miércoles, 29 de septiembre de 2010

Asalto a la Comisaría del Distrito 13, solos ante el peligro



Título Original: Assault on Precint 13 (1976)
Director: John Carpenter
Guión: John Carpenter
Actores: Austin Stoker, Darwin Joston, Laurie Zimmer, Martin West, Nancy Loomis, Tony Burton, Charles Cyphers


Trailer


En 1976 tras unos cuantos cortometrajes y una ópera prima titulada Dark Star, producto sci-fi de serie B que pasó sin pena ni gloria por las carteleras, un todavía desconocido director norteamericano llamado John Carpenter dio su primer puñetazo en la mesa del cine americano de género de los 70 con su segunda obra, Asalto a la Comisaria del Distrito 13 (Assault on Precint 13), primer éxito del realizador y una obra de culto dentro de una atípica raza de género policíaco poco común para la época.




John Carpenter es un rendido fan del western y sobre todo de los que dirigió su idolatrado Howard Hawks. De alguna manera todas sus obras tienen algún toque, algún personaje o situación que recuerda a dicho género. Antihéroes viriles e impertérritos, mujeres de fuerte carácter y paradójicamente también algo de misoginia, tiroteos, extranjeros que llegan a pueblos donde no son bien recibidos e incluso zonas glaciales o desérticas inhabitables por el ser humano. Posiblemente de todas sus obras las que más se acerquen al cine del oeste sean la que nos ocupa y esa maravillosa oda al celuloide maldito, bastardo, sucio y polvoriento llamada Vampiros de la que hablaré en otro momento.




Asalto a la Comisaria del Distrito 13 es a primera vista un mix, una mezcla nada velada de dos films clave en dos géneros completamente distintos como son el western y el cine de terror. Por un lado tenemos el referente más claro y lógico, Rió Bravo, el clásico western de Howard Hawks, del que toma la estructura, el carácter de algunos personajes y gran parte de la trama central. El otro es la inmensa La Noche de los Muertos Vivientes (Night of the Living Dead) de George A. Romero, de la que toma detalles como la raza del protagonista o el asedio por parte de individuos casi sin rostro totalmente despersonalizados, parecidos a zombies.




Asalto a la Comisaria del Distrito 13 es lo más parecido a tomar obras de la época como los policíacos de Sidney Lumet o cintas de género como Los Nuevos Centuriones (The New Centurions) de Richard Fleischer e introducirlas en un mundo donde se rigen leyes como las del cine de terror y suspense. Género al que el mismo John Carpenter terminaría rindiéndose, regalándole poco después una buena manita de obras maestras, algunos largometrajes del todo memorables y haciendo honor a la verdad, también algún producto fallido.




Por eso Assault on Precinct 13 es algo más que un policíaco, un western o una cinta de terror. Es un compendio, una perfecta unión de géneros, la muestra de que detrás de la cámara se encontraba un excelente director que sabía medir los tiempos para crear intriga (toda la secuencia de la furgoneta de helados, con bestial resolución final a día de hoy impensable en el cine actual) que era capaz de desdibujabar la línea entre héroes y villanos (esos policías expeditivos, presos con un estricto sentido del honor) y que podía sacar provecho con pocos medios y mucha imaginación de una localización tan encorsetada para rodar como una comisaría de policia.




Carpenter se sirve del asedio al edificio para poner a sus personajes en situaciones de supervivencia extremas, en una zona de guerra dónde ya no existen buenos o malos, policías o presos o jerarquías de ningún tipo y con ello consigue que el espectador eluda realizar juicio moralista alguno sobre los personajes (que de una manera u otra son los clásicos estereotipos) y se centre sólo en si conseguirán sobrevivir a esa noche violenta en la que están siendo atacados por una horda de pandilleros ávidos de sangre y venganza ciega.




