lunes, 25 de noviembre de 2013

El Cuarto Hombre, el beso de la mujer araña




Título Original De Vierde Man (1983)
Director Paul Verhoeven
Guión Gerard Soeteman basado en la novela de Gerard Reve
Actores Jeroen Krabbé, Renée Soutendijk, Thom Hoffman, Hans Veerman, Dolf De Vries, Geert De Jong





Tras el enorme escándalo que supuso el estreno de la polémica Spetters en 1980 la siguiente película del cineasta Paul Verhoeven sería la última que realizaría en su Holanda natal, país que prácticamente le dio la patada por culpa de su personalidad propia de un autor libre e incómodo. Su último proyecto en los Países Bajos sería El Cuarto Hombre (De Vierde Man) adaptación de la novela homónima de Gerard Reve que llevaría a imágenes con la ayuda de su colaborador habitual (Gerard Soeteman) al guión y varios de sus actores fetiche (Jeroen Krabbé, Renée Soutendijk, Dolf De Vries)  en el reparto. El resultado fue una de las piezas más arriesgadas e interesantes de la carrera del director de Starship Troopers y su última gran obra en su tierra antes de empezar a realizar producciones de corte internacional como Los Señores del Acero (Flesh + Blood) para más tarde dar el salto a Hollywood con la inolvidable Robocop.




Gerard Reve es un escritor de éxito, homosexual y católico convencido que se encuentra al borde del alcoholismo. Un día es invitado a dar una conferencia sobre su obra literaria y allí conoce a Christine, una atractiva viuda dueña de un importante salón de belleza de la localidad. Después de la exposición Gerard se va a casa de dicha desconocida y mantiene relaciones sexuales con ella. Al día siguiente esta le confiesa que le entristecería que él volviera a su Amsterdam natal y la dejara sola, de modo que el novelista acepta a quedarse unos días a hacerle compañía. Poco tiempo después Gerard descubre que la mujer tiene como pareja a un atractivo joven llamado Herman por el que de manera inmediata se interesa obsesivamente. Pero todo empieza a torcerse cuando Gerard comienza a tener unas visiones y pesadillas en las que recibe advertencias sobre lo peligrosa que es Christine. Cuando decida investigar el pasado de la chica descubrirá que guarda muchos secretos oscuros o eso cree él al memos.




El Cuarto Hombre es la obra de madurez autoral de Paul Verhoeven, su trabajo más complejo y la confirmación de su sello como cineasta y de sus dotes como narrador cinematográfico. La sexta película del director de Desafío Total (Total Recall) es un relato bífido que repta entre la realidad y el mundo de los sueños y lo onírico aunando temáticas complicadas y en apariencia  poco compatibles (juntar en un film de 1983 homosexualidad y teología no era fácil por muy liberales que fueran en Holanda) dando forma a una pesadilla fílmica de una marcada y elaborada simbología que exhala morbidez, lascivia y muerte por todos y cada uno de sus fotogramas tejiendo un largometraje que abordando una historia de temática no muy original se revela como un proyecto personalísimo, rompedor e incómodo.




Sirvan para ejemplificar la poderosa capacidad de síntesis de Paul Verhoeven los títulos de crédito que abren el film. Durante los mismos podemos ver un crucifijo que en uno de sus laterales tiene una tela de araña. En ella una araña atrapa en su red a tres moscas cayendo estas en su poder. Posteriormente el director abre el plano y vemos que dicho Cristo crufiicado forma parte de la colección de imaginería católica (entre ellos una escultura de la Pietá de Miguel Ángel) que puebla el destartalado apartamento de un Gerard que yace ebrio y desnudo de cintura para abajo (una vez más el el holandés utilizando la desnudez masculina como alegoría de su fragilidad tanto física como psicológica) para después salir de la habitación y encontrarse en otro lado del inmueble al joven que es su pareja y con el que tiene su primera ensoñación o visión cuando imagina ahogarlo con un sostén de mujer encontrado en una percha.




Este prólogo es un resumen claro del argumento del film, un poco tosco, sí, pero hablamos de un director que nunca ha entendido el significado de la palabra "sutileza". El crucifijo representa el ideario religioso que impera en la mente de Gerard, la araña supuestamente sería una representación de Christine y las tres moscas de sus tres maridos muertos en extrañas circunstancias con ella siempre cerca de los mismos cuando pierden la vida. Porque el argumento de El Cuarto Hombre no es nada y nada menos que la obsesión de un escritor adicto a la autodestrucción física y moral que empieza a percibir de manera distorsionada la realidad que le rodea llegando a pensar que la mujer con la que está teniendo sexo casual es una viuda negra que asesina de manera furtiva a todos sus cónyuges. 




Los problemas con el alcohol de Gerard y sus obsesión con mantener relaciones sexuales con Herman, el actual novio de Christine (el verdadero motivo por el que el escritor se queda a vivir con ella es que le permita acceder al atractivo joven) nos harán dudar sobre si lo que vemos en pantalla (siempre desde el punto de vista del protagonista, hasta cuando el film esta rodado en tercera persona) es veraz o producto de la imaginación trastornada del novelista. Esta excusa narrativa les permite a Verhoeven y Soeteman crear un juego de espejos en el que nunca sabemos qué es real, plagando todo el relato con una imagineria de una carga psicológica que haría las delicias de Sigmund Freud.




