martes, 28 de junio de 2011

Nuevos X-Men, de Grant Morrison



A inicios de la década pasada el recién estrenado editor de Marvel, Joe Quesada, tenía buenas ideas. Sí, ahora son todo mefistazos a Spiderman y decisiones en su mayoría erroneas, pero en el año 2000 el dibujante de Daredevil y diseñador del Azrael de Batman dio nueva vida a la Casa de las Ideas. Entre varias elecciones acertadas como poner a Garth Ennis al frente de Punisher o a Kevin Smith de Daredevil ,Quesada decidió devolverle el prestigio a la franquicia mutante de los X-Men, que a pesar de que al inicio de los 90 tuvo una época fructífera con Chris Claremont y Marc Silvestri (sutituido este más tarde por Jim Lee) a los mandos y que con la nefasta influencia de Rob Liefeld en los X-Force (extendiéndose más tarde a el resto de colecciones) las ventas se dispararon, nunca había levantado verdaderamente la cabeza, en lo referente a su calidad, desde la mítica etapa de Chris Claremont y John Byrne en los 80. Para relanzar a los Hijos del Átomo, Joe Quesada y sus huestes pusieron al frente de la colección al guionista escocés Grant Morrison.




Grant Morrison es una personalidad mayúscula dentro del mundo del cómic (para mí, como autor sólo es superado por Alan Moore). Nacido en Glasgow en el año 1960, comenzó a despuntar como muchos de sus coetaneos en la revista británica especializada en el mundo del cómic 2000 A.D. Más tarde inició su extensa colaboración con DC revitalizando con maestría dos colecciones como Animal Man y Doom Patrol y más tarde marcando época con la novela gráfica Arkham Asylum, controvertida, genial, onírica y suicida visión del universo de Batman al que volvería dos veces más. Una poco después con el tomo Gótico, de la colección Legends of the Dark Knight y la otra, 15 años más tarde, con la serie regular que aún hoy está realizando y que ya dura más de un lustro lleno de éxitos, alabanzas de la crítica y también polémica por la visión que el guionista da de el Señor de la Noche, que no es del agrado de todos, aunque sí de la mayoría.




Ciertamente dentro del cómic mainstream Morrison ha tenido grandes éxitos (como su larga etapa en la JLA), pero donde más extendida se ha podido ver su vertiente cruda e intransferible, deudora de la contracultura y con continuas reminiscencias a la estética pop o la literatura beat, es en el sello para cómics dirigidos al público adulto de DC, Vertigo. Allí creó obras geniales como su reformulación del personaje Kid Enernity, la muy personal y posiblemente definitiva en muchos aspectos en lo referente a su estilo, Los Invisibles, Flex Mentallo, We 3, El Asco (una especie de secuela espiritual y casi conceptual de Los Invisibles), Mata a tu Novio o El Misterio, estas tres últimas reeditadas recientemente por Planeta DeAgostini en España.




Precisamente su fructífera etapa en la JLA de DC sirvió para que en Marvel contrataran sus servicios para relanzar la franquicia mutante. Morrison acabó a finales de los 90 harto de la editorial que impulsó a Superman y Batman, debido a varios roces con los editores (sirvan como ejemplo los problemas con cierta censura que quisieron imponerle en su colección Los Invisibles). Famosas son las declaraciones que dio al abandonar el famoso sello: "Me voy para quitarme este mierdoso sabor de boca que me ha dejado la compañía que una vez quise tanto". Afirmación que al igual que otros tantos autores dentro del cómic (Warren Ellis, Mark Millar, Alan Moore o Frank Miller) se tuvo que tragar cuando volvió a trabajar en dicha casa años después de su breve pero intenso paso por Marvel.




Pero situémonos a mediados de 2001, que fue cuando empezó la andadura de Morrison con la serie. Antes de empezar la misma el escocés escribió una especie de tratado, una declaración de principios en forma de guía en la que exponía lo que según él funcionaba o no funcionaba, lo que debía permanecer y lo que se debía erradicar, en los últimos X-Men, esos que no levantaban cabeza y que él venía a revolucionar. Dicho texto era poco alentador. Morrison tenía las ideas claras, pero hablaba de manera muy superficial sobre la colección y los personajes centrándose más en la estética de los mismos, en la influencia de la primera película basada en los cómics, dirigida por Bryan Singer en el año 2000 o en captar nuevos lectores (aunque sin dejar de lado a los veteranos) que en hablar a las claras de qué iba a hacer con la saga. Por suerte todo lo que quería exponer sobre el camino que iba a transitar con su paso por la Patrulla X era mucho más complejo y serio que lo que exponía en estas escuetas páginas. El resultado es, no sólo la etapa más rompedora y arriesgada que se ha visto en muchos años dentro de la franquicia mutante, sino también la más completa y lograda desde la ya mencionada de Chris Claremont y John Byrne.




