lunes, 26 de diciembre de 2011

El Día de la Bestia, de cómo el nacimiento del Anticristo redefinió el concepto de cine español




Título Original El Día de la Bestia (1995)
Director Álex de la Iglesia
Guión Jorge Guerricaechevarria y Álex de la Iglesia
Actores Álex Ángulo, Santiago Segura, Armando de Razza, Maria Grazzia Cucinotta, Terele Pávez, Saturnino García, Nathalie Seseña, Jimmy Barnatan, Jaime Blanch, Antonio Dechent, Antonio de la Torre




Para un servidor hay dos cintas clave dentro del cine español que son estandartes del celuloide de corte navideño y que deben ser vistas sí o sí durante esta festividad. Una de ellas es indudablemente esa obra maestra sobre el fariseismo y la falsa caridad llamada Plácido, estrenada en 1961 e ideada por esos dos maestros llamados Luis García Berlanga y Rafael Azcona, genios que por desgracia ya no están entre nosotros. La otra es la que nos ocupa, una obra que marcó un punto de inflexión (que no se supo explotar) dentro del cine patrio. Hablo como no podía ser menos de El Día de la Bestia del bilbaino Álex de la Iglesia.




A principios de los 90 un grupo de jóvenes directores procedentes de Euskadi formaron una pequeña pero notable revolución dentro de la manera de entender el panorama cinematográfico español, a ese grupo de autores se les conoció como los precursores de lo que se llamó el Nuevo Cine Vasco. Julio Medem con sus atípicas y oníricas Vacas y La Ardilla Roja, Daniel Calparsoro con la fallida pero potente Salto al Vacío, Enrique Urbizu con la conseguida pero sobrevalorada Todo Por la Pasta o Juanma Bajo Ulloa con las inmensas Alas de Mariposa y La Madre Muerta nos mostraron que en España había savia nueva con ganas de romper tabúes y barreras generacionales.




Dentro de ese grupo de autores vascos destacaba un joven descarado llamado Álex de la Iglesia que había llamado la atención son su primer y único cortometraje Mirindas Asesinas. Con la ayuda de Pedro Almodóvar y su productora El Deseo llevó a cabo su ópera prima, Acción Mutante. Esa producción de 1993 supuso una gamberrada de género políticamente incorrecta, una apología futurista y cañí de lo diferente y lo freak protagonizada por un grupo terrorista de deformes (encabezados por un Antonio Resines inmenso) que querían acabar con todo individuo bello y bienpensante.




Cuando De la Iglesia puso en marcha su segundo trabajo, de manera equívoca los hermanos Almodóvar se desvincularon del proyecto porque no les hacía gracia producir un film de temática satánica como el que les proponia el director. El famoso Andrés Vicente Gómez (hombre detrás de algunas de las producciones más exitosas de la historia del cine español y también de las más bochornosas) se hizo cargo de ayudar a Álex a sacar adelante este segundo film que no sólo supondría su confirmación como director talentoso y rompedor, también se revelaría como su mejor trabajo hasta la fecha y un puñetazo que golpearía considerablemente fuerte en la mesa del cine español.




Ángel Berriatúa es un sacerdote que lleva 25 años estudiando el Apocalipsis de San Juan en la universidad de Deusto para descifrar el mensaje que se encuentra oculto en dichas escrituras. Tras décadas de investigación ha llegado a la conclusión de que el nacimiento del Anticristo se producirá en la Nochebuena de 1995 en algún lugar de Madrid. Para acabar con el hijo de Satanás deberá sumergirse en el mundo del pecado "hacer todo el mal que pueda" según sus propias palabras, para atraer la atención del maligno y así convertirse en uno de sus acólitos. En su viaje recibirá ayuda de Jose María, un simpático heavy "satánico y de Carabanchel" y del Profesor Cavan, un presentador italiano con dotes de supuesto medium que triunfa en televisión con su programa esotérico La Zona Oscura.




El Día de la Bestia es directamente y sin paños calientes una de las películas más importantes del cine español contemporáneo incluso a nivel internacional y marcó época en muchos sentidos. Su tipo de producción y dirección eran por aquel entonces inusuales en nuestro país, teniendo pocos referentes en los que reflejarse a nivel técnico, si acaso en cierto sentido la ya mencionada Todo Por la Pasta de Enrique Urbizu (film en el que el mismo Álex De la Iglesia ejerció como director artístico) podría servir de único ejemplo claro y directo por su estética y realización.




