lunes, 15 de junio de 2009

El Código Da Vinci, Dan Brown y su concepto de best seller



Corría el año 2003 y empezaba a sonar con fuerza el título de un libro escrito por un señor llamado Dan Brown que rompía récords de ventas. En el mismo se ponían en duda muchas de las teorías de la iglesia católica y se daba copiosa información para poner en duda las bases del cristianosmo. La obra se llamaba El Código Da Vinci, e hizo correr ríos de tinta.

Como era de esperar la iglesia, el Vaticano, Paloma Gómez Borrero y hasta el Arcangel San Gabriel pusieron el grito en el cielo, tildando al libro de patraña llena de tergiversaciones contra el cristianismo, la fe y el mismo dios. El resultado de tanta respuesta airada, el de siempre, una innecesaria publicidad para Dan Brown que hacía que el libro se vendiera solo. Éxito masivo de ventas e ingentes cantidades de dinero al bolsillo del escritor americano.

La iglesia pidió con fervor religioso la retirada del libro o el boicot hacia el mismo por parte de sus feligreses, por ser un escrito herético cercano a la blasfemia que ponía en tela de juicio todo en lo que ellos creían, desde la virginidad de Jesucristo a la de su santa madre y haciéndonos dudar incluso de si la casquivana María Magdalena era realmente una prostituta. Por una vez y sin que sirva de precedente estoy casi de acuerdo con el Vaticano, El Código Da Vinci debería ser censurado y quemado junto a su creador, pero por un solo motivo, ser un libro malo de solemnidad.

La primera página es a todas luces esclarecedora, Dan Brown insufla a esos párrafos iniciales un estilo puramente cinematográfico. El tipo seguro que ya estaba pensando en los royalties por la película, me juego la vida. Las 100 primeras páginas apuntaban muy buenas maneras, recuerdo cuando al acabar el capítulo en el que Robert Langdon y Sophie Neveu huían apresuradamente de la policía que los perseguía en el mueso del Louvre, cerré el libro y me dije a mí mismo que iba a ser una lectura memorable. No tenía ni idea de cuan en lo cierto estaba, pero no por los motivos que yo pensaba.

En el momento en el que entra en escena toda la trama teológica con Leonardo Da Vinci, el Santo grial, La Gioconda, La Última Cena, La Virgen de las Rocas y todos los supuestos secretos que estas maravillosas obras de arte ocultan, el despropósito, lo absurdo y lo increíble toman forma. El señor Dan Brown tiene un inabarcable cantiad de mierda en su cabeza, la vomita por medio de su pluma y la mezcla sin pudor, ni rigor alguno. Pintura, teología, cultos antropocentristas, conspiraciones en sotana y acción de thriller de sobremesa. Dando forma sin quererlo a una mastodóntica e innecesariamente pretenciosa obra que queriendo crear una nueva raza de best seller literario se queda en un relato que laniguidece de mala manera al compararlo con cualquier libro de género pulp de carretera medianamente bien narrado.

Si la Biblia tiene gilipolleces para parar un ferrocarril, El Código Da Vinci tiene las mismas en menos páginas incluso, todo suena a poco probable, absurdo, maniqueo. A Brown se le nota el afán por tocar los huevos a la santa sede (cosa realmente encomiable por otro lado) pero sin consistencia, forzando esos supuestamente intrincados enigmas. Por dios, que un experto en lenguas muertas se pase no sé cuantas páginas para descifrar que un texto está escrito al revés, es de juzgado de guardia o de subnormal profundo. Los diálogos supuestamente esclarecedores de Langdon con Leigh Teabing son de una puerilidad vergonzosa, la relación del protagonista con la agente francesa Sophie Neveu es de una superficialidad alarmante y la recta final de la historia es de un sonrojo que me obligó a dejar el libro en repetidas ocasiones y así tomarme el tiempo necesario para intentar asimilar la sarta de sandeces que iba leyendo.

¿Qué es lo peor que puedo decir de El Código Da Vinci a parte de que es un detritus literario sin consitencia, plano y falsamante provocador?. Pues que su adaptación al cine, dirigida por Ron Howard y protagonizada por el pelo de Tom Hanks, es muy superior a él en todos los niveles y eso que hablamos de un film que no pasa de entretenido. Me juré que jamás volvería a leer algo escrito por este infame señor, por ahora lo estoy cumpliendo, pero también es cierto que tengo muchas ganas de ver la adaptación a imágenes que de nuevo Ron Howard ha hecho sobre Ángeles & Demonios, precuela de este El Código Da Vinci.

Los representantes de la iglesia, a parte de retrógrados y y arcaicos son imbéciles. Nunca debieron levantarse en contra de esta cosa, lo único que hicieron fue alimentar a la bestia, porque solo un imbécil se creeria las insostenibles teorias que Dan Brown defiende en esta basura. Todos sabíamos antes de la existencia de este bochorno escrito (que siendo así de malo dio inexplicablemente pie a una fiebre literaria tan infame como notoria sobre conspiraciones eclesiasticas de medio pelo que a día de hoy aún se deja notar en nuestras librerias) que la religión y la iglesia siempre han estado en contra del progreso y la cultura. Pero eso nos lo dijo hace 30 años Umberto Eco en El Nombre de la Rosa, aunque si seguimos por ahí nos pondríamos a hablar de literatura, de la de verdad y esa es otra historia.


1 comentario:

  1. El problema de gran parte de la literatura actual es fácil de ver. Antes del cine, la gente escribía historias. Ahora, la gente escribe películas. Un tipo se imagina su historia en panorámico y luego pone palabras y subtramas para que parezca que es mejor de lo que en realidad es.
    En este caso, mi nada admirado Dan Brown vuelve a demostrarnos su prodigiosa fuente de información, que ya en un libro anterior le presentó España como el salvaje oeste. Tras comprar un libro sobre teorías cristianas y fusilárselo por completo en su novela, lo adecenta todo con una trama pobre como ella sola, que no sólo tiene momentos vergonzosos (como ese cura albino asesino que pasará a la historia) sino que revela una falta de cuidado e interés alarmante a nivel general. Y es que la teoría que copia-pega podrá ser interesante, sí, pero en el momento en que Dan Brown demuestra que su conocimiento del museo Louvre y de ciertos cuadros (Sophie Neveu amenaza con rasgar la tela de un cuadro que, en realidad, está pintado sobre madera) no llega ni al nivel de un turista despreocupado, el lector descubre que si este hombre escribe libros es porque no estaba suficientemente cualificado para ser dependiente del McDonalds.
    Por supuesto, la actitud de Brown tal cual no tiene por qué ser reprobable. A fin de cuentas, es una persona que, con nulo talento, ha sabido aprovecharse de las modas. Los absolutos responsables del fenómeno Brown somos todos los que compramos sus libros y vemos sus películas, que le damos alas (y dinero), mientras presumimos de haber leido El código Da Vinci.
    Y es que se ha llegado a un punto en que leer un libro, sea cual sea, es signo de cultura, y tanto importa que esté usted leyendo al brillante Cormac McCarthy que a los inutiles de Douglas Preston y Lincoln Child.

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