Un inolvidable producto pulp de la mejor y más genuina serie B. La primera muestra de que John Carpenter era un director tan portentoso que a veces el mismo género de ciencia ficción y terror le quedaba pequeño a la hora de mostrar sus dotes como narrador cinematográfico y autor con marcada personalidad. Por último decir que tengo en mi poder el remake de esta Asalto a la Comisaría del Distrito 13, que data del 2005, pero este ya con reparto estelar y el francés Jean François Richet como director. Realizador muy de moda desde que hace dos años realizara un díptico sobre su compatriota el gangster Jacques Mesrine con Vincent Cassel como protagonista. Tanto del remake de la de Carpenter como de las dos partes del biopic de Mesrine hablaré dento de poco por estos lares.



viernes, 24 de septiembre de 2010

Machete, la ley de la frontera


Título Original: Machete (2010)
Director: Robert Rodriguez & Ethan Maniquis
Guión: Álvaro Rodríguez & Robert Rodríguez
Actores: Danny Trejo, Robert De Niro, Jessica Alba, Michelle Rodriguez, Steven Seagal, Lindsay Lohan, Cheech Marin, Don Johnson, Jeff Fahey, Tom Savini


Trailer


Cuando Quentin Taranino y su amigo, yo diría que casi pareja, Robert Rodriguez decidieron resucitar el cine de serie B de sesión doble con aquel interesantísimo proyecto llamado Grindhouse (díptico del que hablaré próximamente aquí), que ofreció mucha calidad y divertimento, pero que no funcionó economicamente como debiera en las taquillas, llamaron a algunos colegas directores como Eli Roth, Rob Zombie o Edgar Wright para que hicieran unos falsos trailers que, en un afán por que la experiencia de Grindhouse fuera lo más realista posible, promocionaran los futuros estrenos de unas películas que realmente no existían.





Se hicieron cuatro, Don´t el de Wright, Thanksgiving el de Roth, lo mejor que ha rodado en su vida junto a Nation's Pride, Werewolf Woman of the SS el de Zombie y Machete (esta versión no tiene las escenas de tetas, lo siento) cuya realización se la reservó Rodríguez. Los cuatro eran divertidísmos y estaban hechos con tanta mala baba como cariño. El último de ellos tuvo un éxito rotundo, sobre todo aquí en nuestro país, ya que gracias a la distribución de mierda que hizo Aurum de Grindhouse es el único que en España pudimos ver por vía legal ya que precedía la proyección de Planet Terror.




La gente pedía a gritos una película para Machete, ya que aquellos poco más de 2 minutos de imágenes tenían suficiente potencial como para dar forma a un divertimento descerebrado que siguiera la estela de Planet Terror y Death Proof, pero con una tonalidad diferente. Finalmente en este año 2010 se estrenó un film basado en el personaje interpretado por Danny Trejo, dirigido al alimón por Robert Rodriguez y su habitual director de montaje Ethan Maniquis, algo que pocos se esperaban. El resultado no es ni más ni menos que lo que toda persona que haya visto el falso trailer esperaría.




Machete es un western fronterizo pasado por un bestial filtro de cine exploit setentero. Un producto sustentado en todo tipo de mestizaje (cinematográfico o racial) lleno de excesos, violencia, personajes inverosímiles y acción descontrolada que en bastantes ocasiones es puesta en escena sin sentido alguno. Un ejercicio disparatado realizado de dicha manera con toda la intencionalidad posible por parte de sus creadores, unos señores que sólo aspiran a entretener al espectador con una historia pasada de rosca que se hace fuerte usando todos los clichés propios del cine de acción en beneficio propio, siendo consciente de que en la hiperbolización de lo sucio, lo poco creíble, lo exagerado y lo autoparódico reside la mayor de sus virtudes.




El referente más directo de Machete está dentro de la obra del mismo Rodríguez y vendría a ser su trilogía sobre le personaje de El Mariachi y sobre todo su tercera entrega, El Mejicano (Once Upon a Time in Mexico). Pero los directores, y supongo que los primos Rodríguez en el guión, meten homenajes en forma de escenas (la de la iglesia con Cheech Marin recuerda al final de The Killer, la obra más recordada de John Woo en su etapa china) o incluso personajes, a todo tipo de celuloide ya sea americano, europeo o asiático. Sirva como ejemplo de esto el rol de Michelle Rodriguez, que al igual que la Elle Driver que interpretó Daryl Hannah en la Kill Bill de Tarantino, es en su estética un homenaje directo a la protagonista de Thriller, En Grym Film obra de culto dirigida por el sueco Bo Arne Vibenius en 1972.




