martes, 26 de marzo de 2013

Batman, más bat-grande, más bat-largo y sin bat-cortes



Título Original Batman (1966)
Director Leslie H. Thompson
Guión Lorenzo Semple Jr basado en los personajes creados por Bob Kane y Bill Finger
Actores Adam West, Burt Ward, Lee Meriwether, Cesar Romero, Burgess Meredith, Frank Gorshin, Alan Napier, Neil Hamilton






El año 1966 fue muy importante para un personaje como Batman. La cadena ABC empezó a emitir una serie de imagen real protagonizada por el superhéroe enmascarado creado en el mundo del cómic por Bob Kane y Bill Finger. El programa fue un rotundo éxito durante las tres temporadas que duró llegando a los televisores norteamericanos por medio de 120 episodios en los que se daba una visión colorida, paródica y naif del Guardían de Gotham y sus aliados o enemigos. Entre la primera y segunda temporada se llevó a cabo un largometraje que vino a ser como un one shot, un número especial en el que se sobredimensionaba el producto catódico para ofrecer una historia bigger than life que saciara el apetito goloso de los fans del serial. Batman: The Movie se estrenó en 1966 y también fue un gran éxito.




Batman y Robin descubren por medio del comisario James Gordon que el Comodoro Schmidlapp está sufriendo graves problemas dentro de su yate, de modo que deciden lanzarse a su rescate para salvarlo. Pero lo que el Dúo Dinámico no sabe es que todo es un terrible plan ideado por cuatro de sus peores enemigos: El Joker, El Pingüino, El Acertijo y Catwoman. Los villanos tienen en su poder un Deshidratador que convierte en polvo a todo aquel al que se le aplica y que quieren usar para sus diábolicas fechorías internacionales. Los dos Guardianes de Gotham deberán detener al cuarteto de criminales antes de que hagan sembrar el caos a nivel mundial.




Batman es la mala versión cinematográfica de una mala serie televisiva. Pero los fans del personaje de cómic le debemos mucho a aquel entrañable programa catódico que no se tomaba en serio a sí mismo y que daba pie a algunas ideas del todo rocambolescas. Porque gracias a su éxito nuestro héroe de cómic favorito recibió una fama y un reconocimiento a nivel mundial enormes llevando las aventuras del Hombre Muerciélago a las casas de personas que nunca hubieran leído uno de sus tebeos. Pero siempre ha pesado a gran parte del fandom que hablemos de un producto lleno de colores, onomatopeyas, roles caricaturescos y situaciones ridículas que muchos de los seguidores actuales de los cómics rechazan de pleno.




Pero los verdaderos seguidores del personaje, aquellos que conocen su largo recorrido desde finales de los 30 hasta la actualidad saben que la serie protagonizada por Adam West y Burt Ward guarda muchas similitudes con la silver age de Batman en las viñetas, aquella etapa entre los 50 y los primeros 60 en la que por culpa de la influencia del Comics Code las aventuras del Caballero Oscuro tenían poco de esto último. Viajes espaciales, gorilas criminales, personajes paródicos como Batmito y situaciones infantiles alejadas del tenebrismo que inyectaron los mismos Kane y Finger en los primeros años de gestación de la criatura. De modo que este Batman, tanto el de la serie de televisión como el del largometraje que nos ocupa, es tan fiel al personaje (o parte de su recorrido como icono) como lo son las visiones de Timm y Dini, Burton, Nolan y sí, Schumacher, cuyos films en la franquicia no dejaban de ser una revisión anacrónica de la serie de los 60 que mencionamos.




Batman: The Movie es un disparate autoconsciente, la trama es una excusa propia de cualquier episodio de la serie original pero con la excusa de que el plan que le da forma esté organizado por los villanos más reconocibles de la galería de criminales que hace la vida imposible a Batman. Todo lo que hizo un éxito de la serie de tv está aquí, pero el guionista Lorenzo Semple Jr. (forjado en las filas del producto catódico y más tarde autor de la escritura de éxitos de calidad como Papillón o Los Tres Días del Cóndor) lo intensifica como conjunto en lo que se refiera a situaciones disparatadas y momentos vergonzosamente memorables por su alocada ejecución, que son remarcables y para nada escasos a lo largo del metraje.




Desde los títulos de crédito con esa jocosa advertencia a los criminales el espectador ya es consciente de qué va a encontrarse. Un desfile de simpáticos disparates con un Batman amanerado y un Robin que golpea sus puños mientras hace comentarios amenazantes. Situaciones descacharrantes como las fotos de los criminales, los memorables métodos deductivos del "mejor detective del mundo" mediante los cuales da con pistas como el plátano bolígrafo o el Canario con una metralleta, Robin en el Batmóvil junto a Alfred y este último usando un antifaz para no ser reconocido, el bat-repelente de tiburones, los míticos delfines suicidas (todo el pasaje del Batcóptero en el mar es sencillamente inolvidable, ¡ese etiburón de plástico!) la secuencia en el local árabe presagiando parte de la filmografía del inefable Jean Rollin, todo lo relacionado con el Deshidratador o la cumbre del film para el que suscribe, la escena de la huída de Batman con la bomba que ojalá haya sido influencia para el final de The Dark Knight Rises, eso le daría 80% más de carisma a Christopher Nolan.




También tenemos señas de identidad que hicieron grandes a la serie televisiva. El bigote camuflado de César Romero, los "cuac, cuac" y "miau, miau" de El Pingüino y Catwoman respectivamente, esa colorida y disparatada Batcueva, la escalada con cuerda por las paredes, el histrionismo del Acertijo (está claro que Jim Carrey se inspiró en Frank Gorshin para dar vida al personaje en Batman Forever), planos inclinados o la inutilidad de esos villanos que son eliminados en secuencias de lucha coreografiadas por un adicto al Peyote. Como es lógico las impagables onomatopeyas de los golpes aparecen en escena, tras hacerse mucho de rogar, en la batalla final encima del submarino Pingüino, pero no decepcionan.




