domingo, 29 de septiembre de 2013

Las Brujas de Zugarramurdi



Título Original Las Brujas de Zugarramurdi (2013)
Director Álex de la Iglesia
Guión Jorge Guerricaechevarria y Álex de la Iglesia
Actores Hugo Silva, Mario Casas, Carmen Maura, Terele Pávez, Pepón Nieto, Secun de la Rosa, Jaime Ordoñez, Carolina Bang, Santiago Segura, Carlos Areces, Gabriel Delgado, Macarena Gómez, María Barranco, Javier Botet, Manuel Tallafé





Tras la brutal y muy personal Balada Triste de Trompeta y la decepcionante y monótona La Chispa de la Vida el bilbaino Álex de la Iglesia vuelve a las carteleras españolas con esta Las Brujas de Zugarramurdi que se estrenó el pasado viernes en nuestras pantallas. De ella se ha comentado ya de todo. Que si se recupera al mejor De la Iglesia desde La Comunidad, que si su final empaña el resto del metraje previo o que es una pieza bastante excesiva. Sin parecerme tan redonda como la mencionada cinta protagonizada por Carlos Areces y Antonio de la Torre la última obra del director de Crimen Ferpecto resulta un magnífico festival de cine bruto y divertido que se encuentra entre las piezas más recomendables del celuloide español de este 2013.




Un grupo de atracadores disfrazados asaltan una tienda de Compro Oro en plena Plaza del Sol. Uno de ellos va acompañado de su hijo pequeño con el que piensa fugarse a Francia después del golpe con el que consiguen sustraer una enorme cantidad de anillos de oro. Cuando los ladrones logran escapar con éxito de la policía, secuestrando un taxi, deciden huir y cruzar la frontera. Pero todos los planes de los criminales ocasionales se irán al traste cuando decidan hacer una parada en la localidad navarra de Zugarramurdi, famosa gracias a le leyenda que cuenta cómo un grupo de brujas de la zona fueron sacrificadas en la hoguera por la Santa Inquisición durante 1610.




Las Brujas de Zugarramurdi es un freakshow 100% De la Iglesia, con la mayoría de sus aciertos como narrador y alguno de sus fallos. Una comedia de terror llena de acción cruda, humor grotesco y todas las señas de identidad estilísticas y conceptuales del director de Los Crímenes de Oxford que en su sólido y potente arranque con el atraco nos trae a la mente la ya lejana e inigualable El Día de la Bestia. Las pintas de los protagonistas, la presencia de la fanática religiosa, el cameo del actor Javier Manrique (que era el que repartía panfletos a la llegada del padre Berriatua a Madrid) o el tiroteo en el que se ven implicados Bob Esponja y el Hombre Invisible y en el que hasta el hijo del personaje de Hugo Silva acaba disparando a diestro y siniestro nos recuerdan al mejor Álex de la Iglesia, el de aquella impagable Comedia de Acción Satánica.




Después De la Iglesia incluye una escena en el taxi con la que perfila la personalidad de los personajes principales (los masculinos en este caso) y que sirve como puente para llegar a Zugarramurdi así como para el giro que el proyecto realiza cuando llegan al municipio navarro que da título a la película. Allí la atmósfera enrarecida y amenazante de localidad aislada (esas cintas en VHS con grabaciones sobre la caída del Muro de Berlín o los programas de variedades de José Luis Moreno que ponen en la televisión del bar) el director bilbaino comienza a poner las cartas sobre la mesa y a desplegar el tono que va a tener la cinta desde la llegada a la taberna de Maritxu hasta lo que será el final del largometraje propiamente dicho.




Porque uno de los mayores aciertos del último proyecto de Álex de la Iglesia es el juego que se marca con todo lo referido a la historia y el folklore relacionado con la brujería en Euskadi, dejándose notar esos años en la Universidad de Deusto en los que el director devoró todo tipo de información sobre dicha temática y que tiene su culmen en ese clímax en el que el aquelarre prepara el ritual de "el elegido" con la canción popular infantil Baga, Biga, Higa siendo interpretada por la personalísima voz de Mikel Laboa y la presencia de personajes mitológicos vascos como los Ttuntturros o los Ziripot. Pasaje que se revela como el mejor momento del largometraje  y uno de los más potentes y atmosféricos salidos de la filmografía del autor de Muertos de Risa o Perdita Durango.




Pero la visión de De la Iglesia desde el prólogo o los magníficos títulos de crédito (mis primeras risas tuvieron lugar en los mismos con lo de Ángela Merkel y Margaret Tatcher) es irónica, socarrona y muy deudora del humor que siempre ha destilado su cine, unas veces con más acierto que otras, pero en líneas generales muy notable. Diálogos ágiles, críticas a las fuerzas de la ley y la sanidad, referencias cinéfilas (de La Matanza de Texas de Tobe Hooper hasta Vacas de Julio Medem) y a la cultura pop (el crío disfrutando de la persecución en coche porque le recuerda al Grand Theft Auto: San Andreas) o la inclusión de ese señor que quiere ir a Badajoz interpretado por el habitual de la casa Manuel Tallafé que para un servidor es el mayor acierto, en el plano humorístico, de toda la película.