En la mente de Gerard el sexo (principalmente el gay, recordemos como sólo consigue excitarse con Christine cuando empieza a "moldearla" para que se parezca a su propio novio) y la religión forman parte de un mismo todo como puede verse en ese "con María y con Jesús" que espeta cuando llega al orgasmo con la joven viuda o esa visión en la que estando en la iglesia imagina a Herman crucificado como Cristo para posteriormente bajarle la ropa interior siendo interrumpido repentinamente por una anciana que le saca abruptamente de su ensoñación, pasaje que no sería muy descabellado que inspirara al Abel Ferrara de Teniente Corrupto (Bad Lieutenant) para rodar su secuencia de la conversación (más bien reproche) del personaje de un inmenso Harvey Keitel con el hijo de Dios.




Esta visión mórbida del catolicismo por parte de Verhoeven no ha sido muy explotada en su obra cinematográfica (sólo lo ha hecho de manera explícita en Los Señores del Acero y de manera más solapada curiosamente en Robocop, otra pieza de su filmografía que tiene mucho subtexto teológico, pero de eso hablaré cuando le haga la crítica al film más adelante, más o menos cuando se acerque el estreno del remake que ha rodado el carioca Jose Padilha) pero es parte indivisible de su ideología, sabiéndose a estas alturas que el holandés forma parte de une extraña sociedad que tiene una visión menos divina y más humana de la figura de Jesús de Nazareth. Es más, el director de Showgirls lleva años intentando sacar adelante una película sobre la vida de Cristo (basándose en una novela escrita por él mismo) que por su temática y apuntes un tanto escabrosos (violación de la Virgen María incluida) seguramente nunca verá la luz y si lo hace armará una muy gorda a nivel global.




Esta unión entre religión y homosexualidad está llevada sin miramientos ni paños calientes, pero tampoco con una intención directa de buscar un escándalo gratuito. La utilización de la primera sirve para forjar el carácter redentor y de martir de Gerard y la de la segunda sirve de catalizador para que el escritor busque desesperadamente seducir a Herman quedándose a vivir en el hogar de Christine y así ir descubriendo (o distorsionando su mente) poco a poco que la mujer no es quien dice ser, sino una asesina de maridos que atrapa a su víctima, la seduce y finalmente acaba con ella para poco después buscar un nuevo objetivo que sacie su instinto sexual y homicida. Huelga decir que el personaje de Christine (y por extensión de gran parte de la conceptualidad de la obra) serviría de base para lo que sería años después el personaje de Chatherine Tramell, la escritora a la que dio vida Sharon Stone en Instinto Básico, film que es de alguna manera la versión comercial, más simple y en tono de thriller policíaco de la cinta que estamos comentando en esta entrada.




Todas las señas de identidad del discurso autoral de Paul Verhoeven se pueden encontrar en el metraje del El Cuarto Hombre. Desde la ambigüedad sexual abordada con una considerable explicitud gráfica (la misma de Delicias Turcas o Spetters) hasta los apuntes excesivos y sórdidos (ese ojo en la puerta) pasando por las mujeres fatales que utilizan su sexualidad para su propia supervivencia y con ello poner contra las cuerdas a hombres débiles, egoístas y manipulables. Sin olvidarnos de algunas pinceladas de violencia cruda bordeando el gore (el accidente de coche, la visceral amputación del pene con las tijeras) que son marca de la casa y esta vez utilizadas sin gratuidad alguna siendo parte importante del desarrollo de acontecimientos de la narración.




A ello debemos sumar el magnífico trabajo del cineasta con los encuadres, travellings y (contra)picados (siempre ideados previamente en storyboards salidos de su propia mano) la dirección de actores (Jeroen Krabbé jamás ha estado tan bien, transmitiendo sensaciones que van del asco, a la compasión pasando por la simpatía, la locura o la vulnerablidad y Renée Soutendijk que borda esta versión refinada, ambigua y de clase alta de su Fientje de Spetters) y su poderosa impronta a la hora de abordar los pasajes oníricos con un uso cromático de la imagen que nos recuerda a Mario Bava, una puesta en escena que nos remite a Recuerda (Spellbound), el film de Alfred Htichocock cuyas escenas de ensoñaciones diseñó el pintor catalán Salvador Dalí, y una visceralidad de tono surrealista que nos remite a Luis Buñuel como en la escena de las tres reses ensangrentadas a las que supuestamente se les sumará una más. Así como un punto de vista entomológico del ser humano con la ya mencionada araña y sus moscas en el rol de víctimas, apunte muy deudor del cineasta de Calanda.




