del whedonverso), Frank Kanz o Tahmoh Penickett entre otros el programa narraba el día a día de una organización llamada Dollhouse especializada en programar a individuos apodados “activos” a los que previamente han borrado su personalidad para así poder “rellenarlos” con la de todo tipo de individuos con el fin de cumplir las misiones (que van desde hacer de la pareja ideal del apuestos solteros hasta recuperar obras de arte robadas o hacer de guardaespaldas de estrellas del pop con instintos suicidas) que les han sido encomendadas por la corporación para la que trabajan. Aunque el punto de partida es muy original y da mucho juego (que la protagonista en cada episodio tenga una personalidad y habilidades distintas ofrece un amplio abanico de resoluciones argumentales para que el producto no aburra ni se entregue al subrayado con su temática) en principio Dollhouse no parece una serie muy “whedoniana” siendo esto un apunte curioso ya que fue la primera serie totalmente creada por Joss (como ya hemos comentado Ángel y Firefly fueron ideadas con un colaborador cada una) desde Buffy. Pero poco a poco el desarrollo de personajes (el que experimenta la Adelle DeWitt de Olivia Williams) los freaks carismáticos (el Topher de Frank Kanz que entre bromas y salidas descacharrantes nos hace olvidar que es una persona moralmente deleznable) la aparición de roles memorables (el papel de Alan Tudyk es posiblemente el mejor del show y el que encarrila la primera temporada en su recta final, una pena que después no lo exploten más) las situaciones de humor, la ironía, las referencias cinéfilas (Alpha torturando a una de sus víctimas al ritmo de In Dreams de Roy Orbison mientras Whisky baila delante de dos faros de coche son dos referencias a Terciopelo Azul y Carretera Perdida respectivamente, demostrando Whedon una vez más su pasión por el mundo de David Lynch) e ideas inteligentes sobre los riesgos de la manipulación mental a los que se ven sometidos los activos se hacen con la trama volviendo la serie cada vez más interesante aunque con ciertos fallos de ritmo y dispersión narrativa, sirva como ejemplo de esto último el anticlimático episodio final de la primera temporada que rompe el tono de mórbida amenaza que se había construido con mucho acierto durante los dos episodios anteriores con la aparición de Alpha. Pero al igual que con Firefly la FOX maltrató impunemente el programa, obligando a Joss Whedon a reescribir el episodio piloto completamente y haciendo debutar al show con un capítulo sin gancho, plano y que apenas hace atisbar las inteligentes ideas base de la serie. Tras dos temporadas Dollhouse cerró sus puertas en 2010 y Joss Whedon puso fin a una etapa en su carrera para dar inicio a la que más elogios y alegrías le ha reportado.


Los Vengadores, el reconocimiento a nivel mundial



La primera vez que Marvel Comics puso sus ojos en Joss Whedon fue al proponerle los jefazos tomar las riendas de los X-Men cuando el guionista escocés Grant Morrison terminó su exitosa etapa volviendo tras ella la editorial DC que le encumbró como autor. Con la ayuda del soberbio dibujante John Cassaday (Planetary) Whedon se apropió del olvidado título Astonishing X-Men para realizar una etapa de 24 números, a los que se sumó un especial Giant Size, en la que recuperó el matiz superheróico de los Hijos del Átomo que habían perdido a favor del tono high tech que el creador de Los Invisibles o Flex Mentallo había insuflado a la colección. Al éxito de estos cómics se sumó su especial visión de historias colectivas protagonizadas por varios personajes y su sentido del ritmo cinematográfico y estas fueron las piezas clave para que Marvel lo eligiera para culminar la Fase 1 de su universo cinematográfico. Tras el camino abierto por las dos entregas de Iron Man a manos de Jon Favreau, El Increible Hulk dirigida por el francés Louis Leterrier y la visión que de Thor y el Capitán América dieron el británico Kenneth Branagh y el norteamericano Joe Johnston respectivamente Whedon cogió las riendas del universo ideado por Marvel Studios para culminar el mismo con la primera película en imagen real de Los Vengadores. Tomando como protagonistas a Iron Man, el Capitán América, Hulk y Thor a los que se sumaron la Viuda Negra y Ojo de Halcón que habían sido presentados como personajes en celuloide en Iron Man 2 ella y Thor él o Nick Furia que estaba metido en todos los fregados (algo muy propio de nuestro amigo Samuel L. Jackson) y eligiendo como villano al Loki que el inglés Tom Hiddelston había bordado en la primera película del Dios del Trueno Joss Whedon se puso manos a la obra con la que sería su producción cinematográfica más ambiciosa al amparo tanto de la Marvel como de Disney que acababa de comprar los derechos de la Casa de las Ideas tanto en viñetas como en su rama audiovisual