Y es que aquí está el Álex de la Iglesia que todos conocemos y admiramos, aunque también tiene sus detractores, no iba a ser menos. El excesivo, el visualmente impactante, el grandguiñolesco, el amante del esperpento tan propio de aquí, el personalísimo autor que siempre pone la nota de originalidad en la cartelera del cine español. Personajes caricaturescos que nunca dejan de ser cercanos, una puesta en escena atronadora con escenas de acción magníficamente rodadas, un frenetismo desatado y un reparto que hace un (en líneas generales) notable trabajo bajo su batuta ofreciendo momentos remarcables, sórdidos, irónicos e impactantes sobre todo gracias a su inconfundible look visual marca de la casa.




Dentro del reparto femenino poco voy a decir de lo inmensas que están Carmen Maura (el alma de la película, indudablemente) y una grandiosa Terele Pávez (de cajón que hiciera de bruja, si fue una Celestina soberbia en cine y teatro) o una breve María Barranco a la que se le debería de haber dado más metraje, incluso Macarena Gómez está muy divertida con esa cara de atractiva maldad que la naturaleza le ha dado. En cambio Carolina Bang por mucho que se esfuerza con un papel que De la Iglesia ha hecho a su medida la pobre chica no convence demasiado, aunque está tan de buen ver que su presencia se agradece en pantalla, qué duda cabe. Por supuesto me veo en la necesidad de incluir entre las "actrices" a unos Cárlos Areces y Santiago Segura inolvidables como las dos señoras antropófagas que se unen al aquelarre y que funcionan como pareja bastante mejor que la otra que paso a comentar a continuación.




Entre los hombres está muy resuelto Hugo Silva, demostrando carisma y solvencia, Mario Casas hace bien de bonachón tontorrón y despistado (su papel no deja de ser una parodia de los chulos que ha tenido que interpretar a lo largo de su carrera ¡y no se quita la camiseta en toda la película!) pero ha estado mejor en Carne de Neón o Grupo 7 y el pequeño Gabriel Delgado es jodidamente entrañable, aunque a veces no se entienda lo que dice. Pero la revelación son Jaime Órdoñez, que por fin explota en todo su esplendor esa bis cómica que se le vislumbraba en sus breves apariciones en Aquí No Hay Quien Viva y Javier Botet, actor de peculiarísimo físico (el de la Niña Medeiros ni más ni menos) que se luce como Luismi. De los habituales de la casa impagable Enrique Villén con ese remedo del Igor (con estrabismo incluido de serie) de El Jovencito Frankensetein de Mel Brooks y el ya mencionado Manuel Tallafé. En cambio el dúo de policías al que dan vida Pepón Nieto y Secun de la Rosa (a estos me refería en el párrafo anterior) no me acaba de convencer y eso que los intérpretes hacen bien su trabajo.




Pero Las Brujas de Zugarramurdi tiene el mismo fallo que Balada Triste de Trompeta, su excesiva entrega al caos y lo descontrolado. Un servidor pensaba que el regreso del habitual colaborador de De la Iglesia en los guiones, Jorge Guerricaechevarria, conseguiría atar en corto al director para que no se desbocara demasiado con la narración, pero no es así del todo. Desde la llegada Zugarramurdi la cinta se desata narrativamente, no tanto como para desestructurar la solidez del libreto (los autores de Acción Mutante o La Comunidad son perros viejos en esto) pero sí lo suficiente como para que se alternen momentos innecesariamente alargados (las persecuciones por la mansión, la ineficaz pelea aérea a lo Matrix entre madre e hija) con otros sobresalientes (esa Venus de Willendorf deudora del Peter Jackson de Brainded o el ritual que la precede) que hacen que el viaje finalmente valga la pena, aunque ese final ¿buenrollista? hubiera sido rematado, acertadamente, con más mala baba por el De la Iglesia de épocas pretéritas. Aunque es comprensible que el cineasta le coja cariño a sus criaturas.