Al final Batman y Robin desfacen el entuerto, encierra a los criminales, desenmascaran a la pretendienta de Bruce Wayne (esa Kitka con jerga comunista como buena rusa vista por los americanos) que resulta ser Catwoman y dan lecciones de política internacional y civismo a las Naciones Unidas (ahí es nada). Batman es una cinta entrañable, un producto que aún habiendo nacido viejo hoy día se ve tan kitsch y vintage que es imposible no rendirse a sus disparatados y coloridos encantos. Los mismos que encumbraron al serial original como un éxito de televisión en su época, que lo avocaron al rechazo y el ostracismo años después y que hoy lo reivindican como un producto de culto que va más allá del medio televisivo, el panorama cinematográfio o el mundo del cómic, llegando a ser reconocido como parte importante de la cultura pop contemporánea. Nos vemos a la misma bat-red y en el mismo bat-blog.



jueves, 21 de marzo de 2013

Top Cómics 2012



También con bastante retraso, pero aquí tenemos el Top en el que reivindico los cómics que más me gustaron del pasado año. En esta ocasión hay de todo, pero imperan varias de las colecciones del NUDC (Nuevo Universo DC) que forman parte del reboot que la editorial de Batman, Superman y Wonder Woman realizaron a finales del 2011 y que a España llegó a principios del año siguiente. Dentro de ese reinició he dejado fuera colecciones que me gustan como JL Dark de Peter Milligan, Action Cómics de Grant Morrison y Rags Morales, Green Lantern de Geoff Johns y Doug Manhake, Aquaman con, otra vez Geoff Johns e Iván Reis o esa simpaticona tontada que es la JLA de, ¡sorpresa!, Johns con Jim Lee a los lápices, todo para no repetir muchos autores y hasta personajes en la lista, pero he incluido otras que me parecía de recibo destacar. Tres de Avatar Press (sigo teniendo debilidad por este sello) y cosas de Marvel que también me han hecho pasar buenos ratos, aunque he dejado en el banquillo cosas como Veneno y Los Imposibles X-Force de Rick Remender, Masacre: Pulp o Lobezno: El Mejor en lo que Hace. De Image sólo The Walking Dead (me arrepiento no haber leído el primer tomo de Saga de Brian K. Vaughan y Fiona Staples) y una impagable pieza sibarita encabezando el ranking. Una vez más después del primer cómic el resto están ordenados aleatoriamente. Vamos al tema.





El mejor cómic del 2012 es un making of del mejor cómic de la historia. Metamaus es oro pulido para todos aquellos que cosideramos que Maus de Art Spiegelman es la cumbre más alta a la que ha llegado el noveno arte. Un enorme trabajo de información recopilada de las influencias, anécdotas y protagonistas del proceso creativo del testimonio definitivo sobre el holocausto protagonizado por ratones judíos y gatos nazis. Una enorme entrevista al autor es el núcleo central de este indispensable trabajo lleno de bocetos, declaraciones de familiares del autor, la transcripción de todo lo declarado por el padre de Spiegelman, que es la figura más importante del cómic, su narrador: Para colmo incluye de regalo un dvd con mucha más información acerca de cómo se dio forma a una obra maestra que trascendió el medio en el que fue creada.





Tras el olvidable paso de Rick Remender por la serie señera del personaje creado por Gerry Conway, Ross Andru y John Romita Sr tomó las riendas de la misma Greg Rucka, autor que se hizo un nombre con colecciones como Batman, Detective Comics o la genial Gotham Central. El resultado es de notable alto, consiguiendo algo que yo creía imposible, que vuelva a interesarme por una colección del Castigador fuera del sello MAX. Garth Ennis y en menor medida Jason Aaron han dado una visión tan perfectamente realista de Frank Castle que verlo otra vez codearse con los personajes pijameros era algo que me chirriaba considerablemente (y más si lo convertían en un sosías del monstruo de Frankenstein) pero Rucka con la ayuda de un magnífico Marco Chechetto que llena todas las viñetas de una visceralidad llena de claroscuros consigue que no se pierda el tono de realismo aún apareciendo personajes superpoderosos en escena, porque aún con todo se mantiene el tono crudo y de literatura noir que también le queda al personaje. Un excelente trabajo en el que destaca en episodio del interrogatorio policíaco. El segundo tomo ya está en mis manos y es una pena que sea el último, triste que una etapa tan acertada como la de Rucka con el personaje haya durado tan poco.





El Catálogo del Cómic edita por primera vez en España un cómic de vital importancia dentro del medio a lo largo de los años 90. Flex Mentallo, personaje nacido en la etapa de Grant Morrison al frente de Doom Patrol, que vio la luz desde el sello Vertigo perteneciente a DC, es la primera obra que unió los talentos de los escoceses Grant Morrison y Frank Quitely y supuso una rara avis en aquella década de mandíbulas apretadas y armas gigantescas en brazos musculados imperando en el cómic norteamericano de superhéroes. Ejercicio de riquísima metaficción con apuntes autobiográficos por parte de Morrison, deleite visual y artístico a manos de Quitely, un microcosmos creado alrededor de un universo riquísimo que en última instancia se revela como un cálido homenaje al mundo del cómic apelando al más puro sense of wonder. Más allá del polémico recoloreado a manos de DC para esta edición, hablamos de una pequeña obra maestra de imprescindible lectura.