De Vierde Man es uno de los proyectos más completos y memorables de Paul Verhoeven y posiblemente el último film que realizó con completa libertad artística y sin miedo a esa censura que no le quitó ojo cuando se asentó en Hollywood. No me parece el mejor trabajo de su etapa holandesa (ese título posiblemente lo ostente Eric: Oficial de la Reina, mucho más academicista y de vocación comercial, pero con una épica y fuerza sencillamente intachables) aunque si el más valiente, retorcido, poliédrico y profundo de toda su carrera. Tras ella otro Verhoeven nacería, aquel que al verse encorsetado en una industria mucho más puritana que la europea (que sacara adelante en Estados Unidos films con una considerable carga erótica como la que tenían Instinto Básico o Showgirls ya supuso todo un logro) tuvo que reducir la sexualidad de su obra y acentuar la violencia explícita (más del agrado de los americanos, faltaría más) para en obras como Robocop o Starship Troopers seguir sacando a la luz las bajezas y debilidades de los hombres y mujeres del mundo contemporáneo.



jueves, 21 de noviembre de 2013

Thor: El Mundo Oscuro



Título Original Thor: The Dark World (2013)
Director Alan Taylor
Guión Christopher Yost, Christopher Markus, Stephen McFeely, Robert Rodat, Don Payne basado en personajes de Stan Lee, Jack Kirby y Larry Lieber
Actores Chris Hemsworth, Natalie Portman, Anthony Hopkins, Tom Hiddleston, Rene Russo, Christopher Eccleston, Idris Elba, Kat Dennings, Adewale Akinnuoye-Agbaje, Jaimie Alexander, Tadanobu Asano, Stellan Skarsgård, Ray Stevenson, Alice Krige, Zachary Levi, Chris O'Dowd, Stan Lee




Segunda y algo decepcionante entrega de las aventuras de Thor, el nórdico Dios del Trueno reinventado para la Marvel por Stan Lee, Jack Kirby y Larry Lieber. Esta secuela supone un nuevo paso dentro de la Fase 2 de Marvel Studios tras la simpática Iron Man 3 y por ahora para el que suscribe la cosa no pinta demasiado bien, porque si bien la tercera parte protagonizada por Tony Stark tenía su encanto y superaba a la segunda tampoco era nada del otro mundo. Algo peor pasa con esta Thor: El Mundo Oscuro que cae en varios fallos que la primera película protagonizada por el personaje portador del martillo Mjolnir no cometía dejándola unos peldaños por debajo de aquella.




Thor tendrá que enfrentarse a una nueva amenaza, la estirpe de los Elfos Oscuros comandados por Malekith que quieren extender la oscuridad por todo el universo por medio de un arma mortífera llamada Éter. El Dios del Trueno tendrá que volver a la Tierra para unir fuerzas con su amada Jane Foster que junto a su amiga Darcy, un becario llamado Ian que acompaña a esta y el doctor Eric Selvig le ayudarán en su misión. Pero la amenaza de Malekith es tan desproporcionada para Asgard y la Tierra que incluso Thor se verá en la obligación de pedir ayuda a su traicionero hermano Loki, que está encerrado en una mazmorra del reino desde los hechos ocurridos dos años atrás en New York con la invasión de los Chitauri que él mismo inició.




Cuando el espectador ve un film como Thor: El Mundo Oscuro se da cuenta ya desde su arranque que se encuentra con un producto realizado con un equipo técnico y artístico con el piloto automático activado. Por descontado que tenemos un diseño de producción a lo Marvel Studios, con unos medios holgados, un reparto de relumbrón, acción y unos efectos digitales a la altura de una superproducción. Pero no sé si por culpa de baile de directores (primero Patty Jenkins que se cayó en favor de Alan Taylor, cineasta que por sus compromisos con la serie Juego de Tronos tuvo que pedir a Joss Whedon que le echara un cable con un par de escenas) o por una cierta desgana en general esta secuela de Thor se me antoja casi como un episodio caro de una serie televisiva de aventuras.




La primera entrega me cayó en gracia desde el principio (como me sucedió con El Capitán América de Joe Johnston) me gustó el tono shakesperiano que le inyectó Kenneth Branagh a la trama en Asgard, cómo perfiló con ayuda del guión a los personajes y sus relaciones, me enamoré del Loki de Tom Hiddleston, vi a un muy recuperado Anthony Hopkins como Odín y hasta Chris Hemsworth me convenció como el Dios del Trueno. Por eso me sorprende que con todo construido y bien asentado Alan Taylor haya realizado una pieza tan a medio gas, tan desangelada y tan poco apasionada. Sí, tenemos los mismos personajes, la acción, las intrigas palaciegas, el humor, pero todo está más apagado, menos vivo y en ocasiones hasta algo anodino, aunque sin llegar en ningún momento al aburrimiento.




El cuerpo de guionistas y el director ponen pronto las cartas sobre la mesa, pero ese tono imperante durante la primera hora de metraje que es una mezcla entre El Señor de los Anillos (la batalla del prólogo) y Juego de Tronos (los funerales con las flechas incendiarias) no llega a enganchar al espectador y le transmite más tibieza que otra cosa. No es hasta que Thor libera a Loki hacia la mitad de metraje que empieza activarse el buen ritmo en la narración y es que lo de este actor no tiene nombre. Es aparecer en el encuadre una vez su hermano lo ha sacado de su encierro y es como si la pantalla se iluminara, como si el carisma de un Tom Hiddleston que se ve que disfruta hasta lo indecible con su trabajo viniera a insuflar vida a una película zombie.




