martes, 30 de noviembre de 2010

1997, Rescate en New York, el último gran antihéroe



Título Original:
Escape From New York (1981)
Director: John Carpenter
Guión: John Carpenter & Nick Castle
Actores: Kurt Russell, Lee Van Cleef, Ernest Borgnine, Donald Pleasence, Isaac Hayes, Season Hubley, Harry Dean Stanton, Adrienne Barbeau, Tom Atkins





En 1981 y tras los éxitos que supusieron tanto La Noche de Halloween como La Niebla, la tristemente desaparecida productora Debra Hill y el director John Carpenter (que eran pareja sentimental por aquel entonces) decidieron adaptar a la gran pantalla un guión de este último que databa de 1974 y que estuvo largo tiempo en un cajón sin que nadie se interesara por él. Su título fue 1997 Rescate en New York (Escape From New York) a día de hoy toda una obra de culto dentro del género de ciencia ficción y uno de los trabajos más reconocidos del director de Fantasmas de Marte.




Escape From New York es un producto 100% John Carpenter. Una extravangente pero sólida mixtura de distintos tipos de géneros, sustentándose principalmente en dos, el western, subgénero omnipresente en mayor o menor medida en toda la obra de este realizador (de ahí también la presencia de Lee Van Cleef y Ernest Borgnine en el reparto) y la sátira postapocalíptica. El director de Starman decide parodiar los films patrióticos sobre héroes a los que les asignan la misión de salvar al presidente de Estados Unidos y lo hace con mucha sorna, incluyendo en su trama personajes amorales que se mueven por el egoísmo y el interés material. Aunque también se permite meter incluso referencias a las míticas cintas aztecas protagonizadas por el luchador wrestling, El Santo o al blackexploitation con la presencia de un memorable Isaac Hayes en la labor de excéntrico villano.




El personaje en el que se sustenta la trama es posiblemente el más conocido y característico de los salidos del imaginario carpenteriano, pero también sería justo decir que hubo mucha mano en su creación por parte tanto de la productora Debra Hill como del actor que lo interpretó. Snake Plissken es el típico protagonista de (spaghetti) western. Carísmático, seco, irónico y solitario. Al mismo le da cuerpo y voz un Kurt Russell inolvidable, realizando el protagonista de Death Proof uno de sus roles más recordados que repetiría años más tarde en la secuela (de la que ya hablaré) e influenciando mucho en la creación del Solid Snake que protagonizaba el videojuego Metal Gear Solid de Hideo Kojima.




Como fan del cine fantástico y de terror es un verdadero honor que John Carpenter se entregara de pleno a este tipo de celuloide No sólo porque sea un género al que yo le tengo especial cariño, sino también porque me parece realmente encomiable que un señor que tiene unas aptitudes como director tan sólidas y en ocasiones magistrales que le podrían permitir hacer unos largometrajes más ambiciosos y trascendentes en otros ámbitos cinematográficos cercanos a un tipo de películas más serias, se haya dedicado en cuerpo y alma a esta clase de films. Su trabajo en 1997, Rescate en New York, sin ser de los mejores de su carrera, contiene momentos realmente solventes, habituales en su impronta segura y muy clasicista. Con un uso magnífico de la por aquel entonces novedosa steadicam y de la profundidad de campo en las desérticas calles de un falso Manhattan muy bien acabado gracias al diseño de producción y la dirección artística.





1997, Rescate en New York para mí no está en la élite de maravillas de Carpenter como La Noche de Halloween, La Niebla, Vampiros o La Cosa. Pero sí es un trabajo memorable, acertado, muy irónico tanto con la política americana (ese presidente cobarde y rastrero que borda Donald Pleasence) como con los grupos revolucionarios de corte comunista tan de moda en los 70. Un delicioso western postacoalíptico, nihilista y desesperanzador que muestra un futuro regido por un estado totalitario que es capaz de recurrir a criminales para mantener un falso status quo muy cercano a la autarquía. Todo ello envuelto en cine de acción ligero para que no notemos, como espectadores, que nos están dando un puñetazo directo a la cara.