Si hay que resumir la etapa de Grant Morrison en los X-Men en una sola, escueta y directa palabra esa es indudablemente "evolución". Ya desde el título de la colección que pasó a llamarse New X-Men, el escocés insufló a todo el proyecto un afán por el cambio y por dar pasos adelante, pero sin perder en ningún momento la esencia del Universo X y sus personajes. Por ello dejó un poco de lado el tono superheróico de la franquicia y se centró más en darle un tono de ciencia ficción deudor de autores literarios como Philip K. Dick o William Gibson. Pero sobre todo acertó a la hora de convertir su saga en un remake actualizado y contemporáneo de la ya mencionada etapa de Claremont y Byrne, curiosamente, con sus propias La Saga de Fénix Oscuro y Días del Futuro Pasado incluídas.




Cuando Morrison toma las riendas de una serie regular sobre superhéroes siempre la realiza dejándose influenciar por la etapa que más le ha marcado como lector de la misma. Con Batman bebió de las historias de los años 60 y 70, que iban desde las más coloridas y esperpénticas (impuestas por el Comics Code) hasta el tono más austero que inyectaron a las historias del Caballero Oscuro autores como Denny O'Neill, Neal Adams, Marshall Rogers o Jim Aparo. Con X-men sucedió lo mismo, pero con dicha colección se dejó inspirar por la que es conocida casi unanimemente como la mejor etapa de los personajes, la que abarcó desde la segunda mitad de la década de los 70 hasta 1986, cuando el canadiense John Byrne dejó los lápices de la colección.




Pero como ya he mencionado, Morrison decidió hacer que los X-Men evolucionaran y se quitaran todos los lastres conceptuales y caminos comunes que los mantenían estancados desde hacía años. Por ello decidió incluir ideas que los guionistas previos que habían pasado por la colección ni llegaron a imaginar o sólo trataron de manera superficial y sin ahondar en ellas. Para empezar el escocés toma la idea de la primera película de Bryan Singer de llenar la Mansión X de alumnos. Gracias a este planteamiento se puede permitir tratar temas como el sexo entre mutantes adolescentes, el uso de drogas experimentales (uno de los temas centrales en casi toda la obra de Morrison) en los colegíos o el asesinato anónimo con posterior investigación detectivesca para dar con el responsable (magnífico el arco Asesinato en la Mansión X) que remite directamente a los relatos de la escritora Agatha Christie.




El primer puñetazo en la mesa lo da Morrison con la ayuda del magnífico y detallista autor Frank Quitely en el dibujo (que por desgracia no fue el ilustrador fijo de la colección, lo que dio lugar al mayor fallo de la etapa, pero de eso hablaré más adelante). Un arco de tres capítulos titulado E de Extinción que es un prodigio de cohesión conceptual, y fluidez narrativa. En dicha historia un nuevo y misterioso personaje con la ayuda de unos Centinelas mejorados lleva a cabo un genocidio en la isla de Genosha (lugar de refugio para un extenso país lleno de mutantes, entre ellos el mismísimo Magneto) en el que morirán más de 16 millones de homo superiors. Tan radical punto de partida sirve para poner en escena a la que será la villana de la primera parte de la etapa de Nuevos X-Men y sobre todo para que el guionista se haga con los personajes principales y los desarrolle con convencimiento y de manera gradual.




Con respecto al retrato de personajes tenemos un acierto total. El autor de Sebastian O aborda a los X-Men con inteligencia y fidelidad, enriqueciéndolos y dándoles tanta entereza como vulnerabilidad. Su mayor acierto sin lugar a dudas es darle de nuevo y después de muchos años a Cíclope ese peso que debe tener como líder del equipo. El Scott Summers de Morrison sigue siende un hombre con dudas y debilitado mentalmente por haber sido poseido con anterioridad por Apocalipsis, pero gracias a lo bien que está perfilada su personalidad es del todo creíble como capitán al mando de la Patrulla X. Su relación con Jean se llena de matices gracias a un crisis matrimonial que el escocés sabe llevar con elegancia y estilo y que más tarde se enriquece con la intromisión de Emma Frost, convirtiéndose en trío lo que anteriormente era una pareja.




Curiosamente la Dama Blanca es el personaje mejor retratado por Morrison. Nadie le ha sabido sacar tanto jugo a la señorita Frost y le ha regalado tantos diálogos ácidos, momentos memorables y reflexiones sobre el artificio y la superficialidad, convirtiéndola en un personaje tan adictivo como aborrecible. Pero el escocés no se olvida del Hombre X por excelencia y como el tipo no es tonto, aplica la sabia ley que afirma que Lobezno es mejor personaje cuando está en un plano secundario que cuando es el centro de la acción. A Logan lo pone de fondo, con momentos brillantes (cuando lo vemos aparecer al pie de la escalera en Revuelta en la Mansión X, frente a Quentin Quire nos damos cuenta del potencial del personaje, que con su sola presencia desprende fuerza y carisma) pero sin recibir demasiado protagonismo. En cambio cuando llegamos al brillante arco Asalto a Arma Plus, Morrison le da la batuta al canadiense y nos revela datos nuevos sobre su paso por el proyecto Arma X y le regala momentos de puro genio como ese diálogo final con Arma XV antes del cliffhanger que cierra la saga, para ser enlazada con la siguiente, Planeta X.




