viernes, 23 de agosto de 2013

La Casa del Diablo, la aburrida noche de la babysitter



Título Original The House of the Devil (2008)
Director Ti West
Guión Ti West
Actores Jocelin Donahue, Tom Noonan, Mary Woronov, Greta Gerwig, AJ Bowen, Dee Wallace





Es una verdadera pena que un producto a priori tan interesante como La Casa del Diablo del realizador norteamericano Ti West no cumpla con las expectativas que se depositan en él en sus primeros cinco minutos. Lo que se podría haber revelado como un delicioso homenaje el cine de terror estadounidense de la primera mitad de los años 80 se convierte en un mortecino ejercicio de desidia argumental que aboca a un somnoliento aburrimiento a un espectador que no da crédito a que una forma tan adecuada pueda contener un fondo tan defectuoso.




Samantha es una joven universitaria con problemas económicos. Una mañana decide llamar a un número de teléfono en el que una persona solicita con urgencia el trabajo de una babysitter. Cuando la chica llega a la casa, junto a su amiga Megan, descubre que Mr Ulman sólo requiere sus servicios para esa misma noche, durante cuatro horas por las que cobrará 400 $ y en las que sólo tendrá que vigilar a la anciana matriarca de la familia. La siniestra casa, el extraño comportamiento de los Ulman y que esa misma noche tenga lugar un eclipse lunar convertirán esas cuatro horas en las más terribles de la vida de Samantha.




Desde el primer minuto (no hay más que ver esos títulos de crédito con planos congelados y el título del film ocupando toda la pantalla) The House of the Devil es un facsimil cinematográfico. Una obra que si no supiéramos que se estrenó en el año 2008 pensaríamos que vio la luz en 1982. Ya que el film de Ti West utiliza la estética, las resoluciones formales, los lugares comunes y hasta la banda sonora de los productos de terror de serie B de la primera mitad de la década de los 80. Toda la puesta en escena del largometraje nos recuerda a aquellas cintas estadounidenses sobre casas ténebres, cultos satánicos y sectas adoradoras de Lucifer que ya venían de los años 70.




El director y guionista lo tiene todo para triunfar y su labor detrás de las cámaras es notable sabiendo cómo encuadrar, qué referencias tomar o cuales desechar y sacar provecho de una escueta dirección artística muy bien fotografiada. Pero La Casa del Diablo finalmente fracasa como cinta y homenaje por ser un producto rematadamente aburrido en el que no sucede prácticamente nada durante 75 anodinos minutos en los que lo más interesante que acontece en pantalla son un inesperado disparo a una cabeza y la presencia de varios manojos de pelos en una bañera, secuencia que supuestamente debe inquietarnos y que paradójicamente incita a la carcajada.




Durante esa hora y cuarto lo único que vemos es la vida triste que lleva el personaje de Samantha para posteriormente entrar en la casa que da título al film y hacer allí estupideces como comer, ver la televisión, hablar por teléfono, bailar con los walkman puestos y romper un jarrón. El problema no es que la protagonista se entregue a estas ociosas acciones que cualquier hijo de vecino haría en su lugar (la Jamie Lee Curtis de la seminal La Noche de Halloween también las llevaba a cabo, pero claro, John Carpenter es una maestro del tempo narrativo dentro del género de terror) es que West no tiene ni idea de cómo inquietar al espectador, es nefasto para crear una atmósfera palpable de amenaza y todas las elecciones argumentales que toma están expuestas en pantalla con una desgana sencillamente pueril.





Cuando llega el clímax final un servidor está mirando las musarañas, pendiente de mil cosas que no tienen nada que ver con la película y por mucho que al final su creador se marque un resultón ritual satánico con el que quiere convertir su deficiente producto en La Semilla del Diablo (Rosemary's Baby) el daño ya está hecho, el aburrimiento se ha apoderado de la velada y esa poco creíble resolución utilizada como cierre confirma que estamos ante otro claro caso de quiero y no puedo que no llega a ser ese delicioso homenaje a unas obras y una manera de hacer cine casi perdida que parecía en un principio.




La The House of the Devil que nos ocupa es una obra cinematográfica del todo fallida, porque comete la tropelía que ninguna película debería cometer, aburrir soberanamante al espectador. Por mucho que el envoltorio sea adecuado, los actores cumplan convenientemente, el argumento central tenga su encanto y haya cierto aroma y cariño sincero hacia cine de género pretétiro (esa Dee Wallace en el prólogo) el contenido es desangelado, triste y endeble, de modo que el director y guionista fracasa en su empresa que nunca consigue llegar a buen puerto por culpa de sus inadecuadas dotes como narrador cinematográfico.




