martes, 30 de julio de 2013

Only God Forgives, Bangkok haunted



Título Original Only God Forgives (2013)
Director Nicolas Winding Refn
Guión Nicolas Winding Refn
Actores Ryan Gosling, Kristin Scott Thomas, Tom Burke, Yayaying, Vithaya Pansringarm, Byron Gibson




Festival de Cannes de 2011. En la sección oficial se realiza la proyección de Drive, la octava película del cineasta danés Nicolas Winding Refn. El éxito es generalizado, el público y la prensa especializada se rinden a los pies de aquella mezcla entre el cine de acción de los 80, Akira Kurosawa, Michael Mann y Jean Pierre Melville basada en la novela de James Sallis. El resultado, el premio al mejor director para el realizador de la trilogía Pusher o Bronson. La cinta se convierte en un éxito internacional y se gana merecidamente el título de obra cinematográfica de culto.




De nuevo el certamen francés ya en el presente 2013. Tras las altas expectativas creadas por su anterior film Windig Refn vuelve a la croisette con su siguiente trabajo, que cuenta de nuevo con la presencia como protagonista del canadiense Ryan Gosling. Durante la proyección del film se dejan escuchar los abucheos y pitidos de los espectadores. La prensa especializada carga sus tintas contra Only God Forgives, afirmando que sólo es un desfile de ultraviolencia estilizada que vende la más pura de las nadas. El resultado, el rechazo por gran parte de los asistentes a la puesta de largo de la obra a manos de su creador.




Un servidor ha visto hoy la última película de Nicolas Winding Refn y mis impresiones son dispares. Por un lado comprendo a los periodistas que vieron el film en Cannes y entiendo sus reacciones, pero por otro me quedo algo impresionado al leer cuáles son algunos de los motivos por los que ofrecieron una respuesta negativa hacia film. Habiendo visto durante el último mes casi toda la obra del creador de Valhalla Rising ya conozco algo su estilo e impronta autoral y siendo consciente de eso afirmo sin duda alguna que Only God Forgives es una obra cinematográfica tan interesante como desconcertante, moviéndose gracias a ello entre lo satisfactorio y lo inane con igual suerte.




Julian es un norteamericano que dirige en Bangkok un gimnasio de muay thai que sirve como tapadera para ocultar su verdadero negocio, que es la venta de estupefacientes. Un día, Billy, el hermano mayor de Julian mata brutalmente a una joven prostituta de la zona y por ello es asesinado a modo de venganza por parte del progenitor de la chica. Cuando la defunción de Billy llega a oídos de su madre, una mafiosa que controla una enorme red ilegal en la que trabajan sus dos hijos, esta viaja a Tailandia y exige a su vástago menor que encuentre a los culpables del homicidio de su primogénito. En este trayecto Julian conocerá a Chang, un reputado policía contra el que tendrá que enfrentarse para cumplir su vendetta familiar.




Only God Forgives es el capricho esteticista de un director encantado de conocerse. Es innegable que la última obra de Winding Refn es una pieza de exquisita plasticidad visual, rica en su acabado técnico y llena de un lirismo atenuado que explota cuando los momentos de violencia explícita hacen aparición en escena, por ello nos difícil pensar en autores nipones como Takeshi Kitano o Takashi Miike cuando asistimos a esta historia de muerte y venganza en las calles de la capital tailandesa. El problema es que si bien la forma es intachable el fondo es fácilmente desacreditable, no porque el film no contenga nada en su interior sino porque lo que contiene se ha contado muchas veces en obras previas y con un argumento menos autocomplaciente y disperso.




Porque Winding Refn está tan pendiente del envoltorio de su regalo que se olvida introducir algo consistente en la caja y Only God Forgives es una obra para el lucimiento del estilismo como autor de su creador, ese que ha ido evolucionando con los años, que se mostró en su cénit en Bronson y completamente confirmado como tal en Drive, ese que en la obra que nos ocupa devora la historia que se nos está narrando que no deja de ser un fino hilo que se mantiene a duras penas en pie porque no deja de ser el argumento manido de una película de venganzas y redención de toda la vida, esas que Tarantino sabe reinventar y hacer suyas con más talento que la obra que nos ocupa.




Pero es el poder de la puesta en escena de Winding Refn el que nos incita a disfrutar en gran medida con Only God Forgives. Porque las imágenes con las que protege el débil armazón de su relato son lo mejor de una cinta llena de postales contenedoras de una fuerza vívida, pictórica, urbana, bañadas en unas luces de neón que retratan un Bangkok inusualmente vacío de ciudadanos (táctica utilizada a lo largo de todo el film por el cineasta para acentuar el aislamiento y soledad de los personajes, sobre todo el de Julian) que nos trae a la mente a aquella Drive (y en ocasiones al Gaspar Noé de Enter the Void) con la que la obra que comentamos guarda más puntos en común de los que pudiera parecer en principio, aunque esa producción de 2011 tuviera corazón en su interior (en gran parte gracias al personaje de Carey Mulligan) y esta sustituya el suyo por un misticismo simbólico e hipnótico que nos impide apartar la mirada de la pantalla.