La segunda película de Álex de la Iglesia reflejándose como producto en una manera de hacer películas con ritmo puramente americano tampoco dejaba de imbuirse por una larga tradición de celuloide ibérico al que homenajeaba de manera brutalmente sincera. Pero sobre todo supuso la película que confirmó una relación de amor entre el público y un nuevo tipo de largometrajes de aquí, muy nuestros, que respiraban humor, acción, diversión y que quitaban esas telarañas que tenían a nuestra producción nacional estancada y sin evolucionar un ápice.




La solución era sencilla pero nadie supo verla. Cuando el cine español pasó su etapa de la transición con obras de conciencia social auspiciadas por autores como Eloy de la Iglesia, José Luis Borau o Manuel Gutiérrez Aragón, y el filón del destape (con Andrés Pajares y Fernando Esteso como actores y Mariano Ozores como director a la cabeza) se agotó, el público necesitaba alarmantemente algo nuevo pero que siempre había estado ahí. Nada más y nada menos que cine de género, y eso es lo que El Día de la Bestia de Álex de la Iglesia ofreció al respetable, sobre todo a la rama más joven del mismo que cayó rendida a los pies del padre Berriatúa y sus dos secuaces.




El triunfo como obra de El Día de la Bestia radica en que a pesar de su envoltorio, escenas de acción, producción elaborada, ritmo trepidante pero siempre con sentido, no deja de ser una versión cafre, oscura y barriobajera del cine berlanguiano o tomando ya un referente literario, una reinterpretación contemporánea de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. Pero también y de manera coherente es un homenaje a cientos de producciones comerciales norteamericanas o europeas, conteniendo referencias (obviando las más directas y lógicas que serían a La Profecía y El Exorcista) que van desde el cine comercial ochentero como Los Cazafantasmas (las tomas que muestran la estructura de las Torres Kio recuerdan a la azotea del edificio donde hace su aparición Gosser el Gozeriano) hasta al cine elegante y rompedor de la Hammer Films británica (el ritual satánico con la cabra transmite ecos de The Devil Rides Out de Terence Fisher).




El gran mérito del director de La Comunidad era mirar hacia delante, queriendo ofrecer un cine español distinto, vivo, moderno, lleno de acción y humor, pero siempre retrocediendo la mirada hacia los clásicos que hoy día son patrimonio ineludible para entender la evolución de nuestro celuloide. Por eso no es de extrañar que todo ese hostal y los oscuros hechos que allí acontecen nos traigan a la cabeza en numerosas ocasiones a aquella joya urgentemente recuperable titulada El Extraño Viaje, inolvidable obra maldita dirigida por Fernando Fernán Gómez, o que el personaje de Rosario al que da vida una impagable Terele Pávez (inmensos diálogos los suyos) parezca una amalgama granguiñolesca de los roles que interepetara una actriz tan personal como Lola Gaos en Tristana de Luis Buñuel o Furtivos de Jose Luis Borau, obras cinematográficas de culto españolas.




Pero su principal misión como obra era ofrecer entretenimiento directo al espectador. El Día de la Bestia mostró otro tipo de cine español, más dirigido a la muchachada, con música heavy (la banda sonora fue un considerable éxito a nivel nacional y contenía temas de Def Con Dos, Extremoduro, Siniestro Total o de pesos pesados internacionales Pantera o Ministry) violencia, humor y una historia muy bien trabajada tanto en el guión como en los diálogos. El boca oreja durante la época de estreno fue bestial, viéndose un servidor rodeado de amigos y compañeros de clase que hablaban de los actores, la acción, las tetas de Maria Grazzia Cucinotta y destacando todos ellos por encima de cualquier apunte la grata experiencia que suponía ver el largometraje.




Los tres protagonistas, los tres "Reyes Magos" implicados en el film han pasado de ser personajes inolvidables a mostrarse como iconos ineludibles dentro del cine español contemporáneo. Apoteósico Álex Ángulo, con su inseparable chapela y su bondad voluntariamente corrompida por un mal que deber realizar para salvar a la humanidad, un Santiago Segura inmenso como heavy violento pero en el fondo tierno con frases inolvidables y un Armando Razza perfectamente adaptado a nuestro cine como Ennio Lombardi, el misterioso y farsante profesor Cavan que no puede creerse (en principio) las barbaridades llevadas a cabo por el padre Berriatúa y Josemari, sus primero captores y posteriormente aliados.




Pero más allá de los disparos, los golpes, el satanismo y el humor, había una historia bien hilada, escrita con pericia por el mismo De la Iglesia y su co guionista y amigo Jorge Guerricoechevarria. Porque en El Día de la Bestia también hay una dualidad muy interesante en la que se percibe una dicotomía entre si lo que vemos en pantalla son hechos supuestamente sobrenaturales en la realidad (¿la verdadera llegada del Anticristo a la tierra?) o pura y llana locura (la de sus protagonistas, que contagiados por la determinación del padre Berriatúa y el efecto de los opiaceos creen que lo que él ve es real, cuando el hombre posiblemente sólo esté loco), lucha psicológica que nos retrotrae al mundo cinematográfico de gente como Terry Gilliam.