Todo el pasaje en el que Loki acompaña a Thor es lo mejor del largometraje, desde sus chistes ofensivos hacia su hermano (lo del Capitán América es un detallazo) hasta sus artimañas que luego no lo son o su ferocidad en el campo de batalla. El problema es que su presencia está demasiado dosificada y no podemos disfrutarlo demasiado, pero por suerte tras su paso el film se entona y se encamina hacia un final bastante decente con acción bien rodada y un humor que unas veces funciona (enorme Stellan Skarsgård ensayando para ir como su madre lo trajo al mundo en la próxima Mymphomaniac de su amigo Lars Von Trier) y otras no (el personaje de Darcy de una encantadora Kat Dennigs sigue teniendo su gracia, pero sus gags son bastantes más pobres que en la primera entrega y en ocasiones un poco exagerados) con un clímax satisfactorio pero no muy destacable.




Otro síntoma que nos afirma que esta película se hizo aprisa y corriendo es su poco trabajado guión. Por culpa de la escritura del largometraje no podemos incidir mucho en uno de los temas más interesantes de la saga, la relación amor/odio entre Thor y Loki (y eso que tanto Hemsworth como Hiddelston ya le han cogido perfectamente el tono a sus roles, sobre todo el segundo, faltaría más). También vemos a un Odín temerario y muy desdibujado (tampoco ayuda que la fuerza que puso Anthony Hopkins para dar vida al Padre de Todos en la primera entrega aquí brille por su ausencia) que parece que va a armar una guerra intergaláctica de proporciones inabarcables para desparecer en el último cuarto de metraje y sólo hacer acto de presencia después de la batalla final.




Algo parecido sucede con una Sif (muy bien una Jaimie Alexander arrebatadora, esperemos que se cumpla aquello de que pueda dar vida a Wonder Woman) que parece que va  a tener mucho peso en la trama central para más tarde perderlo completamente (con el juego que podía haber dado el triángulo Thor/Sif/Jane, esta última encarnada por una Natalie Portman más entregada que en la primera película pero sin dejarse la vida, se nota que no le agrada mucho estar en esta saga) y sobre todo un Malekith (Christopher Eccleston desperdiciado) que está de paso, dando forma a uno de los villanos menos interesantes y peor definidos que he visto en mucho tiempo y eso que la presencia física y amenazante a tiene, pero nunca llegamos a saber nada de sus motivaciones o psicología quedando en un esbozo de lo que pudo ser.




Thor: El Mundo Oscuro me parece una de las piezas más endebles de Marvel Studios y habla alguien que disfruta mucho con estas producciones a pesar de sus limitaciones como productos cinematográficos de consumo rápido. Un largometraje poco trabajado y con apariencia de haber sido realizado en una fría e inerte cadena de montaje. Por suerte no aburre, tiene personajes que nos interesan (Heimdall, Volstagg, Sif) y a los que ya les hemos cogido cariño, guiños a los fans de los cómics (con la presencia de personajes de las etapas de Lee y Kirby y hasta de la de Walter Simonson) acción, humor y cierta épica. Pero la decepción es un hecho y sólo espero que esa Capitán América: El Soldado de Invierno y sobre todo Los Guardianes de la Galaxia (ojo, a la primera escena post créditos de la cinta que nos ocupa, la otra no es tan interesante) encarrile esta Fase 2 que por ahora a mí me transmite bastante indiferencia.



lunes, 18 de noviembre de 2013

La Zona Oscura, secretos y mentiras



Título Original The War Zone (1999)
Director Tim Roth
Guión Alexander Stuart basado en su propia novela
Actores Ray Winstone, Lara Belmont, Freddie Cunliffe, Tilda Swinton, Kate Ashfield, Aisling O'Sullivan, Colin Farrell




Dos años después de que su amigo y compañero de reparto en Rosencrantz y Guildenstern Han Muerto Gary Oldman debutara con éxito en el mundo de la dirección con Los Golpes de la Vida (Nil By Mouth) el actor británico Tim Roth, conocido por sus roles en largometrajes como Reservoir Dogs, Pulp Fiction o la serie Miénteme hizo lo propio con la obra que nos ocupa, The War Zone. Un film independiente que adaptaba la novela homónima del escritor Alexander Stuart con guión de este para que el actor de Everybody Says I Love You o Rob Roy lo llevara a imágenes. El resultado es un durísimo drama que aborda un tema tabú como el del incesto dentro del núcleo familiar con considerables hallazgos y algún fallo bastante reprobable que trastoca un poco el conjunto del producto aunque sin llegar a herirlo de gravedad.




Tom es un quinceañero que ha dejado Londres junto a su familia para mudarse a una casa en el condado de Devon. Poco después de que su madre de a parir a su tercer hijo Tom empezará descubrir el secreto más oscuro que yace en su propio hogar. Su padre y su hermana adolescente Jesse mantienen relaciones sexuales a espaldas del resto de la familia. El muchacho se obsesionará con conocer toda la verdad sobre tan terrible hecho, pero siempre intentando que su madre no se entere de nada ahora que debe cuidar de la pequeña Alice y siempre intentando comprender los motivos por los que Jesse permite a su progenitor que abuse físicamente de ella.




The War Zone es una de las visiones más duras y críticas con la familia media inglesa (extensible a la europea) que se ha rodado jamás. Roth muestra un talento seco y cortante y una voz autoral deudora de las miradas de Michael Haneke o Andrei Tarkovski por medio de una puesta en escena escueta y gélida en su exterior pero desgarrada y visceral en su interior. El británico hace gala de una contención emocional sobresaliente pintando un retrato analítico y cercamo de este hogar en apariencia normal que contiene en su interior un lado ténebre y terrible solapado por una falsa pátina de cotidianidad que oculta el más deleznable de los secretos.