La última obra cinematográfica de Álex de la Iglesia merece la pena. Es un trabajo solvente, divertido, personal y anárquico en el buen sentido de la palabra. El bilbaino no nos habla ni de machismo, ni de feminismo, sólo retrata a los dos géneros con sus virtudes y defectos y se ríe y hace mofa de las guerras de sexos (la peculiar discusión de "novios" entre Silva y Bang así lo atestigua) situando su historia en un contexto que conoce bien (sus raíces son de allí) pero hiperbolizándolo hasta llegar a la sátira. Nos encontramos con una pieza memorable, sobrecargada, carismática, imperfecta o lo que es lo mismo, con un microcosmos entre barroco y gótico de lo que es a día de hoy el universo de su autor y la película más puramente vasca de este desde sus dos inolvidables primeros largometrajes.



jueves, 26 de septiembre de 2013

Cujo, hellhounds on my trail



Título Original Cujo (1983)
Director Lewis Teague
Guión Don Carlos Dunaway y Lauren Currier basado en la novela de Stephen King
Actores Dee Wallace, Daniel Hugh-Kelly, Danny Pintuaro, Christopher Stone, Ed Lauter, Kualani Lee, Billy Jayne






Stephen King es mi escritor favorito. Y aunque lo considero una narrador magnífico no es el mejor, ni el más talentoso, pero fue con el que me inicié en el mundo de la literatura para adultos. Con King sucede como con otros autores: Aunque sus obras más conocidas (El Resplandor, Carrie, Misery, Christine) son trabajos remarcables el de Maine donde ha mostrado sus mayores logros como novelista es en las obras menos famosas de su carrera. Ojos de Fuego (Firestarter), Carrertera Maldita (Roardwork), La Larga Marcha (estas dos últimas escritas bajo su pseudónimo Richard Bachman) o La Zona Muerta son novelas que en ocasiones no son conocidas para el gran público, pero que atesoran en su interior al mejor Stephen King.




Dentro de esas novelas no demasiado conocidas se encuentra una que escribió en 1981 (aunque según confesó en su ensayo Mientras Escribo casi no recuerda haberlo hecho, ya que en aquella época sus problemas con el alcohol casi estuvieron apunto de acabar con él) titulada Cujo, protagonizada por un perro San Bernardo contagiado de la rabia, por la mordedura de un murciélago, que asedia a una mujer y su hijo que por desgracia se encuentran en el camino del animal viéndose obligados a quedarse encerrados en su propio coche hasta que alguien venga a rescatarlos o el chucho decida abandonar su ataque. El libro narrado con una especial pericia para perfilar la personalidad del cánido tiene algunos momentos de narración sobresaliente y un final emocionante en el que King sabe llegar a la fibra sensible del lector redimiendo a un mamífero (involuntariamente) salvaje al que ha retratado a lo largo de más de 300 páginas como un monstruo salido del averno.




No tuvieron que pasar más de dos años de la edición de Cujo en Estados Unidos para que la maquinaria cinematográfica se pusiera en marcha y de esta manera adaptar a imágenes la novela del autor de la saga La Torre Oscura que nos ocupa. Porque posiblemente la década de los 80 fue en la que más versiones al celuloide se llevaron a cabo sobre la obra literaria de King. Los Chicos del Maíz (1984), Creepshow (1982), Los Ojos del Gato (1984), Miedo Azul (1985), Cementerio Viviente (1989) fueron algunas de las muchas versiones fílmicas de relatos de King o largometrajes con guiones originales salidos de su propia mano durante aquel decenio. Mismamente ese año en el que Cujo mostró sus fauces a manos de los guionistas Don Carlos Dunaway y Lauren Currier y el director Lewis Teague, David Cronenberg y John Carpenter darían sus propias visiones de las ya mencionadas La Zona Muerta y Christine respectivamente, con buenos resultados en ambos casos.




Dentro de las películas basadas en Stephen King posiblemente las más logradas sean las que no adaptan relatos de terror. Cadena Perpetua (The Shawshank Redemption) La Milla Verde, ambas de Frank Darabont o Verano de Corrupción (Apt Pupil) de Bryan Singer así lo atestiguan. Pero sería de necios negar que Carrie de Brian de Palma, Misery de Rob Reiner, Salem's Lot de Tobe Hooper o El Resplandor de Stanley Kubrick no son excelentes productos cinematográficos. Pero dentro de de las producciones más modestas hay pequeñas joyas a recuperar que a día de hoy están bastante olvidadas. Ese es el caso de la Cujo que nos ocupa, una cinta sin pretensiones, sin un director de renombre realizándola y con un presupuesto ajustado se revela como un film sólido y profesionalmente ejecutado tanto el el plano artístico como el técnico.




Esta Cujo, de 1983, funciona como adaptación fiel al espíritu y el contenido del libro (aunque con alguna excepción destacable que más tarde pasaré a comentar) en el que se basa, pero sobre todo como largometraje contundente, duro, directo y bien realizado. Por un lado tenemos al desconocido y hoy perdidísimo cineasta Lewis Teague haciendo un trabajo sobresaliente de dirección con el guión adaptado que los guionistas Don Carlos Dunaway y Lauren Currier ponen en sus manos. El director de Peligrosamente Unidos (Deadlock) muestra en la obra que nos ocupa el mejor trabajo de su mediocre carrera con un control del tempo narrativo heredero (salvando las distancias, huelga decirlo) de Alfred Hitchcock, porque al igual que en Los Pájaros el suspense de la historia se va construyendo poco a poco cuando el realizador perfila el terreno en el que va a representar su historia y los personajes que la van a protagonizar sin explotar hasta pasado el ecuador del metraje.