Esa hipnosis, el influjo en el que caemos viendo Only God Forgives es hijo directo del de David Lynch, otro director que vendiéndonos en muchas ocasiones puro humo consigue que quedemos cautivados por la fuerza de sus imágenes. Porque es curioso que Winding Refn dedique su film al chileno Alejandro Jodorowsky (por el que profesa una gran admiración y al que ha homenajeado en varios de sus largometrajes) cuando la mayor deuda que tiene el largometraje es con el autor de Terciopelo Azul, ya que esos burdeles, los pasillos iluminados por luces rojizas o los lacónicos karaokes nos remiten indudablemente a obras como Twin Peaks o Mulholland Drive, tomando de aquellas su simbología encriptada y hermetismo conceptual.




Hasta los actores y los personajes que interpretan son la confirmación de que estamos ante una obra para el lucimiento de las dotes como cineasta de Winding Refn que los usa como un ornamento más dentro del conjunto del film. Poco malo se puede decir del reparto ya que Ryan Gosling cumple su cometido como antihéroe callado y duro o Kristin Scott Thomas como arpía desalmada y madre castradora, hasta el trabajo de Vithaya Pansringarm como Chang es interesante. Pero sobre el papel son personajes planos por mucho que a los dos primeros les una una relación tóxica de tintes edípicos y al tercero le acompañe ese aire de misticismo que lo convierte en ocasiones más que en un personaje real en una entidad incorpórea a modo de alegoría.




Por último destacar que puedo comprender que la crítica de Cannes acusara al film de vacuo (es debatible pero en cierta manera comprensible) pero lo de que su violencia era "extrema" me parece una soberana estupidez porque la que se muestra a lo largo del metraje está dosificada con cuentagotas, no ofrece nada que no hayamos visto, por poner un ejemplo, en Outrage de Takeshi Kitano (obra mucho más violenta que la que nos ocupa) o cintas ganadoras de la palma de oro como Uno de los Nuestros (Goodfellas) de Martin Scorsese o Pulp Fiction de Quentin Tarantino. Porque si a estas alturas nos vamos a asustar por escenas como la tortura como las agujas o la del corte de la katana en las costillas algo estamos haciendo mal como espectadores curtidos en mil batallas.




A Windingr Refn con Only God Forgives le ha pasado lo mismo que a otros autores (David Lynch, los hermanos Coen, Lars Von Trier) que tras ser premiado en una edición de Cannes con una obra exitosa la prensa especializada del festival esperaba la próxima con las fauces abiertas y por desgracia el danés les ha dado algo que morder. Porque su último film es una estimable cinta en su apartado técnico (sobre todo) y hasta actoral, pero la historia que debería sostener la estructura del largometraje es débil y  caprichosa y en cierta manera no tiene vida en su interior. Y eso viniendo del hombre que convirtió a un conductor de coches en un ronin y al preso más peligroso de Inglaterra en un mártir no es una buena noticia.



martes, 23 de julio de 2013

The Conjuring: Expediente Warren



Título Original The Conjuring (2013)
Director James Wan
Guión Chad Hayes, Carey Hayes
Actores Vera Farmiga, Patrick Wilson, Lili Taylor, Joey King, Ron Livingston, Mackenzie Foy, Shanley Caswell, Hayley McFarland, Sterling Jerins, Shannon Kook






The Conjuring (Expediente Warren en España, cada vez vamos a peor) es la confirmación de que el director originario de Malasia James Wan es posiblemente el mejor autor de cine de terror de la actualidad. Como cineasta se dio a conocer cuando llevó al largo un cortometraje de su propiedad llamado Saw, interesante cinta que recuperaba un tono de terror primario y muy epidérmico de los 70 que se desvirtuó al dar pie a una indigerible saga de hasta siete entregas (yo no pude pasar de la tercera) de la que se desvinculó como realizador ejerciendo únicamente labores de producción, chico listo y con visión económica.




Tras ella y dejando de lado su incursión en el género charlesbronsonesco de ciudadanos vengativos que se toman la justicia por su propia mano con Sentencia de Muerte, protagonizada por Kevin Bacon, se hizo un nombre poco a poco dentro del cine de terror. En Dead Silence ya se dejaba ver un director con mano para crear tensión pero el film no hacía pleno y fallaba en varios aspectos. Ya en 2011 estrenó Insidious, un giro dentro de el cine sobre posesiones y casas encantadas que ofrecía momentos brillantes y atmosféricos, una cinta notable que sólo se dispersaba un poco en su recta final cuando Wan decidía enseñar demasiado a su "criatura" sin necesidad de ello, ya que cuando sugería su presencia era cuando el largometraje daba lo mejor de sí mismo.