También yace en su discurso una sátira durísima e inmisericorde contra la televisión basura (con respecto al tema de los los adivinos y tarotistas de medio pelo se mostró incluso premonitoria, ya que no hay más que echarle un vistazo a la TDT española actual para ver como están saturados de charlatanes la mayoría de los canales) y un retrato feroz sobre los grupos urbanos de extrema derecha, autores materiales de ataques xenófobos y clasistas, a los que con acierto no retrata con pintas de skinheads sino como gente de la calle bien vestidos y con imagen de los padres de familia que seguramente sean.




Cuando ya se ha visto esta película tantas veces como lo he hecho yo (si no voy por la veintena poco me faltará) sorprende seguir descubriendo pequeños detalles que nunca percibía la vez anterior que se revisionó. Como esa almohada Therapy Pillow en la cama del niño endemoniado (memorable Jimmy Barnatan) el momento tanto quijotesco como teológico (Cristo pidiéndole a su padre que aparte de él "ese cáliz" en los olivos) en el que el padre Berriatúa duda de su misión mientras el antes incrédulo Cavan le anima a seguir con su rocambolesca lucha, la cantidad de sitios en los que aparece a modo de premonición el cartel de la ficticia banda Satannica o los ramalazos buñuelianos del sacerdote negándole la extremaunción al moribundo al incio del film o la cucaracha que no se atreve a entrar en el pentáculo sagrado durante el ritual.




El Día de la Bestia es una obra importantísima (más de lo que mucha gente cree, incluso su génesis es más literaria que cinematográfica y vendría directamente del esperpento de Valle Inclán) dentro del cine español, ya que en su momento abrió una senda que por desgracia pocos supieron seguir (ni siquera el mismo Álex de la Iglesia, que aún habiendo entregado posteriormente buenas obras e incluso alguna bastante destacable nunca ha vuelto a destilar tanto talento como en la cinta que nos ocupa) en la que un nuevo cine español se vislumbraba. Era comercial, era moderno, era fiel a la tradición de la ficción filmada de este país, pero por desgracia como vino se fue y sólo dejó pequeños resquicios a modo de recordatorio.




Por suerte su sello como obra generacional quedó marcado a fuego en la mente de algunos talentos nuevos de este país y no es difícil ver en productos como Los Cronocrímenes de Nacho Vigalondo, Pagafantas y No Controles de Borja Cobeaga o Carne de Neón de Paco Cabezas ramalazos, ya sean en fondo o forma, que nos hacen recordar con una sonrisa en la boca que una vez un cura vasco, un heavy madrileño (y de Carabanchel) y un presentador de televisión italiano nos salvaron el culo a todos cuando impidieron el nacimiento del Anticristo en la capital española... o tal vez no.


Un Dios Salvaje, falsas apariencias




Título Original Carnage (2011)
Director Roman Polanski
Guión Yasmina Reza y Roman Polanski basado en la obra de teatro de Yasmina Reza
Actores Christoph Waltz, Jodie Foster, Kate Winslet, John C. Reilly




Cuando aún no había pasado un año del estreno de El Escritor (The Ghost Writer), ese interesante proyecto pero no tan incisivo como se esperaba de un autor mayúsculo como Roman Polanski, llegó a las carteleras de todo el mundo su siguiente trabajo, esta Un Dios Salvaje (Carnage) que sin ser una obra capital en la filmografía del francopolaco sí supone la recuperación de un Polanski mucho más reconocible que el competente y acerado artesano que pudimos ver en la cinta protagonizada por Pierce Brosnan e Ewan McGregor.




Un Dios Salvaje está basada en la obra teatral Le Dieu du Carnage realizada por la escritora, guionista y dramaturga francesa Yasmina Reza y narra como dos matrimonios quedan para llegar a un acuerdo con respecto a una pelea que han llevado a cabo dos de sus hijos en un parque de la ciudad de New York. Aunque al principo de la reunión las buenas maneras y los modales mostrarán la cara más educada de los cuatro implicados, las rencillas y puyazos verbales harán que a lo largo de la discusión las dos parejas pierdan la compostura de manera desproporcionada.