Dentro de la serie B de os 80 hay grandes obras adscritas al terror, pero la tercera cinta de Ti West parece rendir homenaje a aquellas que producían somnolencia a la platea por su inconsistencia narrativa como la sobrevaloradísima Prom Night de Paul Lynch (que al igual que el film que nos ocupa tenía un arranque prometedor que se desinflaba al poco tiempo). Si esto es así la fidelidad a dichas producciones es tal que el director posiblemente haya gestado su Ciudadano Kane personal. Pero para esto prefiero quedarme con la imperfecta The Lords of Salem de Rob Zombie que con sus virtudes y defectos llega, en el mismo terreno, mucho más lejos que esta oportunidad perdida por la que no merece perder el tiempo.


martes, 20 de agosto de 2013

Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal, in a town like Savannah nobody is innocent



Título Original Midnight in the Garden of Good an Evil (1997)
Director Clint Eastwood
Guión John Lee Hancock basado en la novela de John Berendt
Actores John Cusack, Kevin Spacey, Jude Law, Irma P. Hall, Lady Chablis, Alison Eastwood, Paul Hipp, Jack Thompson, Kim Hunter, Geoffrey Lewis







Traslación cinematográfica que el veterano director Clint Eastwood realizó en 1997 de la célebre novela de John Berendt, Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal editada tres años antes. Como largometraje hablamos de una rara avis dentro de la filmografía como director del protagonista de Por Un Puñado de Dólares, pero a diferencia de en otros experimentos como Más Allá de la Vida (Hereafter), en el que su sello autoral quedaba prácticamente diluido para dejar paso a un competente artesano que no parecía adaptarse al género con toques sobrenaturales que abordaba, aquí el resultado se salda con éxito y los suficientes aciertos como para ser reivindicada como una obra a redescubrir y que no obtuvo el reconocimiento que mereció en su momento.




Anualmente en la ciudad de Savannah, en el estado de Georgia, un famoso y acaudalado ciudadano llamado Jim Williams (Kevin Spacey) organiza una fiesta de Navidad a la que acude toda la gente con clase de la localidad. Para este año, 1981, Williams ha contratado los servicios del periodista John Kelso (John Cusack) para que escriba una crónica de lo que allí suceda durante la noche. Pero poco después de que el anfitrión despida a sus invitados un tiroteo mortal que lo involucra directamente trastocará la apacible vida de Savannah y la del propio Kelso que se verá implicado personalmente en tan trágicos hechos.




Como ya he comentado al inicio de la entrada Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal está basada en la novela homónima de John Berendt, inspirada esta casi en su totalidad en hechos reales en los que el mismo escritor se vio implicado, ya que el Jonh Kelso que protagoniza el largometraje es un alter ego de su persona. Clint Eastwood puso un considerable interés para sacar adelante esta traslación a imágenes, llegando a irse un tiempo a vivir a Savannah para mezclarse con la fauna local (nunca mejor dicho) y así poder hablar directamente con personas implicadas directamente con aquellos trágicos hechos de 1981 y que incluso aparecerían más tarde en el largometraje.




Esta produccion de 1997 utiliza la excusa argumental del asesinato del joven chapero Billy Hanson para sumergirnos en esa localidad llena de extravagantes ciudadanos que van desde un señor que pasea a un perro invisible hasta a un vecino que lleva atadas a su cuerpo moscas como si fueran sus mascotas personales. Eastwood retrata una Savannah excéntrica, excesiva, llena de personajes pintorescos, jóvenes que venden su cuerpo, transexuales con aspiraciones de diva, abogados ambiciosos pero incultos (que el de Williams desacredite la cita de Thomas Hobbes de la acusación diciendo que no sabe quién es ese señor pero se atreva él a parafrasear al catódico  Perry Mason es una sutil crítica no sólo al sistema judicial también a la incultura imperante en una localidad como la que retrata el director) y brujas carismáticas, ya que Savannah también es una ciudad que rinde tributo a los espíritus y las supersticiones.




Pero en ningún momento Eastwood se ríe de sus criaturas, hace mofa de ellos o las señala acusatoriamente. Al igual que el John Kelso que ptoragoniza el film el director de Mystic River acaba enamorándose de los habitantes de Savannah, de su peculiar manera de ver la vida y de sus atípicas costumbres. Aunque esto no es óbice para que se prive de retratar la intolerancia racial de la zona (que los negros tengan que hacer su fiesta privada) los prejuicios de muchos de sus ciudadanos (la homosexualidad de Williams es vital para el discurrir del juicio en el que se ve implicado) o el ya mencionado sistema jurídico al que Eastwood deja en peor lugar que en su posterior Ejecución Inminente (True Crime), que pecaba por su conservadurismo y tibieza en la recta final. Pero esta notable fascinación queda perfectamente reflejada en la simpatía y el tono socarrón con el que el cineasta retrata al personaje de Lady Chablis. Rol que es el colmo de la metarferencialidad, porque dicha artista de variedades (nacida como Benjamin Edward Knox) interpreta al personaje del libro de Berendt que a su vez estaba basado en ella misma.