Pues aquella pieza protagonizada por Patrick Wilson (que repite en The Conjuiring) y Rose Byrne fue sólo una toma de contacto con el género de inmuebles endemoniados y seres sobrenaturales que ha tenido su eclosión total en la cinta que nos ocupa (basada en supuestos hechos reales) la sin lugar a dudas obra cinematográfica más aterradora e inquietante que ha ofrecido el género de terror en décadas. Curiosamente James Wan consigue esta proeza sin inventar nada, todo lo contrario, utilizando sabiamente y con una pericia sobresaliente todos los tópicos del cine de terror clásico pero dándole una personalidad, fuerza y ejecución para quitarse el sombrero.




En el año 1971 la familia Perron, formada por matrimonio y cinco hijas, acaba de mudarse a una casa en Rhode Island. Al poco tiempo de instalarse descubren un sótano oculto y los sucesos paranormales no se hacen esperar. Aterrados por las presencias sobrenaturales los Perron solicitan los servicios del matrimonio Warren formado por Ed, demonólogo y Lorraine, clarividente. Cuando la pareja de parapsicólogos deciden investigar el hogar familiar descubren la presencia de numerosas entidades, pero una de ellas es la que más preocupa a Lorraine por su odio hacia los nuevos ocupantes del hogar descubriéndose más tarde que la motivación para tal acto tiene que ver con sucesos acontecidos en el pasado en la casa y sus inmediaciones.




Evidentemente el argumento de la película no inventa nada, es más, es de todo menos original ya que hasta la anterior cinta de Wan compartía la misma temática. Pero el mayor pleno de The Conjuiring es precisamente no eludir los tópicos del género, sino entregarse totalmente a ellos para mejorarlos con un pulso y un control de los resortes del terror digno de los más grandes. Aunque lo mejor es que el director huye totalmente de los sustos construidos a base de gratuitos e innecesarios golpes de sonido, de la casquería explícita o de mostrar directamente a sus "presencias" que sólo ofrecen su rostro a la cámara cuando la historia lo exige en la recta final del metraje.




Porque con su última cinta James Wan parece haber creado una especie de decálogo sobre esos fetiches que suelen aterrorizar al ciudadano medio en la vida real para que todo tipo de espectador tenga su momento de inquietud a lo largo del metraje. Muñecas, espejos, psicofonías, armarios, presencias debajo de la cama, sombras detrás de puertas que se abren y cierran solas, apelando con todas estas situaciones a un terror primario tensado como un cable de acero con el que no saltamos de la butaca sino que nos retorcemos en ella por el in crescendo de inquietud que sus imágenes y sonidos nos transmiten llegando en algunos momentos el espectador a desear que terminen por su crudo verismo.




Wang utiliza una puesta en escena de tono cuasi documental (ambientar el film en los años 70 ayuda mucho en este cometido), rodando algunos de los momentos de terror en formato digital dándole así una textura de grabación casera a los mismos que ayuda a acrecentar su realismo. El uso de planos nos estáticos, la colocación de la cámara en las habitaciones, desenfocar los fondos cuando quiere sugerirnos pero no mostrarnos las apariciones y el cuidado posicionamiento de los objetos y muebles en las estancias (hasta en eso es detallista el cineasta) permiten que la sensación de peligro sea constante, que la atmósfera se haga palpable y en ocasiones insoportable consiguiendo que esa casa de Rhode Island huela a miedo y maldad por todas y cada una de las paredes que le dan forma como hogar.




Sí, tenemos entidades espectrales, pero se ven lo justo, intimidan considerablemente al respetable y no están expuestas gratuitamente. Sí, tenemos a una clarividente que nota presencias sobrenaturales, pero está interpretada por una inmensa Vera Farmigia (que ya ha demostrado lo que vale en la interesante primera temporada de Bates Motel) que devora interpretativamente la película. Sí, hay un exorcismo, pero es el mejor rodado en décadas (todo un acierto taparle la cabeza con la sábana al personaje... ese momento en el que se rompe un poco la tela...) y nos permite ver el buen hacer del reparto (Patrick Wilson y Lili Taylor dándolo todo, aunque con lo poco agraciada que es esta última nadie se cree que esas cinco preciosidades de hijas hayan salido de sus entrañas, y no, el padre al que da vida Ron Livingston tampoco es un Adonis). Sí, todo ya lo hemos visto antes, pero pocas veces con tanta personalidad y realismo.




Me sería imposible enumerar todas las escenas que se quedan grabadas en la retina. El prólogo con la muñeca que ya sienta las bases de la poderosa puesta en escena, el juego de las palmadas, la escena del armario, las dos de la cajita de música, la de la ropa tendida, la de la cama del personaje de Christine (grandioso el giro de hace la cámara cuando levanta la cabeza para mirar a la puerta que se cierra) en el que la actriz Joey King transmite verdadero horror con su mirada mientras ve lo que supuestamente se encuentra entre las sombras (uno de mis momentos favoritos del film por el pulso de Wan que llega a cotas bestiales de contención narrativa) la de la psicofonía cuando el magnetófono de los Warren salta sin previo aviso, la del árbol y sobre todo la de la mecedora con la muñeca. Seguro que me dejo alguna, porque lo mejor del largometraje es que las escenas de terror se suceden en cascada sin dar apenas respiro al espectador.