Por otro lado Teague sabe cómo y dónde colocar la cámara para conseguir que la sensación y miedo claustrofobia llegue a cotas desasogantes cuando Donna y Tad se ven confinados en el coche por el asedio del animal rabioso. Incluso en una localización tan escasa como el ya mencionado auto consigue ejecutar movimientos de cámara increíbles, como esos travellings que recorren todas las partes del vehículo o el circular que tiene lugar en su interior cuando los personajes parecen haber perdido la esperanza y la cordura, confirmándose con ello una vez más que el holandés Jan De Bont es mejor camarógrafo que cineasta. Aunque sería injusto no mencionar la excelente labor del montador Neil Travis, que logra que creamos que los ataques del San Bernardo son tan reales como viscerales, el maquillaje del equipo de Robin L. Neal que muestra por medio del deterioro físico de Cujo su cada vez más acentuada enfermedad, el trabajo del adiestrador que enseñó a los perros lo que debían de hacer y sobre todo a los seis cánidos que dieron vida al protagonista y que están sencillamente de Oscar.




Pero también el reparto hace una labor magnífica. Desde una Dee Wallace (E.T, The Lords of Salem) descarnada como madre impotente ante el ataque del San Bernardo, un muy natural Daniel Hugh-Kelly como Vic Trenton, el marido de Donna que lleva con una honradez inusitada la infidelidad de ella con un vecino local (interpretado con creíble fisicidad por Christopher Stone, marido en la vida real de Wallace) y un adorable Danny Pintauro de seis años de edad que realiza una labor mastodóntica como Tad, sobre todo en los momentos en los que sufre los ataques, y el gran Ed Lauter haciendo de tipo maltratador y desagradable como sólo él sabe. Pero mi corazón se va con los dos tríos de San Bernardos que hicieron piña para dar vida a Cujo, convirtiéndolo en uno de mis monstruos favoritos dentro del cine de terror contemporáneo




Al igual que el libro en el que se inspira, Cujo es una humilde obra con muchísimos aciertos, hallazgos narrativos y visuales que la convierten en una sólida propuesta tanto en el plano fílmico como en el de ser una adaptación fiel de letra a imagen, aunque la resolución final sea completamente opuesta a la del libro (la comercialidad y la corrección política mandan en Hollywood) que nos remite a un cine artesanal y comercial, por desgracia ya perdido, que le pasa la mano por la cara a todo lo que haya ahora mismo en la cartelera internacional. A día de hoy está muy olvidada y rara vez es destacada en los rankings sobre las mejores películas basadas en novelas de Stephen King, algo totalmente injusto si tenemos en cuenta que la cinta de Lewis Teague está mucho más conseguida que mediocridades como El Cazador de Sueños, de Lawrence Kasdan, la versión de 2004 de Salem's Lot a manos de Mikael Salomon o Rose Red de Graig R. Baxley cuyas simples existencias acrecientan las virtudes del largometraje que nos hizo dudar de la bondad de los San Bernardos.



martes, 17 de septiembre de 2013

The Blackout: Oculto en la Memoria, sexo, mentiras y cintas de vídeo



Título Original The Blackout (1997)
Director Abel Ferrara
Guión Marla Hanson, Christ Zois y Abel Ferrara
Actores Matthew Modine, Béatrice Dalle, Claudia Schiffer, Dennis Hopper, Sarah Lassez, Laura Bailey






Durante la segunda mitad de los 90 se puso de moda en el cine estadounidense utilizar en los argumentos de varios de sus films las grabaciones en vídeo como núcleo narrativo. Estas cámaras servían como confesionarios para los pensamientos más ocultos de sus personajes siendo utilizadas las grabaciones que con ellas se realizaban como una especie de expiadores de demonios. Algunas veces también tomaban el rol de testimonios fidedignos sobre hechos reales que los protagonistas tergiversaban por culpa de problemas de memoria principalmente inducidos por la culpa o el miedo.




Utilizando esta temática cinematográfica, con el vídeo como concepto central, algunos cineastas triunfaron y otros fracasaron irremediablemente. Porque si bien Carretera Perdida de David Lynch y Cosas que Hacer en Denver Cuando Estás Muerto de Gary Fleder supusieron dos de las mejores muestras salidas de la impronta de sus creadores, El Final de la Violencia de Wim Wenders o esta The Blackout de Abel Ferrara se revelaron como los puntos más bajos en las respectivas filmografías de ambos directores. Esta última, que es la que nos ocupa, se pueda tildar como el trabajo más endeble, ineficaz y recalcitrante salido de la mano del realizador de El Asesino del Taladro o El Rey de New York, una pieza con todos sus fallos como autor y casi ninguno de sus aciertos.