viernes, 26 de noviembre de 2010

The Town: Ciudad de Ladrones



Título Original: The Town (2010)
Director: Ben Affleck
Guión: Aaron Stockard, Peter Craig & Ben Affleck basado en la novela de Chuck Hogan
Actores: Ben Affleck, Rebecca Hall, Jon Hamm, Jeremy Renner, Blake Lively, Pete Postlethwaite, Chris Cooper




Segunda incursión en el campo de la realización por parte del actor norteamericano Ben Affleck tras su magistral ópera prima detrás de las cámaras Adiós Pequeña, Adiós. Esta vez el protagonista de Dogma adapta la novela Prince of the Thieves de su compatriota el escritor Chuck Hogan con la ayuda de (una vez más) Aaron Stockard y el debutante Peter Craig. El resultado es The Town (Ciudad de Ladrones) un thriller policiaco sobre atracadores de bancos en la ciudad estadounidense de Boston con el que Affleck se asienta por fin como un director de considerable solidez a tener muy en cuenta.




The Town es un thriller solidamente estructurado que más que de robos a bancos trata sobre familia, amistad, lealtad y herencia en la ciudad de Boston. Affleck consigue una maravillosa convergencia entre acción bien ejecutada y un excelente manejo de los resortes dramáticos resultantes debido a la interacción de unos personajes muy realistas y debidamente perfilados en el guión. Su puesta en escena no parece la de un autor con sólo dos películas a sus espaldas, ya que la profesionalidad con la que está abordado el proyecto es digna de la de cualquier veterano director dentro del cine de acción americano.




A pesar de estar claramente influenciada por Heat, la excelente cinta de Michael Mann protagonizada por Al Pacino y Robert De Niro en 1995, Affleck toma referentes también de gente como Scorsese, Coppola o por qué no decirlo, incluso del Christopher Nolan de El Caballero Oscuro. Lo curioso es que el film está claramente imbuido por el cine de acción americano de gente como John Frankenheimer o el Bryan Singer de Sospechosos Habituales, pero también hay en algún momento (la primera persecución) cierto aroma a cine negro europeo y hasta toques de poliziottesco italiano.




Otro producto del que The Town toma prestados ciertos planteamientos es la obra maestra catódica The Wire. De la serie creada por Ed Burns y David Simon no emula el análisis de personajes o la estructura, sino el hecho de que por medio de un argumento situado en el género policíaco se está haciendo un retrato crudo y bastante crítico con una ciudad como la de Boston, en la que el hurto a mano armada está a la orden del día, convirtiéndose en un oficio que pasa de padres a hijos como herencia vocacional. Pero esto no es novedad, Boston ya fue analizada con bastante desesperanza en la anterior cinta de Afflleck como director.




Esta mirada entre afectiva y nihilista hacia la ciudad en la que se crió el director y protagonista es entre otras constantes, como la sombra del alcoholismo, los lazos fraternales, las relaciones sentimentales desestructuradas, la carestía econonómica de ciertos estratos sociales o la lucha a la hora de hacer frente a complicados dilemas de corte moral, una de las señas de identidad del discurso autoral de Affleck como realizador cinematográfico, que hasta el momento se ha mostrado como una especie de joven Clint Eastwood con cierto toque del escritor Dennis Lehane (y no lo digo sólo porque fuera el autor de la novela en la que Ben Affleck basó su primer film) a la hora de abordar largometrajes en labores de dirección.




Sustentándose en un excelente reparto (geniales Jeremy Renner, Pete Postlethwaite y John Hamm, deliciosa Rebecca Hall, muy resuelto el mismo Affleck que gana con la madurez y experiencia) escribiendo junto a sus dos co guionistas un libreto de notable solidez, esquivando sentimentalismos, clichés o caminos transitados mil veces y echándose todo el peso él como director de orquesta, este actor del que todos alguna vez nos hemos reído con sorna ya sea por su inexpresividad, tamaño craneal o mal gusto para elegir papeles, demuestra de manera tajante que puede llegar a ser grande como autor cinematográfico, que puede ofrecer propuestas contundentes llenas de buenas historias y que al final y después de todo, Matt Damon no era el más talentoso del dúo.


martes, 23 de noviembre de 2010

Gomorra, ¡Maladetti bastardi, sono ancora vivo!