Chablis Deveau es la misma Savannah, su representación más cristalina como entidad corpórea. Un transexual de mediana edad, hortera, de lengua afilada, modales entre elegantes y groseros y un carisma desbordante que se revela como el mayor descubrimiento del largometraje. Una diva hecha a sí misma, una superviviente que roba la velada al resto de actores y que en ningún momento parece estar interpretando un personaje, de hecho no está haciéndolo, al menos en el sentido más ortodoxo de la palabra. La presencia de Chablis en el film es otra muestra de la implicación personal de Eastwood con respecto a llevar a buen puerto la empresa de que el trabajo fuera considerablemente fiel a la novela en la que se inspiraba.




En Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal hay lugar para el folletín telenovelesco, para la intriga policial a lo Agatha Christie, hasta para el ligero matiz sobrenatural y de vudú con todo lo que implica al enorme personaje de Minerva al que ofrece su peculiar físico una inolvidable Irma P. Hall. Con respecto a esta hay que destacar que los mejores momentos del film son la reunión de esta con Williams y Kelso en el cementerio y la segunda visita al mismo lugar por parte del periodista un poco más tarde, hipnótica la atmósfera en esos pasajes por parte de Eastwood. También hay ecos de la Twin Peaks de David Lynch y Mark Frost entre esos personajes extravagantes que parecen esconder más de un secreto.




El casting es otro de los puntos fuertes del largometraje. Perfecto John Cusack como John Kelso, fácil lo tiene el espectador para identifcarse con su personaje. Magnífico Kevin Spacey dando vida a Jim Williams, mostrando con sutilidad tanto sus inclinaciones sexuales (Eastwood se ve comedido con el tema de la homosexualidad aquí, abordándola con pies de plomo, intentando no ofender pero sin implicarse demasiado, al contrario que en J. Edgar, su reivindicable biopic del fundador del FBI donde fue más valiente con el tema, ) o su status de elegante nuevo rico. Alison Eastwood no lo hace mal y se ve que trabajó bastante el acento sureño, al igual que un Jude Law muy convincente en su rol de amante de carácter violento. Dentro del humor destacables también Geoffrey Lewis como Luther Driggers y Jack Thompson como el campechano abogado Sonny Seiler.




Pieza a reivindicar dentro de la carrera de Clint Eastwood por ser una experimento en gran medida alejado de su estilo pero que se saldó con una notable victoria por su parte. Por desgracia en su momento no tuvo mucha repercusión ni en taquilla ni por parte de la prensa especializada, aunque hasta cierto punto es comprensible, ya que en los 90 el ex alcalde de Carmel venía de dar forma a algunas de sus mejores obras como Sin Perdón, Un Mundo Perfecto, Los Puentes de Madison o contundentes thrillers como Poder Absoluto y esta interesante y lograda crónica negra del sur de Estados Unidos pasó casi desapercibida. Pero estoy seguro de que el tiempo la revalorizará y la mostrará como lo que es, una interesante rareza digna de ser recuperada dentro de la filmografía de su autor.



viernes, 16 de agosto de 2013

Pacific Rim



Título Original Pacific Rim (2013)
Director Guillermo del Toro
Guión Travis Beachman y Guillermo del Toro
Actores Charlie Hunnam, Idris Elba, Rinko Kikuchi, Charlie Day, Diego Klattenhoff, Burn Gorman, Max Martini, Robert Kazinsky, Clifton Collins Jr., Ron Perlman, Brad William Henke, Larry Joe Campbell, Mana Ashida, Santiago Segura, Joe Pingue





Desde que despuntará internacionalmente con su ópera prima en el mundo del largometraje, Cronos, el mexicano Guillermo del Toro ha ido dando forma a su filmografía moviéndose entre dos países, Estados Unidos y España. Si bien en la tierra de las barras y estrellas ha dirigido productos de gran presupuesto (en los que como ha admitido en más de una ocasión no siempre ha tenido el control creativo de los proyectos) como Blade II las dos entregas de Hellboy, en nuestro país ha gestado algunos de sus proyectos más intimistas y personales, como la notable El Espinazo del Diablo o la inmensa El Laberinto del Fauno, aunque estas últimas sean realmente co producciones con su México natal.