Sólo se le pueden echar en cara un par de cosas a Machete. La primera es que no sea aún más descerebrada de lo que ya es, como sí lo era Planet Terror que no buscaba excusa alguna para llenar la pantalla de acción desmesurada. Las escenas de violencia exagerada y gore son muchas en la cinta y están perfectamente ancladas en lo exagerado y paródico, pero deberían abundar más. Los Rodríguez y Maniquis dedican minutos a explicar una trama que es de por sí simple y plana (porque la naturaleza del producto así lo demanda) y de la que el espectador no espera rigor, ni coherencia, porque si está viendo este tipo de cine es porque no las necesita o huye de ellas.




La segunda es la más grave y es que tanto la prensa especializada como los autores del film (que entraron de manera estúpida en el juego) comparen el actual tema de la inmigración en el estado de Arizona en norteamérica con la subtrama de la película sobre el racismo, la frontera con México y los políticos estadounidenses de ultraderecha, que en la trama es una tontada, una excusa de brocha gorda para poner en escena unos malos sin corazón delante del protagonista para que este les rebane el pescuezo sin piedad. Que los autores den su opinión sobre el tema me parece correcto, es más yo estoy de acuerdo con muchas de las declaraciones que hicieron durante la promoción de la película. Otra cosa es que se tome Machete como una buque insignia contra aquella injusta ley, eso ya me parece un disparate digno de críos de secundaria.




Robert Rodríguez, que por cierto es un director que tardó mucho en ganarse mi respeto a pesar de que su cine siempre me ha entretenido, está viviendo un momento dulce desde que hizo Sin City (no cuento su cine dirigido a la chavalería porque no he visto ni una sola de esas películas, ni tengo muchas ganas de hacerlo) ya que desde que adaptó los célebres cómics de Frank Miller nos está ofreciendo las que para mí son sus mejores obras como cineasta. Machete es, aparte de un vehículo para el lucimiento del gran Danny Trejo, una muestra racional de cine irracional, un producto espídico, bruto, carismático, autoparódico (esos créditos finales con los coming soon) que sirve como excelente complemento de Grindhouse. Ahora a ver sí se animan Roth, Zombie y Wright a hacer films con sus Fake Trailers. Sería algo antológico que el menos yo no me perdería por nada del mundo.


jueves, 23 de septiembre de 2010

Femme Fatale, vestida para matar



Título Original: Femme Fatale (2002)
Director: Brian De Palma
Guión: Brian De Palma
Actores: Rebecca Romijn-Stamos, Antonio Banderas, Peter Coyote, Gregg Henry, Rie Rasmussen, Edouard Montoute, Eriq Ebouaney, Regis Wargnier


Trailer


Femme Fatale, estrenada en el año 2002 es un disparate de principio a fin, un sinsentido carente de toda veracidad, una historia tramposa, pretenciosa, inviable, en ocasiones hasta ridícula. Pero detrás de este batiburrillo está un genio como el italoamericano Brian De Palma, un señor que puede pasar, por medio uno de sus famosos movimientos de cámara, de la vergüenza ajena a lo sublime. Un autor cinematográfico que puede rodar con brío y pulso una chorrada tan grande como la que nos ocupa.




En Femme Fatale parece ser como si De Palma quisiera hacer un grandes éxitos de toda su obra cogiendo varios detalles de cada una de las obras que forman su filmografía y mezclándolas sin coherencia o pudor alguno en 112 minutos. El peligroso vouyerismo de Impacto (Blow Out), el protagonista disfrazado de Vestida Para Matar (Dressed to Kill), la stripper seductora de Doble Cuerpo (Body Double), el tono noir de Atrapado Por Su Pasado (Carlito's Way) el personaje desdoblado de En Nombre de Caín (Raising Cain) y la trama de espionaje de Misión Imposible que se deja notar en la primera media hora, en la que ya podemos ver detrás de un prodigio de la técnica por parte de De Palma las primeras escenas que nos hacen pasar cierta vergüenza ajena.




La puesta en escena del director de Carrie es, como siempre, sencillamente brillante y la misma se come por los pies al endeble guión que la sustenta, que como suele ocurrir con bastante regularidad, cuando está firmado por el mismo de Palma carece de la solidez que le suelen dar otros escritores (David Mamet, David Koepp, Oliver Stone) que realizan los libretos de sus películas y que aquí no tiene pies ni cabeza. Su poderío visual, la fuerza de su mirada, esos travellings, que incluso se podría decir que aquí no están al 100% de su efectividad, suplen todas las múltiples carencias del guión, aumentan gradualmente la tensión dramática y llegan desde mi punto de vista a su cénit (técnicamente hablando) con el plano secuencia que empieza siendo una toma cenital y acaba como un plano general corto durante el interrogatorio a Antonio Banderas.