Título Original: Gomorra (2008)
Director: Matteo Garrone
Guión: Massimo Gaudioso, Gianni Di Gregorio, Ugo Chiti, Maurizzio Brauchi, Natteo Garronne y Roberto Saviano basado en el libro de este ultimo.
Actores: Salvatore Cantalupo, Gianfelice Imparato, Maria Nazionale, Toni Servillo, Gigio Morra, Salvatore Abruzzese, Marco Macor, Ciro Petrone, Carmine Paternoster





En 2006 el escritor italiano Roberto Saviano editó una multipremiada y muy alabada novela que respondía al nombre de Gomorra. En ella el napolitano hablaba de la mafia de su país, la Camorra, desde sus mismas entrañas, desgranando todos los negocios turbios llevados a cabo en los bajos fondos de la zona por todo tipo de delincuentes. El libro fue un éxito, Saviano pasó a ser objetivo de los gangsters y dos años después de su edición el director de cine Matteo Garrone adaptó el escrito a imágenes con la ayuda del mismo autor del texto.




En proyecto tan complicado como Gomorra se le agradece enormemente al realizador Matteo Garrone su sinceridad, su buen hacer en la dirección, la austeridad con la que cuenta toda la obra y la total ausencia de oropeles y carisma de artificio que Hollywood siempre ha querido darle al submundo del hampa, que en realidad es sucio, descarnado y no tiene música de los británicos The Animals de fondo, por muy bien que le quede esto al gran Martin Scorsese en la magistral Casino, por poner un ejemplo.




No es un fallo de la cinta que nos ocupa su distante mirada analítica, ni la gelidez de la mirada de su propuesta (límites marcados, necesarios para ser equidistante y no caer por parte del director y los guionistas en el resbaladizo terreno de la moralina) pero bien es cierto que dichos aspectos restan alma y hondura al acabado film. En cambio si es un error bastante criticable lo desestructurada que está la construcción del guión y lo endeble que es su estructura narrativa para ser comprensible.




Garrone quiere abarcar todos los episodios posibles de un libro muy complicado de adaptar al celuloide. Pero por desgracia, al final pasa de puntillas por todos ellos sin profundizar en los mismos. Sirva como muestra de tal cosa el hecho de que el propio Roberto Saviano no es el narrador de la historia (al contrario que en el escrito) sino tan sólo un personaje testimonial sin apenas peso en la trama que aporta poco de poso al desarrollo argumental del largometraje.




Gomorra, como aparato audiovisual para desenmascarar a la Camorra italiana es útil y hasta un servicio público, si me apura, con respecto al tema que retrata. Pero como producto cinematográfico flaquea sobre todo en su base argumental (mal adaptada del escrito original). Acierta en acercarse más al neorrealismo italiano que a Tarantino, De Palma o Coppola, pero en conjunto es una obra tan considerablemente sobrevalorada como, de manera bastante paradójica, necesaria en los tiempos que corren.


lunes, 22 de noviembre de 2010

Airbender, el Último Guerrero, el retorno del Avatar



Título Original:
The Last Airbender (2010)
Director: M. Night Shyamalan
Guión: M. Night Shyamalan basado en la serie animada de Michael Dante Dimartino & Bryan Konietzko
Actores: Noah Ringer, Dev Patel, Jackson Rathbone, Nicola Peltz, Shaun Toub, Aasif Mandvi, Cliff Curtis, Jessica Andres, Seychelle Gabriel, Keong Sim


Trailer


Cuando el director americano de origen hindú, M. Night Shyamalan, dirigió su tercer y más célebre film, El Sexto Sentido, consiguió poner a sus pies tanto a público como crítica. Proclamando todos ellos que esa excelente cinta de terror (más psicológico que físico) protagonizada por Bruce Wills, su peluquín, Haley Joel Osment y Toni Collete servía como carta de presentación de un realizador al que muchos se aventuraron a nombrar, apresuradamente, como el nuevo Steven Spielberg.