Pacific Rim pertenece al grueso de su obra forjada en Hollywood, pero los tiempos de Mimic (su primera cinta americana cuyo rodaje admitió haber sido terrible por culpa de los productores) quedan lejos y el Guillermo del Toro actual tiene prácticamente carta blanca, trabaje en la industria que trabaje, desde que el maravilloso cuento de hadas protagonizado por Ivana Baquero y Sergi López rompiera todos los records habidos y por haber dentro del cine español (incluyendo siete premios Goya y nada más y nada menos que tres Oscars). Esto ya se dejó notar en Hellboy: El Ejército Dorado, cinta en la que la libertad artística del mexicano fue tal que el guión se le fue de las manos y su bestiario ilimitado de personajes devoró gran parte de la historia que quería narrarnos.




Pero por suerte la cinta que nos ocupa es, dentro del género y el tipo de cine al que pertenece, todo un éxito. Pacific Rim es uno de los blockbuster más recomendables del verano, una obra que hunde sus ráices en una tradición de cine nipón de género y por supuesto en el mundo del manga/anime del país del sol naciente. El resultado, como ya digo, es un largometraje 100% disfrutable, grandilocuente, wagneriano, ligero en su trasfondo pero completamente lúcido en su contexto y desarrollo, que ofrece dos horas de cine comercial, probablemente no de autor, pero sí con la suficiente personalidad como para destacar dentro de la ruidosa y bastante vacua cartelera de la temporada estival.




En un futuro un muy lejano unas gigantescos monstruos llamados Kaijus surgen de una grieta interdimensional localizada en el fondo del océano Pacífico. Cuando la humanidad toma conciencia de que el ataque de las criaturas se recrudece gradualmente deciden crear unos enormes robots llamados Jaegers. Estás máquinas son controladas mentalmente por dos pilotos humanos unidos neuoronalmente para poder ejecutar los movimientos del robot. Pero los Kaijus son demasiado poderosos y los Jaegers no consiguen contenerlos para evitar la extinción de la humanidad que cada vez parece más inminente.




Pacific Rim es en gran parte una muestra del subgénero de ciencia ficción Mecha, muy cultivado en Japón. Como obra rinde tributo a obras niponas de ficción como Mazinger Z de Gō Nagaio Neon Genesis Evangelion de Yoshiyuki Sadamoto (tanto en sus versiones manga como anime), aunque también se ocupa Del Toro de rendir tributo a las producciones en las que colaboró el mítico, y recientemente fallecido, técnico de efectos especiales Ray Harryhausen, ya que la cinta que nos ocupa está dedica a él y al cineasta Ishiro Honda, impulsor del género cinematográfico japonés conocido como Kaiju, tipo de films protagonizados por monstruos post nucleares.




Este célebre subgénero que hizo famoso a monstruos como Godzilla, Gamera o Rodan nació en parte como alegoría, dentro de la ficción, al terror surgido en Japón por la radición nuclear tras los bombardeos de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Es en este tipo de celuloide en el que más se refleja una obra como Pacific Rim (que a las criaturas se las llame Kaiju es una rererencia directa al ya mencionado subgénero), una producción norteamericana con vocación internacional, pero que destila a lo largo de todo su metraje un aroma nipón del que según ha comentado el mismo Del Toro se alimentó desde su infancia.




Pacific Rim conceptualmente tiene un referente claro y reciente en una cinta diametralmente opuesta a ella tanto en temática como en tono. The Conjuring: Expediente Warren de James Wan y la última cinta de Del Toro comparten ser obras que toman y acumulan todos los clichés dentro de sus respectivos géneros para reformularlos por medio de una ejecución que los hace quedar convincentes en pantalla gracias a la mano de los directores que les dan forma. Por eso en la última producción del realizador de Cronos podemos ver señas de identidad de este tipo de films como frases lapidarias, traumas infantiles, competitividad, gallardía, compañerismo y sacrificio. Pero como ya comento Del Toro consigue que estas ideas queden bien en pantalla y no inciten a un déjà vu impersonal, todo gracias al profundo amor que profesa por su trabajo y los referentes en los que se refleja.