La ópera prima de Tim Roth es una obra incómoda en fondo y forma que aborda un tema como el incesto sin miramientos ni medias tintas y ahí es donde anidan sus aciertos y el único de sus fallos, que formalmente es bastante criticable. El protagonista de Little Odessa expone en pantalla tan controvertido tema con un pulso narrativo digno de alabanza y con una sutilidad llena de simbolismos como esa escalofriante casa aislada, la sempiterna lluvia que no permite la presencia de un sólo resquicio de sol en todo el metraje, ese parto precedido de un accidente autmovilístico que pone inicio a una vida que desde su mismo nacimiento ya conoce ese dolor que será parte indivisible de su ser o ese refugio de la guerra en la orilla golpeada por las olas que se muestra como testigo del más abyecto de los actos humanos.




Pero su mayor fallo es la secuencia en el ya mencionado refugio en la que vemos de manera explícita y sórdida el acto sexual entre Jesse y su padre ante la mirada furtiva de Tom. Este pasaje innecesariamente explícito rompe la tonalidad de contención, sutilidad y elegancia que había tenido el largometraje hasta ese momento. Es más, la primera vez que Tom descubre que su padre y su hermana mantienen relaciones en el cuarto de baño no vemos nada en pantalla sólo la reacción del muchacho mientras mira por la ventana siendo este momento un logro de poderoso dramatismo (el rostro del chico habla por sí solo) narrando todo fuera de encuadre. Por eso un plano acercándose al rostro de Tom mientras escucha los gemidos de su padre y el llanto de su hermana hubiera sido una resolución formal mucho más lograda para esa parte que por ser tan directa resquebraja la homogeneidad del film y la desnivela justo en el ecuador de su metraje.




El reparto juega la baza de la contención más austera, mostrándose todos los componentes de esta familia como seres que no hablan claramente de sus sentimientos escondiendo los mismos en una coraza casi inequebrantable que sólo se ve rota cuando sale a la luz el acto incestuoso del padre. Tilda Swinton hace una muy buena labor aunque su papel es el más desdibujado y los jóvenes Lara Belmont y Freddie Cunliffe transmiten indefensión y terror, sobre todo la primera, que realiza un trabajo de composición sencillamente brillante. También sale en un papel muy corto un joven Colin Farrell, aunque su presencia es poco más que anecdótica. Pero es Ray Winstone el que devora la pantalla con su rol de padre. A diferencia de su papel en Nil By Mouth, un patriarca violento y alcoholizado al que vemos venir de lejos, el que aquí aborda es un lobo con piel de cordero que nos muestra una sonrisa (el momento mundano y entrañable en el que le cuenta a Jesse y Tom qué fue para él sus nacimientos) para ocultar en su interior un enfermo desalmado capaz de lo inombrable. Ese "te quiero" que dedica a Jesse después de la mencionada escena del refugio transmite al espectador una sensación que se mueve entre el asco y la impotencia.




Tim Roth nos cuenta con La Zona Oscura que hay algo muy turbio en el interior de la familia media europea, que detrás de risas, fraternidad y el calor típicamente hogareño reside algo podrido y sucio que nos puede llevar a cometer actos execrables contra las personas que más queremos convirtiéndolas en seres inertes, traumitazados por dentro y por fuera. El problema es que a los logros de todo el proyecto como su sobria puesta en escena, el acerado guión, la dirección sólida y el reparto sobresaliente se contrapone esa ya mencionada secuencia en la que el director se entrega a cierto tremendismo que impide que una obra como la que nos ocupa bordee la excelencia. Con todo su visionado merece mucho la pena, pero no es una pieza para todo tipo de espectador, es una historia difícil no sólo por lo complicado del tema que aborda sino también porque el mismo es tan real y está tan a la orden del día que hiela la sangre.


Los Golpes de la Vida, valores familiares



Título Original Nil By Mouth (1997)
Director Gary Oldman
Guión Gary Oldman
Actores Kathy Burke, Charlie Creed-Miles, Edna Doré, Laila Morse, Ray Winstone, Chrissie Cotterill, Jamie Forman, Jon Morrison, Steve Sweeney






Nil By Mouth (Los Golpes de la Vida en España, en fin, para qué decir nada) supuso el debut en labores de dirección del talentoso y camaleónico actor británico Gary Oldman, inolvidable en sus trabajos para largometrajes como Drácula de Francis Ford Coppola, León: El Profesional de su amigo el francés Luc Besson o como el Comisario James Gordon en la trilogía sobre Batman realizada por el cineasta Christopher Nolan. Esta producción inglesa de 1997 es una desconocida para el gran público, pero en su momento fue muy bien recibida sobre todo por una crítica que supo ver las consistentes dotes del protagonista de Sid y Nancy para la escritura y dirección cinematográfica.