The Conjuring me ha regalado casi dos horas de cine brillante, divertidamente diabólico, con un aroma a futuro clásico (precisamente porque hunde sus raíces en los muchos que hay dentro del género de terror) construido por un autor con todas las letras que tiene un futuro sencillamente brillante en el mundo del séptimo arte. Posiblemente me quedo con La Mujer de Negro porque pierdo los papeles por el terror gótico deudor de la Hammer Films, pero la obra que nos ocupa no desmerece para nada al largometraje protagonizado por Daniel Radcliffe y es más aterrador que aquel. Por desgracia la ambigüedad se cierne sobre la carrera de James Wan, ya que si esa próxima secuela de Insidious pinta magníficamente bien, que vaya a dedicarse a rodar la séptima entrega de Fast and Furious y que para colmo se comente que la ya confirmada segunda parte de esta Expediente Warren de la que hablamos puede que no le tenga a él a los mandos nos deja un poco con el alma en un puño por no saber dilucidar si el enorme talento como narrador de este cineasta de poco más de 36 años va a tomar el camino adecuado.



lunes, 22 de julio de 2013

Bronson, a history of violence



Título Original Bronson (2008)
Director Nicolas Winding Refn
Guión Brock Norman BrockNicolas Winding Refn
Actores Tom Hardy, Matt King, Amanda Burton, James Lance, Kelly Adams, Katy Barker, Edward Bennett-Coles, June Bladon, William Darke, Andrew Forbes, Helen Grayson, Matt Legg






Pocos saben que muchos años antes de Drive el cineasta danés Nicolas Winding Refn ya había coqueteado con producciones internacionales. La primera vez que rodó un film en inglés y con actores de distintos países fue en 2003 con el poco conocido thriller Fear X, protagonizado por John Turturro, Deborah Kara Unger o James Remar, cinta de la que daré constancia a no mucho tardar. Pero no sería hasta que terminara su sobrevalorada trilogía Pusher que tomara contacto por primera vez con el celuloide británico, la televisión más concretamente. En 2007 rodó para la BBC Miss Marple: Nemesis un telefilm (remake de otro rodado en 1987 por David Tucker) que adaptaba la novela homónima de la escritora Agatha Christie con la pizpireta investigadora de la tercera edad como protagonista.




Cuando ya se afianzó en tierras inglesas y sólo un año después sacó adelante en pantalla grande el proyecto de llevar a imágenes un biopic sobre Michael Gordon Peterson, conocido con el nombre de Charles Bronson, tildado en su época como el preso más peligroso de Reino Unido, que pasó 34 años en prisión (30 de ellos en solitario). El resultado para el que suscribe es la, por ahora y de las que he visto, mejor obra cinematográfica del director de Valhalla Rising, una pieza rica a distintos niveles y que se revela como uno de los biopics más atípicos e interesantes del cine reciente precisamente por ir más allá de la simple biografía.




Michael Peterson nació en 1952 y fue un niño conflictivo desde su infancia. Con poco más de 22 años y ya con mujer e hijo atracó una joyería siendo detenido y teniendo que cumplir por ello una condena de 7 años en prisión. Así comenzó la vida entre rejas de Michael o más bien Charles Bronson, nombre del famoso actor norteaméricano que el presidiario tomó prestado. Junto a Charlie realizaremos un viaje por su vida a lo largo de decenas de cárceles en las que estuvo confinado y seremos testigos de los malos tratos que infligió y sufrió a lo largo de los 34 años que permaneció confinado sin haber cometido un sólo asesinato durante toda su carrera delictiva.




Bronson es lo más cerca que ha estado el cine contemporáneo de La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick tanto en fondo como en forma. No es raro que cada lustro salga una película a la que la prensa especializada o el público tilda de ser la heredera de la obra maestra del director de Barry Lyndon. En los 90 se comentó mucho que tanto Asesinos Natos de Oliver Stone como Trainspotting de Danny Boyle eran dignas hijas de las correrías cinematográficas del inolvidable Alex DeLarge y si bien ambas tenían ideas y apuntes que nos recordaban a aquella polémica producción de 1971 ninguna de las dos estaban más cerca de su espíritu que la cinta de Nicolas Winding Refn que nos ocupa.




Con la adaptación de la novela de Anthony Burgess comparte la estilización de la violencia en pantalla (que el film se abra con la primera de muchas palizas al protagonista con The Electrician de The Walker Brothers sonando de fondo es toda una declaración de principios) haciendo una brutal crítica a la misma pero mostrándola al espectador como una elegante a la par que caótica coreografía de la agresión que más que repeler atrae. Esta idea no sólo viene de Kubrick, ya que esta manera de exponer escenas sobre violencia explícita son indivisibles a la carrera de Winding Refn desde sus inicios y que parece tener su culmen en la última Only God Forgives que veré y diseccionaré humildemente lo antes posible.