Un año después en su posterior (y para un servidor aún soberbia) obra, El Protegido (Unbreakable) se empezaron a escuchar las primeras voces discordantes en contra de su estilo narrativo y su discurso cinematográfico no acorde con los gustos de todo tipo de público. Más tarde, en 2002, Señales confirmó que Shyamalan perdía fuelle. En la cinta protagonizada por Mel Gibson se alternaban escenas soberbias con una tensión notable, con otras de directamente producían vergüenza ajena. A partir de ahí todo fue una debacle.




El Bosque (The Village) supuso un engaño enervante para muchos espectadores, sobre todo cuando fue vendida en su trailer como lo que no era, una cinta de género terrorífico que más tarde no fue tal. Una obra aceptable, con algunos altibajos, hasta que llega el momento de su primer giro de guión, pero inviable y ridícula cuando da la cara el segundo. Dos años después, allá por 2006, rodó La Joven Del Agua, para mí largometraje muy irregular pero también logrado, con mucha personalidad y un microcosmos propio que fue masacrado impunemente.




Por último, en 2008, nos llegó El Incidente (The Happening) incosistente film con manido mensaje ecologista que contenía en su interior el mismo lastre que este señor lleva cargando desde hace años. Una buena dirección, algunos momentos brillantes en la realización técnica, pero una total inconsistencia en el guión y un fracaso considerable a la hora de rematar sus productos, por añadir esos finales supuestamente sorprendentes que son una de sus señas de identidad más identificativas y que paradójicamentre se suelen convertir en su peor enemigo.




Este año ha llegado a nuestras pantallas el último trabajo del director, The Last Airbender. Las malas críticas y el boca a boca tildándola de aburrida, incoherente y ridícula no se hicieron esperar. Es cierto que muchas personas (entre las que me incluyo) nos cebamos con el bueno de Shyamalan, hacemos coñas con sus fallos y tics autorales como cineasta. Pero por otro lado también respeto a sus incondicionales que disfrutan al 100% con sus films y que lo tildan de genio incomprendido. Yo en esta ocasión no me pongo ni en un lado ni e otro, pero no puedo negar que he disfrutado mucho su última película y que no logro comprender porque se la ha tratado tan severamente.




The Last Airbender adapta a imagen real la excelente serie Avatar, The Last Airbender, The Legend of Aang del canal de animación americano Nickelodeon. Avatar está inspirada en un mundo fantástico dividido en cuatro naciones, cada una de ellas representa (y controla por medio de sus guerreros) los cuatro elementos. Tierra, fuego, agua, aire. Un día la nación del Fuego inicia una guerra contra el resto de ellas para someterlas a todas. Sólo puede poner fin a dicha reyerta la llegada del Avatar. Un maestro de origen milenario capaz de controlar los cuatro elementos, pero el mismo está representado por Aang el último maestro de la nación del aire, un niño de no más de 10 años cuyo destino es ser el elegido.




Desde mi punto de vista nadie que lea este tipo de argumento debiera pedir algo más a la última obra de Shyamalan que no sea un relato aventurero lleno de fantasía, dirigido en mayor parte a un público infantil. Eso es al menos lo que yo me he encontrado en los 103 minutos que dura el producto, que por cierto se me pasaron en un suspiro, disfrutándolos de manera considerable a lo largo y ancho de su desarrollo argumental y conceptual, que me parece bastante logrado y con un ritmo de aceptable notabilidad que no aburre en ningún momento.




M. Night Shyamalan respeta escrupulosamente lo que vendría a ser la primera temporada de la serie animada original. Utiliza toda su parafernalia, diseños, personajes y sólo falla desde mi punto de vista cuando no traslada a la pantalla el sentido del humor que el personaje de Aang tiene en los capítulos del producto catódico y que le añade un matiz de ternura que aquí brilla por su ausencia. El director y protagonista de Prayer With Anger hace un uso magnífico de una viable plasticidad en la realización, acopla con mucho oficio los muy logrados efectos digitales, encuadra con convicción y regala escenas de combate consistentes que en cierta manera carecen de violencia explícita.