La trama de Nil By Mouth ("nada para la boca" en referencia a las paupérrimas condiciones en las que vivía el personaje de Ray Winstone como se ocupa él mismo de explicar en un momento del metraje) es muy básica y en ella seguiremos las vivencias de una familia inglesa de clase obrera en la que las mujeres son las que deben sacar adelante el hogar mientras el padre sólo piensa en su propio interés emborrachándose día sí y otro también y pagando violentamente sus frustraciones con sus allegados. El largometraje se lo dedicó Gary Oldman a su progenitor (sin rencores aparentes o eso hace entender el final del film) señor que le abandonó a él y a sus familiares cuando el actor sólo tenía seis años de edad.




La ópera prima de Gary Oldman tiene su mayor deuda referencial con el cine de Ken Loach, curioso si tenemos en cuenta que el director de Mi Nombre es Joe o El Viento que Agita la Cebada es militante del Partido Laborista y al actor de Bosque de Sombras (Backwoods) en más de una ocasión se ha mostrado simpatizante del Partido Conservador inglés. El retrato que el británico realiza de las clases bajas de su país es de un naturalismo resquebrajado, exponiendo en pantalla a una familia hundida en unas condiciones económicas insostenibles siendo el reflejo más crudo y claro de lo que vino a ser el post-tatcherismo de los años 90 en Gran Bretaña. En esa visión seca y urbana de la Inglaterra de extrarradio tenemos las mayores semejanzas con el estilo del autor de Route Irish, pero por suerte librándonos de ese adoctrinamiento con el que este a veces nos sermonea de manera un tanto paternalista.




Porque en Nil By Mouth Gary Oldman se abre en canal y nos habla de sí mismo y de cuán agradecido está a las mujeres de su familia por haber sacado adelante a los suyos. Según el mismo actor en su momento "necesitó" sacarse fuera esta historia y plasmarla en celuloide con la inestimable ayuda de su amigo Luc Besson en la producción (sí, el director de El Gran Azul no sólo financia cine de acción vacuo y ruidoso con su productora Europa Corp, en ocasiones también ha puesto capital para films tan interesantes como Los Tres Entierros de Melquiades Estrada de Tommy Lee Jones, Alta Tensión de Alexandre Aja o la obra que nos ocupa) con un considerable y por desgracia poco recordado éxito.




Hace unos años un servidor leyó una entrevista durante la promoción de Batman Begins en la que el actor afirmaba no tener la necesidad de volver a dirigir, que su decisión de gestar una pieza como Nil By Mouth fue un paso que quiso dar en su momento no habiendo sentido de nuevo el gusanillo de volver a ponerse detrás de las cámaras. Trabajo que según el protagonista de Rosencrantz y Guildenstern Han Muerto es muy exigente y al que hay que dedicarle un tiempo que prefiere invertir trabajando para otros realizadores o pasándolo con su mujer y sus hijos. Viendo los resultados del largometraje que nos ocupa tal decisión es una verdadera pena, porque nos encontramos con uno de esos intérpretes que dan el salto al campo de la dirección demostrando que lo suyo es algo más que un capricho puntual de estrella de Hollywood.




Porque hay talento y humanismo a flor de piel en Nil By Mouth  inyectado por la mirada cercana, cálida, pero nunca sentenciosa, maniquea o sentimentalista de un cineasta con sensibilidad llena de verismo y dolor. En ningún momento quiere Oldman que nos compadezcamos de esta familia al borde de la desestructuración y que sólo se mantiene unida por mediación principalmente de Valerie y su madre, ya que Ray, su marido, o Billy, su hermano, dedican exclusivamente su vida a mantener sus vicios, el alcoholismo (enfermedad que el mismo Gary Oldman padeció también en su momento) el primero y la adicción a las drogas duras el segundo. El intérprete reconvertido aquí en director narra su relato con una contención digna de elogio, contándonos una historia terrible sin entregarse a la pornografía emocional.




Sirva como ejemplo del talento del actor de La Semilla del Mal como cineasta una declaración de principios en forma de secuencia. Aquella en la que Billy se inyecta heroína en el coche ante la presencia de su propia madre. En ningún momento vemos este pasaje expuesto de manera sensacionalista o morbosa, Oldman elude por todos los medios la sordidez y sobre todo la sensiblería, mostrándonos siempre el rostro de Janet que acepta el acto llevado a cabo por su hijo transmitiendo tanto impotencia como rutina simplemente con su rostro, eludiendo el director y guionista cualquier concesión a los golpes bajos que obligaran al espectador a emocionarse por medio de sentimentalismos pueriles e incidiendo en cambio en una contención deudora de Bergman o Cassavetes.




Por descontado que un actor del nivel de Gary Oldman iba a sacar lo mejor de sus intérpretes, de modo que el trabajo de casting es sencillamente brillante. Todos los miembros del reparto hacen una enorme labor y consiguen transmitir fuerza, desarraigo y verdad (esos acentos cerradísimos, ese uso y abuso de lenguaje malsonante) pero dos son los que destacan por encima de sus compañeros de rodaje. Uno es un Ray Winstone sencillamente inolvidable como el marido de Val, un energúmeno violento y bebedor (la escena de la paliza hiela la sangre y eso que está expuesta fuera de encuadre, otro acierto mayúsculo por parte del director) que finalmente se muestra como lo que cualquier maltratador es: un niño pequeño necesitado de atención con infancia traumática a sus espaldas y un complejo de inferioridad incurable.