Tras el rotundo éxito de Los Vengadores Joss Whedon se convirtió en el protegido de la Marvel
El resultado fue un éxito tan rotundo que en el hogar de Stan Lee todavía se frotan las manos por la millonada que amasaron en las taquillas de todo el mundo. Joss Whedon tomó a los personajes del Universo 616 y aunque se inspiró en distintas etapas de los cómics tanto clásicas (Roy Thomas) como contemporáneas (Geoff Johns) y se dejó influenciar por el estilismo y algunas de las resoluciones formales de la versión Ultimate de los roles (Nick Furia, los chitauri, la estética de Thor u Ojo de Halcón) mantuvo la esencia de los héroes más poderosos del planeta. The Avengers era puro sense of wonder, un cómic anual en movimiento, una fiesta fílmica en la que el cine comercial y de evasión ofrecía un ejemplo claro de cómo dejar satisfecho al espectador con una pieza tan eficiente como ligera, tan trepidante como autocontenida. Joss volvía ofrecer en imágenes su habitual discurso (acción, ironía, un grupo que se ve en la obligación de hacer piña para enfrentarse a un enemigo mayor, épica desatada, villanos carismáticos) pero como es lógico de manera más dosificada ya que esta vez se puso en manos de una enorme franquicia que controla los productos que llevan su sello con mano firme. Pero el simple hecho de que le dejaran hasta escribir el guión fue síntoma de que los productores que contrataron al creador de Firefly confiaban en su buen juicio y profesionalidad. El largometraje de Joss Whedon se convirtió en la tercera película más taquillera de la historia del cine (sólo por detrás de Avatar y Titanic ambas de James Cameron) puso de acuerdo a una crítica que la disfrutó enormemente (en líneas generales) y dejó satisfecho tanto al público generalista como a la mayor parte del fandom que se deshizo en elogios por el trabajo realizado con personajes que formaban parte de las vidas de millones de lectores. Tras el efecto de acción y reacción el mundo entero puso por primera vez sus ojos seriamente sobre el hombre que consiguió, como hemos comentado previamente en esta entrada, la proeza de crear una buena serie de una mala película y sacar adelante una película de una serie que fue un fracaso de audiencia. Después de años de éxitos y fracasos, de luchar por sacar adelante sus proyectos, de crear una familia formada por amigos (actores, guionistas, productores, directores) a los que recurre regularmente los que descubrimos al pelirrojo años ha por fin recibimos la satisfacción de que el hijo de Tom Whedon recibiera de manera unánime el reconocimiento que llevaba años mereciendo, permitiendo a una generación de nuevos espectadores descubrir su riquísima obra previa. Por descontando que también surgieron voces discordantes que le acusaron de ser un vendido y de prostituirse ofreciéndose a la industria que tantas veces le había dado de la espalda, pero como ya se sabe nunca llueve a gusto de todos.