Carnage es una muestra ejemplar de cine teatralizado (o teatro filmado) con el acierto y las tablas que se pueden esperar de un autor como Roman Polanski. Con la ayuda de la misma autora del libreto original el director de La Semilla del Diablo (Rosemary's Baby) consigue dar forma a un tour de force entre cuatro actores en estado de gracia que lo dan absolutamente todo en un espacio mínimo y reducido (practicamente todo el metraje tiene lugar en el salón de los Longstreet) mostrando una composición de personajes en la que los veremos calmados y contenidos al inicio y complemente deslenguados y maleducados en la recta final del ajustado metraje.




Un Dios Salvaje es tan cercana y palpable que no sabemos si reírnos o llorar durante su fruicioso visionado. Sin necesidad de ahondar en la profundidad de la mente humana (ya lo hizo con indudable éxito en joyas como Repulsión, El Quimérico Inquilino (The Tenant) o La Semilla del Diablo) sólo con raspar un poco en la superficie, Polanski consigue hacer un retrato lacerante y ligero (en apariencia) sobre nuestros instintos más primarios relacionados con la sociabilidad. Mostrándo en imágenes cuando esa autoimpuesta y falsaria máscara de amabilidad desparece para mostrarnos como animales instintivos que anteponemos la defensa ciega de nuestros cachorros (hijos en este caso) a la educación o el sentido común.




El humor es un sentimiento que nunca ha sido ajeno a la obra del director de la más reciente (y magnífica) versión de Oliver Twist. No siempre le ha funcionado a pleno rendimiento, poco en ¿Qué? y mucho en El Baile da los Vampiros (The Fearless Vampire Killers), Cul de Sac o la ya mencionada El Quimérico Inquilino, pero lo entiende y lo cataliza de manera notable, sobre todo cuando él hace de actor. Tampoco rodar en espacios muy reducidos se escapa a sus dotes como narrador, sirvan como ejemplo de nuevo Cul de Sac, La Semilla del Diablo o la recuperable La Muerte y la Doncella.




Un Dios Salvaje es la unión del Polanski inspirado con la comicidad y el maestro a la hora de maniobrar en espacios ínfimos. El humor de Un Díos Salvaje es acertadísimo, los diálogos son mordaces, las ocurrencias muy agudas y hasta los detalles más nimios como los silencios de los otros tres personajes cuando el de Christoph Waltz habla por teléfono móvil (Walter se convierte de manera sutil en otro personaje del largometraje, incorporeo, pero ubicuo), el lenguaje gestual de los cuatro intérpretes, sobre todo el de las mujeres, Jodie Foster saltando para quitarle la botella de coñac a John C. Reilly o pegándole en la espalda de manera entrañablemente patética, consiguen arrancar la sonrisa o la carcajada al respetable, porque todo suena a sinfonía sencilla pero muy bien ejecutada.




Por otro lado tenemos a un veterano profesional (50 años haciendo cine se dice pronto) que sabe aprovechar al máximo los recovecos de un decorado ajustado que puede encorsetar alarmantemente a un equipo de rodaje. Haciendo un uso magnífico de la situación de la cámara, los objetivos, la planificación de tomas, el montaje, la colocación estratégica de los espejos, el director de La Novena Puerta consigue (sin que se note demasiado, como sólo los grandes saben hacerlo) hasta transmitir la sensación de utilizar de manera sabia la profundidad de campo en un sencillo, exiguo y pequeño salón.




Pero es indudable que una película como Carnage la hacen los actores y el cuarteto protagonista está sensacional. Jodie Foster pasa de mujer sencilla y afable amante del arte (genial lo del vómito en los libros descatalogados y el posterior intento de secado de los mismos) y comprometida con el Tercer Mundo a una histérica que finalmente parece reprochar más cosas a su marido a que al matrimonio invitado, que se presupone el enemigo. John C Reilly es el más calzonazos y dispuesto a no discutir hasta que encuentra complicidad en el personaje de Waltz, de la misma manera que también lo harán más tarde las damas. Las guerra de sexos no se hará esperar demasiado.




Por otro lado el magnífico protagonista de Malditos Bastardos (la vida y casi su Oscar le debe este señor a Quentin Tarantino) es sin lugar a dudas el mejor de la velada. Sus continuas interrupciones con el móvil, sus comentarios envenenados (hasta hacia su propio hijo, al que tilda de maniaco), su conversación telefónica con la madre de Michael, su asedio verbal a Penélope o su total pasotismo son lo más destacado del film. Aunque tampoco nos olvidemos de Kate Winslet que está inolvidable como la sufrida esposa de Alan, además el suyo es el papel que más evoluciona en el sentido cómico, porque cuando ya empieza a emborracharse bordea lo demencialmente inspirado.