Por encima de todo Pacific Rim la crean los Jaegers y los Kaiju, personajes diseñados por medio de CGI que en pantalla quedan imponentes y cuyas batallas se antojan como lo mejor visto dentro de este género de combates entre monstruosidades ya sean mecánicas o alienígenas. El buen hacer de los efectos digitales consigue transmitir esa sensación de inmensidad, tonelaje y mastodóntica presencia que las criaturas que pueblan el largometraje tienen la obligación de transmitir a la platea. Por descontado que hablamos de una cinta cuyo formato ideal para ser disfrutada al máximo es en pantalla grande, ya que por muy bien home cinema que tengamos en casa la experiencia de ver robots y bichos gigantescos en una sala de cine es insustituible




También se agradece a Del Toro y su co guionista Travis Beachman que intenten dar algo de poso a las relaciones personales de sus protagonistas. Aunque bien definidos los roles de todos los personajes sus caracteres son más bien planos, el mexicano y su colaborador no quieren meterse en los terrenos metafísicos de Neon Genesis Evangelion y se deciden por narrar subtramas más ligeras pero que no carezcan de roles con carisma (Idris Elba se come la película) valentía (Charlie Hunnam cumple, pero está lejos de su soberbio Jax Teller de la magnífica Sons of Anarchy) o determinación (Rinko Kikuchi dándole el tono puramente nipón a la velada). Tampoco nos priva el director de sus personajes cómicos como esos sonados científicos entrañables a los que dan vida Charlie Day y Burn Gorman, el contrabandista excéntrico al que pone su peculiar físico Ron Perlman, uno de los actores fetiche de Del Toro, y la indispensable presencia de nuestro amiguete Santiago Segura que (casi) nunca falta en las producciones del azteca.




Del Toro está en su salsa en Pacific Rim y si bien no podemos ver en toda plenitud su sello autoral sí se percibe en cada uno de los fotogramas el cariño por el producto que está ideando, su implicación con el proyecto y su profesionalidad como artesano del medio. Porque no sólo todas las batallas entre los Kaiju y los Jaegers son de un acabado técnico impecable (muy importante el montaje alterno durante las peleas en las que vemos a los pilotos de los robots y sus reacciones físicas y pscológicas) y una epicidad sólida, también consigue el mexicano arrancar algún momento lírico con el que es para un servidor el mejor pasaje del film, ese recuerdo de Mako en el que se introduce Raleigh y que tiene un aterrador paralelismo con los ya mencionados bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.




Pacific Rim da todo lo que se le pide y más. Guillermo del Toro ha saldado con acierto la misión de llevar esta, ambiciosa en forma pero humilde en fondo, producción comercial al éxito cinematográfico que según un servidor sí ha logrado. Sólo dos ideas me atenazan, la primera es que aunque el acabado técnico del largometraje es intachable una vez mas y al igual que con obras como Avatar de James Cameron hay momentos en los que miro la pantalla y la saturación de efectos digitales y croma verde me impiden ver algo que se pueda reconocer como cine en el sentido más ortodoxo de la palabra y vuelvo a temer por el futuro del medio. La otra es que asistir a que esta encomiable producción no rinda en taquilla como debiera mientras que despropósitos como las continuas entregas de Transformers de Michael Bay hacen cada vez más dinero me incita a tener cada vez menos fe en la inteligencia en el espectador cinematográfico medio.



domingo, 11 de agosto de 2013

Eric: Oficial de la Reina, al servicio de su majestad



Título Original Soldaat Van Oranje (1977)
Director Paul Verhoeven
Guión Kees Holierhoek, Gerard Soeteman y Paul Verhoeven basado en el libro de Erik Hazelhoff Roelfzema
Actores Rutger Hauer, Jeroen Krabbé, Susan Penhaligon, Edward Fox, Lex van Delden, Derek de Lint







Cuando en 1977 Paul Verhoeven estrenó Eric: Oficial de la Reina (Soldaat Vat Oranje) ya era un director tan reconocido como polémico en los Paises Bajos. Films como Delicias Holandesas (Wat Zien Ik?) Delicias Turcas (Turks Fruit) Katty Tippel abordaban con crudeza, ironía y descarnado naturalismo (adentrándose en ocasiones la escatología) temas incómodos como la prostitución (tanto en la Holanda de la época como en la del siglo XIX), la liberación sexual, la enfermedad, el clasismo y la muerte. Pero el cuarto largometraje del director de Robocop supuso una obra más o menos diferente a las que ya había abordado previamente.




El film adapta las memorias del Eric Hazelhoff Roelfzema que pasó de estudiante universitario durante la segunda guerra mundial a miembro de la Resistencia y finalmente a trabajar como oficial para la reina Wihelmina. Verhoven escribió el guión con Gerard Soeteman, su colaborador habitual por aquel entonces, y Kees Holierhoek. El resultado fue el largometraje más caro del cine holandés de por aquel entonces, un éxito internacional (la cinta fue nominada al Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa y tiene incluso un musical en los teatros) del que se hizo eco hasta el mismo Steven Spielberg y sobre todo una magnífica obra sobre amor, guerra, traición e historia que dio a conocer a su director fuera de Europa.