No sé si ha sido un éxito o un fracaso el reboot de DC. Sus ventas me dicen que sí, el caótico ir y venir de guionistas y dibujantes de muchas colecciones me dicen que no. Pero lo que sí es cierto que gracias a este NUDC me he subido al carro de muchas colecciones dentro de la editorial y estoy disfrutando considerablemente las mayoría de ellas. Wonder Woman posiblemente sea la mejor serie superheróica de la actual DC, Brian Azzarello y Cliff Chiang han sabido captar la esencia y el bagaje del personaje enfatizando la lucha interna entre su carácter divino y su lado más humano. El resultado es brillante, un producto de gran calidad que ofrece una perspectiva de Diana Prince rica en lecturas, fuerza y simbología. A seguir muy de cerca





Mientras el Nuevo Universo DC se formaba en las oficinas a Grant Morrison os editores le dejaban su pequeña parcela privada para seguir desarrollando su particular visión de las aventuras del Guardián de Gotham. Batman INC es el inicio de la culminación de una etapa de más de 8 años en la que el de Glasgow ha recuperado  cierta luminosidad superheróica para el álter ego de Bruce Wayne. Desde que deconstruyera al personaje en Batman R.I.P. el autor de Los Invisibles ha reformulado las constantes actuales del personaje devolviéndolo a sus orígenes, demostrando un conocimiento enciclopédico de las primeras décadas de Batman y llevándolo a su propio terreno. La ecléctica puesta en escena, la acertada elección de dibujantes y todo el subtexto que contienen las andanzas de la franquicia de los Batman de todo el mundo ofrecen un espectáculo que se mueve entre la ligereza y la morbidez con una facilidad pasmosa. Es una de las muchas caras del caballero oscuro y nos gusta.





Mark Waid es posiblemente uno de los guionistas de cómic que mejor sabe extrapolar el clasicismo a las viñetas del silgo XXI. Tras etapas como las de Kevin Smith, Brian Michael Bendis o Andy Diggle en las que Matt Murduck estaba cayendo en una espiral de oscuridad existencial y autodestrucción física y moral ha tenido que venir el autor de Los 4 Fantásticos: Los Imaginautas y llenar de luz las andanzas del Hombre Sin Miedo. Con un primer arco cuyo título es toda una declaración de principios con respecto al giro de timón que la colección va a dar, el creador de Kingdom Come se rodea de dibujantes de trazo clásico como Paolo Rivera o Marcos Martín (imposible no pensar en Steve Ditko o Jack Kirby viendo sus viñetas) para ofrecer una de las colecciones más importantes de un sello Marvel que al igual que DC se ha metido en un relanzamiento ¿necesario? de casi todas sus colecciones pijameras.





Ya lo sabéis los que me leéis, me gusta el sello Avatar Press, soy adicto a las colecciones excesivas, brutas y pasadas de rosca que sus editores les permiten desarrollar a autores importantes como Alan Moore, Garth Ennis o Warren Ellis. Crossed nació de la mano de Garth Ennis y Jacen Burrows y se convirtió en la colección estandarte de la casa. Una nueva visión del fenómeno zombie, recrudecida, brutal y con el aliciente de que sus infectados (los cruzados) también adquieren una avidez sexual sin límites que les incita a realizar los actos más inhumanos jamás pensados. Tras la marcha de Ennis cogió los guiones el americano David Lapham y realizó el arco Valores Familiares y el one shot Crossed 3D, que si bien tenían su encanto y salvajismo no llegaban al nivel de lo planteado previamente por el autor de The Boys. Con Crossed: Psychopath tampoco lo ha conseguido, pero ha dado un paso de gigante dentro de la serie haciéndose con ella y llevándola a unos límites de sadismo pocas veces vistos en un cómic estadounidense. Con la ayuda del español Raúlo Cáceres que hace del exceso y el barroquismo visceral una virtud, Lapham expone un retrato inquietante de la psicología humana al mostrarnos a un psicópata (el que da el nombre al tomo) cuya monstruosidad eclipsa a la de los mismo cruzados. Lectura crudísima y sólo apta para amantes de las sensaciones fuertes.





Peter David sufrió a finales de año un infarto cerebral del que espero se esté recuperando satisfactoriamente. Lo primero es que se ponga en condiciones y luego que vuelva al trabajo, pero me sabría mal que no pudiera seguir con su excelente labor en la que es mi colección mutante favorita de Marvel, su segunda (tercera si contamos la breve de los 90) en la serie X-Factor. El guionista sigue con su magnífico trabajo inyectando carisma, veracidad, amor, humor y problemas tanto mundanos como existenciales a esta peculiar agencia de detectives. En el tercer tomo editado por Panini tenemos momentos brillantes, enemigos intratables y un final trágico que por muy manido que esté en el medio sólo David sabe idear de manera que nos llegue a tocar la fibra sensible. Entre los ilustradores que llevan sus palabras a las viñetas destaca una Emmanuela Lupacchino que a un servidor enamora con su limpio trazo.





Tras algunos números en los que Kirkman no parecía saber hacia dónde quería encarrilar las desventuras de Rick Grimes y compañía, vuelve a dar síntomas de inventiva, pulso medido y creación de personajes secundarios brillantes (ese Jesús) en Un Mundo Más Grande, midiendo el peso de su protagonista en la historia y su deshumanización, el status del grupo como comunidad y sorprendiendo con relaciones personales que hace un par de años no hubiéramos ni imaginado. Un servidor va a ritmo español y todavía no ha leído ese número 100 que se encuentra en el tomo que acaba de editar Planeta este mismo mes, pero tras una ligera decepción durante el 2011 vuelvo a recuperar la fe en el trabajo del creador de Invencible. A ver qué tal esa entrega que cumple la centena que los que ya la han leído hablan de acierto mayúsculo que deja con dos palmos de narices al lector habitual.