Un Dios Salvaje no es uno de los mejores films de Polanski, pero sí es la confirmación de que está en plena forma. Un proyecto impoluto con un control bestial del timing (la historia transcurre en tiempo real, si exceptuamos el prólogo y el epílogo) los espacios, los actores y la puesta en escena. Una bofetada en pleno rostro de las clases medias y su doble rasero ético y moral. Esclarecedor es, en el plano final, lo que vemos en ese parque, que también sirvió para abrir el film. Dicho último pasaje nos enseña lo absurdo de toda la situación de la reyerta llevada a cabo por unos adultos, que finalmente se muestran más infantiles que los mismos niños que se vieron implicados en la inefable pelea que lo inició todo.


domingo, 25 de diciembre de 2011

Perros de Paja (2011), infierno de cobardes



Título Original Straw Dogs (2011)
Director Rod Lurie
Guión Rod Lurie basado en la novela de Gordon Williams
Actores James Marsden, Kate Boswuorth, Alexander Skasgard, Dominic Purcell, James Woods, Rhys Coiro, Billy Lush, Laz Alonso, Willa Holland, Walton Goggins, Anson Mount, Drew Powell, Kristen Shaw, Megan Adelle, Randall Newsome, Tim J. Smith, Richard Folmer




La década de los 70 supuso un decenio importante dentro de la historia del cine. Gracias a la eliminación del código Hays (código de producción cinematográfica que prohibía la muestra explícita en pantalla de violencia, desnudos o actos de dudosa moral en "beneficio" de la sensibilidad del espectador) la madurez del cine hollywoodiense no se hizo esperar. Dos películas fueron clave a la hora de mostrar en pantalla por primera vez violencia física o psicológica de manera gráfica y directa, sin elipsis narrativas o uso del fuera de campo. Una de ellas fue La Naranja Mecánica de Stanley Kubrick, la otra Perros de Paja de Sam Peckinpah.




Perros de Paja adaptaba la novela The Siege of Trencher's Farm del escritor escocés Gordon M. Williams y narra como un matrimonio formado por David, un apocado matemático norteamericano (Dustin Hoffman) y su esposa Amy (Susan George) compran una casa a las afueras de la campiña británica donde ella había pasado su infancia y adolescencia. Poco a poco los vecinos del lugar comenzarán a maltrata psicológicamente a David llegando a mostrarse incluso como individuos peligrosos. Pero toda persona tiene un límite y David, por muy permisivo y tranquilo que parezca, no es la excepción, sobre todo cuando entra en escena la integridad física y psicológica de su esposa.




Straw Dogs es una joya del séptimo arte y uno de los mejores trabajos de Sam Peckinpah. Esta producción de 1971 causó un considerable revuelo por la explicitud con la que el director de Grupo Salvaje (Wild Bunch) mostraba la violencia física en pantalla. Algo que confirmaba como los cortos de miras no supieron ver el verdadero triunfo y hallazgo del film, que era precisamente otro tipo de violencia, la psicológica. Ese tipo de hostilidad que era la que los parroquianos de la localidad aplicaban en David hasta que su paciencia se vio colmada y sacó al exterior la bestia que llevaba dentro.




El largometraje, abordado con contenida fiereza por un Sam Peckinpah intachable tanto en la dirección como en la escritura (en este apartado con la ayuda del guionista David Zelad Goodman), era una análisis cruento, nihilista y brutal de los oscuros recovecos más retorcidos de la psicología humana y de cómo la violencia se muestra como un instinto intrínseco e innato en todo ser humano que se precie de serlo ya que por muy adormecido que se encuentre tarde o temprano mostrará sus fauces si la persona que la recibe y más tarde devuelve se encuentra en una situación extrema.




Todo estaba llevado con aplomo y rotundidad en el proyecto. Desde el cambio gradual de un Dustin Hoffman al que no se puede hacer justicia con las palabras, hasta una Susan George sensual y ambigua (cargando en sus hombros el matiz misógino del film, que digan lo que digan y por muy reprovable que fuera enriquecía la trama y los personajes) pasando por escenas que se quedaban grabadas en la retina del espectador como la de la violación más inteligentemente planteada y rodada de la historia del cine, la de la pelea con la estridente música del tocadiscos o la de la trampa para osos. Todo envuelto en un in crescendo narrativo para estudiar en las escuelas de cine, especialmente el asedio final a la casa. En resumidas cuentas, una obra maestra con todas las letras.




En este blog he dejado constancia de que no soy un enemigo acérrimo de los remakes. Es más, he apoyado varios de ellos incluso antes de ser estrenados porque por algún motivo me tansmitían buenas vibraciones. Cuando hace poco me enteré que se llevaría a cabo una revisitación contemporánea de Perros de Paja ciertamente no me alegré un pelo (hablamos de una película que adoro), pero al poco tiempo pensé en darle una oportunidad al producto y decidí fiarme del guionista y director Rod Lurie, que en su momento me sorprendió con la interesante aunque algo tendenciosa Candidata al Poder (The Contender), ya que él se haría cargo de este proyecto.