Los actores con De Palma saben a lo que se atienen, o a lucirse como nunca (Al Pacino, Robert De Niro, John Travolta) o hacer el ridículo más espantoso (que se lo pregunten a John Lithgow), Rebecca Romjin apesar de haber estado mejor en otros papeles, no es una buena actriz, pero aquí ejerce un papel que sabe interpretar bien, el de mujer manipuladora y sexy, no llegando a los extremos de, por poner un ejemplo, Linda Fiorentino en manos del John Dahl de La Última Seducción, pero tiene la suficiente presencia física como para no dar al traste con su trabajo. Banderas está convincente y lleva bien la personalidad de su rol, pero entra en el club de actores a los que De Palma hace perder la dignidad en la secuencia del amaneramiento, que el malagueño sabe llevar bien, es lo que tiene haber trabajado con Almodóvar, pero de todas formas se muestra harto sonrojante.




Desde el primer plano De Palma es él mismo, no hay duda, metiéndonos con toda la cara del mundo esas imágenes de Perdición de Billy Wilder, probablemente la película con mujer fatal por antonomasia, el tipo no es corto de miras y apunta alto pero aquí no llega a mucho. Femme Fatale es un divertimento, una obra que de alguna manera recupera al De Palma de la segunda mitad de los 70 y la primera de los 80, pero con un caos de construcción narrativa, una total carencia de coherencia estructural en la escritura y una impresionante ausencia de prejuicios a la hora de poner en pantalla escenas de subyugante e hipnótica belleza visual que contienen la más absoluta nada en su interior y eso es tan reprobable como meritorio.



miércoles, 22 de septiembre de 2010

Hablando con la Muerte, death air



Título Original: Talk Radio (1988)
Director: Oliver Stone
Guión: Eric Bogosian & Oliver Stone
Actores: Eric Bogosian, Ellen Greene, John C. McGinley, Leslie Hope, Alec Baldwin, Michael Wincott, John Pankow






En principio, Hablando con la Muerte (Talk Radio) podría parecer una rareza en la obra del norteamericano Oliver Stone y un film que poco tendría que ver con su discurso o sus inquietudes como autor cinematográfico. Nada más alejado de la realidad, ya que poco importa que el director de Platoon hable de un conflicto bélico, un presidente estadounidense, el asesinato del mismo, fútbol americano o una pareja de asesinos de masas que acaban conviertiéndose en las estrellas televisivas del momento, el 95% de las veces su misión siempre es meter el dedo en una yaga que nunca supura, la de la hipocresía social en la que le ha tocado vivir. Hablando con la Muerte no es una excepción a esa regla.




Pudiera parecer a primera vista que Talk Radio sólo es un thriller de suspense en el que un deslenguado y liberal locutor judío (enorme Eric Bogosian en el papel de su vida y co escribiendo el guión junto a Stone), políticamente incorrecto y muy temerario se juega su propia integridad física noche sí y noche también delante del micrófono por no tener pelos en la lengua y decir lo qué piensa radiando un programa a nivel estatal en Dallas, Texas, enfrentándose a oyentes de todo pelaje, desde dorgadictos, hasta embaucadores, pasando por mujeres hastiadas de su propia existencia, transexuales o neonazis que lo amenazan de muerte por su ascendencia sionista.




Pero a pesar de que toda la tensión de la trama está llevada con un pulso endiablado (la primera media hora de metraje es un prodigio de puesta en escena, presentación de personajes, fluidez del guión y dirección poderosa, para ponerlo en las escuelas de cine) todo lo que rodea al personaje principal de Barry Champlain es una excusa enorme y perfectamente construida, un McGuffin bestial, para que Stone y Bogosian hagan un retrato desalentador de la sociedad americana, reflejada de manera aterradora en esos oyentes que llaman al programa a horas intempestivas desde la soledad de sus casas para descargar su ira, frustración o falsa moral.