Durante la segunda guerra mundial cinco amigos universitarios holandeses de clase alta ven como su vidas cambian radicalmente cuando el ejército aleman invade su país. Dentro del grupo algunos deciden unirse a la Resistencia para hacer frente por medio del sabotaje y el espionaje al enemigo común, otros muestran indiferencia y algunos eligen unirse a las tropas de Hitler por motivos personales. Durante el periodo que dura el conflicto seguiremos las aventuras y desventuras de esta pandilla de jóvenes y de cómo afrontaron aquellos años convulsos de guerra, traición, amor y amistad.




Soldaat Vat Oranje  es, de alguna manera, la obra más tradicional de la etapa holandesa de Paul Verhoeven. Este largometraje da su visión de lo que son las epopeyas cinematográficas tipo David Lean pero pasándolas por su filtro personal, intransferible y muy europeizado. Por eso podríamos hablar de cierto academicismo (más en el fondo que en la forma del producto) por parte del director de Showgirls pero nunca de una descaracterización autoral, ya que aquí están todas las constantes de su cine (violencia, sexo, incorrección política, guerra) pero considerablemente más dosificadas y en cierta manera contenidas.




En última instancia Eric: Oficial de la Reina es una cinta de aventuras de tono clásico. Una película de guerra como las de antes llena de romances, infidelidades, traiciones, injusticias y venganzas, pero carente de exaltaciones patrióticas, apologías (anti)bélicas o maniqueísmos pueriles. Para Verhoeven la guerra es algo terrible, pero también una odisea digna de ser vivida (cuando los nazis invadieron Holanda el cineasta era un niño de seis años que se quedaba fascinado con los bombardeos y las batallas campales que él consideraba como experiencias cinematográficas realistas, posiblemente de ahí venga su visión descarnada y explícita de la violencia en su obra) que estrecha lazos de fraternidad, camaradería y amistad.




La cuarta película de Paul Verhoeven aborda distintos géneros como el bélico, el cine de (contra)espionaje, el folletín, el romance o la intriga. Aunque como ya hemos comentado el holandés se ocupa de dejar su sello a lo largo del metraje pero con un tono más comedido. Tenemos violencia, pero no es tan cruenta como en Starship Troopers o Desafío Total. Hay sexo, pero no es tan explícito como en Delicias Turcas donde los desnudos integrales, tanto masculinos como femeninos, abundaban. Hay escatología (ese mensaje en el papel higiénico escrito con heces) pero no es tan gruesa como en Spetters y por supuesto tenemos personajes descreídos y nihilistas pero no tan irónicos como los de Los Señores del Acero o Robocop. Tampoco falta incorrección política, pero es menos explícita que en esa revisión histórica (y extensión muy lógica de la obra que nos ocupa) que supuso su última obra, El Libro Negro.




Como ya he señalado hay un punto de unión claro entre Soldaat vat OranjeZwartboek. Ambas comparten periodo histórico (e incluso hechos concretos), género(s) y una visión nada complaciente del colaboracionismo con las fuerzas alemanas por parte de algunos holandeses. Pero si bien en la producción de 1977 Verhoeven aboga por la sutilidad para lanzar sus dardos en su último film hasta la fecha no sólo no hay medias tintas para dejar en evidencia a a aquellos de sus compatriotas que dieron la espalda a sus conciudadanos para unirse a la causa de Hitler, también pone cara a los que acusaron injustamente de colaboracionistas a los que realmente nunca llegaron a serlo. Posiblemente por esto que afirmo aquel film del año 2006 sea mucho más verhoeveniano que el que estamos comentando y una de las mejores obras cinematográficas de la pasada década.




Dentro del magnífico reparto los dos actores principales son la pareja de intérpretes más importantes de la primera época de Verhoeven como cineasta. Rutger Hauer da vida Eric y sabe insuflar elegancia, sensualidad y ambigüedad a su personaje. Hablamos de un hombre con más suerte que verdaderas dotes para la guerra o el espionaje, el típico héroe por accidente que finalmente se sale con la suya. Un soberbio Jeron Krabbé es el altivo y prepotente Guus, el compañero de universidad que tras fastidiar a Eric cuando es un recién llegado (excelente la escena de la novatada con la sopera, escena 100% de su director)  forja una amistad con él que se muestra como el mayor acierto de el largometraje. Esa interacción entre ambos, que en ocasiones bordea el homoerotismo, es uno de los mejores retratos que un servidor a visto en cine de la verdadera amistad.