Pero no nos olvidamos tampoco de lo fieles que son las visiones que se dan también de personajes como un Bestia/Hank McCoy con miedo por su involución animal o un profesor Xavier del que descubrimos que debió enfrentarse a su primer enemigo ya en el vientre materno (magnífico el capítulo mudo). Por otro lado tenemos la inclusión de personajes nuevos por parte de Morrison como la misteriosa y aterradora Cassandra Nova, Fantomex, versión high tec por parte del guionista del famoso ladrón francés Phantomas, así como el engmático nuevo componente de la Patrulla X, Xorn, rol clave en el devenir de la colección. También aparecen por primera vez algunos alumnos nuevos como Pico, Ángel o los Cuclillos de Stepford, unas quintillizas con poderes telepáticos que son tuteladas por Emma Frost. Por último habría que sumar las apariciones estelares de Tormenta, Bishop, Mercurio, Sapo, las huestes del Imperio Shi'ar y demás personajes relacionados con el Universo X.




Algo está claro con New X-Men, Morrison se acopla a un franquicia que nunca había tocado pero gracias a su inventiva y adaptabilidad no sólo consigue hacerla suya, también aplica en ella muchas de sus constantes autorales e inquietudes artísticas, las mismas que han cimentado su obra como guionista. Este sello personal e intransferible se percibe a lo largo de los 43 números, pero sobre todo en la ya mencionada saga Revuelta en la Mansión X. En dicho arco se narra un acto revolucionario dentro del mismo hogar de los X-Men encabezado por un alumno modelo y de una portentosa inteligencia llamado Quentin Quire, que consigue reunir a un grupo de compañeros para rebelarse contra las directrices y el sistema de valores pacifista de Charles Xavier. Finalmente el resultado será trágico tanto para alumnos como para profesorado. En estos cuatro números (a los que se añade un prólogo) se plantean temas morrisonianos como el uso de la revolución como arma contra un sistema supuestamente totalitario (esta vez desde un punto de vista equívoco y fallido) o el consumo de drogas como catalizador tanto de inspiraciones artísticas como de problemas físicos y psicológicos. Parece en estos capítulos como si Morrison realizara una visión crítica sobre su propio discurso como autor, pero en verdad lo está reformulando, haciéndolo evolucionar y perfeccionarse. Mutar al fin y al cabo.




El cierre de la colección es de un dramatismo considerable, sobre todo cuando se descubre quién era la persona que movía los hilos desde las sombras. El problema es que hay una ruptura argumental cuando se descubre la identidad de dicho personaje. Ya que el escocés se pasó muchos números desarrollando un rol nuevo para después darle un giro a su personalidad que desde distintos puntos de vista se antoja tan caprichoso como inviable. Esta pequeña mancha, junto al baile de dibujantes, pueden considerarse los únicos fallos de la etapa de Grant Morrison en los X-Men. Frank Quitely era perfecto como ilustrador, pero su perfeccionismo y lentitud en el trabajo hizo imposible que pudiese seguir el ritmo de entregas adecuado para continuar en la colección, aunque por suerte dejó su huella en varios de los mejores arcos argumentales de Nuevos X-men.




El gran número de dibujantes de la colección hizo que la misma perdiera cohesión estética o estilística como historia compacta. Por el lado bueno tenemos que grandes ilustradores como Jon Paul Leon, Ethan Van Sciver, Phil Jimenez o un muy contenido Chris Bachalo (entre otros) cumplieron notablemente con su trabajo. Pero por desgracia tenemos que destacar para mal la labor del croata Igor Kordey. Este hombre, que realizó números para Cable o Soldier X, en la época en la que participó en Nuevos X-Men estaba saturado de trabajo, debido a que intervenía en varias colecciones a la vez. Seguramente por eso sus lápices en la mayoría de los arcos argumentales en los que colaboró son tan deficientes, convirtiéndose las viñetas a veces en una maraña de personajes con rostros decrépitos y mal acabados que daban una sensación poco profesional y de torpe ejecución.




Después de acabar en el presente Morrison decide crear su propio homenaje a Días del Futuro Pasado con su último tramo de cuatro entregas al mando de la serie, Bienvenidos al Mañana. Una revisión profana y muy sui generis de aquella mítica e irrepetible saga a manos de los nunca suficientemente laureados Chris Claremont y John Byrne. Aquí Morrison, con la ayuda de un muy acertado Marc Silvestri, cierra tramas, une cabos sueltos, recupera personajes que se habían perdido en el inicio de su etapa como guionista de la colección y da rienda suelta a su tono más críptico haciendo un uso tan acertado e inteligente como desconcertante de la narración circular. Finalmente dicho círculo se cierra y el de Glasgow deja la serie, abandonándola a su suerte, con mucho camino transitado y cambios en la historia de la franquicia mutante que aún hoy se respetan (aunque no todos) para volver a DC y seguir su camino con el sello Vertigo y la serie regular de Batman. El calvo volvía a casa.