Pero también en su trasfondo se ven ecos de Alex y sus drugos. Bronson realiza un retrato inmisericorde de la ineficacia y métodos brutales de las instituciones penitenciarias y de cómo la reinserción social de criminales es un fracaso en Inglaterra. Violencia engendra violencia y una persona que se crió con la misma como modo de expresión no sabe (ni quiere) huir de ella porque para él es un medio de vida. Incluso siendo un personaje de moral totalmente reprobable Winding Refn simpatiza o se compadece de su criatura de la misma manera que lo hacían tanto Kubrick en imágenes como Burgess por escrito con las suyas, siendo conscientes de que sus protagonistas eran hijos de una sociedad tan o más deshumanizada que ellos.




Pero no sólo del director de La Chaqueta Metálica vive el realizador danés. En Bronson se puede ver la pasión que Winding Refn siente por la figura de ese cineasta, guionista de cómics, psicomago, clown y flipado en su tiempo libre que responde al nombre de Alejandro Jodorowsky. Desde esa narración en forma de actuación en un teatro (excusa para que el personaje rompa la cuarta pared y hable directamente con el espectador, junto a los pasajes en los que se dirige desde una celda sin luz directamente a la cámara) que nos recuerda a las obras pánicas que compartía con sus colaboradores Fernando Arrabal y Roland Topor hasta esa media hora final en la que el protagonista se entrega al arte pictórico (puede que ahí se desinfle un poco el conjunto del film aunque remonta en el clímax) y en la que vemos una considerable influencia de la abstracción y el simbolismo de producciones como Fando y Lis o El Topo todo es un homenaje a ese chileno considerado un genio por unos y un vendehumos por otros pero por el que un servidor profesa una considerable simpatía porque me transmite una entrañable vitalidad cada vez que abre la boca.




Todo este entramado y cúmulo de referencias podría caer en saco roto si Winding Refn se hubiera equivocado de actor protagonista, por suerte Tom Hardy realiza una labor descomunal regalando a la platea el mejor papel de su por ahora no muy extensa carrera. Con toda seguridad esta fue la película que convenció a Christopher Nolan para darle al británico el papel del soberbio Bane de The Dark Knight Rises porque su composición de Charlie Bronson es sencillamente brillante, utilizando no sólo la fisicidad que exige una desnudez interpretativa de esta naturaleza, también modulando la voz, remarcando la gestualidad pero sin entrar en lo impostado o la sobreactuación y bordando momentos que van desde la intimidación física al humor pasando por el patetismo. Si Bronson es remarcable como obra cinematográfica es en gran parte por la entrega de Hardy al frente de ella, pero no sólo por esto.




Ya que aquí sí podemos reconocer ya al poeta de la violencia, al esteticista que retrata con elegancia lo descarnado, aquel que nos ofreció la memorable y recurrente Drive. Winding Refn utiliza distinto tipo de composiciones, movimientos de cámara (enorme el travelling que pasa delante de Charlie sin que nos demos cuenta) planos cenitales, ofreciendo una puesta en escena atípica, estilísticamente caprichosa pero siempre acorde con la historia que nos narra. Introduciendo momentos irónicos (esas portadas de periódicos, esos dibujos que nos remiten a los que realizó Terry Gilliam en el mítico programa Monty Python's: Flying Circus) violencia cruenta en contraposición a momentos de doliente soledad y desesperación pero siempre realizando una unión armónica entre imagen y banda sonora. Enorme esta con temas como ese It's a Sin de los Pet Shop Boys sonando en el manicomio, la omnipresente Glass Candy de los Digital Versicolor o esas piezas clásicas que una vez más nos traen a la mente bombines, bastones, ultraviolencia y Beethoven.




Bronson fue la confirmación del talento de Winding Refn, un director más danés que una caja de pastas que supo adaptarse al cine británico y realizar una cinta con genuino aroma inglés. Con la ayuda de una historia cuyo punto de partida de por sí era interesante, un actor en la plenitud de sus dotes interpretativas dando vida a un personaje real, una mirada crítica que se mueve entre la denuncia y la sátira y un guión que en vez de transitar los caminos más fáciles decide bifurcarse por otros mucho más complicados el cineasta de moda (para alabarlo o ponerlo de vuelta y media indistintamente) ofreció la que para un servidor es por ahora su mejor película (ya veremos cuando me enfrente a vikingos y tailandeses si cambio de opinión) y el biopic más brutal e incisivo sobre un criminal desde aquella recuperable Chopper de Andrew Dominik con memorable Eric Bana de protagonista que también merece ser revalorizada.



viernes, 19 de julio de 2013

The Master, I'm pulling your strings, twisting your mind and smashing your dreams