El guión escrito a seis manos empieza renqueante con unas transiciones temporales poco agraciadas que hacen que el arranque de largometraje se antoje un poco atropellado y confuso. Pero cuando la narración se estabiliza tenemos algunas de las resoluciones argumentales más logradas de la etapa holandesa de Verhoeven y momentos sencillamente brillantes como la ya mencionada ceremonia de iniciación universitaria, esa escena en la cancha de tenis en las que los hijos de las clases altas toman con indiferencia que Inglaterra entre en guerra con Alemania en contraposición con la otra que tiene lugar en el mismo sitio tiempo después y en el que los mismos personajes tienen que huir al haber sido tomada Holanda por las nazis y sobre todo ese tango entre los personajes de Eric y Alex que se revela como uno de los momentos álgidos del holandés como cineasta gracias a que en ese par de minutos consigue transmitir sensaciones veraces (homosexualidad contenida, amistad, traición, mentira, desesperación, lealtad) tanto por medio de los actores, los diálogos y la planificación de tomas, como por sus dotes como narrador.




Porque sin un buen profesional detrás de las cámaras esto en el papel quedaría muy bien, pero llevarlo a imágenes podría ser un fracaso con todas las letras. De modo que Verhoeven, que por primera vez se veía con un presupuesto considerable para realizar una de sus películas, aprovecha el material que tiene a mano y nos muestra esa puesta en escena grandilocuente que a día de hoy es parte inseparable de su discurso autoral. El objetivo transmite el énfasis del director, los movimientos de cámara están justificados e inyectan de épica (memorable la banda sonora compuesta por Rogier Van Otterloo) y vivacidad los pasajes de combates por tierra mar y aire marcando el terreno que luego transitarían las escenas bélicas de obras como Starship Troopers o El Libro Negro. Porque si en el trasfondo el Verhoeven que nos ocupa está un poco más contenido en el armazón sigue siendo el mismo al 100%.




La película termina y vemos a Eric mirando esa foto y entonces sabemos que la cinta ha triunfado totalmente cuando nosotros como espectadores al ver esos rostros los recordamos con nostalgia y melancolía tras haber compartido con ellos poco más de 150 minutos (ojo, que nadie vea le versión mutilada de dos horas que se estrenó en su momento en España) tiempo suficiente para que Verhoeven nos haya introducido en sus vidas y nos haya permitido empatizar con ellos lo suficiente como para lamentar sus desdichas y celebrar sus alegrías. Después el holandés se alejó de las clases altas durante la primera mitad del siglo XX para retratar las bajas de finales de los 70 en la desinhibida y valiente Spetters. Ahí fue cuando empezó la verdadera polémica y el fin de su etapa holandesa que culminaría con El Cuarto Hombre, obra de este director indispensable del cine europeo que comentaré dentro de poco en esta misma casa.



sábado, 10 de agosto de 2013

Valhalla Rising, hell awaits



Título Original Valhalla Rising (2009)
Director Nicolas Winding Refn
Guión Roy Jacobsen y Nicolas Winding Refn
Actores Mads Mikkelsen, Gary Lewis, Maarten Stevenson, Jamie Sives, Ewan Stewart, Alexander Morton, Callum Mitchell, Douglas Russell





Con la Valhalla Rising que nos ocupa termino esta especie de ciclo cinematográfico sobre el cineasta danés Nicolas Winding Refn (esta de la que hablamos supuso su séptima película) que comencé en el mes de Julio son su sobrevalorada trilogía Pusher y acabo ahora con esta controvertida producción de 2009. Quedan otros dos trabajos menores dentro de su filmografía (Bleeder y Fear X) pero ya llevo demasiado tiempo hablando de este señor y como largometrajes no me llaman demasiado la atención, de modo que prefiero verlos en un futuro próximo.




A Valhalla Rising le benefició más bien poco el marketing que se utilizó para promocionarla. Ese trailer que adjunto nos hace pensar que vamos a asistir a una típica cinta de vikingos en busca de venganza cuando lo que el director de Bronson ofrece es algo muy distinto y bastante enriquecedor en el plano cinematográfico. Pero engañar al espectador no es una buena manera de tomar contacto con él y llamar su atención. No es difícil encontrar por la red comentarios sobre la proyección a las cuatro de la tarde en el festival de Sitges de 2007 en la que se pudo ver la película y en la que hubo una encarnizada batalla entre sonoros bostezos y considerables aplausos.




Porque la séptima película de Nicolas Winding Refn es un viaje tanto físico como introspectivo al infierno en la tierra pero también al que cada uno de nosotros llevamos dentro, localizando su relato en un contexto reconocible como la Edad Media que le sirve como excusa argumental y espaciotemporal para dar rienda suelta a muchas de las constantes autorales que han dado forma a su discurso como narrador cinematográfico, ofreciendo una rara avis que poco tiene que ver con otras obras recientes adscritas (en mayor o menor medida) al mismo género como Templario o Centurión de los británicos Jonathan English y Neil Marshall respectivamente.