Panini ha editado durante 2012 los dos tomos que cierran no sólo la etapa de Jason Aaron en Punisher MAX, también (y de manera desacertada desde mi punto de vista) la colección en sí. La creación del Frank Catle de la línea MAX para lectores adultos y poner como guionista en la misma al irlandés Garth Ennis fue (junto a poner a Grant Morrison al frente de los X-Men) el mayor acierto de Joe Quesada como editor de la Casa de las Ideas a lo largo de la década pasada. El autor de Predicador llevó al personaje a cotas de eficacia, realismo, lectura social y alegoría que ningún escritor previo había podido siquiera vislumbrar. Jason Aaron (Scalped,  Hulk) no consigue llegar al nivel de calidad de lo expuesto por Ennis, pero sí dar un memorable cierre crepuscular a la andadura del Castigador en esta recta final en la que destaca este arco llamado Frank. El escritor de Astonishing Spiderman y Lobezno da una nueva dimensión a lo que planteó en los tomos Kingpin y Bullseye al ofrecer un punto de inflexión conceptual al origen de la brutal lucha contra el crimen de Castle, ofreciendo un cómic de gran calidad que sólo se resiente por el dibujo de un Steve Dillon desganado y plano.




El evento Flashpoint (uno de los 20 anuales que nos regalan innecesariamente tanto Marvel como DC) puso fin al universo DC traidicional y supuso el punto de inicio del reboot por parte de dicho sello. Dentro de dicho crossover de colecciones se editó un tomo de 48 páginas que narraba en una especie de universo paralelo la existencia de unos Batman y Joker muy peculiares, atípicos y creados con una idea y concepto tan originales como trágicos. Los autores fueron Brian Azzarello y Eduardo Risso, los creadores de la mítica 100 Balas, que ya trabajaron al servicio del Caballero Oscuro en la entretenida Broken City y el resultado es Batman: El Caballero de la Venganza, una pequeña joya a descubrir con un tono de tragedia shakesperiana y un acabado tenebrista que deja con un agrio sabor de boca digno de cualquier buena obra literaria






Jason Aaron se ocupa en esta miniserie de cuatro entregas de las correrías en solitario de la versión Ultimate del Primer Vengador. El tomo no deja de ser una muy elocuente revisión actualizada de Apocalipsis Now en la que Steve Rogers debe enfrentarse a Nuke en una selva en Camboya en la que ha formado un ejército con el que se ha hecho fuerte en la zona. El austero y seco dibujo de Ron Garney ayuda a Aaron a enfatizar la crudeza salvaje de la historia y con la historia que narra confirma que los principios morales ultraconservadores de esta versión del Capi son inquebrantables para bien o para mal aunque en ocasiones bordee el fascismo, idea que el guionista expone con inteligencia al no justificarla pero si aceptándola como algo inevitable dentro de la esencia de su protagonista.





Aunque ECC ha editado a lo largo de 2012 los tomos 3 y 4 de la colección American Vampire esta mini es para un servidor lo mejor visto este pasado año dentro de la creación del guionista Scott Snyder. Selección Natural es un homenaje al cine exploit de nazis europeo que copó gran parte de las carteleras de los cines de segunda fila y serie B de los años 70. Snyder se une al magnífico ilustrador Sean Murphy (Joe, el Bárbaro) para realizar este trabajo que se puede leer independientemente de la colección original, pero que gana enteros si se ha seguido aquella. Homenajes que van desde Sam Peckinpah a obras de literatura pulp tanto dentro del género de terror como el bélico, Un producto de calidad, oscuro y bestial que confirma que a Snyder le queda mucho por decir sobre los chupasangres que construyeron América.





Tras un par de arcos sin mucho interés para el que suscribe tras la marcha de Grant Morrison de la colección y con la instauración del NUDC Peter J. Tomasi al guión y Patrick Gleeson se hacen con los mandos de Batman y Robin y ofrecen la, posiblemente, colección más interesante del Hombre Murciélago en la actualidad. El guionista de The Mighty ahonda con inteligencia en la relación entre Bruce Wayne y su hijo Damien, vástago de Talia al Ghul y criado desde niño por una la organización criminal la Liga de las Sombras. Con un tono más oscuro que el de Morrison y con una definición y desarrollo de personajes magnífico Tomasi se lo pone fácil a Patrick Gleeson para que sustente con su atípico trazo un argumento rico, bien hilado y que engrandece al personaje del primogénito de Batman convirtiéndolo en el verdadero protagonista de la serie. Lectura altamente recomendable, de lo mejor del reboot de DC.





Scott Snyder (American Vampire, Batman) sabía que era imposible igualar la labor del gran Alan Moore con la colección Swamp Thing, de modo que se desvincula de lo escrito a fuego por el de Northampton en este reinicio del personaje creado por Len Wein y Berni Wrightson. Manteniendo el tono Vertigo de su anterior etapa, el mensaje ecologista y las cuestiones existenciales del protagonista, pero alejándose del lirismo de su etapa dorada de los 80, Snyder se entrega a una morbidez física llena de deformidadas y enfermedades víricas y contagiosas que le dan un toque cronenbergiano a su narración. Todo apuntalado por un Yanick Paquette que posiblemente sea el mejor dibujante que tiene DC en nómina, es más, cuando en algunos números es sustituido por otro ilustrador la serie se resiente. Otra lectura indispensable de este 2012 fuera del pijameo del NUDC.