Pero Stone es un gran cineasta, en los 80 estaba en plena forma y nos regaló sus mejores obras. De modo que toda la trama central sobre el personaje del locutor, por mucho que no deje de ser un soporte para los fines del director y su actor principal (recordemos, también co guionista) para realizar una denuncia social lacerante y nada complaciente, sigue estando construida sobre las bases de un thriller, que tendría su más inmediato referente en Escalofrío en la Noche (Play Misty For Me), el debut como director del actor Clint Eastwood que compartía con el largometraje que nos ocupa la trama central de un locutor de radio acosado por una oyente.




Stone construye un perfecto producto por medio de su ya clásico y nervioso uso de la cámara, impresionante lo que puede llegar a hacer este señor con una steadycam, pero sin abusar aún del montaje (esa técnica la asentó definitivamente con JFK, Caso Abierto). Por medio de la solidez de su realización el director de Alejandro Magno consigue aprovechar hasta el extremo una localización tan escasa y claustrofóbica como un estudio radiofónico, creando un tensión que aumenta gradualmente inquietando a un espectador que no sabe por que derroteros se dirigirá la trama.




Aunque todo vuelve a su cauce como comentaba al inicio de la entrada. Con la memorable aparición del personaje de Michael Wincott en escena Champlain toma conciencia de su propia realidad. Sus palabras caen noche tras noche en saco roto porque van dirigidas a un puñado de pusilánimes que escuchan su programa no para realizarse como personas o para encontrar consuelo radiofónico, sino porque a esas horas no tienen nada mejor que hacer o peor, porque disfrutan escuchando como su locutor favorito pisotea a todo tipo de desconocidos que lo llaman para hablarle de temas de una alarmante puerilidad.




Entonces llegamos al climax, el monólogo en plano secuencia con travelling lateral en el que Stone como director y Bogosian como intérprete sacan lo mejor de sí mismos para escupir directamente en la cara de todo lo que representa, no ya el sur de Estados Unidos o la sociedad americana, sino la occidental en general. ¿Para qué? para nada, como nos deja ver la reacción de los oyentes tras ese ultimatum por parte de Champlain. Todo ello nos lleva a esa resolución final demasiado tópica que se veía venir a kilómetros, pero una vez más la misma sirve para poner en la palestra la hipocresía y el fariseismo de una audiencia radiofónica, a la que ciertamente no se deja nada bien en la película.




Junto a su ópera prima, Seizure, Hablando con la Muerte es una de las obras más desconocidas de Stone a pesar de que en la época de su estreno tuvo cierta repercusión e incluso llegó a conseguir los osos de plata en el festival de Berlín de 1988 a mejor actor y guión. Yo lo considero un trabajo memorable, de los más compactos, incisivos, acertados y arriesgados de Stone (eso implica algunas dosis de su demagogia y ambigüedad ideológica marca de la casa, por supuesto) gestado en la época de mayor esplendor de su autor como cineasta. Cuando no necesitaba ir a darle palmaditas en la espalda a mandatarios políticos comunistas (ojo, haciendo con ello interesantes documentales) para crear polémica, ya que con sus virtudes como creador se bastaba para dar pie a encendidos y muy necesarios debates.


The New Daughter, la reina de los condenados


Título Original: The New Daughter (2009)
Director: Luis Berdejo
Guión: John Travis basado en el relato corto de John Connolly
Actores: Kevin Costner, Ivana Baquero, Gattlin Griffith, Samantha Mathis, Noah Taylor, James Gammon, Erik Palladino, Sandra Ellis Lafferty


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Con muy poca frecuencia y en contadísimas ocasiones (tanto que no recuerdo cuando fue la última antes de esta) me suele pasar que viendo una película normal y corriente dentro del género de terror la misma consigue transmitirme una considerable sensación de inquietud que el 95% de otras obras del mismo tipo, por muy buenas que sean, no logran hacerme experimentar. The New Daughter (titulada en España La Otra Hija y en sudamérica Extraños) supone el debut del español Luis Berdejo en la dirección tras haber ejercido de guionista en producciones como [REC·].




El donostiarra ha conseguido realizar su ópera prima en Estados Unidos con un nombre de peso, el de Kevin Costner, como protagonista y un equipo técnico practicamente internacional. Pero la cinta ha sido ninguneada por la Warner, que ha prescindidio de todo tipo de marketing para promocionarla como es debido y la ha estrenado directamente en el mercado del formato digital, de manera muy injusta desde mi punto de vista. Ya que hay muchísima mierda americana bastante inferior a la cinta que nos ocupa moviéndose por carteleras de todo el mundo sonrojando a millones de espectadores y nadie dice un carajo.