La otra es la ya mencionada Valerie a la que da vida una gigantesca y poco conocida Kathy Burke cuya labor es tan remarcable que no se le puede hacer justicia con palabras y que como personaje se revela como el verdadero pilar maestro que mantiene unido este núcleo familiar que se encuentra en las postrimerías de la autoinmolación personal. Una mujer tan de carne y hueso, transmitiendo tanta dignidad que mirándola no lo tendremos muy difícil para poder ver a nuestra madre, hermana o tía. Una estirpe de mujer moldeada a base de lucha y de encajar desgracias de toda índole y pelaje. Merecedísimo su premio a la mejor actriz en el festival de Cannes de ese año 1997.




Nil By Mouth no señala con el dedo a nadie (ni siquiera a Ray, el marido borracho y violento que como todos los personajes del film tiene sus claroscuros emocionales) no adoctrina, ni ofrece soluciones a los problemas a los que se enfrentan las clases bajas de Gran Bretaña. Pero sí nos afirma que los lazos de sangre (para bien o para mal) muchas veces son inquebrantables y que si bien las cosas puede que no vayan a mejor en un futuro todavía podremos sacar fuerzas de flaqueza cuando parezca que ya no las haya. No hace falta que Gary Oldman vuelva a ponerse detrás de las cámaras para demostrarnos que es el gran cineasta que esta obra nos hace vislumbrar, con el simple hecho de habérsela sacado de las entrañas para pagar viejas deudas cerrando heridas es más que suficiente. De algunos directores consagrados con decenas de películas a sus espaldas no se puede decir lo mismo.



viernes, 15 de noviembre de 2013

I Spit On Your Grave 2, vengeance is mine



Título Original I Spit On Your Grave 2 (2013)
Director Steven R. Monroe
Guión Neil Elman y Thomas Fenton basado en personajes creados por Meir Zarchi
Actores Jemma Dallender, Joe Absolom, Yavor Baharov, Aleksandar Aleksiev, Mary Stockley, Michael Dixon, Valentine Pelka, Peter Silverleaf, George Zlatarev




En 1978 el director Meir Zarchi dirigió I Spit On Your Grave (La Violencia del Sexo en España) una de las cintas más polémicas y famosas adscritas al subgénero rape and revenge. En el film una joven escritora (Camille Keaton) que decide retirarse a un pueblo sureño con el fin de buscar inspiración para su próxima novela es asaltada por un grupo de lugareños que la violan y vejan durante todo un día. Más tarde descubrimos que la muchacha sobrevive al brutal abuso y tras curar sus heridas decide cobrarse fría venganza contra sus agresores. El largometraje es a día de hoy una obra de culto con bastantes hallazgos, una actriz que realiza un trabajo remarcable y una interesante labor por parte de su director que consigue una atmósfera malsana y desgarrada.




En el año 2010 y aprovechando el tirón de remakes de films icónicos de los 70 y 80 con algunos resultados memorables (Las Colinas Tienen Ojos, La Última Casa a la Izquierda, La Matanza de Texas 2004, Amanecer de los Muertos, Halloween: El Origen) y otros no tanto (The Fog, Viernes 13, ) el realizador televisivo Steven R. Monroe se puso al frente de un remake de I Spit On Your Grave respaldado en la producción por el mismo Meir Zarchi. El resultado fue una interesante revisión de la producción 1978 con una violencia física más explícita, algo de más pudor en el sexo enfermizo y algunas variantes que transformaban el mensaje androfóbico de la pieza original en una dura crítica a la América profunda.




Esta nueva versión del film de 1978 fue más o menos bien recibida por la crítica y consiguió cierto éxito de público aunque en algunos países se estrenó directamente en el mercado doméstico (en España no ha visto la luz ni en pantalla grande ni en formato casero y a saber si lo hace alguna vez) de modo que la idea de la secuela apareció rápidamente en la mente de Zarchi y sus colaboradores. Dejando a Steven R. Monroe en la dirección y cambiando los autores del guión y el reparto nos llega a finales de 2013 esta I Spit On Your Grave 2 que sin ser tan acertada como su antecesora contiene prácticamente los mismos aciertos que aquella pero recrudeciendo más si cabe la brutalidad llegando en ocasiones a cotas de salvajismo impropias del cine americano actual.




Katie es una joven que se ha mudado a la ciudad de New York para labrarse una carrera como modelo. Una conocida le recomendará buscar a un buen fotógrafo que le haga un book con el que promocionarse en el mundo de la alta costura. Debido a su precaria situación económica Katie responderá a un anuncio en el que se realizan sesiones fotográficas gratuitas para modelos principiantes. Cuando esté allí se sentirá intmidada por Iván y sus hermanos, que son los fotógrafos, cuando le pidan que enseñe un poco más de su cuerpo utilizando menos ropa. Katie vuelverá a casa, pero poco después recibirá la visita furtiva de Georgy, uno de los hermanos de Iván, un chico de apariencia supuestamente tímida y apocada, pero sólo en el exterior.