La llegada de Scott Snyder al mundo de Batman fue muy celebrada. Pero un servidor se quedó un poco indiferente con su arco Hungry City para Detective Comics (Black Mirror no lo he leído) y hasta que no leí esta Puertas de Gotham, ideada por él, llevada a guión por Kyle Higgins y dibujada por Graham Nolan y Dustin Nguyen no me convenció como autor de las historias de mi personaje de cómic favorito. Este one shot se hace fuerte al centrar su argumento en el mayor acierto de Snyder desde que tomara las riendas del álter ego de Bruce Wayne, el protagonismo que ha dado, no ya a Gotham como ciudad (no son pocos los autores que la han retratado como un personaje más), sino a la arquitectura y cimientos de la misma, dando forma a una historia sobre legados heredados, maldiciones familiares, venganzas que me parece incluso más interesante que lo que ha realizado posteriormente en la colección principal del personaje, que como bien comentaré al cierre de la entrada, me gusta mucho, pero no lo veo tan brillante como la mayoría de lectores.




Warren Ellis escribe para el sello Avatar Press esta colección sobre un atípico pirata eléctrico que a lo largo del año 1830 trae de cabeza con sus actos delictivos a la policía metropolitana de Londrés. El autor de Planetary crea una historia de corte revolucionario con estética ¿electropunk? que bebe indudablemente de La Liga de los Hombres Exctraordinarios de Alan Moore y Kevin O'Neill pero que tiene su propio encanto moviéndose entre corsarios aéreos antisistema, policías renegados, mujeres pirata y el barroquismo estilístico (adecuadísimo para la historia) de un Raúlo Cáceres sencillamente brillante a los lápices. Una de las lecturas más gratificantes del año pasado para un servidor.





Al igual que Snyder con La Cosa del Pantano, el canadiense Jeff Lemire era consciente de que Grant Morrison (y en menor medida Jamie Delano) lo habían dicho prácticamente todo sobre un personaje como Animal Man, de modo que se desvincula de lo expuesto por el escocés y realiza un ejercicio de experimentación narrativa y estética que se revela como la colección más Vertigo de todas las editadas dentro del NUDC. Con una visión retorcida de las vivencias de Buddy Baker, abordando inteligentemente su legado que será depositado en su hija pequeña. El dibujo a seis manos de  John Paul Leon, Steve Pugh y Travel Foreman dan forma a unas criaturas multiformes de aspecto abominable que inyectan una latente sensación de amenaza al cómic. Animal Man está en la élite de lo mejor del NUDC y espero con ganas su cruce con Swamp Thing en el crossover Mundo Putrefacto, ya que promete ser memorable el hecho de cruzar dos series que se muestran como las distintas caras de una misma moneda.





David Lapham se ocupa de escribir esta serie sobre la figura de Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula. El autor de Crossed o Balas Perdidas trata de dar una nueva dimensión al infame emperador romano narrando un relato que aunque se ciñe históricamente bastante a lo acontecido en la realidad, introduce un matiz irreal que hiperboliza la naturaleza del personaje retratándolo como un ser sobrehumano, una entidad formada de mal puro que corrompe y destruye todo lo que toca. El dibujo de German Nobile, que se mueve entre lo clásico y lo vanguardista con el uso de técnicas digitales, remata una historia dura y sin concesiones, pero con un interesante trasfondo alegórico sobre la maldad inherente en el ser humano.






Scott Snyder ha entrado a o grande en el universo de Batman. Su colección vende ejemplares como rosquillas, su nombre como guionista se ha revalorizado sustancialmente y la elección de un dibujante como Greg Capullo (Spawn) que me parecía del todo inadecuado para el personaje y su microcosmos en viñetas ha resultado todo un acierto. El guionista de American Vampire enfatiza la oscuridad en fondo y forma del lado más ténebre de Batman, pero no rechaza la luminosidad de la vida personal o profesional de Bruce Wayne. Da una magnífica importancia a la estructura arquitectónica e histórica de Gotham (muy interesante el evento La Noche de los Búhos) y conoce y perfila adecuadamente a todos los personajes principales y secundarios. Pero no hablamos de una obra maestra, sino de una etapa muy interesante, adictiva y cruda en la que (una vez más) se lleva a Batman/Bruce Wayne al límite tanto en el plano físico como el psicológico pero no hay originalidad en la propuesta, Snyder no inventa nada, aunque sabe vender con estilo y profesionalidad su criatura. Ya veremos qué tal esa Death of the Family que tanta polémica ha levantado en USA.



martes, 12 de marzo de 2013

Tierra Prometida, nosotros el pueblo



Título Original Promised Land (2012)
Director Gus Van Sant
Guión Dave Eggers, John Krasinski y Matt Damon
Actores Matt Damon, John Krasinski, Lucas Black, Frances McDormand, Rosemarie DeWitt, Hal Holbrook, Titus Welliver, Tim Guinee, Scoot McNairy, Terry Kinney, Johnny Cicco, Rosemary Howard, Sara Lindsey, Lennon Wynn, John W. Iwanonkiw, Lexi Cowan, Kristin Slaysman, Joe Coyle, Jennifer Obed, Carla Bianco






Gus Van Sant me parece uno de los directores más completos del cine contemporáneo. Es de un mérito remarcable ser capaz de abordar largometrajes de vocación comercial como El Indomable Will Hunting, Descubriendo a Forrester o Mi Nombre es Harvey Milk (aunque todos ellos con un fondo muy interesante gracias a repartos y guiones muy acertados) u obras más personales e intimistas, Elephant, Paranoid Park o Last Days,  que continuamente nos remiten a sus inicios como autor indie y estandarte del cinema queer americano. También me llama la atención otra faceta más del director de Mi Idaho Privado, que es la que nos ocupa en esta entrada, la altruista y de amigo de sus amigos.