La trama The New Daughter es más vieja que el mismo cine, una historia de manual muy recurrente en este tipo de películas. Padre divorciado se muda a una nueva casa en un aislado y lúgubre bosque con su hija y su hijo pequeño, al poco tiempo de estar allí algunos fenómenos extraños comienzan a sucederse y la primogénita de la familia empieza a cambiar gradualmente de carácter convirtiéndose en una persona hostil y poco sociable. Como es lógico (y tópico) el secreto se irá desvelando poco a poco y su germen se encontrará en los mismos bosques que rodean la casa.




Tan simple y típica premisa, mil veces vista, gracias a una excelente dirección de Berdejo que consigue crear un atmósfera logradísima e inquietante, se convierte en un solvente producto que mide perfectamente las dosis de suspense e intriga y que a mí al menos me mantuvo, contra todo pronóstico, en tensión durante todo el metraje. Berdejo muestra mucho oficio, un control perfecto del tempo narrativo y un sabio uso muy mesurado de la colocación de la cámara y los movimientos de la misma.




Con bastante profesionalidad el español sabe suplir las considerables carencias de la producción (el presupuesto del film salta a la vista que no era muy holgado) pero en algunas ocasiones, seguramente sin intención, emula algunos de los aspectos estilísticos del Anticristo de Lars Von Trier, como en las secuencias oníricas o un plano con grúa que es idéntico a uno realizado en aquella película, aunque como ya he mencionado seguramente no tenga nada que ver, ya que el estreno de la polémica cinta del danés pirado coincidió con el rodaje del proyecto que nos ocupa.




Kevin Costner hace lo de siempre. Rostro impertérrito, intentos infructuosos por transmitir emociones, pero la inexpresividad de sus facciones dan al traste con tan sana y encomiable intención para con el espectador. Ivana Baquero debuta en Hollywood, la chica no tiene problemas con el inglés ya que estudió desde pequeña en un colegio bilingüe, y consigue algo que habiendo visto lo dulce que aparecía en El Laberinto del Fauno o Cuento de Navidad (cinta de Películas Para No Dormir dirigida por Paco Plaza y también escrita por Berdejo) nunca pensé que lograría, acojonarme considerablemente, y haciéndolo sólo con ligeros gestos, palabras aisladas y un uso comedido y acertado de los silencios. Le espera una buena carrera a esta chica, tanto en España como fuera de nuestras fronteras.




Ha sido catalogada como una cinta de terror del montón sin mucho que aportar a parte del papel de Ivana Baquero o la dirección de Berdejo, pero a mí personalmente me ha agradado de manera notable y me ha transmitido esa primaría inquietud animal que el director sabe dosificar y sugerir con mucho estilo. Lamento su pobre carrera comercial y recomiendo su visionado a todo espectador que quiera pasar un buen rato con cine entretenido y bien hecho, que ya acabe tan safisfecho y nervioso como yo tras su visionado es otra historia, personal e intransferible, por supuesto.



domingo, 19 de septiembre de 2010

Frágiles, osteogénesis imperfecta


Título Original: Frágiles (2005)
Director: Jaume Balagueró
Guión: Jordi Galcerán & Jaume Balagueró
Actores: Calista Flockhart, Yasmin Murphy, Elena Anaya, Gemma Jones, Richard Roxburgh, Colin McFarlane, Ivana Baquero


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La tercera cinta del catalán Jaume Balagueró supuso su segunda incursión en el mercado internacional tras Darkness, obra que recibió un considerable respaldo en taquilla en muchos de los países en los que se estrenó. Frágiles contó con un reparto internacional encabezado por la actriz americana Calista Flockhart, fue rodada entre Barcelona e Inglaterra y sabiamente vendida como una cinta de género modesta, pero con aptitudes para competir en un mercado más amplio que el español. La obra no consiguió un éxito masivo de público, pero tuvo una vida sana en las carteleras y fue vendida a muchos países por parte su productora, la Filmax.




Jaume Balagueró es para un servidor una de las voces más interesantes del cine patrio, un hombre que con la ayuda de su amigo, el valenciano Paco Plaza (buen director también, pero con un estilo diferente, del que se hablará aquí próximamente) ha revitalizado un género, el de terror, que en España desde siempre se ha movido entre estrenos marginales, cutres series B hoy olvidadas y obras de culto a manos de autores como Jorge Grau, Leon Kliomvsky, Jesús Franco o Paul Naschy, por poner algunos ejemplos de directores que que realizaron varias incursiones (unos más que otros) en este tipo de celuloide.