Una vez visto el largometraje mi decepción no puede ser más notable y no porque la cinta sea mala (ciertamente no lo es, aunque tampoco destacable en manera alguna) sino porque una vez visto el resultado aún me pregunto el por qué de su existencia más allá de la intención de sus creadores de sacar tajada monetaria en la taquilla. Porque seamos sinceros, no hay nada, absolutamente nada nuevo en Perros de paja (2011) todo ya lo vimos en la versión de 1971 mucho mejor realizado a todos los niveles, ya sea técnico o artístico.




La Straw Dogs de 2011 es un mal calco casi pasaje por pasaje de la versión de Peckinpah. Los cambios en el argumento son mínomos. De una campiña inglesa pasamos a un pueblo sureño de la nortamérica más retrógrada, las reuniones en la iglesia pasan a tener lugar en los campos de fútbol, la niebla británica deja lugar al calor del sur de Estados Unidos y los pueblerinos ingleses de malas maneras dejan lugar a los rednecks yankis cerrados de mente y con un pensamiento ultraconservador. Esos son todos los cambios con respecto al film de 1971, el resto es una copia descarada y cobarde de todo lo que allí era oro y que aquí luce como hojalata.




La ley del mínimo esfuerzo y el corto afán por ser original invaden el metraje de la cinta que nos ocupa. Si un remake no tiene nada que añadir, si no va a dar un punto de vista, no ya superior, sino distinto, al de la versión anterior su simple existencia es tan innecesaria como insultante. Y no hablamos precisamente de una versión plano por plano del film original (experimento que llevó a cabo un Gus Van Sant que sabía perfectamente lo que hacía y las reacciones que iba a suscitar con su visión de Psicosis de Alfred Hitchcock, pero esa es otra historia) pero sí de una desdibujada copia del largometraje de Sam Peckinpah.




Hay realmente momentos de vergüenza ajena cuando el espectador ve no ya pasajes o escenas, sino dálogos robados vilmente del film original reduciendo el trabajo de Lurie a un burdo y vil copia y pega carente de inventiva u originalidad. Pero lo más grave no es eso, lo peor es que aún siendo casi una fotocopia de la versión Peckinpah la cinta se muestra mojigata, políticamente correcta, cobarde y autocomplaciente en muchos momentos, sobre todo en aquellos en los que la obra primigenia marcaba distancias, mostrando un tono ambiguo o lacerante.




Aquí no hay desnudos por parte de la protagonista (una Kate Bosworth más soportable de lo normal e incluso sexy, pero a años luz de la magnética y carnal presencia de Susan George) también se diluye en cierta manera su carácter infantil con el que molestaba a su marido, actitud que era la que marcaba el tono misógino del film y que sigue aquí, pero de manera más solapada y autocensurada. La ambigüedad de la escena de la violación se pierde casi por completo, las leves pero notorias reacciones malhumoradas de David desparecen y por supuesto su cambio gradual de hombre cobarde a bestia parda está mucho peor plantado y sobre todo desarrollado.




Para compensar (o eso creen ellos) tal desequilibrio los responsables del film acrecientan la crudeza de las escenas de violencia física (que no la psicológica, que está bastante peor llevada y de manera nada sutil) sin mérito alguno, ya que en los tiempos que corren hasta la Disney produce films como los de la saga Saw y por otro lado hacen un retrato simplista de los ciudadanos más reaccionarios e intolerantes de la América profunda intentando dar con esta idea un aire de cine comprometido o crítico que no funciona y nada aporta por la poca inteligencia con la que está ejecutada.




A Rod Lurie ciertamente casi nada se le puede reprochar, al menos en la dirección. El director de La Última Fortaleza (The Last Castle) encuadara con instinto, sabe donde poner la cámara y cómo ofrecer un trabajo competente pero despersonaliazado, en resumidas cuentas, poco le podemos echar en cara hasta que decide copiar planos e ideas del film de Peckinpah como la colocación estratégica del espejo en la habitación del matrimonio, las escenas que implican las carreras del coche de David o los pasajes de la cacería o el asedio final, siempre parecidas a las que planteó el director de La Cruz de Hierro pero sin su fuerza y planificación.