El mayor problema de The Last Airbender (que realmente se subsana sin problemas, no lo neguemos) es que el sello como autor de Shyamalan, sea mejor o peor, guste más o menos, queda totalmente diluido e irreconocible durante el proyecto, en favor del espectáculo pirotécnico. Nada de sus oscuros encuadres elaborados desde la quietud, tonalidades ténebres, personajes perfilados desde un punto de vista de extrañeza vital entre cómica y dramática, se ven en su última obra y la verdad es que desde mi punto de vista es de agradecer. Porque un proyecto de esta índole no necesita sus inquietudes autorales previas, sólo requiere una artesano que haga un buen trabajo a la hora de adaptar la serie animada en la que se basa el largometraje.




Gracias al holgado presupuesto que la Paramount puso en manos del director, ese universo ensoñador lleno de hielo, fuego, aire y tierra es creíble y posee una consistencia considerable a la hora de transmitir verosimilitud (la que permite un film anclado en lo fantasioso, todo sea dicho). El diseño de producción unido a la dirección artística y al buen uso de los CGI sirven para que las localizaciones del proyecto nunca parezcan falsas o impostadas y que se transmitan a través de la pantalla esos paisajes idílicos que parecen salidos de un verdadero mundo imaginario y extraterrenal.




Airbender, el Último Guerrero no sólo me ha parecido una ejemplar cinta fantástica y de aventuras que se marca a sí misma la humilde y sencilla meta de entretener al espectador con una historia hecha para toda la familia, también la veo como el film más logrado de M. Night Shyamalan desde El Protegido (Unbreakable) conteniendo en su interior ecos que van desde La Historia Interminable a Dragon Ball pasando por Dragonquest, personajes interesantes y subtramas bastante conseguidas.




Debido al reticente recibimiento que ha tenido en general y sin saberse aún como irán las ventas en los formatos domésticos, el futuro de una secuela está en el aire, nunca mejor dicho, ya que la serie a día de hoy tiene tres temporadas de las cuatro que creo se harán finalmente y el film que nos ocupa sólo adapta la primera. Si se hacen más largometrajes yo no dudaré en verlos porque lo que el primero me ha ofrecido me ha gustado. En cambio si no se llegan a rodar, tomaré esta versión en imagen real como una conseguida curiosidad a tener en cuenta junto a la excelente serie de animación original.



jueves, 18 de noviembre de 2010

Dagon: La Secta del Mar, o chamada de Cthulhu



Título Original: Dagon, la Secta del Mar (2001)
Director: Stuart Gordon
Guión: Dennis Paoli basado en relatos de H.P Lovecraft
Actores: Ezra Godden, Francisco Rabal, Raquel Meroño, Macarena Gómez, Brendan Price, Birgit, Bofarull, Ferran Lahoz, Alfredo Villa, José Lifante





La Fantastic Factory fue un proyecto entrañable de nuestro cine. Allá por el año 2001 el productor catalán Julio Fernández se asoció con los directores Brian Yuzna y Stuart Gordon para realizar una serie de películas fantásticas y de terror de corte internacional con las que conquistar un mercado más amplio. El resultado fue un cúmulo de memorables películas mediocres que más que de serie B a veces llegaban clasificarse como Z y de las que sólo destacarían de manera notable las realizadas por Jaume Balagueró y Paco Plaza. Aunque yo le guardo especial cariño a Faust, la Venganza Está en la Sangre (de la que hablaré proximamente) y a esta que nos ocupa, Dagon, la Secta del Mar, uno de los más logrados largometrajes de la productora.




El escritor ameriano H.P. Lovecraft no ha tenido mucha suerte a la hora de que se adaptaran sus textos al medio cinematográfico. Curiosamente un producto tan modesto y poco pretencioso como Dagon es una de las películas que con más fidelidad ha llevado su mórbido y personal mundo literario a imágenes. Stuart Gordon ya se introdujo en el mundo del autor de La Llamada de Cthulhu (de manera poco ortodoxa) con la obra de culto dentro del subgénero gore Re-Animator pero esta vez se ciñe más a los escritos del autor mezclando el relato corto Dagon con la novela La Sombra Sobre Innsmouth.