Ya con sus dos primeras obras, Los Sin Nombre, adaptación de una novela de Ramsey Campbell, que pilló desprevenidos a propios y extraños con una malsana visión del mal y la corrupción de la inocencia, un reparto excelente y una dirección tan potente como personal (para un servidor una de las mejores películas de la década de los 90) y Darkness, no tan lograda, pero muy solvente, con una trabajada atmósfera, suponiendo una especie de coherente extensión de su ópera prima, Balagueró estilizó y depuró unas bases que ya se asentaron sus cortos Alicia y Días Sin Luz. Mórbidos y muy enfermizos ejercicios lynchianos post ndustriales cuya lacerante visión nunca ha recuperado su director en toda su extensión porque la misma supondría un suicidio artístico al extrapolar ese universo tan malsano a un terreno como el del largometraje.




Frágiles supuso un proyecto por parte de Balagueró con un tono mucho más clásico dentro del género de terror que él venía cultivando. El co director de [REC·] deja un poco de lado su característico uso nervioso de la cámara y de la planificación de tomas (tan efectista como efectiva) y se entrega a un tipo de dirección más reposada, con planos más elaborados y detallistas. Con ello se pierde algo de esa fuerza primaria y descarnada que destilaban sus imágenes en su dos cintas previas, pero también es cierto que su dirección gana en profundidad y solidez, mostrando el oficio conseguido durante el paso de los años.




Tras retratar de manera muy personal, una impía génesis del mal en su estado más puro en sus primeras obras Los Sin Nombre, Darkness y OT, la Película (sí tenía que meter la coña como fuera y lo sabíais) el catalán decide por primera vez introducir un haz de luz dentro de la oscuridad imperante en su obra y lo cierto es que ese es uno de los fallos que hacen flaquear la estructura del film. A Balagueró se la da bien lo retorcido, la destrucción de la moral humana por la vía de la perversidad ya sea física o extraterrenal, no la luminosidad, ni lo hermoso, de ahí que el final de la película se muestre renqueante y hasta cierto punto empalagoso.




Pero también es cierto que muchas de sus señas de identidad siguen en Frágiles. Hospitales asépticos con una arquitectura de lúgubres tintes neogóticos, una especial delectación cronenbergiana por todo tipo de aparatos mecánicos como prótesis o piernas y brazos ortopédicos, sabia utilización de la iluminación para crear inquietud y el uso de figuras infantiles para infundir miedo. Dando todo ello lugar a, en ocasiones, excelentes escenas de suspense y tensión palpable, como la de la sábana, la de la primera visita a la segunda planta del edificio o algunas de las que muestran las defunciones de ciertos personajes secundarios.




Muchos se sorprenden por el buen trabajo y la entrega de una actriz como Calista Flockhart en Frágiles, una de sus pocas incursiones cinematográficas. La señora de Harrison Ford es mundialmente conocida por interpretar a la abogada Ally McBeall en la serie homónima, pero lo que pocos saben es que esta señora antes de realizar el papel que le dio fama catódica era una reputada y prestigiosa actriz de teatro que había trabajado con algunos de los mejores directores de escena actuales y que incluso formó parte de distintos montajes basados en textos de William Shakespeare (no se jactan de ello ni en la Wikipedia), es decir, lo de que la tipa sea una buena actriz no es algo que debiera ser un secreto. Le dan la réplica con acierto el australiano Richard Roxburgh y nuestra guapa Elena Anaya, bastante resuelta con inglés.