Matty (Matthew Modine) es una gran estrella de Hollywood que tras ser abandonado por su mujer, Annie (Beatrice Dalle) se embarca en una espiral de autodestrucción regida por el sexo, las drogas y el alcohol. Pero los intentos por evadirse de la realidad por parte de Matty son infructuosos, ya que la imagen de Annie no desaparece de su mente convirtiéndose en una obsesión para él. Un año y medio después Matty ha rehecho su vida junto a Susan (Claudia Schiffer) en New York y está completamanete rehabilitado, pero al recuerdo de Annie le sigue atormentando. Finalmente decidirá volver a Miami en busca de su ex mujer y con ello unir las piezas del puzzle que su memoria ha eliminado de manera voluntaria.




The Blackout es un anodino ejercicio de retoricismo lleno de resoluciones formales farragosas y un argumento inane sin apenas desarrollo y con planteamientos simplistas a medio gas. No sólo es la obra más fallida de Abel Ferrara (al menos de las que ha visto un servidor) también es la muestra palpable de que con ella llegaba la etapa en la que el italoamericano se emborrachó de presuntuosidad autoral, para más inri, localizando su historia en un contexto espacial que no tiene nada que ver con su voz como director, adentrándose en un mundo en el que parece estar de paso y sin querer ahondar mucho en el mismo para narrar su historia.




Porque Ferrara es el director de los ambientes sórdidos y la podredumbre urbana. Para nada van con él los edificios de diseño, los hoteles de cinco estrellas, él ha dado lo mejor de sí mismo entre fumaderos de crack, locales de mala muerte y callejones comidos de mierda. Pero lo peor es que muchas de sus señas de identidad están en The Blackout, aunque llevadas con una superficialidad plomiza y unas ínfulas de falsa modernez de naturaleza efectista, cutre y en ocasiones hasta videoclipera. Autodestrucción, redención, amor una visión turbia del mundo del cine, obsesión, carnalidad, todo está aquí, pero mal medido, pobremente dosificado y rematado con una torpeza insalvable.




The Blackout es una versión estúpida y etílica de la ya mencionada Carretera Perdida de David Lynch, (en ocasiones parece fusilar pasajes enteros de aquella, pero como ambas cintas se estrenaron en el mismo año puede que todo sea casualidad) pero si en aquella el director de Montana conseguía una atmósfera malsana y hermética, hilar una historia que enganchaba, mantener al espectador atento a lo que en la pantalla acontecía y perfilar unos personajes fascinantes en fondo y forma, en la obra que comentamos Ferrara parece abordar todo el entramado de su criatura con una condescendencia cool en la que parece entregarse a la improvisación narrativa con personajes que pululan a duras penas por la pantalla entre dinero, cocaína, rodajes cutres y mujeres de cuerpos neumáticos.




Ni siquiera el buen reparto puede levantar el proyecto. Matthew Modine se esfuerza y se entrega a un papel que cae antipático desde que abre la boca por primera vez delante de la pantalla, pero arrastrarse por los suelos, ingerir todo tipo de sustancias adictivas y poner cara de atormentado no es suficiente para ser creíble como persona a la que no le importa nada excepto acabar consigo mismo, hay que dar matices y profundidad al rol y eso lo hizo magistralmente Harvey Keitel en Teniente Corrupto, cinta que nadie pensaría que rodó el mismo director que esta The Blackout y que contiene, para el que suscribe, una de las mejores y más arriesgadas interpretaciones masculinas de la historia del cine a manos del ya mencionado protagonista de Reservoir Dogs.




Dennis Hopper personifica uno de esos papeles de pirado (en esta ocasión un efermizo director de cine erótico) que seguramente interpretó bajo los efectos de sabe dios cuántos estupefacientes e improvisando los diálogos sobre la marcha y como le venía en gana, marca de la casa. Del reparto de actrices decir que están ahí por su belleza física principalmente, no por sus dotes como intérpretes, pero es curioso destacar que la modelo Claudia Schiffer dando vida a la cándida Susan está mucho mejor que una carnal Béatrice Dalle en la piel de Annie. Aunque el descubrimiento del casting es Sarah Lassez, una belleza canadiense que sigue haciendo cine pero de la que poco sabemos actualmente.