Título Original The Master (2012)
Director Paul Thomas Anderson
Guión Paul Thomas Anderson
Actores Joaquin Phoenix, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams, Laura Dern, Kevin J. O'Connor, Rami Malek, Jesse Plemons, Fiona Dourif, David Warshofsky, Lena Endre, Ambyr Childers





Junto a cineastas como Christopher Nolan, Darren Aronofsky o David Fincher el norteamericano Paul Thomas Anderson es una de las voces más personales e interesantes del Hollywood actual. Si bien con su ópera prima Hard Eight pasó bastante desapercibido ya con su segunda cinta, Boogie Nights (biopic no reconocido sobre el mítico actor del cine pornográfico John Holmes cuyo germen es un falso documental llamado The Dirk Diggler Story rodado por el director en 1988) homenaje al celuloide para adultos en particular y al séptimo arte en general dio mucho que hablar. Dos años después, en 1999, estrenó la que para un servidor es su obra maestra, Magnolia, poderoso relato coral de mirada poliédrica sobre el azar en el que parecían darse la mano los mejores Martin Scorsese y Robert Altman.




Tras este éxito (sobre todo de crítica) se desmarcó realizando una entrañable comedia romántica titulada Punch-Drunk Love, protagonizada por el mejor Adam Sandler de la historia (¿el único?) y una adorable Emily Watson. Ya en 2007 estrenó There Will Be Blood psicodrama sobre Daniel Plainview, un ambicioso magnate del petroleo interpretado por un Daniel Day Lewis que deovaraba la cámara y al espectador. Con todo el largometraje no cumplió todas mis expectativas porque a un arranque digno de los mejores Stanley Kubrick o Terrence Malick y un nudo consistente así como lleno de interés se contraponía un desenlace renqueante en el que el guión y el montaje hacían aguas por culpa de unas bruscas elipsis narrativas y los actos un tanto ridículos por parte de los personajes.




Poco después de la puesta de largo internacional de la cinta terriblemente rebautizada en España como Pozos de Ambición (Angela Channing sonríe desde su tumba) en Hollywood empezó a hacerse eco la noticia de que el próximo proyecto de Thomas Anderson iba a ser un biopic sobre L. Ron. Hubbard, fundador de la iglesia de la cienciología. Evidentemente el cineasta no iba a usar el nombre real del artífice de la religión que profesan John Travolta, Tom Cruise o Forest Whitaker ni de sus familiares, evitando así acabar con sus huesos en los tribunales, pero queda bastante claro en The Master que nos habla de los enemigos de Xenu. Pero lo curioso es que el tema principal del film no es ni esta secta ni sus acólitos ya que los mismos son medios para llegar a otro fin bastante más profundo e interesante por parte del director.




Freddie Quell (Joaquin Phoenix) es un veterano de la Segunda Guerra Mundial inestable y obsesivo que se gana la vida como fotógrafo en unos grandes almacenes y destilando su propio alcohol. Un día conoce a Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) persuasivo líder de una nueva religión llamada la Causa que empieza a tener un considerable eco en los Estados Unidos de la década de los 50. Con el tiempo Freddie se convertirá en la mano derecha de Lancaster y una pieza importante dentro de la secta, pero su turbia relación con el creador de la misma y la influencia que en este ejerce su esposa Peggy (Amy Adams) volverán a Freddie  más inestable psicológicamente llegando a convertirlo en una persona peligrosa y demente.




La sexta película de Paul Thomas Anderson es extraña y esa sensación es la que transmite al espectador. Es una obra imperfecta pero con momentos remarcables en su interior. El apartado técnico es notable y el reparto no puede llegar a cotas de talento más altas que las que expone en pantalla, pero al igual que en gran parte de There Will Be Blood la inconsistencia del guión juega en contra del cineasta y su criatura fílmica. En ocasiones el director no parece saber a ciencia cierta de qué nos quiere hablar o si lo sabe se anda con demasiados rodeos e interjecciones argumentales que sólo sirven para dispersar el conjunto del largometraje.




Pero aunque la estructura del libreto acentúa la inconsistencia como obra cinematográfica de The Master la profundidad del mismo se revela como uno de los mayores aciertos del proyecto. Ya que todo aquel que se acerque a la cinta que nos ocupa en busca de un retrato analítico e intenso de la cienciología o las sectas en particular se llevará una considerable decepción. Thomas Anderson usa esta amalgama de religiones (hay tanto de cienciologa como de otras, mismamente la de los Testigos de Jehová) al fundador de la misma y a sus seguidores como un acertado MacGuffin para realizar un retrato nihilista, duro e inmisericorde sobre la psicología humana.




Porque ahí es donde más fuerte se hace The Master, en el análisis de sus personajes, en cómo el director y guionista taladra en la mente del norteamericano de la posguerra y sobre todo triunfa a la hora de hacer un retrato sobre la dependencia, la manipulación y la inestabilidad mental de sus criaturas. El título del largometraje es todo un acierto porque el mismo no tiene género. ¿Es Lancaster el maestro al que se refiere el título, lo es Freddie con el que el líder de la Causa tiene una relación de toxicidad tanto intelectual como existencial en la que la simbiosis es un hecho o nos habla de Peggy, esa mujer manipuladora y en la sombra (enorme la escena de la masturbación) que dice qué debe hacer a su marido en todo momento?. 