El cineasta tiene un grupo de colaboradores habituales y no es la primera vez que se pone detrás de las cámaras como favor para uno o varios de ellos (aunque como es lógico él normalmente también saca beneficio). En la ya mencionada Good Will Hunting se situó a los mandos de un proyecto que nació de un (magnífico) guión de Matt Damon y Ben Affleck. Hizo lo propio años después con Gerry, aunque esa vez el libreto lo firmaban el protagonista de Infiltrados (The Departed) y el hermano menor de Ben, Casey Affleck. En Promised Land, la cinta que nos ocupa y que se presentó en el pasado festival de Berlín recibiendo una mención especial, de nuevo lleva a imágenes un escrito compartido por Matt Damon (¿serán amantes?) y John Krasinski (el inolvidable Jim Halpert de la versión americana de The Office) cuyo guión literario fue elaborado por Dave Eggers.




El resultado es un meritorio largometraje con unas remarcables buenas intenciones, concienciación social y mensaje ecologista (nada sesgado o radicalista) que forman un conjunto que si bien no consigue explotar el excelente material que tiene entre manos, sí posee los suficientes aciertos narrativos y textuales como para ser considerado un trabajo encomiable y acabado con bastante veracidad y naturalismo. Van Sant deja un poco de lados sus señas de identidad para entregarse como artesano a un proyecto ajeno al que sabe insuflarle su profesionalidad, tacto e inteligencia como curtido cineasta con muchas batallas a sus espaldas. Con muchos aciertos y pocos fallos, Tierra Prometida es una proyecto hasta cierto punto necesario, pero demasiado idealista.




Steve Butler (Matt Damon) y Sue Thomason (Frances McDormand) son los dos ejecutivos de una gran multinacional de gas natural que son enviados a un pequeño pueblo de Estados Unidos para iniciar unas perforaciones con las que tratarán de engañar a la gente de la localidad que recibirá una compensación monetaria muy inferior a la que les ofrece la organización llamada Global. La intervención de Frank Yates (Hal Holbrook), un anciano de la zona con maneras de líder inconformista que pone en duda las supuestas buenas intenciones de los recién llegados y la aparición de un joven llamado Dustin Noble (John Krasinski) que representa a una ONG medioambiental posiblemente den al traste con el negocio redondo que Steve y Sue deben realizar en favor de sus superiores.




Uno de los mayores aciertos de Promised Land es que a pesar del tema que aborda no se adentra en terrenos sentenciosos o partidistas. Esto se deja ver desde el principio cuando nos damos cuenta de que no estamos ante unos "villanos" al uso, es más, cuando el film da sus primeros pasos seguimos a Steve y Sue pensando que son las "víctimas" cuando realmente son los representantes de las empresa que quiere engañar al pequeño pueblo en el que van a hacer negocio con el gas natural. Los personajes no son monstruos infrahumanos, son personas normales y corrientes que se sienten solos cuando echan de menos a sus hijos (el caso de ella) o que ven que sus dotes como ejecutivos de empresa se debilitan cuando se enamoran de una de las parroquianas del bar de la localidad (la situación de él).




Porque es un acierto que durante la primera media hora el personaje de Matt Damon se nos muestre titubeante con su jefe, simpático con su compañera de trabajo, Sue, con la que bromea (ese coche que no arranca, muy simbólico dentro del contexto de la historia) como un individuo con el que podemos empatizar sin mucha dificultad, para más tarde hacerle mostrar las fauces por primera vez cuando habla con el alcalde (si mal no recuerdo) en la cafetería. Ahí podemos ver de manera esclarecedora que Steve, con su falsa simpatía y verborrea empresarial, es una representación cristalina del capitalismo agresivo, aquel que obviando remordimientos arrasa con todo en pos de un beneficio económico desproporcionado que sacie su apetito.




También es interesante asistir a cómo los dos ejecutivos van mezclándose con la fauna local con intenciones monetarias y debido a ello van viendo que encajan en la zona, porque al fin y al cabo se codean con personas que son como ellos, trabajadores que hacen lo necesario para ganarse el pan aunque sea de manera indigna. En este sentido nos introducimos en una interesante dualidad moral cuando vemos que uno de los personajes se deja llevar por los sentimientos y estos influyen en la concepción de su labor profesional y cómo el otro no antepone sus emociones a lo que no deja de ver en ningún momento como un negocio. Pero esa sensación de comunidad es algo tan intrínsecamente estadounidense que seguramente hará las delicias de los espectadores de aquel país, mientras que aquí se recibirá con un poco de escepticismo.




El guión, que Matt Damon y John Krasinski desarrollaron desde el argumento original de Dave Eggers tiene aciertos y muy buenas intenciones, pero también algún fallo que resta consistencia a su acabado e incluso un final que de puro idealista se antoja casi imposible. Aunque no ahonde profundamente en el tema que da forma al núcleo central del largometraje sí realiza un retrato bastante certero y pegado a la realidad con respecto a cómo grandes empresas realizan expolios en pequeñas ciudades (poco importa si son de Estados Unidos o de cualquier otro país) engañando por medio de medias verdades a unos habitantes que por desconocimiento o miedo se dejan tratar como escoria en una situación tan precaria y alarmante como la que nos ha tocado vivir en esta época de crisis económica.




Pero hay dos fallos en el guión que impiden que nos encontremos ante una obra totalmente certera. Primero tenemos un giro de timón impropio en este tipo de films (más adecuado a thrillers comercialoides de medio pelo) que aún teniendo su lógica (un servidor que no es ninguna lumbrera en estos terrenos lo vio venir de lejos) es tan artificiosamente cinematográfico y entronca tanto con mucho de lo visto anteriormente en el largometraje que se antoja como una poco consistente licencia narrativa para pillar de sorpresa al espectador y enfatizar las malas artes de las empresas que son capaces de arreglar sus supuestos problemas sin que sus subordinados se enteren de ello y así de paso darle un (innecesario) giro de 180° a uno de los personajes secundarios, algo que choca frontalmente con el naturalismo que imperaba en la producción hasta ese momento en concreto.