Los Vengadores 2: La Era de Ultrón, la Fase 2 de Marvel, más cine y televisión




El verano de 2015 veremos la secuela de Los Vengadores si el embarazo de Scarlett Johansson lo permite
Tras el pelotazo a nivel global que supuso el estreno de Los Vengadores Joss Whedon se convirtió en el ojito derecho de Marvel, en su niño mimado. Tanta fue la confianza que nació entre empresa y empleado que, por un lado, la misma le dio libertad y tiempo para que sacara adelante proyectos propios como la escritura y producción de La Cabaña en el Bosque el debut en el mundo del largometraje de su amigo (fue guionista en Buffy y Ángel y con respecto a la primera fue el escritor de uno de mis episodios favoritos de toda la serie, Chicas Impuras, con un inmenso Nathan Fillion en el rol de Caleb) Drew Goddard (Cloverfield, Lost) una deliciosa mirada revisionista y socarronamente irónica del género de terror y una obra pequeña y muy humilde que supuso su tercera incursión detrás de las cámaras, su versión de Mucho Ruído y Pocas Nueces de William Shakespeare rodada con un presupuesto reducido, en pocos días, en blanco y negro, con su propia casa como localización principal y la mayoría de sus más acérrimos amigos (Nathan Fillion, Amy Acker, Alexis Denisof, Tom Lenk) como intérpretes principales y secundarios. Pero no tardarían los de Marvel Studios en solicitar sus servicios para nuevas tareas como rodar algunas escenas que se le resistían al director Alan Taylor de Thor: El Mundo Oscuro, la descafeinada secuela de las aventuras del Hijo de Odín, y que fuera el co creador y director del episodio piloto de Agentes de S.H.I.E.L.D la serie protagonizada por el resucitado agente Phil Coulson (que suponíamos muerto tras su enfrentamiento con Loki durante Los Vengadores) para la cadena ABC y que en su primera temporada está sufriendo el efecto “Dollhouse” por la poca implicación de Joss en el proceso creativo de la serie que cae casi por completo en su hermano Jed y la esposa de este último, Maurissa Tancharoen, que no saben sacar todavía todo el partido al programa que por desgracia parece que tampoco tiene mucho. Pero en cierta manera es comprensible que Joss no esté disponible para hacer de showrunner con la serie protagonizada por Clark Gregg. El guionista y director esta implicado en la pre producción de Los Vengadores: La Era de Ultron, secuela de la cinta de 2012 que llegará a nuestros cines en 2015 cuando Capitán América: El Soldado de Invierno de Anthony Russo y Joe Russo, Los Guardianes de la Galaxia de James Gunn y Hombre Hormiga de Edgar Wright dejen la alfombra puesta para que el mítico grupo de superhéroes vuelva a las multisalas de todo el mundo para enfrentarse con el peligroso Ultrón al que habrá que sumar la incorporación de nuevos (viejos) Vengadores (La bruja Escarlata, Mercurio, Visión) y puede que algún enemigo sorpresa del que todavía no tenemos noticias claras.





Supongo que habrá quedado claro en esta entrada que siento una más que notable predilección por Joss Whedon y su obra. Lo cierto es que es un tipo especial, un fan con todas las letras que comprende el mundo en el que nos movemos y que no para de dejarle a este constantes muestras de afecto y respeto en forma de seres de televisión, largometrajes, cómics o cortos que exhalan diversión, comicidad, sentimiento, emoción, epicidad y sobre todo mucho cariño. Realmente no sé qué le depara el futuro un tipo como Joss Whedon, espero que el mayor de los éxitos, el mismo que sigue mereciéndose, pero sí sé que su pasado es el que lo hizo grande, un verdadero maestro del entretenimiento en todas sus vertientes y que si no vuelve a ser el que fue poco importa, el respetable camino que ha transitado hasta hoy le ha permitido tener la confianza de millones de fans que seguirán con abnegado interés todo proyecto en el que se embarque independientemente de si llega o no a buen puerto, y huelga decir que el que suscribe estará ahí, siempre en primera fila, mientras el hombre que me enseñó que “conseguir lo imposible nos hace poderosos” siga en activo.



sábado, 15 de marzo de 2014

300: El Origen de Un Imperio



Título Original 300: Rise of An Empire (2014)
Director Noam Murro
Guión Zack Snyder y Kurt Johnstad basado en el supuesto cómic de Frank Miller
Actores Sullivan Stapleton, Eva Green, Rodrigo Santoro, Lena Headey, Jack O'Connell, Andrew Tiernan, David Wenham, Callan Mulvey, Andrew Pleavin, Yigal Naor, Ashraf Barhom, Vincent Walsh, Steven Cree, Trayan Milenov-Troy, Andrei Claude, Peter Ferdinando, Mark Killeen, Peter Mensah





Entre mayo y octubre del año 1998 Frank Miller editó por medio del sello Dark Horse la que a día de hoy sigue siendo su última gran obra como guionista e ilustrador. 300 fue una serie de cinco números en formato apaisado que narraba al estilo de su autor la célebre batalla de las Termópilas entre el ejército espartano comandado por el rey Leónidas y el persa encabezado por el rey Xerxes. Con la narración como autor del creador de Sin City al 100% de sus capacidades y el magnífico coloreado de su por aquel entonces todavía esposa Lynn Varley 300 se revelaba como una obra sobresaliente que con sus virtudes narrativas y estilísticas camuflaba en cierta manera ese mensaje de tufo derechoso que con los años se ha ido recrudeciendo dentro de su discurso como autor (y personaje público) hasta llegar al puro asco en la actualidad como pudimos ver en esa estupidez titulada Holy Terror o esta basura en forma de declaración social y política.