También llama profundamente la atención y siendo su director alguien como el norteamericano Stuart Gordon la influencia (intencionada o no) que se puede notar en la trama de ¿Quién Puede Matar a Un Niño? la obra maestra dentro del fantaterror español del gran Narciso Ibáñez Serrador. Con aquella comparte un pueblo misterioso como localización, la hostilidad de sus habitantes y el problema con el idioma que sufren los protagonistas por ser extranjeros y que añade un punto de incomunicación que sirve de añadido para dificultar la supervivencia de los personajes y su relación dialéctica con los distintos lugareños del pueblo de Imboca.




Gracias al, en principio, escueto diseño de producción, la dirección artística, los efectos digitales y de maquillaje y al, por qué no decirlo, buen hacer de Gordon detrás de la cámara, Dagon transmite esa sempiterna sensación de amenaza anfibia, con una omnipresente lluvia que acentúa la atmósfera húmeda y opresiva en la que los habitantes del pueblo se mueven como zombies por calles oscuras. También pasa el film la prueba de cambiar el Innsmouth original del relato, localizado en Massachusets, y situarlo en Galicia en el ficiticio pueblo de Imboca sin que el cambio quede ridículo o forzado.




Lo peor del film, la mayor parte del reparto de actores. Desde un sosainas Ezra Godden que hace lo que puede pero sin convencer demasiado a una Raquel Meroño que se defiende bien con el inglés aunque a parte de algo de carnalidad no añade demasiado y una Macarena Gómez que dice más con su rostro que con los diálogos, pero su presencia es magnética y está conseguida. El mejor como es lógico es el gran Paco Rabal como Ezequiel, utilizando una mezcla de spanglish castizo entrañable y teniendo momentos memorables. Lo más destacado, la bestial escena final de su personaje, lo peor, que este sea el testamento interpretativo de unos de los actores más grandes que ha conocido Europa.




Un modesto y admirable producto de segunda fila, Dagon, la Secta del Mar, puede enorgullecerse de ser desde su humildad uno de los films más fieles al espíritu y la esencia de Howard Philips Lovecraft y uno de los trabajos más memorables de la ya extinta Fantastic Factory. Stuart Gordon en los últimos años alterna sus intervenciones en la serie Master of Horror con un cine de género con más pretensiones alejado del terror (Edmond, Stuck). Pero a mí me sigue convenciendo más su vertiente exagerada, retorcida y lasciva dentro del gore .Y eso que hablamos de un señor que llegó a ser un reputado y vanguardista director de escena teatral en sus inicios.


miércoles, 17 de noviembre de 2010

El Pacto de los Lobos



Título Original: Le Pacte Des Loups (2001)
Director: Christophe Gans
Guión: Stephen Cabel
Actores: Samuel Le Bihan, Vincent Cassel, Emilie Dequenne, Monica Bellucci, Jeremie Renier, Mark Dacascos, Jean Yanne, Jean-François Stevenin, Jacques Perrin, Johan Leysen


Trailer


El francés Christophe Gans entró en esto del cine por mediación del filipino Brian Yuzna que le invitó a dirigir junto a él y Shushuke Kaneko un segmento de El Libro de los Muertos (H.P Lovecraft's, Necronomicon, The Book of the Dead) y posteriormente le produjo la adaptación a imágenes del manga Crying Freeman. A principios de la década pasada Gans volvió a Francia y allí dirigió El Pacto de los Lobos (Le Pacte Des Loups). Una destacable muestra del nuevo cine francés de género que se estaba cultivando el en país vecino por aquel entonces.




La segunda película en solitario de Christophe Gans es un híbrido entre fantastique europeo, cine de época con ciertas aspiraciones históricas y unas gotas de celuloide sobre artes marciales made in Hong Kong. Hay dos referentes cinematográficos claros para el director francés. Por un lado no hay duda de el peso que Sleepy Hollow de Tim Burton tiene en la producción que nos ocupa, de la que toma apuntes con respecto al diseño de producción, la dirección artística y la construcción de la intriga relacionada con los crímenes llevados a cabo por la bestia.