Tras le etapa de Nuevos X-Men la suerte siguió sonriendo a la Patrulla X. Una nueva colección titulada Astonishing X-Men la sustituyó y la misma, que estaba comandada por ese genio llamado Joss Whedon (Buffy, Ángel, Firefly, Serenity) en la escritura y el enorme John Cassaday (Planetary) en el dibujo, siguió deslumbrando (puede que con menos intensidad que la de Morrison, pero eso ya lo comentaré cuando desgrane esta etapa en otra entrada, dentro de poco) a unos lectores que volvían a sentir ilusión por leer las aventuras sus personajes favoritos. A Whedon y Cassaday más tarde los segurían Warren Ellis (Transmetropolitan, Planetary) acompañado de dibujantes como Simone Bianchi, Phil Jimenez o Karee Andrews, pero de eso hablaré más adelante, aunque dentro de no mucho tiempo.




New X-Men tiene mucho más valor de lo que en un principio parece, No sólo supuso un soplo de aire fresco, una descarga eléctrica en pleno corazón de los personajes creados por Stan Lee y Jack Kirby cuando más lo necesitaban, también sentó las bases de lo que más tarde seria Batman INC y supuso un nuevo paso en la carrera de Morrison como escritor. A día de hoy se puede considerar un punto de inflexión en las aventuras de los Hijos del Átomo y para muchos no sólo la mejor obra del escocés dentro del cómic comercial, también su opus magna como autor. Lo que sí es cierto al 100% es que supuso una arriesgada apuesta que fue un rotundo triunfo. Morrison nos mostró con sus Nuevos X-Men que para que una franquicia tan grande como la mutante avance la misma debe sobrevivir y mejorar, en definitiva hay que hacerla cambiar y llevar su concepción argumental al extremo, apostar por lo desconocido y poco transitado en su temática. En resumidas cuentas, el amigo Grant sustituyo la E de Extinción por la E de Evolución y el mundo del cómic superheróico todavía se lo agradece.


viernes, 17 de junio de 2011

Superman, Por el Mañana, de Brian Azzarello y Jim Lee




Jim Lee es toda una personalidad dentro del mundo del cómic. El surcoreano se dio a conocer mundialmente cuando a principios de los 90 se hizo un verdadero nombre al ilustrar los X-Men de un Chris Claremont (acertado, pero lejos del de los 80) que volvió a la saga mutante para impulsarla y sacarla de la mediocridad. Las ventas de la colección Uncanny X-Men fueron descomunales. Más adentrada la década Lee junto a otros autores como Todd McFarlane, Erik Larsen, Marc Silvestri o el mesias del noveno arte, Rob Liefeld, formaron el sello independiente Image para crear y controlar sus propias criaturas. Dicha editorial en sus inicios lanzó colecciones como Youngblood, Spawn o The Savage Dragon. La mayoría de ellas, a pesar de entretener considerablemente, poseían en su interior todo lo malo que nos dio el mundo del cómic en los 90. Tipos musculados hasta el insulto con armas descomunales, mujeres de curvas imposibles e historias simples que no pasaban de productos de consumo llenos de acción, pero completamente vacíos en su interior.




Con el tiempo Jim Lee se quitó (más o menos) el sambenito de ser parte de la avanzadilla que dio pie a una de las peores décadas que ha conocido el mundo del cómic en toda su historia. Abandonó Image para crear su propio sello Wildstorm (casa de la que han salido colecciones como The Authority) que posteriormente vendió a DC. Tras esta etapa y con una fama de gran ilustrador se toma un descanso para volver a lo grande con dos colecciones de DC harto importantes. La primera fue Batman: Silencio escrita pro Jeph Loeb y supuso un gran éxito de ventas. Después quiso poner sus manos en el otro personaje icónico del sello, Superman. Como el tipo es uno de los grandes del medio puede permitirse elegir al guionista con el que quiere trabajar. Para esta etapa con el Hombre de Acero puso sus ojos en el americano Brian Azzarello.




Brian Azzarello es un guionista americano muy influenciado por la literatura de género negro. Ha escrito especiales para Spiderman, y Luke Cage en Marvel o Batman y Superman en DC, así como para enemigos de estos últimos como el Joker o Lex Luthor (siempre ha confesado sentirse más atraído por los villanos que por los héores) o incluso Deathblow, el personaje nacido en la editorial Dark Horse. En el sello para adultos de DC, Vertigo, ha conseguido sus mayores logros. Trabajó en la serie Hellblazer dando forma a una etapa tan alabada como controvetida del personaje John Constatine y realizó miniseries como el atípico western El Diablo. Pero tocó el cielo con la colección 100 Balas, dibujada por su buen amigo el argentino Eduardo Risso. Con esta extensa saga creó su opus magna y un ejemplar trabajo de literatura noir en viñetas.