En el año 2006 al director norteamericano Zack Snyder, que venía de triunfar con su excelente remake de El Amanecer de los Muertos (titulada Zombie en España si nos referimos al film de 1978) de George A. Romero, dirigió una exitosa y testosterónica adaptación del cómic. Con una estética que hacía un uso de los efectos especiales para recrear (sobre todo) el entorno en el que se movían los personajes 300 era un desfile de sangre digital, cuerpos musculados y batallas campales en slow motion que tenía tanto de soflama fascistoide (aunque menos que el cómic, del que también suavizó su tono xenófobo hacia los persas y "su olor") como de ¿inintencionada? apología homosexual de las bondades del físico masculino. La cinta gustó a la crítica (en líneas generales) y a pesar de su polémica fue un éxito más que considerable en taquilla. De modo que la secuela no tardaría en llegar, pero el problema nació cuando Frank Miller no se ponía a trabajar en el cómic que serviría de base para la misma.




Esa secuela titulada Xerxes que narraría el origen del "dios-rey"de Persia nunca llegó a editarse oficialmente, pero la imparable maquinaria de Hollywood se puso manos a la obra para rodar la secuela de 300 independientemente de si Frank Miller decidía o no ponerse manos a la obra con el cómic. De modo que la Warner Bros y Legendary Pictures encomendaron a Zack Snyder la producción y co escritura (el otro guionista fue Kurt Johnstad, que también colaboró en la primera película) del proyecto cuya realización recaería esta vez en el poco conocido cineasta israelí Noam Murro (Gente Inteligente). Estrenada hace una semana en España 300: El Origen de Un Imperio da lo que se espera de ella, ni más ni menos, y en ese sentido dejará satisfecho, principalmente, a los que disfrutaron con la estética de la cinta del director de El Hombre de Acero y recibirá el rechazo de aquellos a los que se les atragantó la odisea digital de Leónidas y sus compañeros de armas.




La historia narrada en 300: Rise of the Empire tiene lugar antes, durante y después de la famosa batalla de las Termópilas, que ocupó el grueso de la primera película, narrando el origen del rey-dios Xerxes (Rodrigo Santoro) la influencia que en las decisiones bélicas y personales de este tuvo la sensual, peligrosa y manipuladora Artemisia (Eva Green) que era el brazo derecho del rey Darío (Igal Naor) asesinado este a su vez en presencia de su hijo, el mismo Xerxes, por el general griego Temístocles (Sullivan Stapleton) que encabezará una batalla contra el imperio persa después de que el rey Leónidas, marido de la reina Gorgo (Lena Headey) que clama venganza por su pérdida, y sus 300 espartanos caigan derrotados a manos del ejército de Xerxes. El enfrentamiento naval entre Temístocles y Artemisia marcará el porvenir de la democracia en Grecia.




300: El Origen de Un Imperio es, al igual que su predecesora, una orgía visual regada en violencia física, sangre digital, cuerpos apolíneos y belicismo desproporcionado. Una vez sabido eso es sólo cuestión de tomarlo o dejarlo, de entregarse a la hiperbolizada épica testosterónica que proponen Zack Snyder y su protegido Noam Murro o huir despavorido para no tener que meterse entre pecho y espalda otra entrega de peplum esteticista tan disfrutable como intrascendente. Esta vez se incorporan al reparto el australiano Sullivan Stapleton (Animal Kingdom) como el general Temísctocles y la francesa Eva Green (Casino Royale, Soñadores) como Artemisia siendo la elección del primero no precisamente un acierto y la de la segunda uno de los mayores logros del largometraje.




Hiperbolizando y mejorando (gracias a lo avances dentro del mundo de los efectos digitales más que por otra cosa) el acabado estilístico de la 300 de Zack Snyder pero quedándose como producción lejos de la personalidad viril y rotunda de aquella esta secuela trata de abarcar mucho más que su hermana mayor (el metraje ocupa tres etapas temporales distintas de manera simultaneada) sin por ello destacar demasiado narrativamente ya que al querer relatar tantas tramas en épocas diferentes el sentimiento de dispersión argumental en el guión y los momentos anticlimáticos, o directamente obviados, hacen mella en la solidez del conjunto de la historia. Pero como espectadores somos conscientes de que un producto como el que nos ocupa no ha sido ideado para dar clases de escritura cinematográfica sino para ofrecer fruición visual y esteticista al seguidor de la franquicia.