Por otro lado y con más notoriedad Gans homenajea con sus dos justicieros enmascarados, íntegros y carismáticos que llegan a una aldea asolada por los ataques de una criatura supuestamente sobrenatural a esa pequeña y atípica joya de la Hammer Films titulada Capitán Kronos, escrita y dirigida por Brian Clemmens en la que un poco ortodoxo cazador de vampiros ayudaba a un pueblo a erradicar a los no muertos que sembraban el pánico en dicha localidad. También hay lugar para referencias literarias y la más clara como no puede ser menos es El Perro de los Baskerville, memorable novela salida de la pluma de Arthur Conan Doyle protagonizada por el célebre detective Sherlock Holmes.




Finalmente tenemos dos puntos de vista antagónicos en la producción. Por un lado Gans quiere situar en un contexto espaciotemporal su fresco de época y lo consigue en cierta manera al localizar su relato, primero en plena revolución francesa y más tarde por medio de un largo flaskback en Le Gevaudan, grupo de valles situados en la región francesa de Lozére en los que relata unos hechos documentados en los libros de historia en los que dicha localidad sufrió los ataques de una supuesta bestia que se cebó especialmente con las jovencitas campesinas de la región a las que mataba descuartizándolas.




Con ello, el director de Silent Hill (por otro lado la mejor película que un servidor ha visto basada en un videojuego) da un cierto toque de veracidad al esqueleto central de la trama y añade en ella apuntes interesantes como la influencia social del folclore del país francés, la corrupción y depravación dentro de las clases altas y el profundo calado que tenía todo lo relacionado con lo sobrenatural y esotérico en el populacho, convirtiéndose el mismo en el opio del pueblo, sobre todo dentro de las comunidades más desfavorecidas, que solían ser tan o más crédulas que los nobles.




En el otro lado del espectro tenemos el lado más ligero, superficial y menos creíble de la trama, pero también el más entretenido y técnicamente mejor ejecutado. Gans introduce en la historia, con el fin da darle ritmo y justificar su tipo de dirección, múltiples escenas de combate que tienen su epicentro en el personaje de Mani, interpretado por un taciturno Mark Dacascos que paradojicamente hace el mejor papel de su carrera, que no es decir mucho la verdad. Con ello rinde tributo a cintas como las protagonizadas por Bruce Lee o Jackie Chan en su primera época, las que dirige el chino John Woo y sobre todo a las producidas por los Shaw Brothers.




El rol de este extraño indígena da el toque exótico y de misticismo a la historia y por otro lado el tono más efectista, con la aplicación de escenas muy bien coreografiadas (incluso las ajenas a este personaje, como se puede ver en el excelente pasaje de Samuel Le Bihan asaltando la casa de sus enemigos) que si bien están metidas con calzador, no desentonan con la estética del proyecto y dan un toque exploit a toda la producción que posteriormente también dejaría su impronta en otros productos, incluso en nuestro país, como se puede ver en ese delicioso pastiche catódico llamado Águila Roja.




Le Pacte Des Loups es una desprejuiciada mezconlanza consciente de su naturaleza mestiza y no demasiada trascendencia. Christrophe Gans borda una relato aventurero con todos los ingredientes para tener entretenido al espectador durante el holgado metraje del film que en ningún momento se hace plomizo o lento. El francés apela por la espectacularidad y el acabado visual potente en la dirección y hace un uso magistral de los escuetos efectos digitales para ponerlos al servicio de una historia que a pesar de la mixtura de géneros a los que hace referencia, los homenajes a los que menciona a lo largo de su entramado y sus pretensiones históricas, sólo busca hacer pasar un buen rato al espectador delante de una pantalla. En todo caso una admirable consideración por su parte.