En el siglo X un prisionero llamado One-Eye consigue escapar de los vikingos paganos que lo han tenido sometido a lo largo de los años con el único fin de ser utilizado como luchador en batallas cuerpo a cuerpo gracias a una brutal fuerza física que lo convierte en el guerrero perfecto. En el recorrido que emprenderá junto al niño que le alimentaba mientras estaba bajo custodia ambos se unirán a un grupo de cristianos que están realizando una cruzada en nombre de Dios que les llevará a Jerusalem, la Tierra Santa. Pero lo que allí encontrarán será un lugar desconocido regido por la desesperanza y la muerte.




Valhalla Rising es un mestizaje entre el Werner Herzog de Aguirre: la Cólera de Dios, el Francis Ford Coppola de Apocalipsis Now y algunos apuntes de Terrence Malick y Andrei Tarkosvski con el que Winding Refn se permite realizar la primera entrega de su, por ahora, trilogía sobre el guerrero solitario y silencioso que se completa con la sobresaliente Drive y la caprichosa Only God Forgives. El contexto buscado para desarrollar la historia no es gratuito, ese siglo X en el que el paganismo estaba siendo devorado por la cristiandad le sirve al danés para abordar temas propios de su impronta como la violencia (esta sí es su película más descarnada, no Only God Forgives), los códigos de lealtad propios de los samuráis y situar a su protagonistas en situaciones extremas, idea esta última que ya se dejaba ver en su ópera primera, Pusher.




Este Ascenso al Valhalla es como una ténebre canción de guerra, un poema lleno de arena y sangre, mugre y furia protagonizado más por un concepto o un simbolo que por un personaje real. El One Eye al que da poderosísima vida física el gran actor danés Mads Mikkelsen (no tiene una sola línea de diálogo a lo largo de todo el metraje, pero cada vez que Winding Refn le expone en pantalla su presencia devora el encuadre). Este luchador inasequible al desaliento es una especie de alegoría bélica, una máquina de matar impenitente cuyo único filo hilo con su casi inexistente humanidad es la atípica relación que tiene con el niño que le alimentaba cuando era prisionero, siendo la supervivencia de este personaje secundario su principal motivación/obsesión.




Las batallas épicas ejecutadas por innumerables extras dejan lugar a un tono calmado que ahonda en constantes metafísicas y existenciales abordando unos pocos personajes. Las intrigas, engaños, cuestiones de honor y maniobras militares desaparecen en favor de un viaje sin retorno al corazón de las tinieblas. Por el camino Winding nos habla del fanatismo religioso, el asesinato como modo de expresión (en ocasiones con tintes artísticos) y nos ofrece un interesante mensaje (la película tiene fondo, contrariamente a lo que se ha dicho sobre ella) sobre como tanto los paganos como los representantes del cristianismo se sirvieron de los conflictos bélicos (el mismo One Eye representa, como ya he mencionado, el concepto de guerra) para su propio beneficio personal.




Paradójicamente aunque el film es 100% Winding Refn este se muestra más contenido que en otras de sus obras, como Only God Forgives, donde la forma devoraba al fondo o en Bronson donde la comunión de ambas llegó a su cénit. Aquí la historia es simple y directa, aunque estructuralmente llena de matices, de modo que el danés solidifica su narración por medio de ese personalísimo look visual tan propio de su impronta regalando pasajes de una extraña belleza dentro de lo brutal (esos perfiles del protagonista durante los sueños oníricos que parecen bustos de marmol esculpidos con sangre) y haciendo un uso magistral del cromatismo (el rojo imperante, siendo una alegoría de la furia, la ira y la violencia contenida en el cuerpo del protagonista) y sacando gran partido de los brumosos paisajes escoceses, tanto marinos como de montaña, en los que se rodó el grueso del film.




Valhalla Rising no es un plato de fácil degustación, es carne cruda que hay que morder con fiereza para poder paladear su sabor. Es comprensible que cause rechazo entre el público o la prensa especializada y más aún si estos sintieron estafados por la publicidad que debía vender la obra (es que hasta la portada de la edición en blu-ray del Reino Unido es engañosa), pero para un servidor se muestra como una de las piezas más maduras y conseguidas de su director. Un grito ahogado que nunca puede salir, porque desgarraría la garganta, debido a su acertadísima contención y una crónica sobre una época, una mitología (la nórdica) y una tierra que olía a sangre, dolor o muerte y cuya máxima representación era este superhombre nietzscheano que cuando comprende que su ciclo vital ha llegado a su fin se entrega a su propio y merecido ascenso al Valhalla.