Brian Azzarello y Jim Lee unieron fuerzas para crear una saga de 12 números centrada en la figura del primer superhéroe de la historia del cómic. La etapa abarcó desde el número 204 al 215 de la colección Superman. La elección Azzarello por parte Lee para la escritura del producto causó cierta extrañeza en DC, debido a que el bagaje del americano escribiendo superhéroes no era demasiado destacado e incluso el mismo guionista confesó que el último hijo de Krypton no era ni su especialidad ni uno de sus personajes de cómics favoritos. El resultado del experimento gustó a varios que lo disfrutaron bastante y no convenció a otros cuantos que se sintieron decepcionados por él.




Para que una historia de Superman funcione hay que utilizar un núcleo central que rara vez falla. Plantear en el argumento que el protagonista es tan o más humano que cualquier habitante del planeta Tierra. Teoría que apela tanto a la grandeza del personaje como a su vulnerabilidad y eso es que lo a lo largo de los años lo ha convertido en un icono de la cultura popular moderna. Azzarrello y Lee hacen uso de este tipo de narración, no centrándose sólo en la acción. Lo que afirmo se puede ver desde las primeras páginas de la saga, en las que Superman acude a un sacerdote a confesarse y desvelándonos poco a poco algo terrible que ha sucedido en la tierra mientras él estaba supuestamente en otra punta de la galaxia y sitiéndose culpable por ello.




Este punto de partido le sirve a Azzarrello apara analizar la psique del protagonista, sus temores y debilidades y alejarlo de esa imagen preconcebida de invencible ser venido de otro mundo. Pero en el proceso de ese viaje en el que Superman deberá descubrir a qué se debe esa extraña desaparición que implica a millones de ciudadanos (entre ellos su esposa, Lois Lane) librará varias batallas en las que tendrá que enfrentarse tanto a criaturas mecánicas, como otras que representan a los distintos elementos que dan forma al planeta e incluso a dictadores militares que simbolizan la escala más baja e inmoral del mal surgido del ser humano. Gracias a estos pasajes llenos de acción Jim Lee puede lucirse, ya que las historias calmadas que apelan a la introspección no son su fuerte, aunque en obras como esta (en las que hay unas cuantas) las ilustra con bastante convencimiento.




Por otro lado se desarrolla la trama del padre Daniel en la que el sacerdote debe enfrentarse a sus propios demonios al descubrir que padece a una enfermedad terminal que acabará con su vida en un breve espacio de tiempo. Uno de los mayores aciertos de la historia es mostrar a Superman y al personaje padre Daniel como dos personalidades muy parecidas, con las mismas inquietudes, dudas y errores a sus espaldas. Poco importa si uno es un héroe casi indestructible y el otro un hombre de fe, ambos son roles que realizan un viaje físico y mental hacia mundo que desconocen o han olvidado y que los hará cambiar de manera radical, para bien o para mal.




Al igual que Grant Morrison y Frank Quitely en All Star Superman o Alan Moore en sus memorables pero algo sobrevaloradas historias de los 80, Azzarello y Lee se rodean de toda la parafernalia que rodea al personaje. Metropolis, Lois Lane, la JLA, el general Zod, los habitantes de Krypton, universos paralelos y enemigos extraterrestres. Gracias a ello la historia es 100 % identificable con el personaje y en ningún momento nos encontramos pasajes que se salgan de lo establecido en el microcosmos que se ha forjado alrededor del personaje en sus más de 70 años de existencia desde que fuera creado por el tandem Joe Shuster y Jerry Siegel. Por eso me extraña que la serie no fuera todo lo bien recibida que se esperaba en su momento.




Jim Lee es uno de los dibujantes más famosos del medio. Su estilo potente y estilizado es perfecto para un personaje tan poderoso y reconocible como Superman. Lee es un genio con la acción y las splash page y él lo sabe, de modo que reconoce sus limitaciones, que se encuentran en que le cuesta trabajo dibujar viñetas reposadas. El tipo explota lo mejor de sí mismo sin forzar su estilo y no transitando caminos que desconoce. A mí el trazo de Lee me encanta, me parece un ilustrador que muchas veces bordea la genialidad, pero también es cierto que sólo sabe componer personajes masculinos musculados de facciones parecidas y mujeres de curvas imposibles que toman poses poco aconsejables para cualquier espina dorsal. Pero para mí el surcoreano es sinónimo de calidad y motivo importante para hacerme con un cómic dibujado por él, como el horrible, pero entretenido después de todo, All Star Batman & Robin, escrito por un Frank Miller puesto hasta el culo de PCP