Aunque si hay algo fuera de lugar es la resolución final, esa toma de conciencia que nos hace creer (falsamente, por desgracia) en un mundo mejor en el que el arrepentimiento y la caridad ocupan el lugar de la ambición y el enriquecimiento ilícito. Ese clímax , tan bello como utópico, hace que Promised Land se introduzca casi sin quererlo en terrenos de la ciencia ficción, porque es muy difícil que algo como lo que Van Sant y sus guionistas exponen en pantalla suceda en la realidad. Dicho cierre peca de naif e idealista, pero qué duda cabe, deja al espectador con una sonrisa en la cara al incitarle a soñar con un mundo mejor en el que el pueblo tiene la última palabra y los empresarios no siempre ganan las batallas desde sus montañas de hipocresía y dinero.




Van Sant entrega sus tablas y minimalismo (más moderado que el de sus obras más personales, como es lógico, hablamos de una cinta independiente, pero de una contrastada comercialidad muy accesible) a un reparto de actores que cumplen sobradamente con su cometido como Matt Damon y sus dilemas morales, el carisma de John Krasinski o la belleza natural y cercana de Rosemarie DeWitt. Pero destacan considerablemente el veterano Hal Holbrook como el guerrillero anciano que pondrá patas arriba a todo el pueblo o esa Frances McDormand que ofrece lo mejor de sí misma como esa estratega de la negociación que antepone su vida profesional a la personal, en ese sentido muy bien llevado su coqueteo con el personaje de un convincente Tirus Weilliver.




La última obra cinematográfica de Gus Van Sant se deja ver con considerable interés, expone un conciso mensaje interesante, necesario, comprometido y sí, puramente norteamericano. Es un hecho que no nos encontramos ante una de las piezas más destacadas del director de Drugstore Cowboy o Resteless ya que poco tiene que hacer ante sus exitosos films comerciales o con sus obras más arriesgadas dentro de su característico naturalismo gélido pero hiperrealista. Promised Land, aunque es demasiado ingenua a la hora de abordar el tema que trata no es un proyecto desdeñable, ya que su dirección, gran parte del guión y reparto actoral la convierten en una cinta cuya simple existencia ya debería ser motivo de, humilde, celebración.


sábado, 9 de marzo de 2013

La Vida de Pi, crouching tiger, hidden god



Título Original Life of Pi (2012)
Director Ang Lee
Guión David Magee basado en la novela de Yann Martel
Actores Suraj Sharma, Irrfan Khan, Rafe Spall, Tabu, Adril Hussain, Shravanthi Sainath, Ayush Tandon, Vibish Sivakumar, Gérard Depardieu






En parte es comprensible que en tiempos de crisis (económica, moral y existencial) las personas creyentes se aferren a su fe en Dios para intentar salir adelante aunque ello no les reporte soluciones, pero puede que sí consuelo. La última película del taiwanés Ang Lee supuestamente habla de la existencia de un ser divino, que es el tema central de la exitosa novela de Yann Martel en la que está inspirado el largometraje. El film ha despertado entre el público desatadas pasiones y rechazos enfervorecidos. Unos la ven como una obra maestra que incluso renueva una cierta manera de rodar cine, otros sólo encuentran una postal impostada con muchos colorines que quiere vendernos una historia religiosa condescendiente y paternalista. Un servidor la vio hace unos días y ha llegado a al conclusión de que no es ni lo uno, ni lo otro.





Un escritor canadiense que no encuentra la inspiración para acometer su nuevo libro consigue contactar con Pi, un hindú que supuestamente le contará una maravillosa historia que le hará creer en Dios. Pi invita al novelista a su propia casa y allí le narra su vida desde su nacimiento, siendo criado en la India dentro de una familia que poseía un importante zoo de la zona. Un día su padre decide salir del país con sus parientes y viajar a Canadá con todos sus animales en busca de un futuro mejor. En el trayecto una enorme tormenta arrasa el barco y Pi se extravía quedándose abandonado en medio del Océano Pacífico en un bote salvavidas que tendrá que compartir con un tigre de bengala llamado Richard Parker y que era propiedad de su progenitor.




Como ya he comentado en más de una ocasión (y no es cuestión de reincidir en el tema) soy ateo, una persona no creyente que no tiene relación alguna con un supuesto Dios, el mismo del que nos quiere hablar (a su peculiar  manera) la cinta de Ang Lee que nos ocupa, pero eso no supone un lastre para un servidor a la hora de enfrentarme a una cinta como La Vida de Pi. Aunque curiosamente esa idea sobre la existencia del altísimo es para mí algo que no funciona o está mal expuesto en el largometraje (otros cineastas lo han hecho con más acierto), pero sobre ello ya hablaré más adelante, más o menos al final de la crítica que es cuando será interesante abordar el tema. Lógicamente tendré que añadir en ese momento algún spoiler porque si no no hay manera de ser reflexivo sobre dicho concepto como lo expone la película.




La Vida de Pi es una muestra de muy buen cine, una película que teniéndolo todo en su contra para poseer hondura y verdadera vida las contiene en su interior. Puede que no precisamente por la historia que está narrando, sino por la mano del director que le está dando forma como largometraje. Ang Lee es un todoterreno, uno de mis directores favoritos del panorama cinematográfico y autor de films inolvidables como Brokeback Mountain, La Tormenta de Hielo, Sentido y Sensibilidad o su infravalorada visión de Hulk, el mítico personaje ideado por Stan Lee y Jack Kirby para la Marvel. El taiwanés es un autor total, de una impronta ecléctica y valiente que le ha permitido experimentar con distintos géneros como el western, el wuxia, la comedia, el drama o el cine erótico.