El reparto muy irregular y nada destacable. James Marsden (pobre hombre, la que le ha caído encima con este papel y las comparaciones que se harán con él) no lo hace mal, pero está a años luz de la portentosa interpretación de un Dustin Hoffman al que le notabamos el cambio de carácter en el rostro o el lenguaje corporal, dándonos pena al principio y helándonos la sangre después con esa sempiterna sonrisa de maniaco. De Kate Boswuorth ya he hablado, cumple y poco más. El mejor de la velada un Alexander Skasgard de físico intimidante y presencia rotunda en la pantalla. Los peores un James Woods que por desgracia vuelve a hacer uno de esos papeles excesivos que ya parecía haber abandonado y Dominic Purcell (Prison Break) dando vida al menos creíble y peor interpretado deficiente mental de la historia del cine.




Perros de Paja (2011) es un film poco o nada recomendable. Aquellos que disfrutaran la portentosa pieza de orfebrería de Sam Peckinpah dudo que salgan contentos con él y aquellos que no hayan podido degustar aún esa producción de 1971 y se enfrenten con esta revisión se encontrarán (puede que sin saberlo) con un producto a medio gas, desvergonzado y simple, una versión para torpes de la Straw Dogs original, aquella que sí supo remover conciencias desde su estética hasta su oscuro interior y que mostraba lo peor que cada uno de nosotros llevamos inevitablemente dentro.




Hay ciertos films que fueron gestados en un momento y lugar adecuados por las personas indicadas. Este innecesario y desangelado remake es la demostración de que el oportunismo y la desvergüenza muchas veces entroncan con el arte y la creación y que extrapolar historias de una época determinada a otra no tiene sentido alguno o lógica cuando los contextos son brutalmente antagónicos. Ya que lo que en 1971 resultaba un retrato duro e inmisericorde de la psique humana en 2011 se muestra como otra cinta de venganza del montón que nada aporta o enriquece al espectador que se enfrenta a ella.


viernes, 23 de diciembre de 2011

The Ides of March, beware them





Título Original The Ides of March (2011)
Director George Clooney
Guión Grant Heslov, George Clooney y Beau Willimon basado en la obra de teatro de este último
Actores Ryan Gosling, George Clooney, Paul Giamatti, Philip Seymour Hoffman, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood, Max Minghella, Jeffrey Wright




En 2002 el carismático, atractivo y competente actor norteamericano George Clooney sorprendió a propios y extraños con su memorable debut en la dirección cinematográfia, Confesiones de Una Mente Peligrosa. El film, que se basaba en la autobiografía (no autorizada según el autor, con toda la ironía que ello conlleva) del presentador y supuesto agente encubierto de la CIA Chuck Barris, era una rareza rodada con una solidez inusual, escrita con inteligencia (la del genial Charlie Kauffman) y protagonizada por un memorable Sam Rockwell con las espaldas bien cubiertas por secundarios de relumbrón como Julia Roberts, Drew Barrymore o el mismo Clooney.




La consagración le llegó en 2005 con una pequeña joya titulada Buenas Noches y Buena Suerte, escrita con su amigo y colaborador Grant Heslov (director de esa comedia divertidísima que es Los Hombes que Miraban Fïjamente a las Cabras). El film tenía como telón de fondo el impacto que produjo la caza de brujas del senador McCarthy en la televisión americana, concretamente en la cadena CBS y en el programa comandado por el periodista Edward R. Murrow (inmenso David Strathairn) y fue un éxito de taquilla excelentemente recibidio por la crítica, acumuló decenas de nominaciones o premios y confirmó a Clooney como un director talentoso e inteligente al que convenía seguir muy de cerca.




Tres años después el intérprete se puso otra vez detrás de las cámaras con la comedia Ella es el Juego (Leatherheads) que según comentan (yo no la he visto aún, ya que la presencia de Renee Zellweger hace que me piense mucho ver una producción en la que ella participe como actriz) quería resucitar la screwball comedy americana de los años 40 con éxito dispar. En el reparto el mismo Clooney como protagonista y ese actor que vendría a ser un émulo contemporáneo (pero no tan talentoso o icónico) de James Stewart como es John Krasinski. Algún día que me encuentre con la guardia baja la veré y comentaré como es debido.




Los Idus de Marzo es la cuarta película de Clooney como director, está basada en la obra de teatro Farragut North de Beau Willimon (también co guionista del film junto al mismo director y Grant Heslov) y confirma sus magníficas dotes, no sólo para la interpretación, sino también para la dirección, escritura y como no, financianción de sus propios proyectos como cineasta. Un producto que mirando al presente es capaz de sustentar sus bases en cine pretérito, sobre todo el de corte político ideado en los años 70 en Estados Unidos. A partir de aquí algunos spoilers de la trama.