Desde aquí quiero reivindicar Por el Mañana, una saga de Superman que no es recordada con mucho entusiasmo por los seguidores del personaje. Creo que alguien como Azzarello, curtido en mil batallas, pero siempre en un lado del mundo del cómic más urbano y a pie de calle supo explotar debidamente todo el potencial que un personaje como el alter ego de Clark Kent posee en su interior. Lo único que para mí puede ser un fallo es que la trama se vuelve un poco caótica cuando entra en escena la parte de Metropia o la resolución un tanto forzada de la historia del padre Daniel. Por lo demás una historia de Superman, competente y en fondo y forma, a recuperar y disfrutar como es debido, que a día de hoy y con polémico reboot de todas las colecciones de DC (del que ya hablaré más adelante) a la vuelta de la esquina, no es poco.



miércoles, 15 de junio de 2011

Insidious, otra vuelta de tuerca




Título Original: Insidious (2010)
Director: James Wan
Guión: Leigh Whannell
Actores: Patrick Wilson, Rose Byrne, Ty Simpkins, Andrew Astor, Lin Shaye, Leigh Whannell, Angus Sampson, Barbara Hersey,




En el año 2004 el director australiano de origen malasio, James Wan, encontró el éxito cuando decidió pasar a largo un cortometraje realizado por él llamado Saw. La cinta supuso un interesante thriller tenso como un alambre sobre dos hombres encerrados en una habitación que deben acabar el uno con el otro para salir vivos de tan extrema situación. Tras ella llegó una interminable y prefabricada saga que desde su segunda entrega ya aburría hasta a las cabras, por su abuso del subrayado, el efectismo en la dirección y el montaje y el uso de un mensaje tan reaccionario como pueril.




Wan fue un tipo listo y tras la primera cinta sólo ejerció de productor, embolsándose un buen dineral por cada entrega. Más tarde coqueteó con el drama charlesbronsoniano de tufo filonazi en Sentencia de Muerte, pero también llamó la atención con una fallida pero interesante cinta llamada Deadly Silence. Un producto adherido al género de terror pero en las antípodas de la primera Saw. Se trataba de una obra que estaba rematada con cierto aplomo, con un sentido del suspense y el horror de tono ochentero que hacía presagiar que el cineasta australiano iba por el buen camino. Tras ver Insidious no me cabe duda de que James Wan ha dado por fin en el clavo y ha sorprendido a propios y extraños con su último largometraje.




Insidious consigue un logro que el 95% de las películas de terror actuales no llega ni a vislumbrar y no es nada más y nada menos que dar miedo. No hablamos de cagarnos en los pantalones al ver una imagen o secuencia (habrá incluso quién no se inmute la ver la cinta), pero sí de experimentar una considerable inquietud cuando ciertos pasajes del largometraje desfilan por delante de la pantalla con acierto, y por suerte y contra todo pronóstico no son pocos. Algunos de ellos tan sencillos como perfectamente rematados.




Desde el prólogo, que ya muestra la primera imagen que llama la atención, vemos una puesta en escena calmada, atmosférica, clásica y sosegada, llena de elegantes y tenebrosos travellings por las habitaciones del inmueble en el que viven los protagonistas, remitiéndonos todo desde a The Haunting de Robert Wise a La Leyenda de la Casa del Infierno de John Hough. Porque con Insidious, Wan nos va a contar (o eso parece al principio) la típica y tópica historia de casa encantada con espíritus que aterrorizan a familia recién llegada. Pero lo inusual es que haciendo un uso inteligente de todas las constantes y caminos mil veces transitados dentro de este tipo de celuliode, nos regala una muy buena película.




Con su última cinta Wan ha llegado a la acertada conclusión de que menos es más. Que no hay que hacer un uso estúpido y abusivo del sonido para asustar al público (aunque a veces caiga en la tentación). Que los movimientos alocados de cámara y el montaje sincopado no dejan que respiren los encuadres y que permitir que una toma fluya puede asustar más al espectador que sólo vislumbra una sombra, que al que le ponemos en primer plano la cara de la criatura o monstruo que acecha a los protagonistas.




Insidious también acierta en otro apartado, No fuerza ni malogra sus referencias fílmicas y las deja tomar forma de manera subliminal. Es más, la cinta bien podría ser sin problemas una actualización, aunque menos amable, de Poltergeist la cinta producida por Steven Spielberg y dirigida por Tobe Hooper, ya que la estructura argumental, el desarrollo de la trama y algunos apuntes (un hijo de la familia cómo víctima, una criatura extraterrenal que lo acecha, la peculiar medium, los parapsicólogos que son la sutil y nada chirriante aportación cómica al producto) son parecidos a los de aquel memorable largometraje de 1982.




También hay cierto regusto en el film por rememorar El Exorcista (un tenebroso ático, el aspecto casi tribal de la criatura) de William Friedkin o de traernos a la mente La Semilla del Diablo (el estrecho pasillo de saturado color rojo lleno de candelabros) de Roman Polanski e incluso se puede ver en la puesta en escena remalazos del Mario Bava de la inolvidable Las Tres Caras del Miedo. Eso por no mencionar la presencia de Barbara Hersey como secundaria, que es una referencia clara a otra magnífica obra de corte parecido a Insidious, la memorable El Ente de Sidney J. Furie . Pero como ya he comentado, todo tiene sentido, nada está forzado ni metido con calzador, Wan y su guionista no dudan en homenajear, pero siempre están más pendientes de dar a su producto solidez y profesionalidad en el plano cinematográfico.