Es curioso, hace años vi The Blackout y sin parecerme una de las obras más destacables de Abel Ferrara tenía un grato recuerdo de ella e incluso la defendía frente a aquellos que la criticaban. Supongo que ver con 15 años y en plena pubertad el festival de tetas que desfila a lo largo del film me hizo camuflar todos sus fallos y desaciertos, que no son pocos ni livianos. La revisión que le hice ayer me confirmó cuán equivocado estaba, ya que esta producción de 1997 es una hija de su tiempo ajena al autor que rodó 'R Xmas o The Addiction. Una pieza nacida por el capricho de un señor que tras el éxito de su magnífica El Funeral decidió dárselas de moderno abortando esta insufrible pieza mal ejecutada, que ni escandaliza, apenas erotiza, no incita a reflexión alguna y más que otra cosa aburre y sobrecarga. 


domingo, 15 de septiembre de 2013

Dante 01, San Jorge Superstar



Título Original Dante 01 (2008)
Director Marc Caró
Guión Pierre Bordage y Marc Caró
Actores Lambert Wilson, Linh Dan Pham, Dominique Pinon, Yann Collette, Bruno Lochet, François Levantal, Simona Maicanescu, Gérald Laroche






No ha debido ser un camino de rosas la carrera del guionista, realizador, dibujante y director artístico Marc Caró después de desvincularse de su compañero de fatigas Jean-Pierre Jeunet. Ambos dieron forma a principios de los 90 a una nueva vertiente de cine de género dentro de su país con obras tan estimables y atípicas como Delicatessen y La Ciudad de los Niños Perdidos. Pero después de este díptico que aunaba oscuridad con inocencia los dos colaboraron por última vez en la muy gamberra y recuperable Alien: Resurrección, debut en Hollywood de Jeunet (Caró se ocupó sólo de los decorados, no compartiendo esta vez labores de dirección con el director de Micmacs) y cuarta entrega de las correrías de la teniente Ripley.




Tiempo más tarde mientras Jeunet saboreaba un descomunal éxito con Amelie, Caró se dedicaba a ser el director de arte o diseñador de personajes de films de compatriotas suyos como Gaspar Noé (Enter the Void) Jan Kounen (Blueberry: La Experiencia Secreta) o Pitof (Vidocq). Pero fue el año 2008 en el que debutara en solitario en el campo de la dirección cinematográfica. Lo hizo con Dante 01, la obra que nos ocupa, un film de ciencia ficción fallido por cometer varios pecados (curioso si tenemos en cuenta la temática del largometraje) imperdonables que le pasaron factura abocando el proyecto al fracaso siendo masacrado por crítica y público, en gran parte con motivo.




Dante 01 es el nombre de una prisión espacial de máxima seguridad que da cobijo a todo tipo de criminales y dementes. Los métodos allí utilizados para la supuesta reinserción de los presos son inhumanos y por ello los reclusos, comandados por César, decidirán rebelarse e intentar escapar del lugar. Pero todos los planes ser verán alterados con la llegada de un nuevo miembro a Dante 01, un individuo callado y asustadizo que es bautizado a su llegada como Saint-Georges y que parece tener poderes divinos que le permiten curar o resucitar a las personas con las que mantiene contacto físico. Este nuevo pasajero cambiará forzosamente el futuro de todos los que pueblan esta infernal cárcel.




La primera película de Marc Caró en solitario empieza mal cuando el espectador más o menos avispado se da cuenta de que tanto el argumento como la estética fusilan impunemente a Alien 3, la ópera prima de David Fincher en el mundo de la realización, pero acentuando brutalmente la carga teológica de aquella, que fue inyectada por el director australiano Vincent Ward (argumentista del film que vio como un Walter Hill productor y guionista redujo considerablemente la carga religiosa del proyecto) en la historia que destilaba cierto tono mesíánico que no sobrecargaba demasiado y en ocasiones quedaba bastante bien a la tercera aventura de Ripley y sus amigos los alienígenas.




Por eso desde el minuto uno cuando la voz en off lanza sus primeras palabras nos damos cuenta de que Dante 01 es una película alarmantemente pretenciosa (hasta los nombres de los personajes lo son: Perséfone, Lázaro, Atila, San Jorge y lo de la referencia al autor de La Dvinia Comedia también se las trae), que cree estar contando algo más grande que la vida y que está convencido de estar dando clases de metafísica o filosofía cuando sólo está contando una versión simple y torpe de un nuevo Jesucristo que da a parar a una cárcel espacial y se pone allí a hacer milagros entre dementes, criminales y científicos con aspiraciones nazis. El problema es que el tono teológico se hace cargante, farragoso, plomizo y entorpece el ya de por sí raquítico argumento que no da para mucho por su naturaleza endeble y que para colmo, como es tradición en este tipo de films, incluye a algunos roles  que "no creen" y que son, por supuesto, los más maquiavélicos e inhumanos de la obra.