Este es el tema que interesa a Thomas Anderson, la debilidad humana y sus miserias aunque si el director de Boogie Nights consigue llevar a buen puerto tal empresa es porque tiene un reparto en general y un protagonista en particular que le ofrecen en bandeja de plata el 80% la película con sus descomunales trabajos. Porque Philip Seymour Hoffman tiene el carisma, la presencia, la voz y la fuerza para encarnar a ese líder lavacerebros, manipulador, megalómano que mira por encima del hombro al prójimo y Amy Adams oculta detrás de su delicada figura una víbora malsana que mueve los hilos de su marioneta entre bambalinas sin que nadie lo sepa, dejando verse con este rol y el del resto de mujeres de la velada (busconas, manipuladoras, promiscuas) cierto tufo misógino en la obra que queda camuflado (intencionadamente o no) cuando vemos que independientemente del género todas las criaturas que pueblan The Master carecen de bondad.




Pero lo de Joaquin Phoenix ya es harina de otro costal. Decir a estas alturas que es posiblemente el mejor actor vivo del cine contemporáneo es innecesario, ahí tenemos cosas como I'm Still Here para confirmarlo, pero que se supera con cada creación es sencillamente incontestable. Freddie Quell es uno de los personajes más perturbadores que he visto en el cine reciente, el hermano del malogrado River Phoenix (al que hace años que superó como actor y eso que aquel tampoco andaba falto de talento) se ciñe la piel de una criatura bífida, reptante que huele a lascivia, a demencia y que transmite miedo porque nunca sabemos cuál va a ser su próxima locura. 




El actor de Gladiator se entrega tanto en su cometido que llega a dar y recibir golpes reales (enorme su ataque en la celda) dentro de su actuación (el método Stanislavski le queda pequeño a este señor) a dañarse físicamente, pero nunca a excederse o introducirse en la sobreactuación. Aunque entre tanto pensamiento enfermizo, hasta de violador en potencia, yace acurrucado en un rincón oscuro un pobre niño inocente, destrozado por una vida terrible y su paso por la guerra, un crío que no para de reírse (cuando el espectador es consciente de que cada una de esas carcajadas equivale a una lágrima que no puede derramar) y de vivir con lo puesto recordando un amor de adolescencia que nunca podrá recuperar. 




Este infante asustado que es Freddie sólo da la cara cuando se enfrenta a Lancaster, porque sin duda las sesiones que ambos comparten son lo mejor de The Master, un desfile de clases de interpretación de altos vuelos en las que la química explota en pantalla entre dos actores prodigiosos teniendo su culmen con esa canción y esa lágrima que por fin puede recorrer un rostro arrugado y lleno de surcos que son como el mapa de una vida miserable. Sólo por el tour de force interpretativo entre Seymour Hoffman y Phoenix y por el descarnado trabajo de este último tanto en el plano físico como el psicológico la última cinta de Paul Thomas Anderson merece no ser ignorada.




Menos consistente como largometraje que como dirección de actores o análisis de personajes The Master no consigue llegar a la excelencia a la que nos tiene acostumbrados su director, ni siquiera su poderosa inventiva con la cámara se deja ver más allá de un par de planos secuencia (el de la pelea con el cliente en el centro comercial es brillante) y como con There Will Be Blood (puede que un poco más) no me quedo del todo satisfecho con el film. Pero su visionado se antoja casi obligatorio sólo por ver a dos fuerzas de la naturaleza enfrentadas delante del entomólogo objetivo del director de Magnolia, el mismo que nos ofrece con la obra que nos ocupa uno de los retratos más acertados, incómodos e incisivos sobre la amoralidad humana.


miércoles, 17 de julio de 2013

The Purge: La Noche de las Bestias, tierra de lobos



Título Original The Purge (2013)
Director James DeMonaco
Guión James DeMonaco
Actores Ethan Hawke, Lena Headey, Max Burkholder, Adelaide Kane, Rhys Wakefield, Edwin Hodge, Tony Oller, Tom Yi, Tyler Jaye, Alicia Vela-Bailey, John Weselcouch





The Purge (terriblemente subtitulada en España como La Noche de las Bestias) se adscribe a esa larga lista de largometrajes que teniendo un interesante punto de partida durante su desarrollo argumental no están a la altura de las expectativas que se depositan en el mismo. La segunda película del director y guionista norteamericano James DeMonaco se revela como un proyecto fallido cuando la rocambolesca pero inteligente idea que le da forma está llevada con un considerable desacierto en fondo y forma a lo largo y ancho del agradecidamente exiguo metraje del film.