Stephen Meyers (Ryan Gosling) es el joven y prometedor director de comunicación de la campaña electoral del gobernador demócrata Michael Morris (George Clooney) que se presenta a las primarias en representación de su partido. Poco a poco Steve se dará cuenta de la rivalidad desmedida, los chantajes y malas artes que se esconden detrás del mundo de la política americana, de cómo compañeros del mismo partido se pisotean los unos a los otros o peor aún, llegando él mismo a dudar de la integridad del candidato para el que está trabajando y al que le está ofreciendo su lealtad y talento, cuando entre en escena Molly (Evan Rachel Wood) una chica ayudante en las elecciones.




Drama político con toque de thriller resuelto con pericia en la dirección, interpretado con oficio (con ese reparto el trabajo estaba hecho antes de poner en marcha la producción) y escrito con aplomo. George Clooney confirma sus aptitudes como cineasta y guionista con personalidad, su caso es bastante parecido al del actor Ben Affleck, aunque este último esté mostrando su interesante impronta como director dentro del género policíaco. Por lo tanto The Ides of March es un proyecto competente, instructivo y bastante desesperanzador en su mensaje.




Es de alabar que un militante demócrata como George Clooney, que incluso, si mal no recuerdo, hizo campaña para candidatos a la presidencia como John Kerry o Barack Obama, decida llevar a imágenes una obra de teatro que no deja precisamente en buen lugar a ese partido (el suyo) que ha tenido en la Casa Blanca a mandatarios como John F. Kennedy Lyndon B, Johnson o Bill Clinton. Aunque cierto es que dicha elección por parte del protagonista de Batman & Robin tiene un sentido completamente lógico y desarmante.




La intención de Clooney y sus guionistas es clara. Poner en la palestra al candidato progresista perfecto para la presidencia de la democracia (supestamente) más grande del mundo libre, retratándolo (retratándose, recordemos que el mismo actor interpreta el papel de Mike Morris) como un hombre comprometido, que sin ser practicante de ninguna religión en concreto defendería a todo ciudadano que quisiera ejercer la suya, mostrándose flexible con temas como la pena de muerte o los ataques preventivos contra países extranjeros y ambicioso en lo que a política exterior se refiere, para finalmente mostrarnos ese lado oscuro (que lo humaniza de manera rotunda) que en realidad oculta y que no nos es ajeno a niguno de nosotros como individuos.




Stephen Meyers (Ryan Gosling, poco qué decir ya de uno de los actores más talentosos de su generación) es un joven idealista que ama el mundo de la política y que finalmente se deja seducir por los cantos de sirena de un panorama que realmente no conoce, donde el juego sucio, la hipocresía, el doble rasero e incluso la amoralidad están a la orden del día. Él depositó todas sus esperanzas en Mike Morris (Clooney, muy bien delante de la cámara, mejor detrás de ella) y su jefe y maestro Paul Zara (Philip Seymour Hoffman, otro del que ya no hay mucho que decir) para finalmente ser traicionado por ambos, llegando a tomar conciencia de una realidad mucho más despótica de lo que él hubiera imaginado.




Viendo The Ides of March también me vino a la mente durante muchos de sus pasajes, sobre todo en los que se apela más a la tensión (como el de esa enorme bandera americana separando a un político lanzando promesas y a sus colaboradores hablando de conspiraciones entre bambalinas, el de la llamada de "Molly" al gobernador en pleno discurso con la consiguiente inolvidable cara de Clooney o la conversación furtiva en la cocina), el mejor Alan J. Pakula, o lo que es o mismo, el que firmara films tan interesantes dentro del thriller político como Todos los Hombres del Presidente o El Último Testigo (The Parallax View), pero aderezado el conjunto con algunos leves apuntes del Oliver Stone de la magnífica JFK: Caso Abierto o la reivindicable Nixon (esas reuniones clandestinas en parques aislados y alejados del mundanal ruido)




Cine militante, comprometido, arriesgado y acabado con profesionalidad. Podría haber dado más de sí, pero su simple naturaleza ya es tan meritoria como reconfortante. Clooney lanza sus aguijones contra el radicalismo bipartidista de su país, deja en evidencia tanto a demócratas (una pena que Paul Giamatti no comparta más escenas con Seymour Hoffman, porque cada vez que cruzan palabras saltan chispas) como a republicanos, no retratando tampoco de manera muy halagüeña a los periodistas (Marisa Tomei hace lo que puede, que no es poco) y depositando el balón (político, ético y moral) en el tejado del mismo espectador cuando ese magnífico Ryan Gosling rompe en el último primer plano del film la cuarta pared con una mirada entre inquisitiva y apesadumbrada que nos hace pensar muchas cosas. Que el cine actual de pie a tan sencillo pero valioso acto no tiene precio.