Hay momentos muy logrados en Insidious. Escenas que se quedan grabadas en la retina y algunas de ellas hasta un servidor, curtido en mil batllas, las ha recibido con una sonrisa nerviosa (indispensable verla a solas y a oscuras o de noche). En la mayoría de estos pasajes no se ve nada o más bien poco. Un dibujo en un papel, un niño de espaldas a una pared, una sombra en una habitación, un reloj al fondo de un pasillo, una figura oscura junto a una cama. Con ellas siempre se insinúa pero acertando de lleno a la hora de asustar al respetable. Wan hace que lo mundano y hogareño torne de manera hasta naturalista en segmentos que dejan al espectador bastante sorprendido e incluso agradecido por pasar un mal rato.




Es cierto que en la recta final Wan pierde un poco el norte y muestra más de lo que debiera. Pero el daño ya está hecho. A esas alturas el espectador ha disfrutado soberanamente con una historia interesante y trabajada con inteligencia. Una cinta de terror que para colmo sirve como perfecto ejemplo alegórico de la desestructuración de una familia cuando uno de los miembros de la misma cae en desgracia. Esta vuelta a los orígenes devuelve las esperanzas a un servidor con respecto al género del terror sobrenatural, que aunque antaño ofreció grandes obras, a mí casi siempre me ha atraído menos que el terrenal, el que nace de la maldad que hacemos los hombres.



lunes, 13 de junio de 2011

88 Minutos, the time is running out... but I don't give a shit




Título Original: 88 Minutes (2007)
Director: Jon Avnet
Guión: Jon Avnet
Actores: Al Pacino, Alicia Witt, Leelee Sobiebski, Amy Brenneman, William Forsythe, Deborah Kara Unger, Ben McKenzie, Neal McDonough




Jon Avnet es un director mediocre que en alguna ocasión ha tenido la suerte de poner sus manos en proyectos que han destacado de alguna manera, Tomates Verdes Fritos es el ejemplo más claro y casi el único, pero no precisamente por su labor como cineasta. El tipo siempre ha sido bastante regulero (tirando a malo normalmente) pero lo que hace en la actualidad recibe el calificativo normalmente de disparate. 88 Minutos que rodó en 2007 con Al Pacino de protagonista es uno de ellos y bastante gordo, por cierto.




88 Minutos es un rutinario, aburrido y manido thriller que en ocasiones y sin quererlo desemboca en comedia involuntaria por muchos de los planteamientos (más bien estúpidos o ridículos) que expone en pantalla. Un producto obsoleto, copia de miles de copias, que nace tan muerto como anticuado y que anula de raíz cualquier tipo de empatía que el espectador pueda compartir con la historia o los personajes por lo antipático e irreal del conjunto al que dan forma.




Un psiquiatra forense del FBI que también ejerce de profesor universitario mandó unos años atrás a un supuesto asesino en serie de jovencitas al corredor de la muerte. En la víspera de la ejecución del acusado el protagonista recibe una llamada en su móvil en la que la voz de un desconocido le informa que le quedan 88 Minutos de vida. En ese momento toda la trama torna en una frenética busqueda del asesino que acabará, supuestamente, con la vida del bueno de Al Pacino, pero al espectador no sólo le importa una mierda lo que le pase al bueno de Al, es que a veces reza porque lo atrapen y acaben con él.




Cliché tras cliché, estereotipo tras estereotipo, falsos culpables, sospechosos que lo parecen pero no lo son. Plagios y múltiples referencias a otras cintas cortadas por el mismo patrón pero muy superiores como Copycat o El Silencio de los Corderos. Un guión tramposo, pueril y con más agujeros que el coche de Bonnie y Clyde. Un reparto desganado y anodino encabezado por un Al Pacino de tupé imposible a lo José Luis Rodríguez el Puma, traje cinco tallas más grande y unos aires de aburrimiento y de cansancio que el espectador percibe totalmente, véase la estúpida escena de la confesión en el taxi o la primera imagen que adjunto.




Lo único que salva un poco el producto de la humillación más total es la presencia de un reparto femenino lleno de actrices con cierto talento y bastante belleza como Leelee Sobiebski, Alicia Witt o una madura Deborah Kara Unger. Estas tres intérpretes dan forma a los dos mayores logros del producto. Uno, que llevan con decencia personajes horriblemente escritos y perfilados (pobre Sobiebski) y dos, que juntan en un producto tan horrible como este a una chica Kubrick, otra Lynch y por último una Cronenberg en el reparto.