El mayor pleno de I Spit On Your Grave 2 es que sigue la senda abierta por la anterior entrega sin ofrecerse a una molesta hipérbole conceptual o a experimentos que la saquen del buen camino abierto por aquella. Pero Steven R. Monroe y sus guionistas son lo suficientemente inteligentes para cambiar algunos apuntes de la temática que están volviendo a abordar para que la historia no se vuelva repetitiva y demasiado mimética. Del caluroso pueblo sureño pasamos a un New York moderno y urbanita, la escritora pasa a ser una aspirante a modelo y los agresores dejan de ser rednecks venidos a menos para convertirse en un grupo de hermanos búlgaros con muy malas intenciones. Se le podría echar en cara a los autores volver al manido recurso de estigmatizar a los europeos del Este como criminales sedientos de sangre, pero si tenemos en cuenta que en la anterior entrega los que fueron retratados como tales fueron los mismos estadounidenses poco se le puede reprochar al director o los guionistas en cuanto a maniqueísmo de corte racial.




También se cubren las espaldas los autores al incluir a un personaje femenino entre los agresores, evitando así una vez más un mensaje de odio exclusivo hacia los hombres. El añadido de esta mujer no sólo sirve para afirmar que poco entiende el sadismo y la crueldad de géneros sexuales también se consigue con ello incluir una acertada mirada sobre las secuelas psicológicas que producen los abusos físicos y un interesante retrato del submundo de la trata de blancas y la prostitución a la que las mafias de cualquier parte del mundo (Europa, Estados Unidos, Asia) abocan a pobres muchachas que buscando un futuro mejor caen en manos de proxenetas que las utilizan como moneda de cambio.




Si bien la la obra no comete el error de exagerar o multiplicar las constantes de la primera entrega sí es cierto que en lo que a brutalidad física se refiere la supera considerablemente. Para empezar los abusos, agresiones y múltiples violaciones de toda índole a las que se ve sometida la protagonista son de las más duras que un servidor ha visto en bastante tiempo y eso que a veces están narradas sin demasiada explicitud. A ello ayuda que a diferencia de la Sarah Butler de la primera entrega la debutante Jemma Dalander sí acepta ser mostrada en toda su desnudez acentuándose así su indefensión y vulnerablidad física (uno de los mayores hallazgos de la cinta original de 1978 era precisamente lo duros que se mostraban los pasajes en los que la protagonista andaba desnuda por los bosques tras el brutal ataque al que era sometida). Cuando creemos que la chica por fin ha terminado su calvario un nuevo giro de guión (el de el cambio de la localización espacial es magnífico y nada forzado) la vuelve a meter en la boca del lobo pareciendo que su tortura nunca tendrá fin. Aunque como sabemos los duchos en este subgénero cuánto peor lo pase el personaje principal más inhumana será su venganza.


 


A que esto funcione debidamente ayuda inestimablemente el enorme y entrgadísimo trabajo que realiza la actriz protagonista, la ya mencionada Jemma Dallender. Que una actriz novata se entregue tanto en el plano físico como el psicológico en uno de sus primeros trabajos tiene un mérito del todo remarcable. Sus gritos, llantos de impotencia y rostro desencajado llegan a cotas de realismo en carne viva durante su cautiverio. Más tarde cuando se convierte en verdugo de sus agresores su trabajo de composición es más común aunque no carente de interés. Llama mucho la atención que al inicio de su vendetta parezca que no va a ser muy cruel con Iván y su familia, pero más tarde descubriremos que su plan minucioso para cobrarse su deuda llega a cotas de malsana morbidez (las torturas del cuerpo lleno de infecciones o la de las descargas eléctricas tienen su miga) llegando a su culmen con la ya célebre secuencia de la tortura testicular que hará que más de un hombre se retuerza en su asiento al verla expuesta en pantalla con unos niveles de explicitud casi insoportables.




Según dicen los que conocen su obra Steven R. Monroe es un negado para realización que fusila telefilmes de medio pelo de usar y tirar. Viendo un servidor su destacable trabajo en las dos entregas de esta saga nadie lo diría. Al igual que en la primera I Spit On Your Grave (siempre hablando del remake, por supuesto) esta secuela presume de un pulso descarnado y compacto para crear tensión, terror y una atmósfera claustrofóbica y lasciva (el pasaje de Katie sufriendo su primera agresión mientras uno de los personajes agoniza tras ser apuñalado delante de esta y su agresor está rodado con una cortante solidez que hiela la sangre). La fotografía de colores apagados, la explicitud gráfica de las escenas más cruentas y la cámara al hombro de tono cuasi documental que se podían vislumbrar en la primera parte siguen aquí y ofrecen un hermético ejercicio de filmación que roza el notable.




Al igual que que su predecesora, pero sin ser tan plena como aquella, I Spit On Your Grave 2 es una obra muy estimable. Por la labor de su director, el enorme trabajo de una actriz entregada a la causa del proyecto que se ve secundada por un grupo de intérpretes que encarnan a seres desagradables y abominables a los que da gusto odiar y la solidez de un guión bien hilado en el que sólo sobra la subtrama del cura y el policía que nada aporta al argumento y sólo ralentiza en cierta manera la historia central. Parece ser que Meir Zarchi y Stevern R. Monroe quieren hacer una tercera y última entrega para cerrar una trilogía, si el resultado es como el de estas dos entregas que actualizan aquella recuperable producción de 1978 aquí tendrán un espectador asegurado, por que el viaje es tortuoso y oscuro, pero merece mucho la pena.