Balagueró no hace pleno, peca a la hora de intentar variar su discurso autoral en favor de un toque más profundo y sensible y yerra en apartados como el de mostrar el rostro de "su criatura" a cámara, que producía mucha más inquietud cuando estaba fuera de plano o cuando sólo mostraba alguna parte de su anatomía (esas piernas practicamente mecanizadas) que mirando fijamente al espectador. Pero Frágiles sigue siendo una propuesta estimulante, una buena película sobre fantasmas bien escrita, rodada e interpretada, con atmósfera, cierta personalidad y aciertos suficientes como para recomendar su visionado.



jueves, 16 de septiembre de 2010

Priest, yo confieso



Título Original: Priest (1994)
Director: Antonia Bird
Guión: Jimmy McGovern
Actores: Linus Roache, Tom Wilkinson, Cathy Tyson, Robert Carlyle, Robert Pugh





Grata sorpresa la que me he llevado con la ópera prima de la directora británica Antonia Bird, autora de la que únicamente he visto esa agradable rareza titulada Ravenous, una especie de actualización de época de aquella Deliverance que dirigiera John Boorman en el año 1972. Priest, que fue estrenada en hace dieciséis años con bastante polémica está protagonizada por un sacerdote irlandés que se debate entre su fe y la aceptación de su condición de homosexual y que por otro lado libra una batalla contra sus convicciones religiosas sobre si rompe el secreto de confesión en favor de sacar a la luz los abusos sexuales que una de sus jóvenes feligresas sufre por parte de su progenitor.




La puesta en escena de Bird es exquisita y apela siempre a la elegancia a la hora de tratar los temas mas peliagudos del film, como las escenas de sexo (no se esconde nada en ellas, pero están llevadas con mucha delicadeza) o las de pederastia (la única está rodada de manera que queda practicamente en off). La cinta a pesar de su temática difícil y comprometida se aleja del sensacionalismo barato, de revanchimos recrudecidos y la crítica visceral. Todo esta expuesto con equidad y entereza, en gran parte gracias al excelente guión de Jimmy McGovern que más tarde también escribiría el libreto de Liam para el inglés Stephen Frears.




La trama central, la construcción narrativa misma de Priest es deudora (ambas son casi casi idénticas) de la del clásico de Alfred Htichcock protagonizado por Montgomery Clift que menciono en el título de esta entrada. Pero en este caso el afán y compromiso del padre Pilkington por no quebrantar el voto de silencio (yo conozco a unos cuantos sacerdotes que se lo pasan por el arco del triunfo) es más bien una especie de metáfora de la lucha interna entre su entrega total a lo divino y la batalla contra su propia carnalidad, que él erróneamente toma como un pecado e insulto hacia la institución religiosa.




Lo que añade un tono distinto y atípico (aunque no del todo novedoso) a la historia es lo referido a la homosexualidad del personaje central. Esa descarnada contienda psicológica entre la fe ciega y las pulsiones propias de cualquier ser humano que se precie de serlo, condenadas sin misericordia alguna por la iglesia más por estar dirigidas hacia una persona del mismo sexo que por romper con ellas el voto de celibato. En ese sentido los autores de la obra dirigen sus acusaciones no a la representación a nivel general de la institución eclesiástica, sino a su rama más ultraconservadora.




En al apartado interpretativo el peso central de la historia y su composición dramática la llevan sobre sus espaldas tres personajes. El del sacerdote Gregg Pilkington, excelentemente humanizado por un Linus Roache sencillamente perfecto, mostrando el desgarro moral al que se ve sometido su rol, buena muestra de su excelente labor es la escena de la conversación con el crucifijo alternada con los hechos dramáticos acaecidos en la casa de los Unsworth, posiblemente el clímax de la película.




Tom Wilkinson, colosal como el padre Matthew Thomas, cura liberal que servirá de apoyo moral para Gregg y por último Robert Carlyle como el amante del protagonista, que en un principio parece ser que va a dar vida al típico estereotipo de gay desalmado que quiere destrozar la vida del débil hombre con el que ha mantenido relaciones por el medio que sea (me viene a la cabeza ahora mismo el que interpretaba Brent Roam en The Shield) pero que gracias al guión de McGovern acaba siendo algo distinto y más complejo.




No desfallecer ante los prejuicios, luchar por las propias convicciones y la igualdad de derechos, llevar hasta el extremo la realización personal, aunque sea una que yo no comparto, como la religiosa, son temas tan necesarios como manidos hasta lo extenuante dentro del mundo del 7º arte, pero que en Priest están perfectamente expuestos y analizados a nivel emocional y social. El final de la ópera prima de Antonia Bird, la escena en la misa con maravilloso plano final (esa mano que no puede ofrecer la comunión, ese abrazo redentor, lleno tanto de impotencia como de complicidad) nos lo deja claro, queda mucho camino por recorrer y muchos barreras que derribar, pero vamos por el buen camino o eso parece.