Caró sólo se preocupa de transmitir una solemnidad cargante y megalómana creyéndose una mezcla entre Stanley Kubrick, Andrei Tarkovski y Carl Theodor Dreyer, cuando en realidad el tipo no llega ni a Peter Hyams. Por suerte sus dotes para la dirección artística y la creación de storyboards se dejan ver en pantalla ofreciéndonos un diseño de producción notable con unos decorados, fotografía y efectos digitales de muy buen nivel. También consigue sacar de sus actores una carnalidad bastante palpable, aunque el protagonista, Lambert Wilson, se pasa todo el metraje retorciéndose por los suelos y siendo eclipsado por un Dominique Pinon que dando vida al papel de César se convierte en el mejor actor y personaje de la película.




Pero lo mejor de la cinta es que nunca aburre, se pasa en un suspiro (también es cierto que dura no más de 80 minutos) y ofrece entretenimiento bien medido a un espectador que al menos en el plano visual se queda bastante satisfecho con el trabajo del director. Pero una vez más todo se cae por su propio peso cuando la pretenciosidad llega a cotas carcajeantes con ese clímax final en el que Caró quiere hacer su versión de 2001: Una Odisea en el Espacio pero lo único que le sale es un videoclip sobrecargado entre new age y recalcitrantemente cristiano en el que sólo vemos cuatro planos distintos sucederse en forma de bucle a cada vez más velocidad hasta que no podemos evitar reírnos por el disparate que estamos viendo en pantalla y que lo único que nos hace pensar es en que Darren Aronofsky mereció mejor suerte con su maravillosa The Fountain, obra que es como una hermana inteligente de la película de la que estamos hablando y cuyo final deja en pañales al que acabo de comentar.




Dante 01 es un producto fallido, un intento de narrar algo prodigioso que se queda en una bonita carcasa que sólo contiene en su interior divagaciones recalcitrantes sobre religión y sacrificio. No considero que sea la basura que muchos proclaman (el simple hecho de que no me aburriera en ningún momento al verla siempre jugará a su favor) pero sí es la confirmación de que Marc Caró no debería dedicarse a rodar cine en solitario, porque por mucha fuerza que tengan sus imágenes, por mucho instinto que tenga a la hora de cautivarnos con lo que el objetivo de su cámara consigue captar, como narrador es increiblemente torpe y presuntuoso. Esperemos que si decide volver a dirigir se embarque en un producto más modesto y menos adoctrinador. 


sábado, 14 de septiembre de 2013

La Gran Familia Española



Título Original La Gran Familia Española (2013)
Director Daniel Sánchez Arévalo
Guión Daniel Sánchez Arévalo
Actores Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre, Patrick Criado, Verónica Echegui, Roberto Álamo, Héctor Colomé, Miquel Fernández, Arantxa Martí, Sandra Martín, Sandy Gilberte, Raúl Arévalo, Pilar Castro





En más de una ocasión he comentado en este blog que el madrileño Daniel Sánchez Arévalo me parece la gran promesa del cine español. Un director que con sus tres primeros films ha sabido captar con acertada ternura pero sin remilgamientos tanto lo bueno como lo malo de nuestro país en la actualidad. Su ópera prima, AzulOscuroCasiNegro, nos mostraba a un cineasta con sensibilidad, inteligencia y una especial mano para la dirección de actores. La arriesgada y atípica Gordos nos confirmó todo lo que su debut detrás de las cámaras nos hizo vislumbrar y la jodidamente tierna Primos nos demostró su destreza para la comedia más o menos pura. Por eso me apena tener que comentar que La Gran Familia Española es el primer tropiezo en la carrera de este cronista de la España en la que nos ha tocado vivir.




Porque la última película de Daniel Sánchez Arévalo es una obra fallida, un inesperado pinchazo dentro de su hasta ahora intachable filmografía. No hablamos ni mucho menos de una mala película o una obra desdeñable, pero sí de una comedia dramática más o menos típica y tópica en la que sólo en momentos puntuales podemos ver el talento y el ingenio del director del cortometraje Pene. Porque el mayor logro del madrileño era precisamente tomar lo visto mil veces pero llenándolo de aciertos, vida y cierta profundidad. Pero en La Gran Familia Española trata de aunar demasiados conceptos, estilos y géneros y en varias ocasiones tal empresa no llega a buen puerto.




Cinco hermanos preparan la boda del más pequeño de ellos que pasará por la bicaría con sólo 18 años por una promesa de niñez y haber dejado embarazada a su pareja. Durante la ceremonia todos tendrán que luchar contra varios obstáculos como rencillas del pasado, infidelidades, crisis sentimentales, depresiones, antiguos amores, una padre con delicada salud, pero sobre todo con el invencible enemigo que supone celebrar la boda el mismo día que España se enfrenta a Holanda en la final del mundial de Sudáfrica en el año 2010. Esta peculiar familia descubrirá a lo largo de ese día que nada es tan idílico como parece y que flirtear con el desastre no pueda traer buenas consecuencias durante una fecha tan señalada.