También podríamos mencionar para bien a William Forsythe, el único personaje con dos dedos de luces a lo largo del metraje, para mal a Neal McDonough ese proyecto de actor que sólo sabe poner cara de chulería o asco (y ojo, no dudo que el hombre sea un encanto en su casa con su mujer y sus hijos, pero como intérprete deja muchísimo que desear) y en plan "está, pero como si no estuviera" a Ben McKenzie que sale tan poco rato en pantalla que no tiene tiempo ni para decir esta boca es mía. Aunque peor es lo de Stephen Moyer, protagonista de True Blood, que sale segundos contados y no tiene ni una línea de diálogo.




Esperpéntica como ella sola, con un final tan ridículo que incita tanto a el llanto como a la risa, con un uso estúpido de los teléfonos móviles, las altas tecnologías, las relaciones personales entre los personajes (ese Pacino de más de 70 años que se lleva de calle a todas las jovencitas que pasan por su lado, cual Papuchi Iglesias) realizando el proyecto una apología panfletaria y reaccionaria de la pena capital, los prejuicios y los testimonios judiciales de poca veracidad. Ideología ultraconservadora que según dicen se consolidaría y recrudecería en la siguiente cinta de Avnet, Asesinato Justo (Righteouss Kill) esa película que no he visto aún por el respeto que le tengo a las antaño geniales carreras de Al Pacino y Robert De Niro y a esa pequeña joya de los 90 a reivindicar que es Heat de Michael Mann.



jueves, 9 de junio de 2011

Alucarda, satanico pandemonium



Título Original: Alucarda (1977)
Director: Juan López Moctezuma
Guión: Alexis Arroyo, Tita Arroyo y Juan López Moctezuma basado en la novela de Sheridan le Fanu
Actores: Claudio Brook, David Silva, Tina Romero, Susana Kamini, Lili Garza, Tina French, Birgitta Sergerskog, Adriana Roel




Extraña, bizarra, interesante y bastante maltratada en algunos sectores tercera obra del director mexicano Juan López Moctezuma basada libremente en la novela Carmilla del escritor irlandés Sheridan le Fanou que ya fue adaptada al celuloide previamente en varias ocasiones, la más destacada a manos de Carl Theodor Dreyer con su mítica Vampyr . El film, con producción internacional y estrenado en 1977 se convirtió en una obra de culto, dentro del cine de terror azteca, que a día de hoy tiene tantos seguidores como detractores.




Una chica acaba de llegar a un extraño monasterio, allí estando interna conocerá a una misteriosa y fascinante muchacha llamada Alucarda con la que creará un atípico y peligroso vínculo, ya que la chica guarda un oscuro secreto, una maldición que recayó sobre ella desde su mismo nacimiento. Este punto de partida le sirve a Moctezuma para hilvanar un relato de tintes góticos y barrocos con trasfondo onírico que se mueve por distintos caminos y que plantea diferentes y ambiguas ideas dentro de su argumento central.




Moctezuma se mete en terrenos pantanosos para la época en el cine de su país. Tocando temas como la religión desde un punto de vista oscurantista y tenebroso (esos terribles cristos crucificados grabados en las rocas, esos hábitos de las monjas con sangrientos tonos rojizos, esas sesiones de fustigamiento dignas de un aquelarre salido de una de las pinturas negras de Goya) con una visión mórbida de la parafernialia eclsesiástica y por otro lado insuflando una delectación enfermiza acerca del satanismo con escenas lisérgicas que bordean la lascivia y la homosexualidad, dignas del Marqués de Sade (no por casualidad el personaje de la co protagonista se llama Justine).




A pesar de que la cinta es lo suficientemente extraña y atípica de por sí, es inevitable no pensar en la delectación por los rituales cristianos típicos del discurso buñueliano (la presencia del Claudio Brook acentúa esta teoría) y a la estética irreal de un Ken Rusell pasado por un filtro hispanizado y más terrenal, pero sobre al espectador le vienen a la memoria todas aquellas cintas sobre jóvenes confinadas en edificios de toda índole rematadas con memorable mediocridad por nuestro Jesús Franco. También es un hecho que la obra que nos ocupa tendría influencia, directa o no, en productos tan dispares (pero radicales en su fondo o forma) como Hellraiser de Clive Barker o La Posesión de Andrejz Zulawski.




Moctezuma aprovecha la escasez de medios para solapar con imaginación las carencias de la producción, haciendo un uso magnífico de los efectos de sonido (que dan una atmósfera diabólica a ciertas escenas) la entrega de su reparto, encabezado por un Tina Romero de mirada abrasadora, o los modestos pero certeros y muy brutos apuntes de inesperado gore que recrudecen el tono blasfemo de la historia que recorre todo el metraje hasta ese caótico final que desmerece un poco el conjunto pero que no lo debilita en demasía.




Alucarda es una atractiva y lacerante piedra afilada de color rojo y negro. Un producto ambiguo (¿es más retorcida la iglesia de Dios o la de Satán?) y provocativo para su época, que con el paso de los años recibe cada vez más reconocimiento. Es excesiva, epidérmica, oscura y con un tono de ensoñación bífida que hunde sus raíces en el lado más oscuro del folclore y la tradición autóctona azteca, siempre relacionada con la muerte, lo desconocido y lo extraño.