La película número doce de Ang Lee trata de ser muchas cosas a la vez, unas las consigue, con otras se queda a medias y en algunas no llega ni a atisbarlas. Principalmente y siempre en el plano estilístico quiere mostrarse como un deleite visual de primer nivel, una obra que aprovecha como pocas el formato 3D en el que ha sido ideada. En ocasiones lo consigue, es indudable, pero que el 90% del largometraje (sobre todo cuando Pi ya está abandonado a su suerte en medio del océano) esté rodado con efectos digitales quita bastante verismo al conjunto. Hablamos indudablemente de unos CGI brillantes (merecido Oscar el que ganaron sus diseñadores), al servicio de la historia y mostrando pasajes de una belleza pictórica muy meritoria. Pero todo (desde los animales hasta el agua o las fenómenos naturales) nos hace pensar continuamente que estamos delante de un enorme croma de color verde en el que realmente no está pasando nada, por muy bien que el director de El Banquete de Boda lleve toda la maquinaria con una pericia realmente estimable que ya quisieran otros directores más duchos en estas lides técnicas como Michael Bay o Zack Snyder.




Ange Lee nos expone Life of Pi como una fábula con reminiscencias teológicas a cualquier tipo de religión (recordemos, el personaje de Pi en su infancia buscó a dios en varias de ellas) pero con un especial hincapié en la cristiana. Es inevitable pensar en Noé cuando la familia del protagonista introduce a todos los animales de su zoo en el barco rumbo a Canadá o en Jonás y su odisea con la ballena cuando Pi se encuentra con Richard Parker efrentándose a huracanes y tormentas y sí, también con la aparición de un cachalote. Todo ese tono de alegoría religiosa sobrevuela el grueso del metraje aunque alejándose de didactismos, verdades absolutas o matiz adoctrinador alguno, de modo que no se puede acusar al film de maniqueo o sentencioso, porque no lo es ni busca serlo.




Lo interesante de La Vida de Pi es como se las arregla como narración cinematográfica para crear un tratado sobre la supervivencia y el choque entre hombre civilizado y naturaleza pura por medio de la relación del protagonista con el tigre, cómo el primero debe adaptarse al instinto animal de Richard Parker para marcar su territorio, someterlo y con ello llegar a una convivencia mutua beneficiosa para ambos. Al final del trayecto cuando llegan a tierra el felino huye sin mirar atrás y el protagonista lo ve como una señal de rechazo, por ello rompe a llorar. Sólo cuando el narrador (el Pi adulto interpretado con mucha convicción por un sincero Irrfan Khan ) da ese giro argumental, nada tramposo y sí muy inteligente y enriquecedor para la trama o el contexto del film, podemos ver la entidad y el calado de la historia que ha narrado, un acertado apunte de guión (supongo que estará en la novela original, no lo sé porque no la he leído) que hace que el espectador se replantee totalmente la película y que la vea con otros ojos (casi se antoja indispensable un revisionado inmediato), llegando, por ejemplo, a justificarse que los animales hayan sido recreados por medio de efectos digitales.




El problema surge cuando esa conclusión a la que llega el largometraje trata de convencernos de su calado teológico y ahí es donde el producto falla. Es demasiado arbitrario, poco consistente, nada convincente y hasta casi contraproducente para las personas que profesan la fe cristiana esa sentencia final, porque se retrata a la misma como un añadido de mala manera al mensaje del proyecto, dejando el mismo a la libre interpretación del espectador, aunque esto también es un acierto por no tratar el film de ser tendencioso y que así pueda agradar a todo tipo de público, sea de la ideología religiosa que sea o incluso si no profesa ninguna. Pero ciertamente mostrarnos que la creencia en dios es algo que no se puede explicar de manera concreta porque es transmitida por medio de parábolas que nos incitan a sentirnos felices en un misticismo bastante improbable aplicado a la realidad lo único que consigue es que esa manera de pensar se ponga en tela de juicio, eso sí, incitando a un sano debate tras el visionado de la cinta.




Para ver Life of Pi hay que hacerlo sin prejuicios, el último film de Ang Lee ofrecerá al espectador buenos momentos de cine metódico y elegante, así como algún fallo que nos confirmará que no nos encontramos ante una obra del todo redonda y mucho menos ante una pieza clave del cine contemporáneo (como se ha llegado a decir), pero tampoco ante una lisérgico viaje con sobredosis de estilismo y espíritu new age (como también se ha afirmado). Hablamos de una pieza salida de la mano de un director que sabe lo que hace y que vive para hacer verdadero cine, aunque en esta ocasión no llegue a mostrar la plenitud de sus dotes como narrador cinematográfico. Porque el director taiwanés no sólo sabe transmitir sensaciones veraces por medio de un producto de naturaleza tan artificial como el efecto digital por ordenador (y un magnífico actor joven, Ayush Tandon, que se deja la piel llevando casi todo el peso del largometraje) también parece creer lo que está contando y lo transmite conscientemente al espectador. 




La pregunta ahora sería: ¿Se merecía Lee el Oscar al mejor director de la pasada gala de los Oscar? posiblemente sí. ¿Es justo que se lo llevase el mismo año en el que directores como Kathryn Bigelow, Ben Affleck o Quentin Tarantino, que lo hicieron considerablemente mejor que él, ni siquiera estuvieron nominados? pues la respuesta es un rotundo no. Pero no puedo evitar alegrarme porque se premie a un director tan poco acomodaticio, arriesgado y sincero como el de Destino Woodstock, un señor al que profeso un inmenso respeto y que aunque me decepcionó, contra todo pronóstico, con una de sus obras más celebradas (Tigre y Dragón,) siempre me ha ofrecido momentos de gran cine por el que le estoy eternamente agradecido. La Vida de Pi no es uno de esos casos, pero no me ha decepcionado y sí me ha dejado muy satisfecho, ya que al terminar no me sentí en la necesidad de creer en dios, pero sí en Ang Lee.