Las escenas de lucha son más crudas y estilizadas (la sangre digital es más espesa y no desaparece al tocar el suelo como la de la primera 300) se recrean más en la casquería y las cámaras lentas y se realiza un efecto de retroalimentación con la serie Spartacus ya que si el programa creado por Steven S. Deknight bebía de la cinta de Zack Snyder es ahora esta secuela de Noam Murro la que toma muchos apuntes del efectismo visual de la serie que en su primera temporada estuvo protagonizada por el malogrado Andy Whitfield. En su aspecto la película es realmente fiel a la esencia de la cinta primigenia pero si algo nos deja totalmente claro es que el "sello de autor" de Zack Snyder es tan visual e impersonal que cualquiera puede plagiarlo haciéndolo pasar por suyo e incluso mejorándolo en varios momentos como en la primera batalla (la mejor del largometraje) el falso plano secuencia de Temístocles a caballo en plena batalla naval o el salto con travelling del soldado griego sobre el barco persa.




El mayor fallo de 300: El Origen de Un Imperio es, no sólo vivir a la sombra de la película  de 2006, sino también carecer de un protagonista del carisma y presencia del Leónidas al que dio vida un Gerard Butler incomensurable. Sullivan Stapleton tiene el porte fisico y las dotes para realizar creíbles coreografías de lucha, pero no tiene nada de personalidad, sus discursos palidecen al lado de los que espetaba el protagonista de la ácida Gamer y sólo cuando pone ojos de psicópata ofrece una labor algo más potable en pantalla. Pero para equilibrar la balanza tenemos a la Artemisia de una imponente Eva Green que devora el encuadre como sus malas artes, manipulaciones palaciegas, crueldad sin mesura y curvas de vértigo. El momento en el que "negocia" con Temístocles en privado es el más destacado de la velada y ahí la podemos ver en todo su esplendor empequeñeciendo al actor australiano.




Entre los secundarios volvemos a tener a un Rodrigo Santoro en su salsa como Xerxes y con él nace otro de los fallos más destacados del largometraje, porque si el cómic en el que supuestamente se basa la película toma su nombre como título es curioso que su aparición en la cinta sea más bien breve y casi anecdótica ya que después del (memorable) flashback que nos narra su nacimiento como rey-dios poco más se le ve en pantalla y la excusa de que parte de su ausencia es debido a que estaba formando parte de la batalla de las Termópilas no se sostiene demasiado porque como recordamos de la primera 300 su presencia en dicho enfrentamiento también fue bastante tangencial. Lena Heady vuelve como la reina  Gorgo y nuestra Cercei Lannister curiosamente da mejores discursos que Sullivan Stapleton y se implica mas físicamente en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo (bueno, el que tiene, que es sólo uno) que Eva Green que es el único apartado del film en el que la actriz de Sombras Tenebrosas no está del todo a la altura. También se echa de menos a gente como Dominc West (The Wire) o Michael Fassbender (Shame, X-Men: Primera Generación) pero que murieran en la anterior entrega hacia difícil el regreso de ambos.




300: El Origen de Un Imperio es un placer culpable que da lo que se espera de ella, cine cafre de evasión, acción hipertrófica a ritmo de música machacona, algo de sexo llevado a cabo por cuerpos curtidos en gimnasios hasta lo extenuante e inexistente rigor histórico, aunque una vez más la épica rocambolesca funciona a la hora de cumplir su cometido de inflar de testosterona el conjunto del largometraje. Hay menos batallas en tierra y más navales y falta un protagonista masculino que lleve a buen puerto el barco, pero como obra es tan fiel a la pieza original que hasta mensajes pro bélicos y subtextos filogays tenemos en el guión y sus lapidarios diálogos, aunque esta vez se reduce el tufo xenófobo y se da incluso un origen comprensible a la maldad tanto de Xerxes como de Artemisia. De modo que si los fans de la versión de Zack Snyder se quedaron con ganas de más estas es su película, pero a aquellos que salieron del cine en 2006 hartos de cromas, filtros, pectorales y frases que luego fueron parodiadas hasta lo indecible en la red les digo que elijan cualquier otra propuesta cinematográfica de la cartelera, que haberlas haylas y algunas de mucha calidad.