En el año 2022 Estados Unidos tiene una tasa de paro del 1% y la violencia ha sido totalmente extinguida de la sociedad. Exceptuando una noche anual conocida como la Purga, 12 horas en las que el gobierno norteamericano permite a sus ciudadanos cometer todo tipo de actos violentos incluyendo asesinatos, violaciones o torturas sin que los perpetradores de los mismo tengan que enfrentarse a las fuerzas de la ley. Normalmente los individuos que no quieren participar en la escabechina anual se encierran en sus hogares por medio de fuertes medidas de seguridad. Pero este año algo saldrá muy mal en el adosado de los Sandin cuando sus cuatro miembros (matrimonio y dos hijos) vean asediada su casa por un grupo de asaltantes.




The Purge tiene un punto de partida narrativo que hunde sus raíces en todo tipo de relatos distópicos. Viendo la cinta de DeMonaco me vino a la cabeza La Larga Marcha una de las mejores novelas de Stephen King (escrita con su pseudónimo Richard Bachman y editada en 1979) que narra como en un futuro militarizado un concurso que consiste en una carrera en la que sólo puede quedar vivo un corredor se convierte en el pan y circo de una sociedad deshumanizada y devorada por el capitalismo agresivo. Porque la crítica implícita en esta excusa argumental por parte del guionista y realizador es lo mejor de esta desangelada velada cinematográfica.




Los Estados Unidos que se retratan en este año 2022 son un nada disimulado reflejo de los actuales, ya que si en el film tanto el gobierno como los ciudadanos apoyan la ley que permite la Purga (estos últimos muestran con orgullo unas flores azules que indican que aprueban la misma) en la actualidad poca diferencia hay con esa tierra que defiende hasta límites sonrojantes su derecho constitucional a portar armas de fuego o enviar a sus propios hijos a matar y morir en el culo del mundo por la american way of life. También es interesante el apunte de guión en el que se nos afirma que la crisis económica desapareció tras instaurarse la Purga ya que la misma a lo que dio carta blanca es a que los ricos pudieran asesinar impunemente a los menos favorecidos.




Pero todo lo interesante que pudiera tener el núcleo argumental de The Purge acaba ahí y la debacle empieza cuando DeMonaco presenta a unos personajes que se mueven entre el cliché manido hasta lo indecible y los comportamientos inverosímiles que los mismos toman a lo largo del metraje para enfatizar "la humanidad " que aún anida dentro de ellos, cuando el espectador es consciente de que en situaciones extremas de supervivencia el ciudadano medio (sea de la nacionalidad que sea) sería casi con toda seguridad capaz de ofrecer en sacrificio a su propia madre si con ello consigue salvar su pellejo. En ese sentido el soberbio prólogo de 28 Semanas Después de Juan Carlos Fresnadillo es mucho más sincero que todo lo que nos argumenta DeMonaco durante los 85 minutos de metraje de su cinta.




Porque por muy buen trabajo que hagan Ethan Hawke o Lena Heady (le va la marcha burra a esta mujer también en pantalla grande, Dredd, 300, Laid to Rest) sus roles no dejan de ser planos, simples y maniquéos, destacando entre ellos ese hijo "freak" insufrible con bebé de juguete en forma de cámara móvil que todo lo ve (recurso argumental muy de los 80 y quemadísimo en la actualidad) o el novio de la hija al que se le ven las intenciones a kilómetros de distancia. Porque ahí vuelve a pinchar el argumento de The Purge, el espectador mínimamente avispado (y puedo asegurar que un servidor no lo es mucho en esas lides deductivas) se da cuenta de que todo lo que nos expone en la primera mitad de metraje (vecinos sonrientes, adolescentes inocentes) se pervertirá en la segunda para intentar dar algo de interés y sorpresa a la trama.




Interés que pocas veces ve la luz ya que DeMonaco es bastante pobre como narrador a la hora de crear tensión. Si sumamos que el realizador no sabe tensar el suspense y por ello la atmósfera de amenaza brilla por su ausencia a que el destino final de los personaje nos importa un carajo por ser imbéciles integrales tenemos como resultado un desarrollo de acontecimientos torpe y fallido en el que sólo destacan un par de escenas cuando Ethan Hawke se pone en plan Dustin Hoffman en la recta final de Perros de Paja con los asaltantes y los momentos en que esa víctima por la que todo el lío empezó decide tornarse en verdugo y vengador intentando ayudar a la familia.




Pero nada salva a The Purge de la mediocridad, por no mencionar que al final su mensaje crítico se ve suavizado cuando el director nos confirma que aún hay esperanza para los verdaderos americanos que no son partidarios del homicidio indiscriminado o eso piensa él al menos. Lo dicho, una idea que pudo construir una cinta cínica, incisiva, cruda y políticamente incorrecta se queda en un espejismo que se va desvaneciendo a lo largo del metraje. Si alguien quiere ver un interesante estudio sobre como influye la violencia en la sociedad y el individuo que vea Funny Games (preferiblemente la austriaca) o La Naranja Mecánica y se deje de chorradas inconsistentes como la que nos ocupa.