martes, 16 de noviembre de 2010

La Muerte y la Doncella, el sueño de la razón produce monstruos



Título Original: Death & the Maiden (1994)
Director: Roman Polanski
Guión: Rafael Yglesias & Ariel Dorfman basado en la obra de teatro de este último
Actores: Sigourney Weaver, Ben Kingsley, Stuart Wilson






En el año 1991 el célebre dramaturgo chileno Ariel Dorfman estrenó en las tablas una obra de teatro escrita por él, llamada La Muerte y la Doncella (el título hace mención al cuarteto de cuerda compuesto por Franz Schubert) en la que una antigua prisionera del gobierno chileno durante la dictadura de Augusto Pinochet, reconoce años después y sólo por la voz a su supuesto torturador cuando en una noche lluviosa su marido trae a su hogar un hombre desconocido que le recogió en la carretera y le acompañó a casa al averiarse su coche.




La labor de la escritura del film y la adaptación del teatro al cine corrió a cargo del mismo Ariel Dorfman y del guionista Rafael Yglesias (Sin miedo a la Vida). La dirección recayó en uno de los mejores directores que ha dado la historia del cine, el francopolaco Roman Polanski. El resultado es un thriller con apuntes dramáticos de un acabado meticuloso y potente que aunque no lo haga de manera explícita (ya que nunca se localiza geográficamente de manera alguna la acción) el espectador es consciente que tiene lugar en el Chile de principios de los 90.




Death and the Maiden es un auténtico tour de force. Sólo tres actores, una localización y una tensión que va in crescendo a largo del ajustado metraje gracias a el libreto y sobre todo a un Roman Polanski pletórico detrás de las cámaras, ejerciendo de un director de orquesta al que no se le resiste nigún género. El realizador de El Pianista sabe exprimir al máximo las posibilidades de un espacio limitado, como hemos podido ver previamente en obras como Cul de Sac, La Semilla del Diablo (Rosemery's Baby) o El Quimérico Inquilino (The Tenant) y realizar un trabajo magnífico con la dirección de actores, mostrando los mismos a sus personajes muchas veces como prisioneros de sus propias pulsiones.




La tortura como destrucción física y moral, así como el instinto de venganza contra el uso de tan inmoral acto es el tema principal de una cinta que desde la modestia más honrosa consigue erigirse como metáfora y alegoría de una época terrible y negrísima en la historia de Chile. En una pequeña y aislada casa cerca de la playa, Polanski consigue narrar en toda su magnitud un relato aterrador y crudo acaecido durante la dictadura militar por medio del personaje de Sigourney Weaver que se desnuda física y emocionalmente a la hora de hablar del trato inhumano que sufrió cuando estaba encerrada en un hospital supuestamente dirigido por el personaje de Ben Kingsley, al que dice reconocer como su captor.




Los tres actores sustentan todo el peso del largometraje. Weaver se abre el pecho y hace uno de los mejores trabajos de su carrera dando vida a la inestable Paulina Escobar, a pesar de sus arrebatos violentos casi en todo momento consigue la complicidad del espectador. De Ben Kingsley uno siempre se espera lo mejor y él incluye el tono de complejidad al conseguir hasta el final del film no dejar claro si es el torturador de la protagonista o si la misma se ha confundido de persona, destacando en su trabajo el magnífico monólogo al pie del acantilado. Por último, el contrapunto de lucidez lo da un Stuart Wilson del que sólo puedo decir que es una pena que no se prodigue más, porque hace una excelente labor.




Polanski juega con cartas marcadas desde el principio. Si el personaje de Kingsley es el torturador se confirma lo que dice Paulina y la venganza es comprensible (aunque nunca justificable, desde mi punto de vista) y si no lo es y la protagonista se equivoca se acentúa aún más el mensaje sobre las secuelas imborrables que sufren las víctimas de las torturas. Por eso no había manera de que el enano fallara y no lo hace. La Muerte y la Doncella es una de las obras menos conocidas de su autor, pero está ejecutada con la precisión y el acierto habituales en Polanski. Una pieza necesaria y a recuperar que nos muestra que no sólo los fallecidos fueron las víctimas de la dictadura de Pinochet (o la de cualquier otro) y su caravana de la muerte.