En La Gran Familia Española Daniel Sánchez Arévalo ha querido unir cierta tradición de cine patrio para todos los públicos (aunque, acertadamente, pervierta el concepto de aquella el título es una referencia clara a La Gran Familia, el clásico de 1962 dirigido por Fernando Palacios y Rafael J. Silva) con esa conocida vertiente de cine principalmente americano en el que se arma la gorda durante ceremonias multitudinarias ya sean bodas o funerales. La mezcolanza de estos dos estilos antagónicos de entender la comedia no cuajan todo lo bien que debieran en pantalla y la irregularidad argumental se hace patente bien pronto.




Pero el mayor fallo de la cinta es que su autor se entrega casi siempre a lo sencillo, al tópico, al cliché dentro del género o lo que es lo mismo, se rinde a los brazos de todo aquello de lo que había huido en sus obras previas. De hecho en Primos, obra muy superior (posiblemente mi favorita de las suyas, sin ser la mejor de ellas) a la que nos ocupa y que por su temática incitaba brutalmente a caer en maniqueísmos propios del melodrama con aplomo y una naturalidad desarmante Sánchez Arévalo los esquivó todos ofreciendo algo más que la manida cinta de humor costumbrista patria, hablándonos de madurez, errores pasados, presentes y futuros, en resumidas cuentas, de la vida misma.




Por eso es decepcionante encontrarse diálogos en los que casi no se atisba la inventiva del tío que escribió Primos, que parecen salidos de una comedia común y corriente y no ideados por ese excelente guionista que siempre ha demostrado ser su autor. Situaciones propias del cine de adolescentes (el triángulo amoroso está indebidamente tratado) que no van con un cineasta como este o chistes facilones como muchos de los referidos al personaje de Benjamín (al que da vida un esforzado Roberto Álamo), la bisabuela con la bombona de oxígeno mientras fuma, el padre con problemas cardiacos, la madre ausente. Todos son caminos transitados en los que el director y guionista se adentra innecesariamente y que parecen ajenos a su estilo.




El realizador en ocasiones está irreconocible, la frescura de las situaciones que planteaba en AzulOscuroCasiNegro o Primos o los experimentos visuales y estilísticos que tan bien le quedaban en Gordos casi no tienen presencia en el primer caso o están mal ejecutados en el segundo (lo del ensayo de la declaración por el robo de Adán, Benjamín y Fran al mismo tiempo comienza bien, pero finalmente acaba cansando y el montaje paralelo de las confesiones familiares de Carol y Efraín si no es por el trabajo de los actores sería bastante plomizo). Por suerte en varias ocasiones sí podemos ver la mano de su director, sobre todo cuando nos encaminamos en la recta final y los sentimientos que estaba contenidos afloran y el drama gana terreno a la comedia pero nunca sin perder el humor.




Porque cuando el personaje de Caleb hace su confesión a Cris podemos ver, no sólo al Sánchez Arévalo de siempre, sino al mejor hasta la fecha, La lectura de ese e-mail suena a declaración desgarrada, a dolor atragantado y la labor de un enorme Quím Gutiérrez al que una excelente Verónica Echegui le sigue el juego es posiblemente el mejor momento del largometraje y en el que el cineasta hace una declaración de principios afirmándonos que los lazos de sangre no son siempre los que forjan los núcleos parentales y que hasta las familias desestructuradas tienen un fondo de verdad, corazón, humanidad y como no, pasión incontrolada por el fútbol.




Luego tenemos al Sánchez Arévalo director de actores y ese casi en ningún momento falla. El reparto en líneas generales está muy bien, aunque a los actores adolescentes les falta algo de rodaje al menos se esfuerzan considerablemente. Pero son los habituales de la casa como Quím Gutiérrez, Antonio de la Torre, Héctor Colomé (padrastro del realizador en la vida real) o un poco aprovechado Rául Arévalo que podía haber cagado pepitas de oro con ese atolondrado camarero si le hubieran dado más cancha los que le tienen cogido el punto al director y saben dar lo mejor que llevan dentro cuando se ponen delante de su cámara.




La Gram Familia Española es la película más acomodaticia de un cineasta con todas las letras dentro de nuestro celuloide. Una obra que en ocasiones no parece salida de su mano pero que en otros momentos nos deja vislumbrar su impronta en el interior. Por desgracia para un servidor ha sido una inesperada decepción y la pieza más floja de su envidiable carrera. Aunque estoy seguro de que la cinta con la que llegará a la excelencia a la hora de hablar de las glorias y miserias de nuestra tierra está por venir, ojalá sea esa adaptación del cómic Paracuellos de Carlos Giménez que lleva años acariciando y que puede que nos recupere a ese realizador capital de nuestro cine actual.